
¿Cómo puedo ser un padre piadoso?
9 febrero, 2026Una cura para los problemas del corazón
Este es el primer artículo de la colección de artículos: El Espíritu Santo
Todos, en algún momento de esta vida, experimentan lo que J.C. Ryle llamó «problemas del corazón». Jóvenes y mayores, madres y padres, pastores y feligreses: todos nosotros luchamos a veces contra la frustración, la confusión, el desánimo y la desesperación. ¿Existe una cura para los problemas de nuestro corazón?
Cuando Jesús les dijo a Sus discípulos que uno de ellos lo traicionaría (Mt 26:21-22) y que pronto iría a un lugar donde ellos no podrían seguirlo de inmediato (Jn 13:33), olas de angustia invadieron sus corazones. Jesús respondió con un consejo sencillo: «No se turbe su corazón» (Jn 14:1). ¿Es esto suficiente? ¿Es el mandato de Jesús de «no se turbe su corazón» algo más que un simple cliché para Sus discípulos, tanto entonces como ahora? Hay tres cosas a considerar al responder esa pregunta.
En primer lugar, Jesús se refiere a la «angustia», mental y espiritual, que Él conocía bien. Este término describía Su propio dolor por la muerte de Lázaro (Jn 11:33), Su inminente traición por parte de Judas (Jn 13:21) y Su temor ante la cruz (Jn 12:27). Esto significa que, en última instancia, no tenemos que estar angustiados porque un Jesús angustiado ha soportado el dolor que resulta de nuestros pecados, por los cuales Él murió. Por eso Jesús inmediatamente insta a Sus discípulos a que «crean en Dios, crean también en Mí» (Jn 14:1). ¿No es esto lo que necesitamos hacer con todos nuestros problemas del corazón? Creamos en Jesús con mayor firmeza, más constancia, más determinación, repitiéndonos una y otra vez: «Jesús reina sobre todo. Él me ama. No me abandonará».
En segundo lugar, Jesús recordó a Sus discípulos que la causa de su angustia —es decir, Su inminente partida— era para su beneficio: «En la casa de Mi Padre hay muchas moradas… Voy a preparar un lugar para ustedes» (v. 2). Él no quiso decir que las camas del cielo necesitaban sábanas, sino que nuestros pecados debían ser cubiertos ante la presencia del Padre. Jesús ha ascendido al cielo para llenar ese reino con el resplandor de Su vida, haciendo del cielo un hogar seguro para todos los que confían en Él. Lector, si eres cristiano, tu aflicción más intensa está en camino de extinguirse en la gloria y la felicidad del cielo, a donde Cristo ha ido en tu lugar.
En tercer lugar, Jesús sana nuestro problema con la seguridad de una comunión sin pecado con Él para siempre. «Y si me voy y les preparo un lugar, vendré otra vez y los tomaré adonde Yo voy; para que donde Yo esté, allí estén ustedes también» (v. 3). El deseo ferviente de Jesús es tener a Su pueblo con Él. Estar con Él en el paraíso (ver Lc 23:43) será nuestro gozo eterno. Nuestra esperanza de gloria hoy (Col 1:27) —que estamos con Él ahora a través de la fe, y Él está con nosotros en el vínculo del Espíritu— garantiza que pronto terminarán nuestras aflicciones.
¿Recordarás la angustia que Jesús soportó, el cielo que Él ha preparado para ti y la bendición de la nueva vida que hoy está derramando en ti? Estas cosas eternas invisibles brillan más y perdurarán más que todo el dolor de este mundo (2 Co 4:17-18).

