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Este es el duodécimo artículo de la colección de artículos: Los fundamentos del discipulado cristiano
Las Escrituras están llenas de instrucciones divinas sobre lo que deben hacer los padres, así como lo que no deben hacer, tal y como lo demuestra la doble instrucción del apóstol Pablo: «Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef 6:4). Junto con la instrucción, las Escrituras proporcionan numerosos ejemplos positivos y negativos de la paternidad. Los ejemplos negativos parecen ser particularmente conmovedores, especialmente cuando leemos sobre muchos hombres piadosos cuyos hijos no siguieron los pasos de sus padres o tuvieron grandes fracasos. La gran cantidad de ejemplos parece demostrar que hay un patrón que los padres deben notar. Un pecado frecuente y pernicioso en un niño, tal vez si hubiera sido abordado por el padre, no habría terminado de la manera en que lo hizo.
Estas historias del Antiguo Testamento fueron dadas por Dios no solo para instruir a los padres, aunque ciertamente también cumplen ese propósito. Por lo tanto, nos ofrecen tanto advertencias como oportunidades para aprender a guiar de la mejor manera a nuestros hijos (y a nosotros mismos) hacia la piedad. No, no podemos ser el salvador de nuestros hijos. Pero por la gracia de Dios, como padres, podemos dirigirlos intencionalmente hacia Jesucristo, quien no solo nos salva de los pecados cometidos, sino también de pecados mayores y de consecuencias que podrían ser evitadas. Veamos varios escenarios del libro de Génesis.
Adán: la ira de Caín
No pasa mucho tiempo antes de que el pecado de Adán y Eva en Génesis 3 muestre sus efectos en la primera familia. Sus hijos, Caín y Abel, apenas son presentados cuando ya vemos un conflicto familiar en curso. Caín estaba enojado porque Dios había aceptado la ofrenda de su hermano en lugar de la suya. Aunque Dios confronta a Caín directamente (Gn 4:6), esto no fue suficiente para detener su ira, la cual se desató por completo en el asesinato de su hermano Abel. Caín fue destinado a ser un fugitivo y andar errante por el resto de su vida. ¿Hubo señales de ese temperamento e ira en Caín que podrían haberse tratado? ¿Intercedió Adán o se quedó de brazos cruzados como lo hizo cuando Eva fue engañada por la serpiente?
Isaac: la impulsividad de Esaú y la astucia de Jacob
Las Escrituras nos dicen que el velludo Esaú era un «diestro cazador, hombre del campo» (Gn 25:27); sin embargo, parecía ser tan impulsivo como los animales que cazaba. Vender su derecho de primogenitura a su hermano por un plato de guiso, porque estaba agotado y exhausto del trabajo en el campo, no fue una decisión sabia (Gn 25:30-34). ¿No pensó en las consecuencias de su decisión antes de aceptar los términos? Años después, Esaú tomó una esposa extranjera a pesar de lo que Isaac su padre le había ordenado: «No tomarás para ti mujer de entre las hijas de Canaán» (Gn 28:6). Quizás lo hizo por resentimiento hacia su padre y el dolor del engaño que sufrió a manos de su hermano. Sin embargo, tuvo que vivir con las consecuencias de habitar con una esposa extranjera y vivir fuera del pueblo del pacto de Dios. Si su padre Isaac hubiera persuadido a Esaú de darse cuenta de las consecuencias de sus malas decisiones desde el principio, ¿las consecuencias posteriores habrían sido las mismas?
La historia de cómo Jacob se puso pieles de cabra y se vistió con la ropa de su hermano para engañar a su padre anciano y con problemas de visión es bien conocida. ¿No hubo acaso señales del engaño de Jacob antes, cuando Jacob persuadió a su hermano para que le cediera el derecho de primogenitura? ¿Acaso no estaba haciendo honor al nombre que le dieron sus padres, con el doble significado de «el que agarra el talón» y «engañador»? Cuando su hermano gemelo Esaú se dio cuenta de que había sido engañado, exclamó: «Con razón se llama Jacob, pues me ha suplantado estas dos veces. Primero me quitó mi primogenitura y ahora me ha quitado mi bendición» (Gn 27:36). La mayor ironía de la historia es que Isaac fue engañado y le mintieron de la misma manera en que él había engañado y mentido a Abimelec (Gn 26:7). Si Isaac hubiera enfrentado su propio engaño, ¿qué podría haberle enseñado a su hijo?
Jacob: el descontento de Dina y el orgullo de José
La única hija de Jacob mencionada por nombre en las Escrituras es Dina. La Escritura dice que ella «salió a visitar a las hijas de la tierra» (Gn 34:1). La «tierra» se refiere a la ciudad pagana y extranjera de Siquem. ¿Qué la impulsó a dejar su propio hogar para buscar algo entre las mujeres de la ciudad vecina? Ella descubrió en Siquem la verdadera maldad de la tierra al ser horriblemente violada por un hombre que se aprovechó de ella. ¿Estaba Jacob demasiado ocupado con su propia vida como para notar la mirada errante de su hija, lo que la llevó a alejarse y a sufrir este acto abusivo?
El joven José tuvo dos sueños: sueños en los que era exaltado y sueños en los que sus hermanos se postraban a sus pies. Estos sueños alimentaron la ira de sus hermanos contra él. ¿Cómo supieron acerca de estos sueños? Lo supieron solo porque José se los había contado. ¿Fue esto inmadurez juvenil o surgió de un corazón orgulloso, un orgullo quizás alimentado por el favoritismo de Jacob hacia José (Gn 37:3)? ¿No había aprendido Jacob las consecuencias de tal favoritismo de su propia experiencia con sus padres y hermano?
Un llamado a los padres
Si el tiempo lo permitiera, podríamos extender nuestro estudio a Manoa y Sansón, Elí y sus hijos, Samuel y sus hijos, o David y Absalón. Mi propósito no es juzgar a los padres, ni simplemente jugar al juego hipotético del «¿Qué pasaría si?». Dios usó las situaciones pecaminosas de estos padres e hijos para Su plan de redención, lo cual demuestra que Su gracia es verdaderamente mayor que todos nuestros pecados.
El hecho de que Dios sea soberano sobre todas estas acciones no disminuye el dolor y las consecuencias que estas personas atravesaron, ni las miserables consecuencias del pecado que nosotros, como familias, padecemos. Todos los pecados mencionados, aunque no son una lista exhaustiva, no solo son pecados del pasado, sino que están siempre presentes en nuestros propios hijos (y a menudo también en nosotros como padres). Cuando vemos inclinaciones pecaminosas similares en nuestros hijos, los padres no deberíamos quedarnos de brazos cruzados, esperando que no les suceda nada malo. Las historias anteriores indican que esto es improbable. Más bien, debemos conectar los corazones y las mentes de nuestros hijos con la verdad y, cuando pequen, guiarlos con amor, por medio del perdón y el arrepentimiento, de regreso al camino de la justicia. Estamos llamados como padres a ser pastores y guías para nuestros hijos en el camino de la fe. Que seamos para nuestros hijos como la voz que menciona Isaías: «Tus oídos oirán detrás de ti estas palabras: “Este es el camino, anden en él”, ya sea que vayan a la derecha o a la izquierda» (Is 30:21).
Sin embargo, entre todos los ejemplos de relaciones entre padres e hijos en la Biblia, no perdamos de vista el único ejemplo de una relación perfecta entre Padre e Hijo que no cayó, no ha flaqueado y jamás fracasará. Más allá de lo que se debe y no se debe hacer como padres, descansemos siempre en lo que ya está hecho —cumplido y terminado— en Cristo, quien obedeció perfectamente a Su Padre, incluso hasta la muerte. De esa relación entre el Padre y el Hijo provienen toda la gracia, la misericordia y la fortaleza que necesitamos como padres, mientras crecemos en piedad y anhelamos que nuestras familias hagan lo mismo.

