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Transcripción
En nuestra última sesión, vimos la primera de dos distorsiones gemelas que nos pueden extraviar y alejarnos de una vida de piedad y justicia. Consideramos los diversos tipos de legalismo que distorsionan la justicia auténtica, y hoy vamos a ver el polo opuesto en ese esquema en particular, y se trata del problema del antinomianismo, y lo haremos luego de iniciar con una oración.
Oremos. Padre nuestro, acudimos a ti, a la luz de Tu gloria, a la excelencia de Tu naturaleza, a la santidad de Tu carácter, para que nos guíes y nos muestres las normas de verdad y de justicia por las cuales nuestra conducta ha de ser juzgada y seamos edificados. Te pedimos que estés con nosotros ahora, en el nombre de Cristo. Amén.
Volvamos por un momento a nuestro gráfico y miremos donde nos quedamos. Dije que una manera de alejarse del camino que conduce a la vida es caer en el error del legalismo, el cual definimos la última vez, si recuerdan, dije que también podemos apartarnos del camino de Cristo en otra dirección. El otro polo en el continuum es el polo del antinomianismo, y el «antinomianismo», aunque suena como un término técnico en teología, es realmente muy sencillo. Sabemos que «anti» significa contra, y «nomian» viene del griego nomos, que significa ley. Por lo que antinomianismo simplemente significa, en su forma más genérica, anti-leyes.
Al considerar el problema del legalismo, es importante entender que hay varias diferencias y distintas variedades de legalismo, y no es suficiente para nosotros solo tener un entendimiento general del asunto, sino que debemos ser sagaces en nuestro pensamiento, para poder notar estas distintas variedades a medida que se manifiestan. Pues lo mismo se puede decir del antinomianismo; hay diferentes tipos de antinomianismo, cada uno de los cuales tiene su propia variación sutil y su dimensión atractiva para nosotros. Y lo que me gustaría hacer en este tiempo juntos, es exponer algunos de esos tipos de antinomianismo y observar sus características básicas para que podamos reconocerlos cuando se acerquen a nosotros con sus tentaciones.
El primer tipo de antinomianismo se llama «libertinaje»: fíjate en el sufijo o la terminación de la palabra, no es lo mismo que libertad, sino libertinaje. Pensamos en los libertinos en diferentes períodos de la historia, que fueron revolucionarios radicales, pero cuando tratamos con el término en teología, de lo que hablamos como libertinaje es esa idea que dice que dado que nuestra justificación es solo por fe y nuestra salvación es por gracia y no por las obras de la ley, esta noción se presenta de esta manera: que el cristiano, una vez que es redimido, una vez que está bajo la gracia y está fuera de debajo de la esclavitud de la ley y del peso de la ley y de la pena de muerte de la ley, ahora, en cierto sentido, está totalmente libre de la ley. No tiene que preocuparse ni un gramo por obedecer los mandamientos.
En otras palabras, es una idea de libertad que está extraviada, que ahora, en esta dispensación de la gracia, no tenemos reglas, ni mandamientos, ni lemas o principios por los cuales debamos vivir; vivimos por gracia. Lo que sucede en el espíritu del libertinaje es que la redención es vista como una licencia para pecar. Es una distorsión radical del Nuevo Testamento. Pensamos en la pregunta retórica de Pablo en Romanos cuando trata el tema. Él habla de que, por un lado, donde abunda el pecado, la gracia abunda mucho más, y por lo tanto, cuanto más pecado hay, más gracia se necesita y más gracia Dios nos suministra.
Uno podría tener una especie de lógica corrompida y decir: «Espera un minuto, si el aumento del pecado aumenta la gracia, entonces lo mejor que puedo hacer para que fluya más gracia en el mundo es pecar más; añadir al total del pecado añadirá al total de la gracia, y eso es algo bueno». Pablo dice: «¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde?» ¿Cómo responde? No se limita a decir «No», sino que lo enfatiza diciendo: «Dios no permita que jamás lleguemos a una conclusión como esa», pero esa es básicamente la filosofía del libertino, que ve su redención de la maldición de la ley como una nueva licencia para pecar.
Una vez hablé con un hombre que hizo esto con la doctrina de la predestinación. Me dijo que no tenía que preocuparse por obedecer a Dios por el resto de su vida. Él sabía que estaba predestinado para salvación, así que ¿por qué molestarse? Fue tan grosero al respecto, tan directo. Ese tipo de personas son raras, sin duda. Pero en su forma sutil, el libertinaje ha tenido un impacto dramático en el mundo cristiano evangélico. Hay otro tipo de libertinaje, pero antes de pasar a eso, permítanme llamar su atención sobre un pasaje del Nuevo Testamento que está diseñado, en parte, al menos, para advertir contra los peligros del libertinaje.
En la primera carta o epístola de Pedro, en el capítulo dos, el versículo quince empieza así: «Porque esta es la voluntad de Dios, que haciendo bien, ustedes hagan enmudecer la ignorancia de los hombres insensatos. Anden como libres, pero no usen la libertad como pretexto para la maldad, sino empléenla como siervos de Dios». Suena casi contradictorio. Nos describe como libres, y sin embargo, al mismo tiempo somos siervos de Dios. Es solo cuando somos esclavos de Cristo que entendemos la verdadera libertad. Pero advierte contra aquellos que usan su libertad como pretexto para pecar, es decir, como licencia para hacer el mal.
Sigamos. El segundo tipo de antinomianismo del que debemos saber, es lo que puedo llamar técnicamente espiritualismo gnóstico. Me doy cuenta de que eso también presume un lenguaje técnico, pero recordamos que en el segundo siglo, e incluso en el primer siglo, uno de los grupos rivales más difíciles para la fe cristiana que buscaba socavar la autoridad apostólica y la autenticidad de la religión cristiana, fue el surgimiento del gnosticismo, una de las primeras herejías que invadió la iglesia. No tenemos tiempo para un repaso completo de la posición gnóstica, pero una de las razones básicas por las que los gnósticos fueron llamados gnósticos, es que tomaron prestado su nombre de la palabra griega que se usa para conocimiento, la cual es gnosis.
Los gnósticos se llamaron así porque creían tener acceso a formas especiales de conocimiento, a una revelación especial de la verdad divina, y por lo tanto podrían recomendar ciertas formas de comportamiento que chocarían de frente con la enseñanza apostólica, y decían, que aunque la Palabra de Dios prohibía ciertas cosas: los gnósticos reclamaban exenciones de los deberes cristianos establecidos por Jesús sobre la base de un conocimiento superior, un conocimiento secreto, un conocimiento esotérico al que solo ellos tenían acceso.
Ahora, no tenemos a los gnósticos con carnet de membresía corriendo en pleno siglo XX tal cual los encontramos al principio de la historia de la iglesia, pero la herejía gnóstica está vivita y coleando. De hecho, yo diría que el espíritu gnóstico de la ética es epidémico en la iglesia, y repito, particularmente en el cristianismo evangélico. ¿Cómo ocurre? ¿Cómo se ve? ¿Dónde lo vemos? ¿Cuántas veces has escuchado a las personas decirte: «El espíritu me llevó a esto o a aquello»? Y tenemos que ser muy, muy cautelosos aquí.
Dios el Espíritu Santo sí nos guía, pero, tal como escribió un teólogo a principios de este siglo sobre la dirección del espíritu, y que fue sorprendente para algunas personas ya que demostró que en la literatura del Nuevo Testamento, el significado principal de la guía del Espíritu Santo, no es guiarnos a casarnos con una u otra persona o guiarnos a Cancún o a Paris, sino que la guianza principal, el lugar al que el Espíritu nos guía es a la santidad. Esta es la voluntad de Dios: tu santificación, y el Espíritu obra en nosotros para movernos a ser más obedientes, no cristianos menos obedientes. Pero en la comunidad cristiana, si ponemos un manto de espiritualidad alrededor de nuestras decisiones éticas, en muchos casos, podemos prácticamente salirnos con la nuestra. Podemos incluso, parar las voces de la crítica antes de que sean escuchadas.
De nuevo, no estoy diciendo que el Espíritu no nos guíe a elegir un compañero de vida, o una cierta vocación, o al traslado de una familia de una ciudad a otra, pero, miremos un ejemplo práctico: tu pastor ha venido a servir en tu iglesia, y ha estado allí durante tres años, cuatro años, y ha desarrollado un ministerio maravilloso, y se ha desarrollado una relación de amor entre la congregación y el pastor, y de repente, el pastor recibe una llamada, una invitación para ir a otra iglesia. Él ora al respecto, y le dice a la congregación: «Debo dejarlos porque Dios me está llamando a otro ministerio».
Ahora tengo que decir esto: Dios ciertamente nos llama de un ministerio a otro. Pero una pregunta muy legítima que podemos hacer al pastor en ese momento es: «Pastor, ¿cómo sabe que el Señor lo está llamando a dejarnos?» Es una pregunta legítima. Merece una respuesta legítima, y estoy seguro de que la mayoría de los pastores pueden dar una buena respuesta a la pregunta, pero lo que me asusta es que, si queremos hacer las cosas por nuestra cuenta, y no queremos dar razones, y no queremos dar una respuesta contundente y sólida por las decisiones que tomamos, todo lo que hay que hacer para disipar ese tipo de preguntas, es decir: «Dios me ha llamado a esto» o «El Espíritu me está guiando a aquello». Ese es un peligro sutil del que debemos cuidarnos al vivir bajo la guía del Espíritu Santo.
Pero eso, en sí mismo, por supuesto, no es antinomianismo; no es anti-ley el ser guiado por el Espíritu de Dios; se supone que debemos seguir la dirección del Espíritu de Dios. Donde se vuelve devastador es cuando hacemos cosas que claramente violan los principios y preceptos revelados de la palabra de Dios y luego tenemos la audacia de defender nuestras acciones diciendo que el Espíritu Santo nos guió a ellas. Queridos amigos, cuando hacemos eso, peligrosamente nos acercamos, muy de cerca, a la blasfemia del Espíritu Santo, de la cual no hay perdón.
Ahora, eso no es blasfemia contra el Espíritu Santo. Entristece al Espíritu Santo. Insulta al Espíritu Santo. Ofende al Espíritu Santo. No es el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo, pero se acerca tanto a él que debemos huir de él con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra mente. Quizás estás pensando: «Bueno, tal vez esto es solo una posibilidad teórica que nunca tenemos que encontrar». Desearía que ese fuera el caso, pero lo he visto literalmente innumerables veces en consejería y no solo de los laicos de la iglesia, sino del clero, y no solo del clero, sino de los teólogos.
Conozco a un hombre que fue un teólogo excepcional, que se involucró en un problema moral que violaba directamente la ley de Dios, y él, de todas las personas, sabía que ese era el caso, pero estaba tan atrapado en eso que su defensa fue esta, dijo: «He orado al respecto, y Dios me ha concedido una excepción». Ese hombre se engañaba a sí mismo y, al mismo tiempo, obraba contra el Espíritu Santo. O lo hacemos de otras maneras. Hablé con una mujer que estaba en una conducta repetitiva que estaba en una violación tan clara de la ley de Dios que ni siquiera tuve que pasar cinco minutos hablando con ella al respecto, pero ella me dijo: «Oré por esto, y Dios me ha dado paz».
Te diré dónde lo veo la mayoría de las veces; de hecho, las dos ilustraciones a las que acabo de referirme son ejemplos de ello. Cuando la mente de una persona se pierde en una relación de adulterio, en la cual la persona se siente sobrecogida con amor y afecto, por una persona que no es su cónyuge, y esa relación ilícita se profundiza y la dependencia mutua entre las partes se hace tan fuerte, que se inicia una guerra en la conciencia del cristiano que se involucra en tal situación.
El cristiano, por un lado, se siente muy feliz en la relación extramatrimonial y, sin embargo, al mismo tiempo está abrumado por la culpa de que la paz de Dios se le haya ido. Y algunas personas pueden ponerse de rodillas y orar y decir: «Querido Dios, por favor dame el permiso para hacer lo que Tu Palabra dice que no puedo hacer». De hecho, podrían convencerse a sí mismos de que Dios está bendiciendo eso. Eso es devastador; eso es el antinomianismo, cuando una persona apela a alguna guía espiritual misteriosa que contradice la Palabra de Dios.
Así no es como obra el Espíritu Santo. Estamos llamados a probar los espíritus para ver si son de Dios, y un espíritu que es de Dios está de acuerdo con el testimonio del Espíritu Santo, que nos ha dado la Escritura, y por lo tanto debemos tener mucho cuidado con este tipo de espiritualismo epidémico, que es una forma velada de antinomianismo. Hay un tercer tipo de antinomianismo con el que todos nos hemos encontrado de una forma u otra, y esto es lo que llamamos «situacionismo», o también se le llama «ética situacional».
Tengo aquí el libro que ha sido un best seller, un libro que ha sido el libro más importante de nuestros días para popularizar la filosofía de la ética situacional. Se escribieron libros más académicos y de más peso sobre este tema antes que este, pero el teólogo que pudo sacar las ideas del seminario y llevarlas al mercado, por supuesto, es Joseph Fletcher en su libro «Ética situacional», cuyo subtítulo es «La nueva moral», «La nueva moral». Este libro ha tenido un impacto arrollador en nuestra cultura, y voy a decir en esta clase que este libro es el mejor resumen de la nueva moralidad de la ética situacional que he visto en cualquier lugar, y también es el ejemplo clásico del tercer tipo de antinomianismo del que estoy hablando aquí.
En cierta medida digo esto con un espíritu de tristeza, porque hay mucho en este libro que es de gran valor, y eso es cierto, creo, de la mayoría de los teólogos, incluso de aquellos teólogos que se han desviado en ciertos puntos. Hay mucho en su pensamiento que es muy, muy profundo y muy valioso para nuestro escrutinio, y cuando estás leyendo un libro como este, que está escrito por alguien con quien no concuerdas —incluso puedes entrar en una polémica con él— es importante que tratemos de ser lo suficientemente justos como para decir: «¿Qué problemas está tratando este hombre de resolver en sus escritos y en su filosofía?».
Una de las grandes cosas que le preocupan a Fletcher en ética es lo mismo que dije el primer día: la tendencia de las personas a hacer juicios rápidos y dar respuestas simplistas a decisiones éticas muy, muy complicadas y espinosas. Y así, Fletcher trató de alejarse de la ética simplista para mostrarnos lo insoportablemente difíciles que pueden ser las decisiones éticas de vez en cuando, y también es muy consciente de los peligros tanto del legalismo como del antinomianismo.
Creo que hasta ahora, en las clases que he dado, Joseph Fletcher daría un inequívoco «¡Amén!» a lo que he dicho. Es un enemigo declarado del legalismo, y también está registrado en este libro como un oponente del antinomianismo. De hecho, hay algo que quiero leer aquí donde, después de hacer una crítica al antinomianismo, habla sobre cómo cree que la gente podría percibir su posición. Dice: «Debido a que es una posición mediadora, tenemos que estar preparados para actuar según las leyes morales, o a pesar de ellas».Los antinomianos llamarán a los situacionistas legalistas suaves, y los legalistas los llamarán cripto-antinomianos. (Un cripto-antinomiano es una especie de antinomiano secreto y velado, un antinomiano sutil).
No voy a acusar a Joseph Fletcher de cripto-antinomianismo. No es cripto en lo absoluto; está perfectamente claro; es perfectamente descarado. El cumple con la definición de antinomianismo, pero piensa que no es así. Él deja constancia de que se opone al antinomianismo. Sin embargo, permítanme leer una porción de su libro que quiero que escuchen con mucha atención. Cuando define su propio movimiento, cuando define el situacionismo, dice: «El situacionismo es un tercer punto de vista entre el legalismo y la falta de principios del antinomianismo en la ética», y eso es lo que estamos buscando: una forma de escapar tanto del legalismo como del antinomianismo.
Fletcher dice: «El situacionista entra a cada situación de toma de decisiones completamente armado con las máximas éticas de su comunidad y de su herencia, y las trata con respeto como iluminadoras de sus problemas». Así que no viene sin ninguna pauta. Viene armado —dice—, completamente armado con las máximas y los principios de su cultura, de su herencia; y él respeta estos principios, respeta estas máximas y las ve como iluminadoras. De la misma forma, está preparado, en cualquier situación, para estar de acuerdo con ellos o dejarlos a un lado en la situación si… ¿si qué? Si conviene hacerlo así desde el punto de vista del amor.
Él aclara esto y dice: «La ética situacional transita parte del camino con la ley escritural (al aceptar la revelación como la fuente de la norma), mientras rechaza todas las normas o leyes reveladas, excepto el mandamiento de amar a Dios y al prójimo». Y continúa: «No estoy en contra de la ley, creo en la ley. Hay un absoluto. Hay un absoluto moral de acuerdo con la nueva moral, pero el punto es que solo hay uno de ellos y ese absoluto moral es la ley del amor», que él define como hacer lo que parece que el amor exige en una situación dada.
Las otras leyes, las otras normas de las Escrituras son negociables, y esto es lo que llamamos una forma de antinomianismo, porque la ley de Dios se ha reducido a una. Las normas y preceptos que vienen de Dios se reducen a una, y no solo eso, esa única norma es la ley del amor. Es decir, incluso si me pones contra la pared y dices: «R.C., ¿no es cierto que debemos hacer lo que el amor exige en cada situación dada?». Mi problema, mi pelea aquí es con una pequeña palabra. Es la palabra «parece». Dijo que se supone que debemos hacer lo que «parece» correcto, lo que el amor «parecería» indicar en una situación dada.
Si lo dijéramos de esta manera, que siempre debemos hacer lo que el amor «exige», no hay problema porque Dios es amor y eso se podría traducir afirmando que siempre debemos hacer lo que Dios nos pide. Pero la Biblia nos define lo que el amor exige. Permítanme dar un ejemplo claro de eso. En los escritos de Pablo, él habla de que debemos andar en amor, siendo imitadores de Cristo y andando según el estándar de Dios mismo, ¿y qué dice después en Efesios? Que a medida que imitamos a Cristo y andamos en amor… el siguiente versículo es: «Pero que la inmoralidad… ni siquiera se mencione entre ustedes, como corresponde a los santos». Lo que el apóstol está diciendo es: «Anden en amor».
¿Qué significa andar en amor? Esto es lo que significa: significa que nunca estás involucrado en la fornicación. Establece una prohibición contra la fornicación como una prohibición universal que definiría lo que exige el amor, pero de Fletcher solo obtenemos la mitad de eso: «Haz lo que el amor exige», pero las otras declaraciones son solo las ideas de Pablo de lo que el amor exige. Pero si seguimos la ética situacional que dice que debemos hacer lo que parece que el amor exige, ¿qué se hace con el joven, o la pareja joven que está en el asiento trasero de un auto en la playa?, donde comienzan a pensar que el amor no solo permite la relación sexual prematrimonial, sino que para el momento en que están excitados, están pensando que el amor lo exige
De hecho, el argumento más antiguo que un hombre utiliza para seducir a una mujer es: «Si me amas, lo harás». Pero si el amor se deja en ignorancia y su contenido es dado simplemente por lo que me parece correcto según la situación, mi situación de vida personal se convierte en la norma suprema, en lugar de escuchar la Palabra de Dios que me dice lo que su amor exige. Ahora, por supuesto, no tenemos tiempo para una evaluación extensa y profunda de la ética situacional, pero quiero advertirles que es claramente antinomiana. Dice que no lo es, lo que lo hace aún más peligroso, pero por su propio testimonio, reduce la ley de Dios a una sola ley, la ley del amor.
El Nuevo Testamento se enfoca en el amor y dice que el amor es el resumen de la ley. El amor es el fin de la ley, aún San Agustín, a quien Fletcher cita liberalmente, hizo la declaración: «Ama a Dios y haz lo que te plazca». Pero cuando Agustín definió lo que quería decir con eso, está diciendo que si realmente amas a Dios, entonces te complacerá lo que le agrada a Él. ¿Y cómo sabes lo que agrada a Dios, si no es por medio de un estudio cuidadoso de la ley de Dios? De nuevo, Jesús dijo: «Si ustedes me aman, guarden mis mandamientos».
Los mandamientos nacen del amor, y el cristiano que ha sido atado y atrapado por la ley del amor es un cristiano que reconoce la autoridad normativa de los mandamientos de Jesús, no solo como parte de la herencia de la comunidad, o de la cultura, o de los iluminados, sino como mandamientos de nuestro Señor soberano. Ese es el problema con la nueva moralidad. ¿Quién es Señor? ¿Quién tiene derecho a imponer obligaciones sobre ti? Dios puede que lo haga, Dios puede hacerlo, y Dios lo ha hecho.
En nuestra próxima sesión, continuaremos nuestro estudio de los principios básicos que necesitamos dominar, y luego veremos el problema de los grados de pecado, lo cual creo que será una sesión interesante.







