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Este es el noveno artículo de la colección de artículos: Los fundamentos del discipulado cristiano
«Si no me escuchas, ¿cómo puedes saber cómo soy? Si no me dejas hablar, ¿cómo entenderás quién soy?». Podemos imaginar algo así siendo dicho en una relación entre dos personas. Para conocer a otro ser humano, se debe hablar y escuchar. Así es, simplemente, funciona la comunicación.
En el corazón de la Biblia está un Dios que habla, que se ha dado a conocer. Este es el gran contraste con los ídolos: Dios se comunica. En palabras de Francis Schaeffer, «Él está allí, y no está en silencio». Él se da a conocer en la creación y vemos algo de Su gloria, majestad y belleza en lo que ha hecho. Él demuestra Su poder irresistible en este mundo, pero no podemos saber mucho más que eso a partir de la creación. Puedes gritar al cielo: «¿Quién eres Tú? ¿Cómo eres?», pero no obtendrás una respuesta.
Sin embargo, cuando llegamos a las páginas de la Biblia, vemos que Él se revela y nos habla en Su Palabra. Dios es el Dios que predica. En la primera página de la Biblia se repite este estribillo: «Entonces dijo Dios: «Sea…». Y fue así». Su Palabra cumple Su propósito. Desde el principio mismo vemos el poder y la autoridad de la Palabra de Dios. Él se diferencia de todos los demás dioses por Su Palabra y Sus actos. Isaías 55:11 resume esto para nosotros:
Así será mi palabra que sale de Mi boca;
No volverá a Mí vacía,
Sin haber realizado lo que deseo,
Y logrado el propósito para el cual la envié.
Desde el principio de las Escrituras, vemos que Dios habla y Su Palabra logra lo que Él se propuso hacer. Él dice: «Sea la luz», y hay luz. Él llama a un pueblo para Sí mismo. Los redime. Los guía con Su Palabra. Él los gobierna por medio de Su ley y de Sus profetas, quienes son enviados por Dios para proclamar el mensaje de Dios a Su pueblo, para hablar Sus propias palabras. Ellos traen el mensaje de salvación y juicio.
En el momento justo, Dios envió a Su Hijo al mundo, Su Hijo que es el mismo Verbo de Dios, Aquel que estaba con Dios y era Dios, y que estaba en el principio con Dios, por medio de quien todas las cosas fueron hechas. En Él estaba la vida, y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1:1-4, 14). El Señor Jesús es el más grande de los predicadores. Él no enseña como los líderes religiosos de la época, sino como alguien que tiene autoridad. Predica de manera simple, clara y profunda. Las multitudes quedan embelesadas mientras Él habla. Su voz resucita a los muertos, calma la tormenta, expulsa demonios y aleja la enfermedad. Él es quien da a conocer a Dios. Jesús envía a predicadores a proclamar las buenas nuevas del evangelio, y ellos hablan con Su autoridad. Al recibir el mensaje del evangelio, las personas lo reciben a Él. Se mueven de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz. Es a través de la predicación de la Palabra de Dios que los elegidos son reunidos y Su Iglesia es edificada.
La predicación de la Palabra de Dios es el instrumento por el cual recibimos la bondad inmerecida de Dios.
Cuando el anciano apóstol Pablo mira más allá de su vida y establece prioridades para el período posapostólico de la iglesia, le da un mandato central a Timoteo: «Predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo. Amonesta, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción» (2 Ti 4:2). Esta Palabra de Dios que ha de ser predicada es viva y eficaz, más cortante que una espada de dos filos. Dios no está en silencio. Él es el Dios que habla, y hoy habla a través de la Palabra predicada. Nuestra teología de la predicación debe estar arraigada y fundamentada en quién es el Dios trino.
A menudo olvidamos preguntarnos: «¿Qué es la predicación?». Es el hombre de Dios proclamando la Palabra de Dios en el poder del Espíritu de Dios. Dios usa Su Palabra predicada para bendecir a Su pueblo. Dios ha dotado y llamado (separado) a ciertos hombres como predicadores para declarar lo que Su Palabra dice. Dios podría hablar directamente, por supuesto, pero Él elige usar a hombres frágiles y débiles para proclamar la Palabra de Dios. Esos hombres están obligados a predicar la Palabra de Dios, no su propio mensaje, ni lo que su audiencia quisiera escuchar. Son portavoces en nombre de Dios. Necesitan hacer el arduo trabajo de preparación y estudio para comprender la revelación de Dios. Dios les habla en Su Palabra y habla a través de ellos cuando se dirige a Su pueblo.
Cuando escuchamos la Palabra de Dios predicada, esta es un medio de gracia. Es una gran bendición y privilegio que se dirija a nosotros el soberano Señor del cielo y la tierra. En Romanos 10, Pablo habla de la vital necesidad de predicadores, diciendo:
¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Tal como está escrito: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio del bien!» (Ro 10:14-15).
Cuando la Palabra de Dios es predicada por el hombre de Dios en el poder del Espíritu y es recibida por fe, da vida. El Dios de la Biblia es un Dios que habla, y el predicador es Su portavoz.
La predicación de la Palabra de Dios es el instrumento por el cual recibimos la bondad inmerecida de Dios. Dios ha prometido bendecir Su Palabra. Los teólogos de Westminster, en el Catecismo Menor, destacan precisamente este punto en la pregunta y respuesta 89: «El Espíritu de Dios hace que la lectura, y, más especialmente, la predicación de la Palabra, sean medios eficaces de convencer y de convertir a los pecadores, y de edificarlos en santidad y consuelo, por medio de la fe, para la salvación».
Así que, al llegar domingo tras domingo para escuchar la Palabra de Dios, venimos con alegría y expectativa para recibir y escuchar. Pero también venimos con las palabras del Salmo 95 resonando en nuestros oídos: «Si ustedes oyen hoy Su voz, / No endurezcan su corazón» (Sal 95:7-8).

