Recibe programas por email
Únete a nuestra lista de correo para recibir notificaciones cada vez que salga un nuevo programa. Al inscribirte, también podrás recibir información sobre eventos, capacitaciones, material de apoyo, noticias, artículos, nuevos libros, etc.
Transcripción
Hoy vamos a iniciar una nueva serie de instrucciones, y nos vamos a enfocar en los pactos de la Biblia. A veces, la teología reformada histórica es apodada teología del pacto. Nunca he apreciado mucho esa distinción porque creo que todas las ramas de la teología reconocen, hasta cierto punto, la importancia de los pactos en la comprensión de la redención bíblica. No obstante, es cierto que hay cierto enfoque en el pacto que se encuentra dentro de la teología reformada, pero realmente no vamos a expandirnos en la teología reformada en este curso, sino que vamos a mirar el contenido de los pactos bíblicos tal como ocurrieron en el tiempo.
Creo que es muy importante que entendamos desde el principio que todo el concepto de pacto es integral; es fundamental. Es básico para la revelación divina en toda su extensión. Incluso podríamos decir, por ejemplo, que la forma en que Dios revela Su Palabra y Su plan bíblicamente es a través de la estructura de varios pactos. Y, sin embargo, al mismo tiempo, con la misma frecuencia con que la Biblia habla de los pactos, me temo que hay mucha confusión en cuanto al significado mismo del término pacto.
Por ejemplo, con frecuencia hablamos de la diferencia entre el Antiguo Pacto y el Nuevo Pacto y luego hablamos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. Y la tendencia es a usar esos términos indistintamente, es decir, a considerar el Antiguo Testamento como un sinónimo del antiguo pacto y el Nuevo Testamento como un sinónimo del nuevo pacto. Bueno, es cierto que esos términos están estrechamente relacionados, pero en realidad no son sinónimos. No significan exactamente lo mismo, y espero que en el proceso de este curso comenzaremos a ver las distinciones entre estos dos y cómo impactan a nuestra comprensión de las Escrituras.
Ahora, permítanme decir, de nuevo, que la revelación bíblica que encontramos en las Escrituras es progresiva; es decir, hay un despliegue gradual de la revelación de Dios. Él no nos lo da todo en el libro de Génesis, sino que a medida que la historia avanza en el tiempo, Dios da más y más y más revelaciones de sí mismo y de su plan de redención. Ahora bien, esa revelación continua y progresiva no es correctiva. No es que la revelación más reciente corrige la antigua, porque Dios no necesita ser corregido. Pero Él aumenta o agrega contenido adicional a esa revelación a medida que pasa el tiempo. Y de nuevo, la estructura básica que sostiene esa progresión es la estructura del pacto.
La primera pregunta que nos hacemos acerca de los pactos es: «¿Qué son? ¿Qué es un pacto?» Y de nuevo, hay un poco de confusión en esto. Entendemos que un pacto implica algún tipo de acuerdo. Y justo en la iglesia la semana pasada, estaba hablando a nuestra congregación sobre la forma en que los pactos son fundamentales para nuestra cultura y para nuestras vidas. Por ejemplo, somos una república en cuanto a la estructura política y la fundación de los Estados Unidos. Y la teoría, la teoría política que se implementó en el gran experimento en el Nuevo Mundo, se basó en gran medida en la filosofía política de John Locke, en la que desarrolló lo que entonces se llamaba la naturaleza del contrato social del gobierno.
Rousseau también había desarrollado ideas en esta línea. Y el concepto era que había una relación entre los gobernantes y los gobernados, entre el gobierno y el pueblo, en la que los gobernadores eran seleccionados o elegidos por el pueblo y sólo tenían el poder de gobernar con el consentimiento del pueblo. Y así hubo un acuerdo, un juramento mutuo de fidelidad entre el pueblo que juró lealtad a su gobierno y los funcionarios del gobierno que prestaron juramento para defender la constitución y así sucesivamente. De modo que había un contrato o un pacto, un acuerdo que vinculaba a estas dos partes entre sí.
Además de eso, vemos comúnmente en nuestra sociedad, lo que llamamos el contrato industrial, que se presenta en muchas formas. Cuando las personas van a trabajar para una empresa, pueden firmar un contrato en el que el empleador les promete cierta remuneración y beneficios, etc.; donde el empleado, a su vez, promete dedicar cierta parte de su tiempo a trabajar para la empresa. A eso lo llamamos contrato industrial. Lo ves todo el tiempo en los acuerdos laborales con los sindicatos.
Pero también, en un nivel más popular, cada vez que compramos algo con tarjeta de crédito, o a plazos, entramos en un contrato o un acuerdo para pagar el monto total de la mercancía, que es posible que no paguemos por adelantado. Es posible que paguemos a plazos. Y cuando hacemos eso, se trata de un acuerdo comercial, un contrato comercial, en el que ambas partes están obligadas a cumplir sus promesas. Y, por supuesto, lo más significativo lo vemos en el contrato matrimonial. Donde el contrato matrimonial es un acuerdo que implica juramentos, y votos, sanciones y promesas entre dos personas.
Ahora, todos estos diferentes pactos que acabo de mencionar en nuestra cultura, tienen elementos de similitud con los pactos bíblicos, pero no son idénticos. Aunque los pactos bíblicos tienen elementos de promesa, una cosa los hace diferentes de estos otros acuerdos normales y habituales de los que estamos hablando y es que los pactos bíblicos se establecen sobre la base de una sanción divina. Es decir, se establecen sobre el fundamento de una promesa que no es hecha por partes iguales, sino que se hace sobre el fundamento de la promesa divina de Dios y son inherentemente religiosas.
Ahora, la gente podría argumentar: «Bueno, los pactos matrimoniales también son religiosos; los votos se hacen delante de Dios» y eso es cierto. Pero también hay quien dice que el pacto de la industria, los contratos industriales, son también religiosos en la medida en que se hacen los votos de «que Dios nos ayude» y todo lo demás. Y hay elementos religiosos que se pueden encontrar en estos diversos pactos, o implicaciones religiosas que también se pueden encontrar, pero no tienen la misma importancia profunda de sanción teológica que encontramos en los pactos de la Biblia. Ahora, de nuevo, la función clave en términos de redención y de la historia de la redención de un pacto en la Biblia es la relación entre la promesa y el cumplimiento.
Cuando digo que la estructura básica de la historia redentora que vemos en las Escrituras es el pacto, lo que estoy diciendo simplemente es que existimos como iglesia, existimos como personas porque Dios ha hecho promesas a su pueblo, y Él ha cumplido esas promesas. Él ha cumplido esas promesas, y que solo podemos existir en la familia de Dios y en la iglesia porque nuestro Dios es un Dios que guarda el pacto. Nuestro Dios es un Dios que guarda el pacto, mientras que todos nosotros somos infractores del pacto. Dios nunca rompe Sus promesas, y las promesas que Él jura no tienen mutación.
Son promesas eternas a las que Dios se compromete por los siglos de los siglos. Y, por ejemplo, lo que veremos más de cerca más tarde, cuando Dios hace una promesa a Abraham, y luego más tarde cuando se anuncia a María el nacimiento del Niño Jesús, y María, bajo la influencia del Espíritu Santo, canta el Magnificat; ella menciona en esa canción que Dios ha recordado la promesa que le hizo a nuestro padre Abraham. O sea, María entendió su lugar en la historia de la iglesia en términos del cumplimiento de un pacto, en el cumplimiento de promesas.
Una vez más, digo esto porque lo más difícil del mundo para el cristiano es vivir por fe, en lugar de por vista. Es difícil porque nunca vemos a Dios. No hemos sido testigos oculares de la resurrección como lo fueron los apóstoles del primer siglo. Vivimos sobre la base del testimonio de aquellos que nos precedieron, y debemos caminar por fe. Somos justificados por la fe y eso significa confiar en la Palabra de Dios. Y yo digo, una cosa es creer en Dios, que hay un Dios; eso puede ser una conclusión intelectual, a la cual no es muy difícil de llegar. Pero otra cosa muy distinta es creerle a Dios.
La fe es…, la fe viva es… confiar en las promesas de Dios. Aun cuando todo lo que nos rodea parece dar testimonio de la inutilidad de nuestras vidas y nos haría abandonar toda esperanza, somos personas que estamos en una relación de pacto con Dios. Somos personas que vivimos por medio de la fe en Sus promesas. Rompemos las promesas que nos hacemos los unos a los otros. Rompemos nuestras promesas a Dios. Pero Dios nunca rompe las promesas que nos hace. Y es por eso que, en cierto sentido, nada sería más insensato que no confiar en las promesas de Dios, porque Dios ha demostrado a lo largo de la historia ser supremamente digno de confianza.
Bueno, comencemos ahora, y preguntémonos dónde tiene lugar el primer pacto. Y esto implica algunas inferencias extraídas de las Escrituras, particularmente extraídas del Nuevo Testamento con respecto a nuestra comprensión de la misión, el propósito y la obra de Jesús. Últimamente, de hecho, en todo este último año, he estado predicando del Evangelio según San Juan a nuestra congregación en St. Andrews, en Orlando, y gran parte de ese libro o ese Evangelio nos da el registro de las controversias que Jesús tuvo con las autoridades judías de su día. Y gran parte de ese debate entre Jesús y los fariseos, Jesús y los escribas, etc., tenía que ver con el origen de Jesús y la base de Su autoridad. Y una y otra y otra vez, en el Evangelio de Juan, Jesús está diciendo que Él fue enviado por el Padre, que Él era el Misionero Supremo de Dios.
Un misionero es alguien que es enviado y autorizado por el que lo envía o el grupo que lo envía. Y así, Cristo se refiere constantemente a su origen, no como un niño nacido en Belén, sino como Aquel que bajó del cielo, que fue enviado por el Padre y autorizado por el Padre para hablar la Palabra del Padre. Ahora, si Uds. miran eso, entonces Uds. entienden algo de lo que sucedió antes de que Dios incluso creara el mundo, antes de que Dios creara a Adán y Eva, antes de que hubiera algún tipo de prueba en el huerto del Edén. Y hablamos en primera instancia no de un pacto que Dios hace con nosotros, sino de un pacto que tiene lugar dentro de la misma Trinidad y Deidad. Y a esto lo llamamos en el lenguaje teológico, el pacto de redención.
Ahora, una de las cosas de gran importancia sobre esto, es que nos habla acerca del acuerdo que ha existido desde toda la eternidad entre las personas de la Trinidad acerca del plan de redención de Dios. Recuerdo cuando estaba en la escuela de posgrado en los años 60 y se estaba gestando una controversia entre los teólogos alemanes en el continente, que finalmente pude entender, se llamaba algo así como la controversia unstanun, en la que algunos teólogos argumentaban que el ministerio de Jesús fue impulsado por el deseo de Jesús de vencer las inclinaciones vengativas e iracundas del Dios del Antiguo Testamento.
Volviendo a la herejía de Marción en la iglesia primitiva, quien expurgó todas las referencias en el Nuevo Testamento que harían del Dios del Antiguo Testamento el Padre de Jesús, porque consideró que había una incompatibilidad básica entre Cristo y el Dios del Antiguo Testamento. Todavía se ve gente así por todas partes, que dice: «Bueno, me gusta el Jesús del Nuevo Testamento; es ese Dios del Antiguo Testamento que no puedo digerir; Es un Dios tan vengativo», y otras cosas.
De modo que, esta idea que surgió en la teología alemana fue la idea de que cuando Cristo vino realmente estaba tratando de cambiar la mente de Dios para que se apartara de su propósito y plan de juzgar a las personas y exponerlas a su ira, y que básicamente la obra salvífica de Cristo tenía que ver con el hecho de que el Hijo persuadiera al Padre para que se calmara, por así decirlo. Y así Cristo nos revela misericordia, donde el Padre era todo juicio.
Bueno, no puedo pensar en nada que distorsione más el retrato bíblico de Dios el Padre y de Dios el Hijo, que ese tipo de entendimiento. Y entonces, el principio del que estamos hablando aquí del pacto de redención es que el plan de salvación fue concebido por la Trinidad, y en cierto sentido, podemos decir que es el plan del Padre. Es el Padre quien envía al Hijo al mundo. No es que el Hijo venga por su propia iniciativa.
De hecho, Jesús dijo: «No hago nada por mi propia cuenta, sino solo lo que el Padre me envía a hacer». Y así, vemos al Hijo viniendo del cielo para hacer la voluntad del Padre en este mundo, porque los dos, desde la eternidad, Dios el Padre y Dios el Hijo, están en perfecto acuerdo sobre la misión que el Hijo cumplirá en este mundo, que el Padre y el Hijo son uno en su propósito eterno, y se podría agregar a eso también al Espíritu Santo que también está en completo acuerdo con el Padre y el Hijo en el plan de redención de Dios.
De manera que, tenemos que hablar de este pacto previo que tiene lugar dentro de la Divinidad entre las Personas de la Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y así, a menudo diremos que en la economía de la redención, es el Padre quien envía al Hijo al mundo para redimir a su pueblo; es el Hijo quien lleva a cabo esa redención por Su obra de obediencia; y es el Espíritu Santo, entonces, quien aplica la obra de Cristo a las personas. Es el Espíritu quien ilumina la palabra de Dios para nosotros; es el Espíritu quien nos regenera en nuestras almas; es el Espíritu el que nos lleva al Hijo, el que nos reconcilia con el Padre.
De modo que la redención, bíblicamente —y tenemos que entender esto de principio a fin— es una obra trinitaria. Y de nuevo, el punto del pacto de redención es que esta idea de redención no es una ocurrencia tardía en la mente de Dios, un plan B, por el cual Dios va a corregir el desastre que le sucedió a la creación. No, incluso antes de crear el mundo, Él tenía un propósito eterno de redención, de redimir a Su pueblo en este mundo, y eso está en completo acuerdo entre las tres Personas en la Deidad. Y ahí es donde el pacto está arraigado y cimentado: en el carácter de Dios mismo.
Ahora, cuando hablamos de la realización del pacto de redención, de nuevo, en la teología reformada histórica, no solo en la teología reformada, sino también en otra teología protestante que escucharán, se hace una distinción con respecto a la obediencia de la segunda Persona de la Trinidad, o la obediencia de Cristo el Dios-Hombre; es una distinción entre lo que se llama la obediencia perfecta-activa y la obediencia perfecta-pasiva. Ahora, esa puede o no ser una distinción con la que todos estén familiarizados, pero permítanme en unos momentos tratar de simplificar lo que significa. La obediencia activa tiene que ver con Cristo obrando como el segundo Adán, colocándose voluntariamente bajo los requisitos de la ley, y asumiendo esa responsabilidad en nuestro nombre, y obedeciendo activamente cada mandamiento que Dios requiere de los seres humanos.
Es por eso que ves la confusión en el momento del bautismo de Jesús cuando Juan anuncia que Jesús es el Cordero de Dios que iba a quitar el pecado del mundo (y presumiblemente el Cordero sin mancha) y llama al resto de la gente a entrar al río allí para ser bautizados como una señal de limpieza del pecado, y Jesús viene y se presenta para ser bautizado. Y Juan dice: «¡Espera un momento! ¿Qué hay de malo en esta imagen? Le acabo de decir a todo el mundo: Tú eres el Cordero, ya sabes, ¡el que no tiene mancha! ¡Deberías bautizarme! ¡No puedo bautizarte, no eres un pecador!» ¿Y qué dice Jesús? «Permítelo ahora, Juan, porque es conveniente que así cumplamos toda justicia».
Él no entró en un largo discurso con Juan el Bautista sobre por qué quería que Juan el Bautista lo bautizara. Él solo le dice: «¡Mira!» – Él usa su autoridad. Le dice: «¡Vamos, hazlo! Solo bautízame; hay que hacerlo». Pero, ¿por qué debía hacerlo? Porque si Jesús va a ser el segundo Adán, el nuevo representante del pueblo, debe cumplir en su propia persona todas las obligaciones que Dios impone a su pueblo. En un sentido real, Él se convierte en Israel, la encarnación de Israel, y Él tiene que hacer todo lo que la Ley requiere de esas personas. Y así, Él busca activamente la obediencia. Su comida y bebida es hacer la voluntad del Padre. Así pues, distinguimos eso de la obediencia pasiva.
En la obediencia pasiva no se puede hacer una distinción absoluta porque él se somete activamente a ser pasivo a los requisitos del Padre, y esto tiene que ver con Su sufrimiento. Su obediencia activa es la obediencia por la cual Él logra la justicia perfecta y, por lo tanto, merece la redención para Su pueblo. Él nos proporciona la justicia que necesitamos, y lo veremos más a fondo más adelante, pero al mismo tiempo, también toma sobre sí mismo los castigos que merecemos al someterse al juicio de Dios.
Pueden verlo más claramente en Su agonía en el Huerto de Getsemaní, cuando Jesús tiene la copa de la ira Divina delante de Él, la copa del juicio de Dios, y Él gime por esto. «Padre, pasa de mí esta copa, quítala de mí. Sin embargo, no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y, por supuesto, el Padre le exige que beba la copa y que abrace la cruz. Y en ese punto, Cristo es pasivo. Él está recibiendo en Sí mismo la maldición del Antiguo Pacto. Él está recibiendo en Sí mismo el castigo de Dios a favor de Su pueblo. Y todo esto, por supuesto, fue acordado en la eternidad antes de que el Logos se hiciera carne y habitara entre nosotros. Cristo accedió a hacer la obra necesaria para nuestra redención. Es por eso que lo llamamos el pacto de redención entre el Padre y el Hijo y luego, por extensión, también el Espíritu Santo.






