
Una cura para los problemas del corazón
12 febrero, 2026¿Qué tiene de especial la adoración?
Este es el segundo artículo de la colección de artículos: El Espíritu Santo
Es posible que hayas escuchado la frase «Toda la vida es adoración». Esta idea proviene de Romanos 12:1, donde Pablo escribe: «Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes». ¡Qué verdad tan poderosa! Es un recordatorio de que toda nuestra vida debe estar consagrada a Dios. La frase «sacrificio vivo» es especialmente conmovedora. Los sacrificios del Antiguo Testamento morían al ser ofrecidos. Nosotros, en cambio, hemos muerto a nosotros mismos, habiendo sido vivificados en Jesucristo, y el Señor nos acepta como sacrificios vivos.
Pero, por importante que sea esta idea, no podemos permitir que oscurezca lo que la Biblia enseña sobre la importancia especial de la adoración pública congregacional. A lo largo de toda la Escritura, se otorga una prioridad evidente a los servicios de adoración del pueblo del Señor en el Día del Señor.
Este énfasis en la adoración formal comienza en los primeros capítulos de Génesis. La desobediencia de Caín contrasta con la obediencia de Abel. Ambos presentaron una ofrenda al Señor, y leemos: «El Señor miró con agrado a Abel y su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y su ofrenda» (Gn 4:4-5). Al final del capítulo, leemos: «Por ese tiempo comenzaron los hombres a invocar el nombre del Señor» (v. 26).
A partir de este punto, vemos a los creyentes apartando tiempos especiales para adorar al Señor como Él les había mandado. En Su gracia, Él da instrucciones específicas sobre cuándo congregarse: el séptimo día de la semana bajo el antiguo pacto, y el primer día bajo el nuevo pacto (Éx 20:8-11; Jn 20:19; Hch 20:7; 1 Co 16:2; Ap 1:10).
Es en el contexto de esta adoración pública congregacional que escuchamos la Palabra de Dios leída y predicada (1 Ti 4:13; 2 Ti 4:1-5), elevamos nuestros corazones en oración a Dios (1 Ti 2:1-3) y cantamos (Ef 5:19-20; Col 3:16-17). En todos estos elementos, los creyentes están respondiendo a la Palabra de Dios, habiendo sido llamados a adorar al principio y recibiendo la bendición de Dios al final. Y luego están los sacramentos que Cristo ha dado a la iglesia para ser administrados en la adoración pública: el bautismo y la Cena del Señor. Estos son dones para nosotros; nos fortalecen en nuestra fe y proclaman visiblemente las grandes verdades de nuestra salvación.
Nuestras vidas como cristianos deben ser moldeadas y gobernadas por la prioridad de la adoración pública. Nos reunimos con otros para encontrarnos con Dios, para escuchar a nuestro Creador y responderle. En la adoración pública honramos a Aquel que nos ha salvado y nos sostiene, y lo hacemos de la manera que Él nos ha enseñado. Por eso es tan importante que atesoremos el adorar con el pueblo de Dios en espíritu y en verdad, «no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca» (He 10:25).

