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Este es el sexto artículo de la colección de artículos: Los «Yo soy» de Jesús.
Hace unas semanas, estaba cortando leña en un pequeño bosque junto a nuestra casa y noté que los árboles se extienden hacia el sol: en el centro, los árboles crecen más altos, y en los bordes, las ramas largas se esfuerzan por alcanzar el poder que les da vida. Entonces recordé que Isaías predijo los efectos que tendría la predicación de Cristo:
El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, / Porque me ha ungido el Señor / Para traer buenas nuevas a los afligidos… Para que sean llamados robles de justicia, / Plantío del Señor, para que Él sea glorificado (Is 61:1, 3).
Con el poder de Su voz, Dios le dio la existencia a la luz al decir: «Sea la luz», y hubo luz; una sustancia que no es pura energía o materia y que sigue siendo misteriosa para nosotros (Gn 1:4). Dios también creó luminarias: «La lumbrera mayor para dominio del día y la lumbrera menor para dominio de la noche. Hizo también las estrellas» (Gn 1:16). La mayor fuente de luz —el sol— es un reactor de fusión nuclear de dimensiones colosales y energía extraordinaria, que baña la tierra con un poder desconcertante. Fácilmente olvidamos esto —ocupados y distraídos con cosas de menos gloria o sin gloria alguna—, hasta que nos vemos obligados a dar palos de ciego en una noche oscura, o anhelamos una vez más que los oscuros días del invierno se alarguen en vida primaveral y gloria veraniega. La luz es vida.
Pero la luz también fue creada para representar la salvación. La columna de fuego fue salvación para Israel, pero Egipto vivió en tinieblas (Éx 14:20). El candelabro iluminaba los doce panes, y esa escena quedó explicada en la bendición del Señor a las tribus de Israel: «El Señor haga resplandecer Su rostro sobre ti» (Nm 6:24-27). El salmista exclamó: «El Señor es mi luz y mi salvación» (Sal 27:1). Por otro lado, este mundo es tinieblas por la pecaminosidad humana. La desobediencia implica que el hombre natural «[andará] a tientas a mediodía como el ciego anda a tientas en la oscuridad» (Dt 28:29). Pero el camino de la salvación está iluminado por la Palabra de Dios, que es lámpara a nuestros pies y luz para nuestro camino (Sal 119:105).
Pasar de la oscuridad a la luz es salvación, así que cuando Jesús dijo: «Yo soy la Luz del mundo», afirmó con poder Su gloria resplandeciente y Su poder para salvar (Jn 8:12).
En este pasaje, Jesús afirmó Su deidad. Él es el eterno y autoexistente «YO SOY EL QUE SOY», el Creador del sol, la luna y las estrellas (Éx 3:14). Él es el origen y el modelo de la gloria de la luz. Él es el Señor que es Luz, como escribió Juan: «Dios es Luz, y en Él no hay ninguna tiniebla» (1 Jn 1:5). Es el agente de la vida divina que resplandece del Padre, que habita en luz y gloria inaccesible. Hablando sobre Jesús, Juan 1:4-5 dice: «En Él estaba la vida, y la vida era la Luz de los hombres. La Luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron». Estas afirmaciones solo son inteligibles si primero consideramos la gloria de la luz natural (especialmente del sol) y luego elevamos nuestros corazones a la majestad del Padre, Hijo y Espíritu Santo. La estrella más brillante —de hecho, todas las estrellas juntas— solo es un indicador ínfimo del peso eterno de la gloria de nuestro Dios.
Jesús es la única fuente de vida espiritual en un mundo lleno de las tinieblas del pecado.
Sin embargo, Jesús también estaba hablando de Su obra salvadora. Él es la única fuente de vida espiritual en un mundo lleno de las tinieblas del pecado. Malaquías anticipó que el Mesías vendría como «el sol de justicia con la salud en sus alas» (Mal 4:2). El rostro transfigurado de Jesús resplandeció como el sol (Mt 17:2). Pablo consideraba que su visión salvadora de la gloria de Jesucristo había sido más brillante que el sol (Hch 26:13). Juan vio la gloria de Cristo como «el sol cuando brilla con toda su fuerza» (Ap 1:16-20). Cuando nos convertimos a Cristo, es porque «Dios, que dijo: «De las tinieblas resplandecerá la luz», es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo» (2 Co 4:6). La Luz mayor —el Hijo— descubre nuestra pecaminosidad con Su santidad resplandeciente y luego irradia poder purificador y vivificante en los rincones más profundos de nuestros corazones. Jesús brilló intensamente en la cruz, más intensamente en la tumba vacía, y aún más intensamente en la gloria de Su exaltación. Su regreso será como un único relámpago que ilumina el mundo entero. Toda esta luz es ofrecida al mundo en el evangelio, y es recibida mediante la simple confianza en Jesucristo.
Cuando confiamos en Jesús, ocurre un cambio permanente: «El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida» (Jn 8:12). Como dice Pablo: «Antes ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor», y vivimos como luminares en un mundo oscuro (Ef 5:8). Por nuestra unión con Cristo, Su luz brilla dondequiera que vayamos. Esto debería consolarnos, especialmente cuando enfrentamos la oposición del mundo. También debería animarnos a orar para que las personas vean nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos y vengan a la Luz.
Aún más, Juan dice que la vida de Cristo es la Luz de los hombres (Jn 1:4). No solo venimos a la Luz y luego seguimos nuestro camino. Más bien, buscamos que la gloria del cielo brille cada vez más sobre nosotros. Hemos visto una gloria mayor que la del ardiente sol naciente en el rostro de Aquel que sostiene el sol, y ahora tenemos hambre de la magnífica e ilimitada gloria de Dios. Y cuando nuestro pequeño sol se convierta en oscuridad y la luna en sangre, esa será la señal de que estamos al borde de la vida en la gloria absoluta del Dios trino. Nuestras hojas de roble girarán para recibir la luz de la vida, que fluye eternamente desde el trono que está en el corazón de una ciudad que no necesita del sol ni de la luna, porque la gloria de Dios la ilumina (Ap 21:23). El Señor será nuestra luz, y Él reinará por los siglos de los siglos.
Todo esto es lo que Jesús quiso decir cuando afirmó: «Yo soy la Luz del mundo» (Jn 8:12).

