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Este es el tercer artículo de la colección de artículos: Los «Yo soy» de Jesús.
El sabio maestro de Eclesiastés habla de un lugar que fomenta la piedad, y su ubicación podría sorprenderte. Él dice:
Mejor es ir a una casa de luto / Que ir a una casa de banquete (Ec 7:2).
Una vez más, nos recuerda: «El corazón de los sabios está en la casa del luto» (Ec 7:4).
Tal vez sabes a qué se refiere. Asistir a un funeral o visitar un cementerio puede hacerle bien al alma, ya que las realidades eternas se vuelven mucho más cercanas.
Juan 11 lleva al lector a una casa de luto. El Espíritu nos lleva allí para que aprendamos algo sobre la desesperación y la derrota de la muerte. El undécimo capítulo de Juan «es uno de los más notables del Nuevo Testamento», escribe J.C. Ryle, «por su grandeza y simplicidad, por su intensidad emocional y solemnidad, nunca se ha escrito nada igual».1
La situación
El texto comienza cuando a Jesús le informan que su amigo Lázaro está enfermo (Jn 11:3). María y Marta seguramente habían oído hablar del poder de Jesús sobre las enfermedades, y tal vez incluso lo habían visto. Ellas creen que si Jesús se apresura, puede salvar a Lázaro.
La respuesta de Jesús no es la que cualquiera habría esperado.
Juan nos dice: «Y Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando oyó, pues, que Lázaro estaba enfermo, entonces se quedó dos días más en el lugar donde estaba» (Jn 11:5-6). La palabrita «pues» es un vocablo que usualmente se traduce «por lo tanto». Entonces, una traducción más literal del texto sería: «Jesús amaba a Marta, a María y a Lázaro. Por lo tanto… se quedó dos días más». Curiosamente, Su amor lo llevó a esperar. Su deleite en Sus discípulos lo llevó a demorarse. Se quedó donde estaba para que el sufrimiento y la enfermedad siguieran su curso y alcanzaran las máximas consecuencias.
Nunca dejamos de aprender esta gran lección en la escuela de Cristo. ¿Cuántas veces le has pedido al Señor que haga algo y Él no responde de inmediato? ¿O no responde a tiempo? Debes notar que es posible que la inacción no sea más que el actuar de Su amor, Su plan y propósito de hacer muchísimo más de lo que puedes pedir o imaginar.
La declaración
Cuatro días después de la muerte de Lázaro, Jesús finalmente llega a la casa del luto. Marta corre hacia Jesús y, al encontrarse con Él, le dice: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Aun ahora, yo sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá» (Jn 11:21-22). La semilla de la fe claramente está presente en Marta. Jesús le asegura que «tu hermano resucitará» (Jn 11:22).
Los harapos de la incredulidad nos atrapan y las túnicas del pecado nos cubren. Al igual que Lázaro, no hay nada que podamos hacer para darnos vida a nosotros mismos.
«Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final», responde Marta (Jn 11:24). En los tiempos de Jesús, había un gran debate sobre la resurrección entre los fariseos y los saduceos. La pregunta era si habría una resurrección al final de la historia. Desde un punto de vista teológico, Marta estaba del lado de los fariseos en cuanto a la resurrección. Creía que Lázaro volvería a levantarse en el día final. Pero Jesús está hablando del ahora. Por lo tanto, dice: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» (Jn 11:25-26).
Este es el quinto «Yo soy» en Juan, y es impresionante. Jesús está diciendo: «Yo no solo enseño la resurrección; Yo soy la resurrección. No solo predico el poder de Dios para dar vida; Yo soy el poder de Dios para dar vida. No solo debes creer en ese poder; cree en Mí». La fe verdadera no es solo confiar en información y datos sobre Jesús. Más bien, es creer en Él, en Aquel en quien reside toda verdad.
La certeza
Cuando Jesús clamó a gran voz: «¡Lázaro, sal fuera!», el muerto que volvió a la vida se convirtió en una parábola viviente de la salvación. Es un monumento vivo a Jesús, quien es la resurrección y la vida. Después de que Lázaro resucita, Jesús da una orden: «Desátenlo, y déjenlo ir» (Jn 11:43-44).
¡Qué retrato del evangelio! La Biblia dice que estamos muertos en nuestros pecados. Los harapos de la incredulidad nos atrapan y las túnicas del pecado nos cubren. Al igual que Lázaro, no hay nada que podamos hacer para darnos vida a nosotros mismos. Sin embargo, Dios da vida a los pecadores muertos cuando creen en Jesús. El Salvador murió en lugar de pecadores, resucitó, y, por lo tanto, tiene las llaves de la muerte y del infierno. Él nos llama: «Salgan. Apártense de sus pecados y confíen en Mí. Los soltaré de las ataduras del pecado y los libertaré».
Que podamos ver la señal, oír la declaración y responder como Marta al quinto «Yo soy»: «Sí, Señor; yo he creído que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (Jn 11:27).

