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Transcripción
En esta sesión vamos a continuar con el panorama general del fruto del Espíritu y enfocar nuestra atención en las virtudes de la paciencia, o a veces traducida como tolerancia, y la benignidad. Pero primero empecemos con una oración. Padre, cuando consideramos Tu benignidad y Tu paciencia para con nosotros, se enciende en nuestro ser el deseo de imitarlas en nuestras relaciones con otros. Te pedimos que nos des entendimiento de estas virtudes para que podamos ser más productivos con ellas. Esto lo pedimos en el nombre de Cristo, amén.
Al tratar las otras partes del fruto del Espíritu, mencioné que el Espíritu Santo no es un gruñón, está caracterizado por la alegría y el gozo. Mencioné también que el Espíritu Santo no es pendenciero ni beligerante en su comportamiento hacia el mundo caído, y ahora creo que también es seguro decir que Dios el Espíritu Santo no es de mecha corta. Recuerden que el énfasis que quiero dar una y otra vez es que toda virtud cristiana se basa en última instancia en el carácter de Dios, y que la virtud cristiana y el fruto del Espíritu es simplemente, nada más y nada menos, que la reproducción en nosotros, o la imitación por nuestra parte, del carácter santo y justo de Dios.
Entonces, vemos en la persona de Dios, el ejemplo supremo de estas virtudes, Dios mismo es descrito como paciente, y eso es básicamente de lo que se trata el concepto más abstracto de la paciencia. Tiene que ver con la capacidad de soportar el dolor durante un período de tiempo. Nos impacientamos cuando experimentamos incomodidad o dolor por las cosas que se nos postergan, y queremos que las cosas se aceleren porque no podemos soportar el dolor de la demora. Y ese es el vínculo entre la paciencia y la idea de la tolerancia.
En el griego viene del prefijo de la palabra «macro», que es «grande», y luego la raíz viene de la palabra para «sentimientos o pasiones». «paciencia» significa «sentimientos grandes». El énfasis en la paciencia, bíblicamente, es un asunto de tiempo, y si vamos a 1 Corintios 13, vemos que esta es una característica del amor: que el amor es paciente y bondadoso. Aquí vemos de nuevo el vínculo entre la exposición del amor en 1 Corintios 13 y la lista del fruto del Espíritu en Gálatas. Esto es una expresión de amor, mantener ese amor durante un período de tiempo. Este es el tipo de cosas de las que está hecha la lealtad.
En otra serie de clases sobre ética, señalé con gran detalle los requisitos que Dios pone delante de Su pueblo, como encontramos en el profeta del Antiguo Testamento que plantea la pregunta: «¿Qué demanda el Señor de ti?» ¿Cuál es la respuesta? «Hacer justicia» o «Practicar la justicia». «Amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios». ¿Qué significa amar la misericordia? Es gracioso. Si nos fijamos en las diversas traducciones al español de ese concepto, «amar la misericordia», encontraremos otras interpretaciones. Otros textos dirán: «amar la compasión».
El amor de Dios es un amor constante y fiel. Eso es la misericordia, y eso es lo que conlleva la misericordia. Tomemos, por ejemplo, si tengo que sentarme como juez en la sala de un tribunal, y tengo que juzgar a un perfecto extraño cuyos actos de violencia están bien documentados, y luego tengo que juzgar a mi propio hijo. ¿En cuál de esos casos sería más probable que estuviera dispuesto a la misericordia? La misericordia nace de un amor constante y permanente, al menos la disposición a la misericordia, y creo que hay una razón por la que la paciencia y la misericordia vienen justo antes de la benignidad, porque la benignidad fluye de la paciencia.
Ahora, creo que lo opuesto a la paciencia, al amor paciente que está siendo expresado aquí, es lo que yo llamaría «un espíritu de resentimiento» o «un espíritu de venganza», que no debe ser característico de la personalidad cristiana. Edwards nos dice que la paciencia o la tolerancia nos dispone a soportar los males que recibimos de otras personas. Nuestra reacción natural al dolor que se nos inflige es la represalia, es el deseo de venganza. De hecho, tenemos un dicho en nuestra cultura. Cuando alguien nos hiere y nos enojamos, alguien puede advertirte y aconsejarte y decirte: «No te enojes…», ¿qué más? «desquítate». «No te enfades; desquítate». Eso exalta la represalia o la venganza como una virtud.
Ahora, aquí tenemos que ir por una línea muy delgada -de hecho, al filo de la navaja- porque podríamos reaccionar exageradamente al concepto de venganza y hacer que parezca como si fuera un mal intrínseco, pero no podemos hacer eso. ¿Por qué no? Porque Dios ejecuta la venganza. Ahora, hay tres palabras con las que nos encontramos con frecuencia en el Nuevo Testamento que a menudo están en nuestro vocabulario común, usado por las personas como si fueran sinónimos, y no lo son, y creo que es importante tener la distinción clara en nuestras mentes sobre estos conceptos; y son el concepto de justicia, el concepto de vindicación y el concepto de venganza.
Todos estos están muy estrechamente relacionados, pero tienen muy pequeñas características distintivas que son precisas y nítidas. La justicia tiene que ver con la manifestación de la rectitud, y en el tribunal de justicia se hace justicia cuando hay un equilibrio, una armonía, una ecuación entre el pecado y el castigo, la virtud y la recompensa. Se hace justicia cuando el castigo es igual al delito o cuando la recompensa es igual al mérito. Eso es fundamentalmente lo que entendemos por justicia.
La injusticia ocurre cuando el castigo es más severo que el crimen, o cuando la recompensa es menor de lo que se requiere. Eso es una injusticia, o eso es injusto. La pequeña diferencia entre justicia y vindicación -porque la vindicación es algo que sucede en el tribunal de justicia- la vindicación se produce cuando alguien ha sido acusado de un delito y se demuestra que es inocente. Una persona es reivindicada cuando es exonerada de cargos falsos.
Ahora, una de las heridas más difíciles de soportar, si vamos a ser pacientes y tolerantes, es soportar el dolor de la calumnia. Soportar el dolor de las falsas acusaciones, soportar el dolor de la hostilidad del mundo que se dirige contra nosotros, no porque de hecho hayamos hecho algo malo -a veces es porque hemos hecho algo malo-, sino porque hay ocasiones en las que el cristiano está llamado a sufrir por amor a Cristo, que es un sufrimiento noble, un sufrimiento por causa de la justicia, por el cual Jesús mismo pronuncia su bendición. «Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí…, porque la recompensa… en los cielos es grande».
Luego continúa y dice que eso le sucederá al cristiano, que el cristiano participará en la humillación de Jesús. Participará en el antagonismo del mundo hacia Jesús, y en la enemistad del hombre natural hacia Jesús. Estarás en la mirilla. ¿Cómo lidias con eso? El cristiano maduro no reacciona con un espíritu de represalia. ¿Te acuerdas de los discípulos? Cuando vieron que Jesús estaba siendo acusado falsamente, Pedro fue por la espada. Jesús dijo: «Espera. Voy a ser paciente. Voy a seguir hasta el final». Estamos llamados a imitar eso hasta cierto punto.
Ahora, cuando te acusan falsamente, ¿hay algo de malo en tener el deseo de ser vindicado? Para nada. La reivindicación es algo por lo que clamamos. Jesús nos da la parábola del juez injusto para enseñarnos sobre este mismo punto, y Él dice: «¿Y no hará…» –es una pregunta retórica– «¿Y no hará Dios justicia a Sus escogidos, que claman a Él día y noche?». Se nos anima a orar a Dios para que nos vindique de las falsas acusaciones cuando se nos acusa falsamente, pero mientras tanto se nos llama a un espíritu de tolerancia y paciencia.
Un ejemplo extremo de eso es el propio Jonathan Edwards. Jonathan Edwards fue el predicador a quien Dios usó para ser el catalizador del Gran Despertar en Nueva Inglaterra cuando predicó en Northampton por años, y luego se levantó un hombre en la ciudad que se puso muy celoso de Edwards y muy enojado con Edwards. Y este hombre, con un claro caso de malicia premeditada, inventó de la nada mentiras prefabricadas y comenzó a difundir rumores que asesinaron el carácter de Jonathan Edwards en Northampton.
Al principio nadie le creyó porque el carácter de Edwards era muy conocido. Pero a medida que la fábrica de rumores comenzó a cobrar impulso, la gente se sentía incómoda, se preguntaba si había algo de verdad ahí, y empezaron a preguntarle a Edwards sobre esto. Algunos de sus amigos se acercaron y preguntaron: «¿Qué hay de esto, Jonatán?». Él dijo: «No voy a decir nada». Y finalmente la cosa se elevó a escalas gigantes de tal manera que fue el escándalo de la ciudad, y la gente pedía a gritos la cabeza de Edwards y su renuncia; y sus amigos más cercanos se acercaron a él y le pidieron: «¡Por favor, Jonatán, responde a los cargos!». Y él se negó a hacerlo.
Él no quiso defenderse, y le dijeron: «¿Por qué no hablas en tu propia defensa? ¿No quieres ser vindicado?» Y le dijo a su amigo: «Lo quiero desesperadamente». Le dijo: «Entonces, ¿por qué no hablas?». Respondió: «Porque lo imagino así: si me defiendo a mí mismo, entonces el alcance de mi vindicación será directamente proporcional a la habilidad de mi defensa, pero si lo soporto con paciencia, entonces Dios moverá cielo y tierra para vindicarme; y prefiero Su vindicación a la mía». Ahora, no sé cuántos piensan así. No creo que pudiera hacer eso, pero Edwards lo hizo. Él realmente lo creía, y lo hizo hasta las últimas consecuencias.
Fue destituido de su pastorado, exiliado y desterrado, y siete u ocho años más tarde el pecador estaba tan abrumado por el remordimiento que convocó una reunión pública en Northampton y confesó públicamente toda su culpa por haber levantado esas acusaciones, y cuán mal se sintió la ciudad por ello. Pero Edwards no fue vindicado en el cielo. Él fue vindicado en la tierra. La mayoría de nosotros tenemos que esperar hasta que lleguemos al cielo. Pero eso es lo que significa. La vindicación es ser exonerado. Ahora, la venganza es cuando tratamos de devolver el golpe. Ahora, el cristianismo no prohíbe la justicia ni prohíbe los tribunales, ni nada por el estilo, sino que el principio de la venganza es este: la venganza castiga al malhechor, y Dios dice: «La venganza es mía».
A menudo eso es todo lo que la gente escucha. Escuchas a la gente decir: «No puedes ser vengativo. No se te permite vengarte a ti mismo», y eso es lo que Él está diciendo porque la venganza pertenece a Dios, pero luego, en el siguiente aliento dice, ¿qué? «Yo pagaré. No te preocupes por la venganza. Ya llegará. No solo te reivindicaré, sino que castigaré a los que te han acusado falsamente. No solo exoneraré a los inocentes, sino que castigaré al culpable, pero lo haré. No lo hagas tú». Por lo tanto, Dios se lo reserva para sí y para las instituciones terrenales a las que ha asignado esa responsabilidad, es decir, los tribunales de justicia.
Ahora, ¿por qué Dios no nos da el derecho a la venganza? ¿Recuerdan que dije esa pequeña expresión hace un momento: «No te enojes; desquítate»? Cuando yo era pagano, cuando era joven, escuché ese dicho, y no me gustó desde el inicio, la primera vez que alguien me dijo: «R.C., no te enojes; desquítate», le dije, «¿Desquitarme?» Yo practicaba deportes. Le dije: «¿Quién quiere un empate? Eso no tiene sabor a nada. Llevemos esto a la muerte súbita. Vayamos por otra ronda. No quiero solo empatar, ¡quiero ganar!». Así que la frase para mí no era «No te enfades; desquítate», era «No te enfades; acábalo». Ahora, esa fue una expresión perfecta de la humanidad caída en mí: exagerar, y si se me deja la justicia a mí, mi tendencia normal y pecaminosa es castigar en exceso, reaccionar en exceso y corregir en exceso.
Creo que esa es la razón principal por la que Dios se reserva la venganza para Sí mismo. Pero muy arraigado en cada uno de nosotros está la capacidad de venganza despiadada, y a medida que el fruto del Espíritu crece, entonces la capacidad de tolerancia, de paciencia, de soportar el insulto y la injuria, comienza a fortalecerse dentro de ti, y en ese punto estás caminando en los pasos de Cristo, quien fue el modelo supremo de la paciencia. Es decir, ¿te imaginas lo difícil que es? ¿Cuánto tiempo aguantas el zumbido de una mosca o una hormiga caminando por tu plato en un picnic?, cuando sabes que todo lo que tienes que hacer es simplemente tomar tu dedo y «aplastar», y ese es el fin de la molestia.
Verás, una cosa es que yo tenga paciencia con personas malvadas que me están haciendo pasar un mal rato. Me di cuenta cuando era jovencito, y era dado al combate y a la violencia (tal vez 50 peleas callejeras cuando estaba en secundaria), que la mayoría de mis peleas eran con personas de mi mismo tamaño. No era de mecha corta con chicos que medían 1.90. Una vez me metí en una pelea con un chico de 1.95. Una vez. Hago énfasis en una vez. Eso me enseñó un poco sobre la paciencia para la próxima vez. En otras palabras, tendemos a ser más pacientes con las personas con las cuales no tenemos poder porque no podemos permitirnos no tener paciencia, así que en ese caso, la paciencia no es tanto una virtud.
Piensen en Jesús, quien en cualquier momento, podía llamar a legiones de ángeles, y Él se quedó allí y escuchó las calumnias de estos hombres que estaban discutiendo con Él teológicamente, ¿ok? Quien es el principio y el fin de la teología. Están discutiendo con Él sobre la naturaleza: Él la hizo. Lo están amenazando con castigo. Él tiene el poder de la vida y la muerte en Su mano, y no abrió Su boca. Él les recordó a Sus discípulos, dijo: «Miren, nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mis ovejas», y Él pudo haber llamado a esas legiones de ángeles. Eso realmente requiere gracia, ser paciente cuando tienes el poder de ser impaciente.
Permítanme seguir, pues veo que el tiempo avanza, con la benignidad. ¡Qué palabra! ¡Qué virtud! La misma palabra «benignidad», ¿cómo llega a tu oído? ¿Cómo respondes a las personas que son benignas? Ah, yo sé que a uno lo llaman de diversas maneras. ¿Cómo te sientes cuando alguien te dice que eres una persona benigna? Realmente me encantaría ser conocido como una persona benigna, y la benignidad, nuevamente, es una manifestación de la paciencia.
Una persona benigna no se enfada por las cosas pequeñas, no tiene un botón en el hombro. Una persona benigna es cálida y optimista con otras personas, y, otra vez, nace de la paciencia, no de los cuentos color rosa. Nace del hecho de que entendemos que nosotros mismos no solo somos sujetos llamados a ejercer benignidad, sino que primero nos hemos convertido en objetos de benignidad.
Piensa por un momento en la benignidad que has recibido de tu Padre y de tu Salvador. ¿Qué dice David en el Salmo 51 cuando tiene un profundo remordimiento por su pecado, y clama a Dios: «Oh Señor, borra mis transgresiones. No me trates conforme a tu justicia, sino conforme a Tu» – ¿qué? “Compasión”. Sé benigno conmigo. Es mi única esperanza». No podrías estar de pie ni un minuto en la presencia de Dios si no fuera por Su benignidad, y estamos llamados al mismo tipo de comportamiento.
Ahora, rápidamente, ¿cómo luce la benignidad o qué no hace la benignidad? Una de las cosas que realmente me preocupa en el crecimiento cristiano, y no solo individualmente sino también corporativamente, es el problema de la mezquindad. El Nuevo Testamento nos dice sobre el amor, que el amor cubre una multitud de pecados, no es que permita el pecado grosero y atroz y lo deje sin control o sin disciplina. Ustedes saben que muchas veces pecamos en dos direcciones todo el tiempo. A veces somos demasiado tolerantes y a veces demasiado intolerantes. Pero hay una multitud de pecados, que el amor cubre.
¿Alguna vez has estado en ambientes cristianos que eran quisquillosos y mezquinos? No puedo pensar en nada que paralice una obra cristiana más rápido que la mezquindad, el hurgar en pecados realmente menores. Sí, el pecado es pecado, pero incluso la Biblia entiende la diferencia entre esos pecados groseros y atroces que son realmente destructivos para la comunidad cristiana que debe ser disciplinada y las luchas normales y diarias del cristiano, y la mezquindad es un signo de inmadurez, un signo de fruto que aún no ha llegado a madurar.
¿Sientes la tendencia o el impulso de corregir a las personas por cada pequeña cosa que ves que hacen mal? Voy a contarles una historia, no es de Calvino, ni de Lutero, ni de Edwards, pero quiero leer una historia de otro teólogo que entiende las relaciones interpersonales: Dale Carnegie, Cómo ganar amigos e influir sobre las personas. Este no es un libro particularmente cristiano, pero es una de las mejores declaraciones de virtud cristiana en práctica que he leído, pero todo lo que Carnegie está enfatizando, por supuesto, son los beneficios prácticos de tratar a las personas correctamente. Lo entiende a nivel práctico. Permítanme leer una porción de esto que recuerdo.
Cuenta la historia de que después del final de una guerra, hubo un héroe de guerra en Inglaterra llamado Sir Ross Smith -perdón, él era de Australia- quien fue reconocido en un banquete hecho en su honor, y Dale Carnegie fue invitado a asistir a este banquete hecho en honor a Sir Ross. Él dice: «Durante la cena, el hombre sentado a mi lado contó una historia humorística que giraba en torno a una cita, y la cita que citó fue esta: “Hay una divinidad que da forma a nuestros fines, que los talla a nuestro antojo”, y luego dijo que la cita era de la Biblia». «Se equivocó», dijo Carnegie, «lo sabía, y lo sabía ciertamente. No podía haber la menor duda al respecto, y así, para tener un sentimiento de importancia y mostrar mi superioridad, me designé a mí mismo, como un comité no solicitado e inoportuno, para corregirlo.
Se aferró a sus armas. «¿Qué dijiste?» —¿De Shakespeare? ¡Imposible! ¡Absurdo! Esa cita era de la Biblia —dijo el narrador, y él lo sabía—. Ahora, el narrador —dijo Carnegie— estaba sentado a mi derecha, y el señor Frank Gammond, un viejo amigo mío, estaba sentado a mi izquierda. El señor Gammond había dedicado años al estudio de Shakespeare. Era un experto en Shakespeare, por lo que el narrador y yo acordamos hacer la pregunta al señor Gammond como árbitro, y Gammond escuchó la cita, me pateó debajo de la mesa y luego dijo: “Dale, estás equivocado. El caballero tiene razón. Es de la Biblia”.
De camino a casa esa noche, le dije al señor Gammond: “Frank, sabías que esa cita era de Shakespeare”. “Sí, por supuesto”, respondió. “Hamlet, Acto V, Escena II, pero fuimos invitados a una ocasión festiva, mi querido Dale. ¿Por qué sentiste la necesidad de demostrarle al hombre que estaba equivocado?”». Ahora, la verdad fue asesinada allí por un minuto, y no estoy abogando por eso, pero el punto, creo, Carnegie lo presenta bien: la benignidad pasa por alto los errores insignificantes y no se desvía del camino para hacer que la gente se vea mal innecesariamente.
Tengo que luchar con eso todo el tiempo. Tengo una enfermedad, una enfermedad incurable, sobre todo en mi familia. Mi familia nunca ha aprendido la diferencia entre el «yo» y el «mí»: cuándo se usa el sujeto y cuándo se usa el objeto, el nominativo y el acusativo, el «a nosotros» y el «a ellos». Dicen: «Nos dieron el regalo a Frank y yo», y me subo a la pared cuando escucho esa fractura del español de Cervantes, y a menudo corrijo el discurso. Tal vez eso sea parte de mi responsabilidad como padre, pero cuando lo llevo fuera de la casa, y lo hago con otras personas… justo el otro día me pillé haciendo eso.
Estaba jugando al golf, y alguien me dijo, —sé que el tiempo se nos va—, pero alguien me dijo: «El orgullo va antes de la caída», y yo dije: «No, el orgullo va antes que la destrucción. Es el espíritu altivo que va antes de la caída». No podía dejar de corregirlo, esa es una de las declaraciones más mal citadas de la Biblia, y tan pronto como lo dije, dije: «¡Oh! Simplemente fui mezquino. Simplemente afirmé mi superioridad a expensas de hacer quedar mal a otra persona». Y era innecesario. No era la verdad de Dios lo que estaba en juego allí. Me faltó benignidad, y la persona benigna supera la mezquindad y trata a otras personas con una preocupación por su bienestar.
En la próxima sesión veremos más aspectos del fruto del espíritu.







