Recibe la guía de estudio de esta serie por email
Suscríbete para recibir notificaciones por correo electrónico cada vez que salga un nuevo programa y para recibir la guía de estudio de la serie en curso.
Transcripción
Hasta ahora en nuestra serie hemos estado viendo el amor como parte del fruto del Espíritu, y hemos notado que el amor es tanto un don como un fruto, y como ya mencioné, el amor se encuentra al principio de la lista del fruto del Espíritu que el apóstol nos muestra en su epístola a los Gálatas. Antes de entrar en eso hoy, permítanme leer ese texto que nos enumera el fruto del Espíritu: «Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley».
Lo que vamos a hacer hoy y en las siguientes sesiones es examinar el resto de las partes del fruto del Espíritu que se enumera aquí en Gálatas capítulo cinco, pero empecemos con una oración. Una vez más, Padre nuestro, te miramos a Ti como el que nos proporciona el poder del crecimiento espiritual, y oramos para que fijes nuestra atención en este fruto que es excelente y que es de tu agrado. Te pedimos esto en el nombre de Cristo, amén.
He mencionado que la lista del fruto del Espíritu que encontramos aquí en Gálatas, no creo que sea un mero catálogo organizado de manera arbitraria o al azar, una simple lista suelta o una serie de varias virtudes. Creo que hay una especie de orden, una especie de interconexión que podemos percibir en esta comprensión del fruto del Espíritu. No quiero ser dogmático con eso, pero sí creo que vemos que el amor está al principio de esa lista por una razón, porque del amor fluyen las otras partes del fruto del Espíritu, y parece haber casi una especie de orden o secuencia, una especie de interdependencia mutua entre estas partes.
Si tomas el tiempo para comparar Gálatas 5 con 1 Corintios 13, a pesar de que el tema de 1 Corintios 13 se enfoca en el amor, verás contenido dentro de esa exposición del amor en 1 Corintios 13 virtualmente el mismo tipo de contenido que encontramos en esta lista del fruto del Espíritu. Pero veamos otras partes del fruto del Espíritu más allá del amor. Las dos siguientes que se mencionan serán las que consideraremos en esta sesión: el gozo y la paz.
Ahora, cuando ves virtudes o excelencias como estas que aparecen en una lista sin ninguna cualificación, hay cierta dificultad para su comprensión, porque ¿de qué clase de gozo está hablando el apóstol aquí? ¿Qué tipo de paz tiene en mente? Si alguna vez te has tomado el tiempo de leer un estudio cuidadoso de las palabras sobre el significado del gozo tal como se usa bíblicamente, verás que la Biblia habla del gozo de muchas maneras, como lo hace con la paz.
Entonces, ¿cuál es el tipo de gozo que está específicamente a la vista aquí? Juan Calvino, por ejemplo, dice que el fruto del Espíritu que el apóstol está capturando aquí en términos de gozo tiene que ver con la disposición de la personalidad de uno hacia la alegría. En términos simples, el Espíritu Santo no es un amargado. El Espíritu Santo no es agrio. El Espíritu Santo no es cínico en Su personalidad, y como el Espíritu de Dios mora en el cristiano, y la personalidad comienza a ser moldeada por la presencia del ágape en el alma, uno de los resultados de eso es una disposición alegre.
De hecho, Calvino prefiere, y esto es extraño. Estoy citando a Calvino con un propósito, porque muy a menudo, cuando vemos a Calvino retratado en la literatura o incluso en caricaturas, siempre lo vemos como una figura muy severa y austera. Calvino prefiere el término latino hilaritas (hilaridad) para indicar lo que significa tener el fruto del Espíritu del gozo.
Ahora, la raíz básica de este gozo se basa en la celebración cristiana de la victoria. ¿Qué dice Jesús? Que «confíen». ¿Por qué? «Yo he vencido al mundo». Es decir, el fruto del Espíritu de gozo no es un tipo superficial de actitud frívola, ni es un tipo de felicidad plástica que tantas veces es característica en la comunidad cristiana. Hay una especie de gozo excesivamente empalagoso y dulzón, ligero y superficial que se convierte en una fachada.
Se espera que los cristianos sean felices. Se espera que sean alegres, y por eso a veces fabricamos una fachada de alegría que es realmente repugnante para los que están fuera de la fe porque conlleva y comunica un aura de falta de sinceridad y superficialidad. Es por eso que tenemos esta imagen en la cultura de ser «cristianos plásticos». Así que lo que Calvino y otros dicen, y creo que con precisión, es que la alegría que caracteriza a la persona que está manifestando el fruto del Espíritu es una que nace de la comprensión de algo muy significativo.
Es el gozo y la celebración del novio y la novia que entiende la felicidad que proviene de la boda. Es el gozo de la celebración, y principalmente lo que se está celebrando es la victoria de Cristo. Uno de los programas más populares de la televisión en nuestro país fue el programa «El Maravilloso Mundo de los Deportes». Creo que es ese que empieza con todas esas viñetas que hablaban de la agonía de la derrota, y ves al esquiador bajando por la rampa de esquiar y que sale por el costado haciendo un par de saltos mortales, y notas la agonía de la derrota y el éxtasis de la victoria.
¿Ves cómo reacciona la gente en una victoria deportiva? No creo que este país olvide nunca el drama de los Juegos Olímpicos en Canadá, cuando el equipo olímpico estadounidense ganó la medalla de oro dado que nadie esperaba que sucediera, y ocurrió durante la época de la crisis con la situación de los rehenes iraníes. Por un cortísimo período de tiempo, la apatía y el espíritu antinacionalista, que habían sido tan característicos de nuestra cultura, de repente vieron un renacer, como una especie de patriotismo ilusionado por una semana más o menos en Canadá, y la gente bailaba en las calles solo por un partido de hockey.
Ahora, la victoria que es la base de nuestra alegría no es algo tan pasajero y tan transitorio como un torneo de fútbol o un juego de hockey, sino que Cristo ha vencido al mundo, y a medida que eso se arraiga en nuestras mentes y las ramificaciones de la victoria cósmica de Cristo llegan a nuestros corazones, le da al cristiano la capacidad de estar alegre, como Pablo lo explica en su carta a los Filipenses, en medio de circunstancias terribles y nefastas en este mundo, —y no es que nos regocijemos en lo trágico, no es que estemos alegres en medio del sufrimiento.
Es decir, el cristiano tiene que saber llorar. Tiene que saber cómo expresar lamento. De hecho, la Biblia nos dice que es mejor pasar nuestro tiempo en la casa de luto que pasar nuestro tiempo con la alegría de los necios. Pero todavía existe ese sentido profundamente arraigado de gozo y alegría que no se puede quitar, que está arraigado y cimentado en la victoria suprema de Cristo, y lo que eso significa para mí en lo personal.
Pienso en una experiencia del Nuevo Testamento, cuando Jesús envió a los discípulos a una misión, y les dio poderes extraordinarios, poderes milagrosos. Él tomó el poder que tenía y lo repartió a Sus discípulos y los envió a sanar, a exorcizar demonios, y nunca antes habían tenido ese poder. ¿Pueden imaginar qué sería si Cristo viniera a ustedes y solo por dos semanas les diera Su poder para hacer milagros y los enviara a una misión? ¡Qué emocionante sería!
Ellos salían, y encontraban a personas que estaban poseídas por demonios, y decían: «¡Vete!», y los demonios temblaban, y corrían aterrorizados. O encontraban a alguien que era sordo, y decían: «¡Oye!» y la gente oía. ¿Cómo te sentirías si experimentaras eso? Ellos regresaron de esa misión brincando de alegría y bailando, y estaban muy emocionados, y Jesús como que bromeó con ellos por un momento, pero luego les dijo: «No se regocijen de que tienen poder sobre las fuerzas del mal, sino…» ¿qué? «sino de que sus nombres están escritos en los cielos».
Cuando un cristiano crece en gracia, cuando el fruto del Espíritu se apodera de su vida, comienza a comprender qué debe hacerlo feliz y cuál es la fuente de su buen ánimo. De nuevo, antes de proseguir, les menciono el mandato de Cristo: «Confíen, Yo he vencido al mundo». Esto no es lo mismo que el vendedor superficial que viene y te da una palmada en la espalda y dice: «Empaca tus problemas en tu mochila y sonríe, sonríe, sonríe», ¿no?
No es un escapismo irracional de frivolidad, sino que es una alegría y una felicidad que está arraigada y fundamentada en una realidad cósmica. La victoria ha sido ganada, y por lo tanto, no importa lo que salga mal en mi vida (tragedia real, dolor real, tristeza real), todavía existe ese fundamento de alegría que debería estar allí debido a lo que Cristo ha hecho.
Bueno, junto con esta alegría y amor viene también la dimensión de la paz, y parece casi una parodia de la verdad bíblica tratar de cubrir el fruto del Espíritu de paz en diez minutos, porque el concepto de paz, bíblicamente, es una de las dimensiones más integrales de la revelación bíblica. De hecho, si yo le preguntara a un estudiante: «¿Qué quiere decir la Biblia por “paz”?» y él tratara de responderlo en cinco minutos, creo que me irritaría porque el significado de paz es multifacético, y podemos verlo en sus diversos matices y luego estar un poco desconcertados específicamente en cuanto a qué tipo de paz es el considerado como fruto del Espíritu.
Podemos sentirnos tentados a pensar que el fruto del Espíritu de paz es una especie de paz interior, esa paz mental, esa tranquilidad interior que buscaban los estoicos, que buscaban los epicúreos y que los sectarios de la «paz mental» buscan en nuestros días. Ahora, ciertamente tiene una dimensión de eso, pero ese no es el significado central de la paz bíblicamente, y estoy convencido de que no es el significado central de paz como fruto del Espíritu.
En primer lugar, la paz, bíblicamente, y la palabra del Antiguo Testamento era ¿cuál? «Shalom». Tan importante para los judíos que surgió como la forma estándar de saludo y palabras de despedida. Cuando un judío se encuentra con otro judío, le dice: Shalom aleijem – La paz sea contigo– y la respuesta: Aleijem shalom –Y a ti también, paz– no «Hola» ni «Adiós», sino «Paz, paz, paz». Y en primera instancia, lo que significa es un interludio de seguridad contra los estragos de la guerra.
La Pax romana se refiere a un largo período en la civilización occidental donde la paz descendió sobre el Imperio romano. Si comparamos la duración de la paz en Roma con la duración de la paz en la nación judía, recordaremos la Pax Israeliana en toda la historia judía, que duró unos diez años. La inseguridad que proviene de la guerra constante dejó su huella en un pueblo que buscaba desesperadamente el fin de las guerras y que esperaba el día en que la visión profética en la que las espadas se convertirían en rejas de arado y la guerra ya no existiría.
Mientras estoy aquí dando una clase en este mismo momento, los tanques israelíes están en el Líbano, y el pueblo judío está involucrado en un conflicto militar, y la paz no reina en la casa de Israel. ¿Por qué cosa exhorta el Antiguo Testamento a la gente a orar? «Oren por la paz de Jerusalén». Ahora, además de eso, el concepto de paz emerge en el Antiguo Testamento más allá de la situación externa de guerra y de cesación de hostilidades, de violencia, y se convierte en un concepto mucho más redentor en su orientación, de modo que la paz se convierte, en el Antiguo Testamento, casi en sinónimo de salvación, porque la paz refleja un nuevo estado de situación en la relación entre el hombre y su Dios, y del hombre con sus semejantes.
La Biblia dice que por naturaleza estamos alejados de Dios. ¿Qué significa eso? Eso significa que estamos en enemistad con Dios. Estamos en guerra con Dios por nuestra naturaleza caída, y no solo eso, estamos alejados de nuestro prójimo, y no solo eso, sino que estamos alejados de nosotros mismos. Entonces, naciste y creciste en una atmósfera de guerra, incluso si las armas de la nación están en silencio, tu corazón está en guerra con Dios. Tu corazón está en guerra con tu prójimo, y tu corazón está en guerra contigo mismo.
Esos son tres niveles de distanciamiento, y si leemos la Epístola a los Colosenses, leemos que Cristo viene a traer reconciliación, y todo el concepto de reconciliación presupone distanciamiento. No puede haber reconciliación a menos que haya un distanciamiento previo. Y el alejamiento, de nuevo, tiene su explicación en Colosenses cuando dice que el hombre está enemistado contra Dios, contra otros hombres y contra sí mismo. Entonces, la paz suprema que buscamos es aquella que se lleva a cabo en la reconciliación entre nosotros y Dios. Ya lo he dicho.
Cuando Pablo habla de la justificación en Romanos, dice: «Habiendo sido justificados, por tanto, tenemos», ¿qué? «Paz para con Dios». La cruz y nuestro arrepentimiento y nuestra justificación nos llevan a una comunión restaurada y a la armonía con Dios, pero ninguna de esas cosas es el punto central, en mi opinión, del fruto del Espíritu llamado paz. Creo que lo que Pablo tiene en mente aquí por el fruto del Espíritu es que después de que somos llevados a la paz con Dios, y el Espíritu Santo se derrama en nuestros corazones, y esa nueva capacidad para el amor está allí, y esa nueva capacidad para el gozo está allí, ahora tenemos una nueva capacidad para vivir en paz con la gente.
De nuevo, si puedo señalar a Calvino, Calvino dice que lo opuesto al fruto del Espíritu es el espíritu pendenciero, el espíritu de contienda, que caracteriza lo opuesto al fruto del Espíritu. Una persona que está creciendo en gracia es una persona que sigue el mandato apostólico tanto como le sea posible para vivir en paz con todos los hombres, de modo que un cristiano en su madurez debe ser una persona amante de la paz. Una persona que escucha la bendición de Jesús cuando dice: «Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios». Si quieres ser un hijo de Dios, una hija de Dios, tienes que practicar un espíritu de paz.
Ahora, eso puede llevarnos fácilmente a un grave malentendido y a un grave error, porque existe tal cosa como una falsa paz. Existe aquello que Lutero llamaba, una paz carnal, una paz de la carne que no nace de una disposición de amor hacia otras personas, sino de una disposición de cobardía. Una persona que teme el conflicto y que, por intimidación, hace la paz, ese tipo de paz no es lo que llamamos una paz honorable o una paz justa, sino que se llama apaciguamiento. Este siglo ha sido testigo de los estragos del mundo que vinieron del apaciguamiento de Múnich.
Israel fue corrompido hasta la médula en el Antiguo Testamento por los falsos ministros de paz, los falsos profetas por los que Jeremías expresó su lamento… porque los falsos profetas clamaron ¿qué? «Paz, paz», cuando no había paz, y el lamento de Jeremías decía: «Estos hombres curan a la ligera el quebrando de la hija de Mi pueblo, diciendo: “Paz, paz”, pero no hay paz».
Así que vemos una especie de comprensión paradójica de la virtud de la paz en el Nuevo Testamento. Jesús mismo es llamado Príncipe de Paz. Su principal legado, que veremos en un momento, para el cristiano es la paz, y sin embargo este mismo Jesús dice ¿qué? «No vine a traer paz, sino espada, para enfrentar a hermano contra hermano, y padre contra hijo». ¿Cómo logramos conciliar esas ideas? Porque para Jesús, la paz siempre debe ser honorable.
Ahora, voy a regresar por un segundo al pasaje que mencioné donde el apóstol nos ordena: «Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres». El mismo inicio de esa declaración sugiere algo, ¿cierto? «Si es posible». Reconoce que no siempre es posible que los cristianos estén en paz con todos. Cristo no estaba en paz con los fariseos. Jesús no estaba en paz con los que lo mataron. El suyo era un espíritu pacífico. Su actitud no era beligerante. Pero hubo muy poca paz en el Circus Maximus cuando los primeros cristianos fueron arrojados a los leones.
Eran amantes de la paz. Eran pacíficos, pero el simple hecho de estar al pie de la cruz era estar en el centro de la controversia mundial, y tenemos que entenderlo. Y ahí es donde puede colarse la falsa paz, cuando buscamos la paz transigiendo, cuando buscamos la paz huyendo de la responsabilidad, de la persecución, de la tribulación. Preferimos ser pacíficos que tener que luchar por el reino de Dios. ¿Ves las imágenes desde el Nuevo Testamento? Por un lado estamos llamados a la guerra y, por el otro, a la paz.
Y el énfasis es, como dijo el apóstol: «Si es posible», es decir, hay una cierta inevitabilidad de que el cristiano se vea envuelto en un conflicto, en una controversia, en una confusión porque la cruz de Cristo tiene una ofensa inherente a ella, al mundo. Pero creo que el fruto del Espíritu es que cuando tenemos una disposición pacífica, un comportamiento pacífico, una actitud pacífica hacia el mundo, entonces no añadimos a la ofensa de la cruz un espíritu beligerante, cascarrabias, pleitero y pendenciero.
También está esa dimensión de la paz que sobrepasa todo entendimiento, que hace posible que estemos en paz con el mundo, porque el cristiano, además de poseer el amor de Cristo, posee la paz de Cristo. Este fue Su legado. ¿Recuerdas lo que dijo en el aposento alto? «No se turbe su corazón. Crees en Dios. Cree también en mí», y luego pasó a decir ¿qué? «La paz les dejo, Mi paz les doy; no como el mundo la da».
Este es un tipo de paz trascendente, cualitativamente diferente. «Mi paz les doy», y de nuevo Él dice: «No se turbe su corazón». Pero, ¿ves la conexión? Cuando tienes y posees en tu corazón la paz de Cristo, eso te da el poder para una disposición pacífica que hace morir el espíritu de contienda y la personalidad pendenciera que no honra a Cristo.
En la próxima clase veremos más del fruto del Espíritu, sobre todo la paciencia, benignidad y bondad, y eso lo haremos la próxima vez.







