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Este es el cuarto artículo de la colección de artículos: Figuras históricas
La Iglesia reformada siempre ha enfatizado la importancia de la predicación. La predicación es el medio que Dios usa habitualmente para salvar a Su pueblo y edificarlo en la fe. Un ejemplo de este énfasis reformado en la predicación se encuentra en la vida y ministerio de Ebenezer Erskine (1680-1754), un destacado teólogo y predicador presbiteriano escocés.
Erskine ingresó al ministerio en 1703 como pastor en Portmoak, un pueblo en el centro de Escocia. Mientras servía allí, surgió una controversia en torno a un libro titulado The Marrow of Modern Divinity [La médula de la teología moderna] y lo que enseñaba acerca de la «oferta gratuita del evangelio». La cuestión se reducía a esto: ¿debe una persona cumplir algún requisito para que un ministro pueda decirle que hay salvación en Jesús si cree en Él? Algunos ministros dentro de la Kirk (la Iglesia de Escocia) sostenían que era necesario mostrar cierto grado de arrepentimiento y fe para evidenciar la obra del Espíritu y así recibir la oferta del evangelio. Consideraron que algunas afirmaciones del libro socavaban estas convicciones y lograron que la Asamblea General lo condenara en 1720.
Erskine entendía las cosas de manera muy distinta. A su juicio, en el pacto eterno de gracia Dios se comprometió a salvar a los pecadores. Por lo tanto, a todos podía anunciárseles que si creían en Jesús había vida para ellos. Ciertamente, solo los que pertenecían al pueblo de Dios creerían y vendrían a Él, pero la oferta debía hacerse a todos. Limitarla implicaba legalismo, pues requeriría que los pecadores merecieran que se les ofreciera el evangelio. El evangelio no es para pecadores que lo «merecen»; es un don de la gracia de Dios para quienes no lo merecen. Por ello, Erskine sostenía que no había nada condenable en The Marrow of Modern Divinity. La oferta de Cristo es verdaderamente para todos: «Al que viene a Mí, de ningún modo lo echaré fuera» (Jn 6:37).
Otros once ministros de la Kirk estuvieron de acuerdo con él —entre ellos su hermano Ralph y Thomas Boston— y protestaron contra la condena del libro. Tras intensos intercambios teológicos con comisiones y tribunales eclesiásticos, en 1722 la asamblea reprendió a Erskine y a los demás defensores de Marrow y les ordenó no recomendarlo nunca más. Desde entonces fueron vistos con recelo dentro de la iglesia.
A comienzos de la década de 1730 ocurrieron dos hechos importantes. Primero, en 1731 Erskine dejó su amada congregación en Portmoak para servir en la ciudad de Stirling. Segundo, en 1732 la Asamblea General aprobó el Acta sobre la plantación de iglesias vacantes. Según esta disposición, si una congregación estaba vacante y surgía desacuerdo entre ella y el principal terrateniente sobre quién debía ser el nuevo pastor, el terrateniente —el «patrón»— podía imponer su elección. En otras palabras, la congregación perdía la autoridad para llamar a su propio pastor. Este sistema, conocido como patronazgo, había existido durante décadas en la Iglesia de Escocia, pero rara vez se aplicaba. El acta de 1732 lo restableció de forma decisiva. Muchos en la Kirk, incluido Erskine, se indignaron ante esta intromisión en la libertad del pueblo de Dios para discernir a quien el Señor llamaba a pastorearlo. Asumir el cuidado de una congregación sin su consentimiento era entrar como «ladrón y salteador», no como «pastor de las ovejas» (Jn 10:1-2).
Reflexionar sobre la vida y el ministerio de Ebenezer Erskine nos recuerda la gravedad del pecado, la maravilla de la gracia contenida en la oferta del evangelio y la importancia de predicar todo el consejo de Dios.
Muchos ministros predicaron con firmeza contra esa medida, generalmente sin resultado. No fue así con Erskine. El 10 de octubre de 1732 predicó sobre el Salmo 118:22-23 ante el Sínodo de Perth y Stirling, denunciando, entre otras cosas, el acta de 1732. El sínodo le exigió retractarse y prometer no volver a predicar de forma similar. Erskine se negó. Como otros ministros escoceses antes que él, insistía en que desde el púlpito era libre de denunciar lo que consideraba pecado según las Escrituras. El Señor, por medio de Su Palabra, determina lo que los predicadores deben proclamar, no hombres ni instituciones. En el púlpito, la Palabra de Dios es libre, y Sus siervos también lo son para proclamarla; de hecho, están obligados a hacerlo.
Tres ministros más apoyaron su defensa de la libertad del púlpito y se inició un nuevo proceso disciplinario. Como resultado, el 6 de diciembre de 1733 estos cuatro ministros se reunieron en la aldea de Gairney Bridge y formaron el Presbiterio Asociado. No abandonaban la iglesia; seguían «asociados» a ella. Pero, al impedirles la Asamblea ejercer sus responsabilidades pastorales, establecieron un cuerpo fuera de su jurisdicción para poder cumplirlas. El acuerdo duró poco: en 1740 la Asamblea General los destituyó formalmente. El Presbiterio Asociado continuó por su cuenta y en las décadas siguientes llegó a ser conocido como el rostro evangélico de la iglesia en Escocia. Creció hasta convertirse en el Sínodo Asociado y envió misioneros a las colonias americanas. Erskine sirvió brevemente como profesor de teología del sínodo mientras continuaba su labor pastoral en Stirling.
Erskine enfrentó gran controversia durante su ministerio debido, en gran parte, a su convicción de que el predicador vive bajo una doble realidad: libertad y obligación. Como mensajero de Dios, tiene el deber absoluto de proclamar la verdad de las Escrituras —la gracia en Cristo Jesús y la condenación del pecado— y en ese deber conoce la verdadera libertad. Ninguna persona ni institución puede restringirlo en el cumplimiento de la tarea confiada por Dios. Esta ha sido siempre la convicción de la Reforma y de sus herederos. El púlpito es la plataforma del Cristo resucitado, y desde allí se proclama Su Palabra: nada se añade ni se quita.
Reflexionar sobre la vida y el ministerio de Ebenezer Erskine nos recuerda la gravedad del pecado, la maravilla de la gracia contenida en la oferta del evangelio y la importancia de predicar todo el consejo de Dios. Al proclamar el evangelio, ¿ofrecemos la salvación solo a quienes cumplen ciertos «requisitos previos» según nuestras expectativas, o anunciamos que todos los pecadores que acuden a Jesús serán recibidos por Él? ¿Denunciamos el pecado desde nuestros púlpitos aun cuando autoridades externas —gubernamentales o sociales— pidan silencio?
Quizá el mayor homenaje a Erskine provino de Adam Gib, un ministro que en sus últimos años se le había opuesto duramente. Tras su muerte, Gib supo que un joven ministro nunca había oído predicar a Erskine y le dijo con pesar: «Pues entonces, señor, nunca ha oído usted el evangelio en toda su grandeza». Que el majestuoso evangelio de Jesús, tan amado por Erskine, continúe siendo proclamado, escuchado y atesorado hoy.

