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Transcripción
En esta clase estaremos viendo al cristiano y su conciencia. A lo largo de este curso nos hemos ocupado a veces de la crisis de la que somos muy conscientes, del conflicto entre la nueva moralidad en oposición a los principios de la tradición cristiana y el pasado de la civilización occidental, y hemos visto cómo la colisión entre dos perspectivas diferentes y dos puntos de vista diferentes se ha manifestado de diversas maneras en este curso. Pero ciertamente se manifiesta de nuevo cuando consideramos el papel y la función de la conciencia humana.
En la perspectiva clásica, nuestra conciencia era considerada como algo que estaba implantado en nuestras mentes, dentro de la composición de la naturaleza humana que fue puesta allí por Dios mismo. De hecho, algunos llegaron a describir la conciencia como la voz de Dios en nuestro interior, y la idea era como si Dios nos había creado de manera tal, que había un vínculo entre las sensibilidades de nuestra mente y nuestra conciencia con nuestra responsabilidad innata a las leyes eternas de Dios.
La ley de la naturaleza, por ejemplo, el apóstol Pablo dice: «está escrita en nuestros corazones». Es interesante, como las Escrituras enseñan que la primera percepción de la ley en el hombre, no fue cuando Moisés bajó con las tablas de la montaña, o cuando las leyes fueron escritas en pergaminos, o fueron codificadas en la antigüedad, sino que ya había un sentido ético, un sentido moral, incorporado en la raza humana antes que las leyes fueran escritas.
Immanuel Kant, era agnóstico con respecto a la capacidad del hombre de razonar desde este mundo hasta la trascendencia de Dios, sin embargo, ofreció lo que llamó un argumento moral para la existencia de Dios que se basaba en su estudio de lo que él llamaba este sentido universal de deber que está implantado en el corazón de cada ser humano. A eso Kant llamó el imperativo categórico, ese sentido urgente de responsabilidad que forma parte de la constitución de todo ser humano. Kant dijo que hay dos cosas que llenan el alma cada vez más de asombro y reverencia: el cielo estrellado arriba y la ley moral dentro de nosotros.
Señalo esto para ilustrar que incluso en el ámbito de la filosofía secular, ha habido, históricamente, la conciencia de un mecanismo incorporado en la mente que llamamos conciencia, una voz interior que los teólogos dijeron que funcionaba para acusarnos de malas acciones o para excusarnos cuando se pensaba que nuestras acciones eran malas. Como ya he dicho, histórica y clásicamente, la conciencia era vista como de origen sobrenatural, nuestro punto de contacto, nuestro vínculo con la ética trascendente y los principios que residen en Dios. Pero con la revolución moral de nuestra cultura, ha surgido un acercamiento distinto a la conciencia, y esto es lo que yo llamaría la postura relativista.
Esta es, ciertamente, la era de la relatividad, donde los valores y principios se consideran simplemente expresiones de los deseos e intereses de un grupo determinado de personas en un momento dado de la historia. Escuchamos repetidas veces: no existen los absolutos. Entonces, si no hay absolutos, si no hay principios trascendentes, ¿cómo explicamos este mecanismo que llamamos conciencia? Bueno, dentro de un marco relativista, vemos que la conciencia se define simplemente como una cuestión de evolución, donde las personalidades subjetivas de las personas están reaccionando a los tabúes impuestos sobre ellos por su sociedad o por su entorno.
Recuerdo haber aconsejado a una chica universitaria en los años sesenta que estaba muy abrumada por un sentimiento profundo de culpa porque había tenido actividades sexuales con su prometido, y vino a mi oficina muy, muy conmocionada por esta sensación de culpa que cargaba sobre su espalda. Ella me dijo: «Fui a ver a uno de los ministros de la ciudad, le conté mi problema, y le dije que me sentía culpable. Y me dijo: “La manera de superar tu culpa es reconocer la fuente de la misma. La razón por la que te sientes culpable no es porque hayas hecho algo malo, sino que te sientes culpable porque tu conciencia te está atormentando.
Tu conciencia te está acusando, y es así porque has sido víctima de vivir en una sociedad que ha sido gobernada por una moralidad victoriana, por una ética puritana. Has sido condicionada por tabúes sexuales que te hacen sentir culpable cuando no deberías sentirte así, y solo tienes que darte cuenta de que lo que has hecho es simplemente participar en una expresión madura y responsable de tu entrada a la adultez y que no hay razón para sentirse culpable»».
Ella se me acercó llorando y dijo: «Pero Dr. Sproul, todavía me siento culpable». Le dije: «Bueno, es posible que una persona se sienta culpable porque tiene una conciencia inquieta e intranquila cuando lo que hizo en realidad no fue una violación de la ley de Dios. Pero en este caso, tú rompiste la ley de Dios, y en realidad deberías regocijarte por sentirte culpable, porque el dolor, por incómodo que sea para nosotros, es una dimensión muy importante de nuestra salud».
Si lo llevamos al ámbito físico, la sensación de dolor señala que algo anda mal con el mecanismo del cuerpo, y tanto la culpa como el dolor, pueden señalarnos que algo anda mal con el alma, y que hay un remedio para ello, y ese remedio es el mismo remedio que la iglesia siempre ha ofrecido. ¿Cuál? el perdón. La verdadera culpa requiere un verdadero perdón. Pero el problema de esta mujer ilustra el conflicto en nuestra sociedad entre la concepción tradicional del pecado y de la conciencia y el nuevo concepto de conciencia, que lo ve simplemente como un proceso evolutivo de condicionamiento social, como resultado de tabúes impuestos a la persona.
¿Cómo ordena el cristiano todo esto? ¿Existe una postura bíblica de la conciencia? La palabra aparece muy poco en el Antiguo Testamento; sin embargo, en el Nuevo Testamento parece haber una nueva conciencia de la importancia de la función de la conciencia en la vida cristiana. Treinta y una veces la palabra conciencia aparece en el Nuevo Testamento, y parece tener, como señalaron los estudiosos medievales, una doble dimensión. Existe esta idea de acusar y excusar. Cuando pecamos, la conciencia se turba. Es la herramienta que Dios Espíritu Santo usa para darnos convicción, para llevarnos al arrepentimiento y al perdón sanador que este produce.
Pero también, está el sentido en el que esta voz moral que se activa en nuestra mente o en nuestros corazones también puede decirnos lo que es correcto y dar aprobación, porque recordemos que el cristiano siempre es blanco de críticas que pueden ser o no válidas. Incluso dentro de la comunidad cristiana, hay grandes diferencias de opinión sobre lo que es un comportamiento apropiado para agradar a Dios y lo que no es. Un hombre aprueba el baile. Otro lo desaprueba, ¿y cómo vamos a saber cuál es lo correcto?
Bueno, también vemos en el Nuevo Testamento que la conciencia no es, y quiero escribirlo. La conciencia no es la autoridad ética final de la conducta humana. La conciencia no es la autoridad final de la conducta ética. La razón es que la conciencia es capaz de cambiar; donde los principios de Dios no cambian, nuestras conciencias pueden experimentar, y experimentan, cambio y desarrollo, y ese cambio puede ser en más de una dirección.
Los profetas, por ejemplo, en el Antiguo Testamento proclamaron el juicio de Dios sobre el pueblo de Israel que se había acostumbrado al pecado. Uno de los grandes juicios que cayeron sobre el pueblo en los días del rey Acab fue que la intensidad de la maldad que se produjo durante el reinado de Acab no generó mucho entusiasmo entre el pueblo porque ya ellos se habían acostumbrado al mal. Es decir, la dureza del corazón se había apoderado de ellos. La conciencia puede ser cauterizada. La conciencia puede cauterizarse.
Piénsalo en tu propia vida. Piensa en los ideales que tenías cuando eras niño. Esos momentos en los que el remordimiento de conciencia puede haberse entrometido en tu vida cuando experimentaste por primera vez ciertas cosas que sabías que estaban mal. Te sentiste abrumado; estabas conmocionado, tal vez incluso físicamente enfermo, tan horrible que sientes como si tu conciencia te gritara que lo que habías hecho estaba mal. Pero luego vemos una erosión del poder de la conciencia que viene por el pecado repetido. Si cometes un pecado de forma repetida, desarrollas un callo en tu conciencia de manera que se convierte, en el mejor de los casos, en una voz muy débil en los lugares más recónditos de tu cerebro.
Jeremías, al reprender a los hijos de Israel, dijo que Jeremías había tomado para sí la frente de la ramera. ¿A qué se refería? Él lo explicó. Dijo: «Ni aún han sabido ruborizarse». De manera que, la conciencia puede engañarnos; la conciencia puede aprobar lo que Dios condena. Esta es la esencia de la corrupción: cuando empezamos a llamar a lo bueno malo y a lo malo bueno.
Miren, por ejemplo, en todos los asuntos éticos que se están debatiendo ahora mismo en la arena pública: temas como el aborto, por ejemplo, la relación sexual prematrimonial, la relación sexual extramarital, etc. Estos temas se debaten mucho en nuestra cultura, y es interesante para mí que siempre se puede encontrar a alguien que entregue una defensa muy articulada, muy bien informada y muy persuasiva de la legitimidad ética de algunas de las actividades que Dios ha juzgado como una atrocidad para Él.
Me refiero a la capacidad que tenemos las personas de defendernos de la culpa moral y de que atribuyan maldad a nuestro actuar … podemos sonar como abogados elocuentes que defienden su caso y que presentan su maldad como si fuera una virtud. Ahí es cuando una cultura está en problemas: cuando empezamos a llamar a lo malo bueno y a lo bueno malo. Pero para eso, debemos distorsionar la conciencia. Entonces, el que cree que la conciencia es la autoridad final en su vida se convierte a sí mismo en la autoridad final de su vida, y todo lo que tiene que hacer es ajustar su conciencia para que se adapte a su ética personal, y andar por la vida con paz mental sobre su propia iniquidad.
La conciencia también puede ser sensibilizada de manera distorsionada debido a la desinformación. Recuerda que la postura relativista de la conciencia se basa en el principio de que la conciencia es nada más y nada menos que una respuesta subjetiva a los tabúes impuestos por la sociedad. Pues yo no creo eso, pero me toca darle el crédito merecido. Tengo que reconocer que hay cierta verdad en esa acusación; podemos reconocer que las personas pueden tener conciencias muy sensibilizadas, no porque estén siendo informadas por la Palabra de Dios, sino porque han sido víctimas de tabúes.
Los tabúes existen, no solo en las sociedades primitivas, sino que también existen dentro de culturas muy sofisticadas, y sabemos que en la comunidad cristiana hay un gran número de subculturas y programas sub-éticos. En algunas comunidades cristianas, la prueba de la fe de una persona, la prueba de su santificación, es si usa o no lápiz labial, y así una persona crece en un ambiente como ese donde se le enseña una y otra vez que no solo no es recomendable, sino que es un pecado capital que una joven use lápiz labial; y esa joven luego se pinta los labios, se siente oprimida y abrumada por un sentimiento de culpa por haberlo hecho.
¿Cómo respondes a eso? Lo más probable es que, si has conocido a una persona así, que está siendo aplastada por la carga de la culpa por hacer algo que estás convencido de que no es un pecado, lo que has tratado de hacer es explicarle a esa persona: «Eso no es realmente un pecado, y no deberías sentirte culpable, pero tu conciencia ha sido mal informada».
Bueno, esa sería la forma normal de manejar una situación de consejería como esa, pero queridos amigos, el problema puede llegar a ser sumamente difícil por esta razón: la conciencia puede excusar cuando debería estar acusando, y también puede acusar cuando debería estar excusando. Y quiero hacer dos declaraciones, y voy a tomarme el tiempo para escribirlas en la pizarra porque se requiere cierto tipo de razonamiento para entenderlas con claridad en nuestras mentes.
Número uno: actuar en contra de la conciencia es pecado. Consideremos eso por un momento. Pienso, por supuesto, en el lema de la historia de la iglesia donde eso surgió. Estoy pensando en Lutero. Recordemos a Lutero en la Dieta de Worms, cuando estaba en agonía moral porque estaba solo contra los principes de la iglesia y los príncipes del estado y le exigieron a Lutero que se retractara de sus escritos. Pero Lutero estaba convencido que sus escritos estaban alineados con la Palabra de Dios, y por eso en ese momento de crisis cuando se le pidió que se retractara, ¿qué dijo? Él dijo: «No puedo retractarme. Mi conciencia está cautiva por la palabra de Dios», ¿y luego qué dijo? Dijo: «Actuar en contra de la conciencia no es ni correcto ni seguro». Lutero lo dijo: actuar contra la conciencia no es ni correcto ni seguro.
¿Fue ese un principio que Martín Lutero inventó con motivo de la Dieta de Worms? No, era un principio que venía del Nuevo Testamento: que lo que no procede de fe es pecado. Si una mujer viene a mí y me dice: «Nací y crecí en un ambiente donde fui persuadida a que era un pecado usar lápiz labial, y yo creía que era un pecado usar lápiz labial, y usé lápiz labial», lo primero con lo que voy a tener que lidiar, con esa persona, es su pecado. Pecaron cuando usaron el lápiz labial. ¿Por qué? ¿Porque usar lápiz labial es un pecado? Considerando todas las cosas en igualdad de condiciones, no, no lo creo. Pero, lo que quiero decir es que esa persona hizo algo que creía que era pecado.
Si hacemos algo que pensamos que es pecado, incluso si estamos mal informados, incluso si de hecho no es pecado; si creemos que es pecado y lo hacemos, entonces somos culpables de pecado. Somos culpables de hacer algo que creíamos que estaba mal. Actuamos en contra de la conciencia y ese es un principio muy, muy importante. Eso era lo que Lutero estaba diciendo: que no es correcto ni seguro actuar en contra de la conciencia.
Permítanme dar otro ejemplo de lo terriblemente complejo que puede ser esto. Recuerdo que en los años sesenta, cuando esta nación pasó por la convulsión de la guerra de Vietnam, recordarán que se debatía constantemente si esta guerra era justa o no. Toda una generación de jóvenes se dividía por los argumentos proguerra y los argumentos antiguerra, y muchos jóvenes optaron por no participar, o huyeron a Canadá y cosas por el estilo. La vía habitual de escape para alguien que tenía escrúpulos u objeciones por principios sobre una guerra en particular era alegar el caso de la «objeción de conciencia».
Entonces, nuestro gobierno solía tener un principio por el cual una persona podía ser excusada si se podía demostrar que realmente tenía objeciones de conciencia en contra de participar en la guerra. Pero esa ruta de escape se estaba utilizando tanto en la guerra de Vietnam que la Corte Suprema cambió la posición clásica sobre el tema de la objeción de conciencia y, por una votación de cinco a cuatro, creó una nueva norma, una nueva ley del país sobre la objeción de conciencia. Y es interesante para mí que aún no he escuchado ni una palabra al respecto en la comunidad cristiana.
La nueva ley decía que una persona podía apelar a la objeción de conciencia solo si se podía demostrar que por principio se oponía a todas las guerras, todo el tiempo, lo que, repentinamente excluía a la gran mayoría de los cristianos que creían en la posición tradicional de la llamada guerra justa, que hay guerras que son justificables y guerras que no lo son, y es el deber del cristiano, cada vez que se declara una guerra, hacer el juicio moral sobre si es que esta guerra se justifica o no. Se esperaba que el cristiano actuara de acuerdo a ese principio de guerra justa y la aplicación de su conciencia, pero ahora, en la actualidad, el fallo de la Corte Suprema discrimina a cualquiera que sostenga la posición cristiana clásica con respecto a la guerra, pero dejemos eso a un lado por un segundo.
La ilustración llega hasta esta magnitud: en ese momento, yo recibía con frecuencia cartas de referencia de juntas de reclutamiento para estudiantes universitarios que tenía en mis clases, que buscaban el estatus de «objeción de conciencia», y la pregunta que tenía que responder al dar testimonio, y al testificar ante los tribunales, era la siguiente: a mi juicio, esta persona en realidad creía honestamente que estaría mal de su parte participar en esta guerra? Esa era la pregunta que debía responder, no lo que yo pensaba sobre la guerra, ni tampoco lo que yo pensaba que el joven debía pensar sobre la guerra.
Hubo muchas ocasiones en las que se acercaron a mí jóvenes que me dieron sus razones para oponerse a la guerra de Vietnam, razones que yo pensaba que eran superficiales, que en muchos casos no tenían validez, y que argumentaría en contra de ellas, aunque tenía muchas reservas sobre la guerra de Vietnam a un nivel diferente. Yo no estaba satisfecho con las razones que estos jóvenes estaban dando, pero aun así respaldé su apelación a la objeción de conciencia por esta razón: yo creía que realmente ellos creían que estaría mal ir a la guerra, y si creen, si ellos creen con sinceridad, que sería incorrecto y pecaminoso participar, entonces no querría obligarlos a participar porque los estaría forzando a actuar en contra de su conciencia y a actuar en pecado.
Permítanme poner la segunda declaración en la pizarra, que realmente complica el asunto: actuar de acuerdo con la conciencia puede ser pecado. Actuar en contra de la conciencia es pecado, sería fácil si dijéramos, bueno, entonces todo lo que tenemos que hacer para evitar el pecado, es nunca actuar en contra de la conciencia, sino siempre actuar de acuerdo con tu conciencia, pero es posible actuar de acuerdo con tu conciencia, y al actuar de acuerdo con tu conciencia, estar pecando. ¿Por qué?
Volvamos a lo que dije hace unos momentos. Si la conciencia está mal informada, entonces la pregunta que tenemos que hacernos es, ¿por qué está mal informada? ¿Está mal informada porque la persona ha sido negligente en el estudio de la Palabra de Dios? Hay una ignorancia que excusa. Lo mencioné antes. Hay una ignorancia que es invencible, que no puede ser superada, aun con todo el estudio y la lectura. Hay ciertas cosas que no podemos saber en este mundo, pero la ley de Dios no es una de ellas; Dios se ha complacido en revelarnos Sus principios a nosotros, y Él requiere de cada cristiano que cada cristiano domine esos principios para que su conciencia esté informada.
Puedo pensar que está perfectamente bien consentir una actividad particular que Dios prohíbe por completo, y no puedo decirle a Dios en el último día: «Dios, no sabía que no te agradaba esta forma de comportamiento. Mi conciencia no me acusó, así que actué de acuerdo con mi conciencia». Y Dios dirá: «Actuaste en contra de una conciencia que era tristemente ignorante de mi Palabra, la cual puse delante de ti y te llamé a estudiarla y a ser diligente en el entendimiento de ella». Así que, regreso a mi primer principio de que la conciencia para el cristiano no es la máxima autoridad de su vida.
Cuando era niño, disfrutaba de las películas que pasaban en los cines, producidas por Walt Disney. Recuerdo a Pinocho, y las lecciones morales que tenía. Recuerdo aprender que no debía mentir o sino mi nariz crecería como la de Pinocho. Recuerdo que cuando Pinocho hacía algo que era malo, él tenía una conciencia que era externa a él, Pepe Grillo. Y Pepe Grillo cantaba su canción: «deja que tu conciencia sea tu guía». Esa es una teología muy peligrosa.
Está bien dejar que tu conciencia sea tu guía, cuando tu conciencia es guiada por la Palabra de Dios. Pero si tu conciencia es solo un eco de los estándares de la sociedad en la que vives, y si tu conciencia no está informada por la Palabra de Dios, y no es llevada cautiva por la Palabra de Dios como sostenía Lutero; entonces, mejor no dejar que tu conciencia sea tu guía porque tu conciencia te puede guiar al infierno. Estamos llamados a tener la mente de Cristo, a conocer el bien, a tener nuestras mentes y corazones entrenados por la verdad de Dios para que cuando llegue el momento de presión, seamos capaces de mantenernos firmes… y a hacerlo con integridad.
Terminaré regresando a la alusión que ya había hecho sobre el Salmo. ¿Recuerdas lo que dice el salmo? «¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos», es decir, que no permite que su conciencia sea moldeada y formada por consejos impíos, «ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, sino que en la ley del Señor está su deleite, y en Su ley medita de día y de noche!».
¿Cuál es el resultado de esa clase de persona según los Salmos? Una persona que medita en la ley de Dios día y noche, una persona que tiene una pasión por conocer los principios de Dios, una pasión por entrenar su conciencia para la piedad, ¿qué dice el salmista? «Será como un árbol plantado junto a corrientes de agua», no como un árbol plantado en medio del desierto, raquítico y estéril, que lucha por cada gota de humedad para mantenerse con vida, sino como un árbol colocado junto a un gran oasis, con sus raíces profundamente hundidas en la tierra, y su tronco estable y sólido, de modo que, cuando sopla el viento o las fuerzas de la naturaleza se anuncian contra él, se mantiene firme. «Que da su fruto a su tiempo».
¿Cuál es el contraste? El contraste es Pepe Grillo. El hombre impío es como la paja que se lleva el viento. La paja que es tan ligera que la lanzas al aire y una corriente suave de viento la esparce por todas partes; no tiene ninguna fuerza; no tiene ninguna estabilidad porque no tiene integridad. Y es por eso que buscamos los principios de Dios: que con integridad podemos vivir y mantenernos firmes.






