
¿Qué tiene de especial la adoración?
17 febrero, 2026El vigilante nocturno
Este es el segundo artículo de la colección de artículos: El Espíritu Santo
La Catedral de Lausana se alza como un guardián antiguo en una ladera de Suiza. Abajo, las casas se agrupan unas junto a otras hasta las orillas del lago de Ginebra. Durante siglos, las campanas de la catedral han resonado, marcando el paso del tiempo para la gente que vive abajo.
En una fresca noche de octubre de 1405, las campanas resonaron con urgencia. Un incendio había comenzado y se estaba propagando rápidamente de una casa de madera a la siguiente. Las campanas movilizaron a toda la ciudad, y un vigilante nocturno fue apostado en lo alto del campanario para vigilar posibles nuevos incendios.
Han pasado más de seiscientos años desde aquella noche devastadora, y aun así no ha pasado ni una sola noche sin que un vigilante esté de guardia. Cuando la campana marca el paso de la hora, él se lleva las manos a la boca y grita colina abajo: «¡Este es el vigilante! ¡La campana ha sonado!», avisando a los habitantes del pueblo que todo estaba bien. La seguridad y protección de ellos descansaban en su vigilancia.
Aunque nuestros corazones no están hechos de paredes de madera o techos de paja, sus deseos se encienden con rapidez y necesitan ser vigilados de cerca. El corazón dirige nuestras acciones, palabras y el rumbo de nuestra vida: «Con toda diligencia guarda tu corazón, / Porque de él brotan los manantiales de la vida» (Pr 4:23). Esta vigilancia nace de la humildad, al reconocer que nuestros corazones son hechos nuevos en Cristo, pero que todavía se inclinan con facilidad al pecado y necesitan ejercitarse en obediencia y dependencia de Dios. «Antes bien, vístanse del Señor Jesucristo, y no piensen en proveer para las lujurias de la carne» (Ro 13:14).
El pastor puritano John Flavel aconsejó: «La tarea principal de la vida cristiana consiste en guardar y gobernar correctamente el corazón en toda circunstancia». A primera vista, esto parece apelar a nuestro apetito moderno por el autoanálisis, pero este «guardar el corazón» es muy diferente. Se trata de examinar el corazón para discernir lo que debe ser eliminado, abandonado y confesado, a fin de ser renovados en Cristo y ejercitados en una vida fiel.
La vigilancia se realiza con fe y vulnerabilidad, invitando al Espíritu Santo a escudriñar nuestros corazones y ayudarnos a ver. Es reconocer que un comentario sarcástico puede brotar de la amargura, que una adoración a medias puede revelar el amor a los ídolos del corazón, que el temor puede surgir de la falta de confianza en el carácter de Dios y que una relación tensa puede evidenciar falta de amor. Es una mirada honesta al orgullo que se manifiesta en nuestras vidas como egoísmo, ingratitud o egocentrismo.
El reconocimiento llega cuando la Palabra ilumina nuestros corazones y el Espíritu renueva nuestras mentes, moviéndonos al arrepentimiento y a la obediencia. Esta es una disciplina que no nace del odio hacia uno mismo, sino del amor en respuesta al amor de Dios por nosotros y de la fe en lo que Él dice sobre nuestros corazones: somos una nueva creación en Cristo, pero el pecado aún se aferra a nosotros. Nuestros corazones necesitan vigilancia y Su preservación.
El vigilante seguramente tenía muchas cosas que podían distraerlo: palomas anidando, la puesta de sol, la actividad de la gente en la ciudad, el sueño. También tenemos muchas cosas que demandan nuestra atención, pero en medio de todas las ocupaciones, guardar el corazón es vital mientras miramos a Jesús en arrepentimiento, fe y gozo.

