
¿Por qué es la predicación un medio de gracia?
29 enero, 2026¿Cómo puedo ser una madre piadosa?
Este es el décimo artículo de la colección de artículos: Los fundamentos del discipulado cristiano
«Ámalos», me aconsejó nuestro sabio pastor. En todas mis lecturas sobre disciplina, rutinas y etapas del desarrollo, él guió a esta madre primeriza hacia lo que más importa: el amor (1 Co 13:1). Con el paso de las décadas, he llegado a valorar la sabiduría de su consejo. Mientras mantenemos el amor como prioridad, presento a las madres doce principios bíblicos sobre la santidad
1. Nuestra santidad es la prioridad de Dios.
Como solía decir el pastor escocés Robert Murray M’Cheyne (1813–1843): «La mayor necesidad de mi gente es mi santidad personal». Lo mismo ocurre con las madres. Podemos vivir humildemente de tal manera que podamos decir a nuestros hijos: «Sean imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo» (1 Co 11:1). Al perseguir esta meta, nuestros hijos aprenderán más de lo que pensamos.
2. Nuestra santidad está solo en Cristo.
Cuando pecamos, como todos lo hacemos (Ro 3:23, 1 Jn 1:8), también podemos dar un ejemplo de arrepentimiento. Cuando peques contra tus hijos, pídeles perdón. No seas como nuestros primeros padres y escondas tu pecado como si no existiera (Gn 3:7-8). Enseña a tus hijos a lidiar con su propio pecado mostrándoles cómo lidias con el tuyo. Al confesar tu pecado, tus hijos aprenderán que Dios no solo se interesa por nuestra santidad, sino que también provee el camino hacia la santidad a través de confiar en Cristo en el evangelio (1 Jn 1:9).
3. Servir a nuestros hijos es un llamado sagrado.
Podríamos sentir la tentación de pensar que hay algo más valioso que cambiar un pañal, esperar en la fila para pagar o jugar con nuestro niño pequeño o adolescente. Muchas tareas de la crianza son ordinarias, ¡pero cuando se hacen con fe son gloriosas! Cuando Jesús lavó los pies de Sus discípulos, dignificó el servicio humilde. Además, dijo que todo lo que hiciste «a uno de estos hermanos Míos, aun a los más pequeños, a Mí lo hiciste» (Mt 25:40). Sirvamos humildemente a nuestros hijos un vaso de agua fría en Su nombre (Mt 10:42), sabiendo que este cuidado amoroso refleja el cuidado de Dios por Sus hijos (Mt 7:9-11).
4. Nuestros hijos pertenecen a Dios.
Le pertenecen a Él primero (Ef 1:4). Él es su Creador celestial. Los hizo para Sus propósitos, no para los nuestros. Los padres son administradores, llamados a señalar a sus hijos cuál es su mayor necesidad (Heb 12:5-11). Esto significa que siempre debemos someter nuestros planes para nuestros hijos al plan de Dios (Pr 16:9). Dios escoge dónde vivirán (Hch 17:26), el bien que harán (Ef 2:10) y el curso de sus vidas (Sal 139:16).
5. Dios utiliza el sufrimiento para Su propósito santo.
Dios incluso elige el sufrimiento para nuestros hijos. Dios es un buen Padre que no permite el sufrimiento sin proporcionar alivio (Is 41:10; 1 Co 10:13; 1 P 4:19; Ap 21:4). De manera natural, nuestro corazón se rompe al ver sufrir a nuestros hijos. Pero en Su providencia santa y sabia, Dios dispone pruebas en la vida de nuestros hijos para conformarlos (y también a nosotros) al carácter de Su Hijo, Jesucristo (Ro 8:29). Con este buen propósito en mente, estamos llamados a regocijarnos en el sufrimiento y, con el tiempo, enseñar a nuestros hijos a hacerlo también (Stg 1:2-4).
6. La santidad requiere disciplina.
Dios disciplina a quienes ama y nosotros deberíamos hacer lo mismo (Heb 12:6, Pr 13:24, 23:13). A nadie, incluidas las madres, le gusta la disciplina en el momento, pero produce una cosecha de justicia y paz a los que han sido ejercitados por medio de ella (He 12:11). Ora por sabiduría para disciplinar bien a tus hijos y confía plenamente en que Dios te la concederá (Stg 1:5, 1 Jn 5:14-15).
7. La santidad requiere la visión de Dios.
El hombre mira la apariencia exterior, pero el Señor mira el corazón (1 S 16:7). Cuando nuestros hijos se portan mal, podemos sentir la tentación de juzgar por las apariencias. La Biblia nos advierte que cada uno de nosotros sea «pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira» (Stg 1:19) y nos dice: «El oído del sabio busca el conocimiento» (Pr 18:15). A veces necesitamos abstenernos de aplicar disciplina de inmediato. En algunos casos, primero deberíamos buscar un mayor entendimiento para poder tratar el corazón con precisión (Pr 14:29).
8. La santidad es un regalo de Dios.
A veces no tenemos porque no pedimos a Dios (Stg 4:2-3). Pide a Dios santidad para tus hijos, junto con todo otro don bueno y perfecto: amor por Su Palabra, un corazón enseñable, sabiduría, salud, amigos y otras cosas más (Stg 1:17). No te enfoques en lo que puedes dar de tus recursos, sino en lo que Dios puede dar de los Suyos (Mt 14:13-21).
9. Dios da a los niños una promesa santa.
«Honra a tu padre y a tu madre… para que te vaya bien» (ver Ef 6:1-4). Sé un ejemplo al honrar a su padre y a todas sus autoridades. Procuren resolver los desacuerdos en privado y estar unidos en la crianza de sus hijos en la instrucción y amonestación del Señor (Col 3:18-25). Si deben discrepar frente a tus hijos, háganlo con respeto (Ef 6:33).
10. Dios siempre está activo en Su obra santa (Jn 5:17).
Ora para ver la obra de Dios en la vida de tus hijos, dale gracias por ella y guíalos a verla. Una madre piadosa edifica su casa (Pr 14:1). No esperes la «perfección» para expresar reconocimiento. ¡Dios no lo hace! Él alabó a muchas personas imperfectas en la Biblia. Muéstrales a tus hijos la obra fiel de Dios en sus vidas.
11. Jesús es nuestra santa paz.
Jesús nos asegura: «En el mundo tienen tribulación, pero confíen, Yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). Espera dificultades como madre, pero no te desesperes; Dios está contigo. Sé fuerte y valiente al aferrarte a las promesas del pacto que Dios tiene para tus hijos, mientras te esfuerzas por poner constantemente delante de ellos la Palabra de Dios y la adoración en el Día del Señor junto al pueblo de Dios (Jos 1:9).
12. La Palabra santa de Dios es suficiente (2 Ti 3:14-15).
Permanece y ora en la Palabra, y encontrarás muchas más verdades que te ayudarán a ser una madre piadosa (Jn 17:17). Al estudiar quién es Dios y lo que Él ha hecho, el Espíritu Santo te mostrará exactamente lo que necesitas como madre para que puedas decir con Pablo: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil 4:13).

