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Transcripción
Continuamos con nuestro estudio de los pactos de la Biblia. Hoy quiero centrar nuestra atención en el primer pacto que Dios hace con la humanidad. Y de hecho, cuando vemos ese primer pacto, se le conoce por diferentes nombres y por diferentes razones. A veces, a ese primer pacto se le conoce simplemente como el pacto adánico por razones obvias: fue hecho con Adán. La segunda forma en que el primer pacto es descrito, es que a menudo se le llama el pacto de la creación. Antes de mencionar la tercera designación, quiero hablar un poco sobre estas dos designaciones.
Obviamente, llamamos a ese primer pacto Adánico porque en él Adán está relacionado con Dios. Y el término adán significa «hombre» en el sentido genérico, humanidad o raza humana. Y sabemos, particularmente por nuestros estudios del Nuevo Testamento (pero también se puede deducir del Antiguo Testamento), que cuando Dios hizo este pacto con Adán, no fue un pacto simplemente entre Dios y un individuo histórico en particular. Sino que Adán representaba a toda la humanidad.
Eso es muy importante para nosotros, particularmente más adelante en nuestra comprensión de la historia de la redención, porque en el papel que Adán jugó, inicialmente, falló como nuestro representante. Y así, cuando Cristo viene al mundo, una de las responsabilidades que el Padre le asigna es el ser el «nuevo Adán». Y uno ve el contraste mencionado muchas veces en el Nuevo Testamento: «Por la desobediencia del primer Adán, la muerte viene al mundo, y por el nuevo Adán o la obediencia del segundo Adán, la vida viene al mundo».
Así que el Nuevo Testamento muestra mucho del contraste entre el Adán original y Cristo como el segundo Adán, porque en ambos casos, tanto con el Adán original como con Cristo, fungían y obraban, no como individuos particulares, sino como representantes. Ahora, en segundo lugar, dado que Adán representa a toda la raza humana, el pacto que Dios hace con él, de nuevo, no es con un individuo aislado, sino con toda la humanidad. Lo que eso significa es que todos los seres humanos que descienden de Adán, participan en el pacto adánico.
Por naturaleza, como los hijos de Adán, estamos necesariamente involucrados en una relación de pacto con Dios. Ese es un punto que a menudo se pasa por alto y hasta se complica. La gente dice: «No soy judío o no soy cristiano, por lo tanto, no estoy en ninguna relación de pacto con Dios». Pueden decir: «Ni siquiera creo en Dios, así que de ninguna manera puedo estar en una relación de pacto con Dios». Espera un minuto. Lo que el Antiguo Testamento está diciendo es que tú estás en una relación de pacto con Dios, incluso si lo niegas. No puedes escapar de esta relación de pacto establecida entre Dios y tú en Adán.
De nuevo, este concepto representativo de Adán lo señala Pablo en Romanos donde dice que «en Adán todos pecamos»; en Adán, aun cuando no estuvimos allí. Y eso plantea todo el espectro y el misterio que acompaña al tema del pecado original y nuestra relación con la Caída. Pero de eso no estamos hablando ahora, sino que simplemente estamos recordando que todos nosotros estamos ineludiblemente en una relación de pacto con Dios en virtud de nuestra relación con Adán. Y la pregunta es esta: Ya sea que seas alguien que guarda el pacto o que quebranta el pacto, todos hacemos lo uno o lo otro, pero ninguno de nosotros está fuera del pacto. Y de nuevo, también se le llama el pacto de la creación porque fue preparado según el orden de las cosas antes de la Caída, y que las estipulaciones que Dios le dio a Adán en este pacto, fueron por extensión, dadas a todo el mundo.
Y la pregunta que surge es: Esas estipulaciones o requisitos que Dios impuso a Adán en este primer pacto, ¿fueron alguna vez abolidas o anuladas?». ¿Cuál sería el significado de hacer una pregunta como esa? Bueno, una de las cosas que debatimos todo el tiempo son los temas de la santidad del matrimonio, la santidad de la vida y otros más. Y algunas personas dicen: «Bueno, lo que Dios dio a través de Moisés en el Antiguo Testamento ya no se aplica a nosotros; o cualquier estipulación que Dios le dio a Jesús, a través de Jesús a su pueblo en el Nuevo Testamento puede aplicarse a los cristianos, pero no se aplican a los no cristianos».
Pero la respuesta a eso es que cualquier ley que Dios implanta en el pacto de la creación se extiende hasta donde la creación se extiende. De modo que si Dios santifica el matrimonio en la creación, entonces la santidad del matrimonio se aplicaría a todas las generaciones. Y una cultura dada, en un tiempo y lugar particulares, no tiene el derecho ante Dios de prescindir de la santidad del matrimonio y decir: «Simplemente vamos a vivir juntos y no vamos a tener más matrimonios». Ese es un concepto anticuado, puritano o cristiano que no nos obliga».
Una de las razones, por ejemplo, por las que la iglesia reconoce las ceremonias civiles del matrimonio, y no restringe el matrimonio a la iglesia, y concede que el Estado tiene el derecho de regular el matrimonio, es la convicción de que el matrimonio no sólo fue dado a los seres humanos como judíos o a los seres humanos como cristianos, sino que se da a los seres humanos. Que es un estado que Dios bendice y santifica para toda la raza humana, y que no hay ningún requisito de ser judío o cristiano para participar en la santidad del matrimonio. Está integrado en la creación.
Es por eso que los asuntos éticos que tratan con la naturaleza de la familia, la naturaleza de las relaciones sexuales, así como la naturaleza del matrimonio, trascienden las consideraciones culturales contemporáneas. Si en verdad estas cosas están enraizadas y fundamentadas en la creación, entonces nunca pueden ser tratadas como un asunto de costumbre. Ahora, eso me lleva a otra pregunta que está relacionada con esto. En mi libro Conociendo las Escrituras, tengo un capítulo sobre la difícil pregunta interpretativa de las costumbres y los principios.
Leemos ciertas amonestaciones y exhortaciones en la Biblia que están estipuladas allí, y decimos: «¿Son estas cosas obligatorias para los cristianos de todas las épocas, todos los lugares y todos los tiempos, o son simplemente costumbres contemporáneas de la iglesia del primer siglo que desaparecen cuando esa cultura en particular cambia?». Sabemos que hay ciertas cosas que están expuestas a las mutaciones culturales. Por ejemplo, cuando damos nuestros diezmos, no tratamos de pagarle a Dios en siclos. Damos el diezmo en nuestra moneda porque el principio que permanece intacto es que debemos ser mayordomos de nuestras posesiones y debemos apoyar la obra del reino de Dios, pero la forma particular de moneda que usamos cambia de una cultura a otra, de una generación a otra.
La Biblia llama a los cristianos de todo lugar y de todas las generaciones a «vestirse con modestia». Pero lo que sería inmodesto en una cultura, si anduviéramos como la gente de algunas de las tribus primitivas del mundo, en nuestra cultura se consideraría provocativo y obsceno; mientras que en otra cultura es su atuendo estándar. De modo que hay diferencias en la manera que viste la gente de una generación y de una cultura a otra. Eso es algo que cambia; es fluido. Por lo tanto, no requerimos que las personas usen túnicas y sandalias en nuestra cultura porque eso fue lo que Jesús usó, porque eso tiene que ver con la costumbre. Un principio es lo que trasciende las costumbres locales y se aplica a todos los cristianos en todas partes y en todo momento.
Ahora, a veces es muy sencillo entender la diferencia entre un principio y una costumbre. Tomemos el caso del mandamiento de Cristo a sus discípulos de salir y no llevar sandalias con ellos, y otras cosas. ¿Significa eso que tenemos un mandato universal de Cristo de hacer siempre evangelismo con nuestros pies descalzos? Claro que no. Porque la forma en que la gente cuidaba sus pies en el primer siglo con zapatos o sandalias o descalzos difiere de nuestra propia cultura. Pero se vuelve mucho más complicado cuando tenemos problemas como: ¿Qué tan fuerte es hoy el tema, por ejemplo, de la estructura de autoridad en el hogar o en el matrimonio? ¿Es la idea del liderazgo masculino en el hogar un asunto de costumbre o es un asunto de principios?
Ahora, otra vez, ese tema es uno que se ha debatido ferozmente en nuestros días. Y tomaré una representación simple de ello donde en Primera a los Corintios y en la correspondencia con los corintios, Pablo dice a las mujeres que se cubran la cabeza al adorar, ¿verdad?, y casi nadie hace eso hoy en día. Y si reciben diez comentarios sobre Primera a los Corintios, obtendrán diez opiniones diferentes, pero casi todas ellas, les garantizo, les dirán que en el momento en que Pablo escribió Primera a los Corintios en la ciudad de Corinto, que es una ciudad costera conocida por su inmoralidad y sexualidad, la marca de una prostituta era caminar con la cabeza descubierta. Y Pablo estaba preocupado por el decoro de la comunidad cristiana, obviamente, porque no quería que las mujeres cristianas de Corinto parecieran prostitutas, y por eso les dice que se cubran la cabeza. Esa es la explicación que leemos comentario tras comentario.
Tengo un problema con eso y he aquí por qué. Pablo nunca dice en Primera a los Corintios que «la razón por la que quiero que las mujeres se cubran la cabeza es para que no parezcan prostitutas». Ahora, piénsalo bien. Si el apóstol da una exhortación como esa que nos resulta desconcertante, porque no parece tener mucho sentido en nuestra cultura, creo que es un trabajo legítimo del intérprete bíblico examinar lo que ellos llaman el «zitzem Leben», la «situación de vida» en la que el texto fue escrito. Y creo que es útil para ayudarnos a entender la Biblia, leer cómo era la cultura contemporánea y preguntarnos: «¿Cómo entendería la gente del primer siglo este texto o esta exhortación?» Ese es un enfoque legítimo para la interpretación bíblica, pero permítanme decirles lo que no es legítimo.
Cuando el apóstol da la razón de su exhortación, no es legítimo descartar su razón, su argumento, y reemplazarlo con un razonamiento especulativo que extraemos de nuestro estudio de la cultura contemporánea. ¿Siguen lo que estoy diciendo? El apóstol Pablo no solo no dice que la razón por la que quiere que las mujeres se cubran la cabeza es por las prostitutas, no solo no dice eso, sino que da una razón. Y la razón tiene que ver con la señal de la subordinación de la esposa al marido en la familia. Cuando Pablo ofrece ese caso, no apela a la cultura local de Corinto, sino que apela a la creación.
Le digo a las personas, tengan mucho cuidado antes de descartar un mandato de Dios como una costumbre local que no es obligatoria para ustedes ni para mí. Si vamos a errar entre la costumbre y los principios, hay incluso un principio bíblico que nos enseña cómo equivocarnos en eso, y es: «lo que no procede de fe, es pecado». En otras palabras, el peso de la prueba cuando se trata de un mandato en las Escrituras siempre recae sobre aquellos que dicen que es una costumbre en lugar de aquellos que dicen que es un principio, porque si la Biblia me dice que haga algo y en realidad se trata de una costumbre, y soy demasiado escrupuloso y trato una costumbre como un principio, lo único que hago es ser sobre-escrupuloso.
Pero si tomo un principio que Dios establece para su pueblo y lo descarto como una mera costumbre, ahora soy culpable de subvertir la ley misma de Dios. Y es por eso que esto es muy delicado cuando tratamos estas cosas. Y no siempre es fácil discernir la diferencia entre el principio y la costumbre, y los debates ocurren sin cesar al respecto. Pero, de nuevo, si encontramos algo que está arraigado en la creación, lo que menos deberíamos hacer es tratarlo como una costumbre, porque si algo trasciende las consideraciones locales, es ese principio que se establece en la creación, porque esos principios son obligatorios mientras estén vinculados con la creación.
Cuando lleguemos al pacto con Noé, ampliaremos algunos detalles más que se relacionan con este concepto del pacto de la creación, porque detalla específicamente algunas cosas que solo están implícitas en el pacto original de la creación. Bien, entonces dije que hay una tercera designación, y de estas tres designaciones para el primer pacto que se hizo entre Dios y el hombre, esta es, sobremanera, la más controversial. Y se trata de la designación del primer pacto que Dios hace con el hombre: el pacto de obras: el pacto de obras.
Solo como una referencia a esto, permítanme leer una porción del documento reformado del siglo XVII, la Confesión de Fe de Westminster, donde en el capítulo siete, titulado «Del pacto de Dios con el hombre», la primera sección de ese capítulo dice lo siguiente: «La distancia entre Dios y la criatura es tan grande, que aunque las criaturas racionales le deben obediencia como a su Creador, sin embargo, nunca tendrían disfrute alguno de Dios como bienaventuranza y galardón, a no ser por una condescendencia voluntaria de parte de Dios, la cual le ha agradado expresar por medio del pacto». Y luego en la sección dos: «El primer pacto hecho con el hombre fue un pacto de obras, en el cual se le prometió la vida a Adán y en él, a su posteridad, bajo la condición de obediencia perfecta y personal».
Aquí es donde entra la confusión. En la primera sección, la idea que los teólogos de Westminster están expresando aquí es que, por naturaleza, no tenemos un programa de derechos por creación. Cuando Dios nos hace del polvo, no tiene la obligación de darnos prosperidad, buena salud, vida eterna porque la criatura no puede decirle al Creador: «Debes hacer esto por mí; debes hacer eso otro por mí». Cualquier beneficio que recibimos del Creador no proviene de alguna necesidad divina o de algún tipo de ley externa que se le impone a Dios por la naturaleza de las cosas; sino que cualquier beneficio que obtengamos como criaturas proviene voluntariamente, es decir, de la disposición personal misma de Dios.
Recuerden lo que estuvimos hablando sobre la diferencia entre pacto y testamento, la diferencia entre la palabra hebrea berith y la palabra griega diatheke para testamento; dije que la razón por la cual la iglesia finalmente tomó una decisión, y de hecho la Septuaginta finalmente se decidió por diatheke, fue porque tenía ese elemento de disposición soberana. Y eso es muy importante porque hemos sido muy condicionados en nuestra propia cultura a pensar en términos de programas de asistencia social; que si no conseguimos estas cosas, hay alguna especie de injusticia.
Siempre estoy un poco descontento con parte del lenguaje que escucho, particularmente en el mundo académico. «Bueno, ¿qué estás haciendo? Bueno, estoy estudiando para mi doctorado». Está bien, si con eso quieres decir que esperas algún día llegar a ser doctor. Pero no es como si el doctorado estuviera reservado para ti en algún lugar y todo lo que tienes que hacer es bajar y recogerlo porque tienes derecho a él. Realmente tenemos este problema, que ahora hemos llegado a pensar que el estado nos debe una educación universitaria. Nos debe un cierto nivel salarial. Nos debe esto y nos debe aquello. ¿De dónde sacamos eso? ¿Quién dijo que un gobierno le debe a su pueblo otra cosa que gobernar con justicia?
Pero así somos como criaturas y dejamos que eso influya en nuestro pensamiento con respecto a cómo Dios se relaciona con nosotros. Dios no nos debe nada. Cualquier bendición que Él nos dé, viene de Él voluntariamente, de Su gracia. Ahora, debido a ese principio, que está tan completa y firmemente expuesto en esta primera declaración: «La distancia entre Dios y la criatura es tan grande que, aunque las criaturas racionales le deben obediencia como a su Creador, sin embargo, nunca tendrían disfrute alguno de Dios como bienaventuranza y galardón, a no ser por alguna condescendencia voluntaria de parte de Dios, la cual le ha agradado expresar por medio del pacto».
La diferencia está en la naturaleza de las cosas por el hecho de que «Dios nos ha hecho y no nosotros mismos». Se lo debemos. Somos deudores a Él por nuestra propia existencia. Le debemos todo; Él no nos debe nada. Sin embargo, como dice: «nunca tendrían disfrute alguno de Dios como bienaventuranza y galardón, a no ser por alguna condescendencia voluntaria de parte de Dios, la cual le ha agradado expresar por medio del pacto». ¿No dice eso que el primer pacto no es un pacto de obras, sino un pacto de gracia? No, esta distinción entre pacto de obras y pacto de gracia no tiene la intención de decir eso.
El punto de la distinción entre el pacto de obras y el pacto de gracia es qué condiciones impone Dios a aquellos de nosotros que estamos en pacto con Él para nuestra experiencia de sus beneficios. Ahora, creo que todos estamos de acuerdo en que para Dios hacer un pacto con nosotros es porque es misericordioso. Y debido a algo de eso, debido a ese punto, hay algunas personas que se oponen a esta distinción entre el pacto de obras y el pacto de gracia porque piensan que oscurecería la realidad de que cualquier pacto que tengamos con Dios es solo por Su gracia.
Es un acto de gracia que Él hiciera algún tipo de pacto con nosotros en primer lugar. Pero, de nuevo, los teólogos de Westminster reconocieron eso en la primera parte, y luego en la segunda parte, inmediatamente hacen esa distinción entre el pacto de obras y el pacto de gracia, que veremos más a fondo en nuestra próxima sesión.







