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Transcripción
En nuestra última sesión vimos el tema del filo de la navaja, esa línea delgada que divide lo que a fin de cuentas agrada a Dios y aquello que no, y hablamos sobre la necesidad de conocer y dominar los múltiples principios que Dios nos ha revelado en las Escrituras para que podamos aprender a caminar por esa línea que le agrada a Él.
En esta sesión vamos a ver una de las formas más serias en que las personas se alejan de esa línea prudente que agrada a Dios, una forma en que podemos distorsionar lo que es correcto. Y antes de hacer eso, empecemos con una oración. Otra vez, Padre nuestro, acudimos a ti en busca de sabiduría y gracia para que podamos tener un entendimiento claro y el tipo de sabiduría que viene de Ti. Aquella que viene por darte reverencia y adoración, para que podamos tener hambre y sed de justicia con lo que somos inducidos a crecer en el conocimiento de Tu voluntad. Pedimos estas cosas en el nombre de Cristo. Amén.
En nuestra primera sesión, utilicé una gráfica para describir el problema del mal y el bien y las llamadas áreas grises, y quiero referirme a este gráfico nuevamente en esta sesión, pero usarlo de una manera un poco distinta. Mantendré esta línea en el medio, y dejaré que esta línea delgada en el medio represente lo que el Nuevo Testamento llama el camino angosto. Jesús nos dice que «ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella», pero nuestro Señor dice: «estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida y pocos son los que la hallan».
Recordamos que en el primer siglo, a los cristianos no se les llamó cristianos, sino que primero se les llamó Gente del Camino. Eso no es lo mismo que ser de mente estrecha, o frágil, o inflexible, pero ellos sí tenían una perspectiva clara de lo que es caminar por el filo de la navaja de la piedad y de la santidad. Ahora, en lugar de usar el gráfico como hicimos en la primera sesión para referirnos al mal por un lado y al bien por el otro, veámoslo desde una perspectiva diferente.
Recordemos y entendamos que podemos alejarnos del camino que Dios nos está llamando a caminar, y podemos perdernos ya sea a la izquierda o a la derecha. Podemos errar en cualquier dirección. Podemos pecar moviéndonos a cualquiera de los dos polos del continuum, moviéndonos a posiciones extremas en ambos lados: muy liberales, muy conservadores, muy lo que sea. Ahora, los desastres gemelos que acechan, por así decirlo, en los arbustos para perturbar al cristiano que busca vivir una vida piadosa, históricamente, se definen por los dos términos, legalismo por un lado, y antinomianismo por el otro.
El antinomianismo es una palabra técnica con la que no todo el mundo está familiarizado. Simplemente significa anti-leyes, y exploraremos eso en nuestra próxima lección, pero hoy queremos ver el significado del legalismo. ¿Cuántas veces, como cristiano, has sido acusado de legalismo? ¿Cuántas veces has escuchado la palabra que circula en la subcultura cristiana, que tal o cual persona es un legalista; es de mente estrecha; es esto; es aquello? ¿De qué estamos hablando cuando usamos el término legalismo? Sabemos que sea lo que sea, es malo, pero ¿qué es? Tampoco se trata de un asunto sencillo, porque el legalismo, como término, es un término muy amplio.
Es una especie de concepto genérico, un subtítulo grande, o un encabezado amplio bajo el cual hay varias especies o tipos específicos de legalismo, subpuntos bajo el encabezado general. Y por eso creo que es importante, si vamos a entender lo que es el legalismo, ya que es una forma tan peligrosa de distorsión de la verdadera piedad, que necesitamos ser capaces de reconocer las formas sutiles en las que se manifiesta el legalismo. Demos una definición básica del primer tipo de legalismo. Esto implica, lo que yo llamo, abstraer la ley de Dios de su contexto original, es decir, el primer tipo de legalismo es una abstracción de la ley de Dios de su contexto original.
¿Qué significa eso? ¿Conoces a personas que parecen estar preocupadas en su vivir cristiano por obedecer las reglas y regulaciones, que conciben el cristianismo como una serie de cosas que se deben o no se deben hacer, que reducen una fe cristiana, viva y vibrante que late con un corazón para Dios, en un frío y mortal conjunto de principios morales? A eso lo podemos llamar moralismo, donde uno se preocupa simplemente por el cumplimiento de las reglas. Y Uds. dirán: «Espera R.C. ¿Dios no tiene reglas? ¿Acaso Dios no da mandamientos? ¿No dice Jesús: “Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos?”» Sí, lo hace, y un cristiano debe preocuparse seriamente por las reglas. Tiene que preocuparse devotamente por los principios de conducta y por los mandamientos.
Nuestro Dios es un Dios que da mandamientos, y no solo encontramos mandamientos en el Antiguo Testamento, sino que también los encontramos en el Nuevo. Como acabo de decir hace un momento, Jesús mismo dijo: «Si me aman, guarden mis mandamientos», así que si amas a Cristo, tienes que preocuparte por las reglas. Tienes que preocuparte por los mandamientos, y ese es precisamente el punto. ¿Ves la conexión que hace Jesús?: «Si me amas, guarda mis mandamientos», que el obedecer los mandamientos esté motivado por nuestro amor a Cristo. Es porque son Sus mandamientos que debemos preocuparnos por guardarlos.
El contexto original en el que Dios dio leyes, Dios dio los Diez Mandamientos, fue en el contexto de un pacto. Dios primero fue misericordioso. Él redimió al pueblo. Él acababa de sacarlos del yugo de la esclavitud y del cautiverio en Egipto y había entrado en una relación amorosa y filial con Israel, y una vez que esa relación fue establecida, la cual se construyó sobre la gracia, en medio de esa relación de gracia, entonces Dios comenzó a definir las leyes que le agradan a Él.
Tuve un profesor en la escuela de posgrado que dijo esto: «La esencia de la teología cristiana es la gracia, y la esencia de la ética cristiana es la gratitud». Y lo que hace el legalista es que aísla las reglas y la ley del Dios que da la ley. No busca tanto obedecer a Dios u honrar a Cristo, sino obedecer reglas que están ausentes de cualquier relación personal. No hay amor, no hay gozo, no hay vida, no hay pasión, es solo una forma rutinaria y mecánica de lo que llamamos externalismo, un mero cumplimiento de reglas. Eso es legalismo, porque destruye el contexto más amplio de amor y redención en el que la ley nos llega en primer lugar.
Un segundo tipo de legalismo, que también es un segundo tipo de externalismo, es muy parecido al primero. En realidad, solo hay una distinción sutil entre ellos, y es cuando ocurre un divorcio entre la letra de la ley y el espíritu de la ley. El Nuevo Testamento hace esa distinción, ¿no es así?, entre la letra de la ley, su forma externa, y el espíritu de la ley. ¿Cómo es posible para alguien guardar la letra de la ley y quebrantar el espíritu de la ley? A veces eso es difícil de ilustrar, pero algo me viene a la mente de inmediato.
Supongamos que a una persona le gusta conducir su automóvil a 50 km por hora, y por lo tanto conduce su automóvil a cincuenta kilómetros por hora porque así es como se siente cómodo. Así es como le agrada. No le importa en absoluto los deseos colectivos de la sociedad en la que vive. No le importa cuál sea la voluntad del Estado o la voluntad de la comunidad. Y el Estado ha venido y ha puesto señales de tránsito con límites de velocidad, 50 km por hora aquí, 35 km por hora aquí, 15 km por hora aquí. Y, es un hombre con un desprecio total por los demás. Va a conducir su coche para complacerse a sí mismo y solo para sí mismo.
Está comprometido con la anarquía, no responde ante nadie y está conduciendo por la pista, y pasa por una zona escolar donde el letrero claramente dice 15 km por hora. ¿A qué velocidad conduce? Maneja a 50 km por hora con total desprecio, con una negligencia despreocupada por la seguridad de los niños cerca a la escuela. Luego pasa por la comunidad donde el letrero dice 35 km por hora, sigue conduciendo a 50 km por hora. Ahora solo quebranta la ley por 15 km por hora en lugar de 35 km por hora, pero sigue quebrantando la ley.
Entonces, finalmente sale a la autopista y el letrero dice 50 km por hora. Así le gusta conducir, y conduce a 50 km por hora. Sin embargo, los demás impíos en la carretera están conduciendo sus autos a 55 km por hora, y aquí está este hombre que, ahora, en este conjunto particular de circunstancias, aparece ante el observador externo como alguien que es escrupuloso en su obediencia cívica. Incluso puede ser nominado por la policía estatal para un premio al conductor seguro del día y recibir algún tipo de reconocimiento, porque él, y tal vez solo él, está conduciendo escrupulosamente su automóvil justo a 50 km por hora.
Pero es solo por casualidad, es solo por circunstancias fortuitas, que resulta estar obedeciendo la ley. Su obediencia es solo externa, pero no le importa en absoluto el espíritu interno subyacente y más profundo de lo que se trata realmente la ley. Ese es un segundo tipo de legalismo, el cual no no agrada a Dios: la obediencia a lo externo, mientras el corazón está muy lejos de cualquier deseo de honrar a Dios o a Cristo.
Un tercer tipo de legalismo, y quizás la forma más común de todas, y seguramente la más mortal para el reino de Dios, es cuando añadimos leyes a la ley de Dios y la tratamos como si fuera ley divina. Permítanme decirlo una vez más: añadimos leyes a la ley de Dios y la tratamos como si viniera de Dios mismo. Esto es una amenaza peligrosa, que ha afligido a la iglesia desde los tiempos de Caín y Abel. Jesús tuvo que luchar con los fariseos de Su época en estos mismos puntos.
Históricamente, los rabinos del Antiguo Testamento habían añadido a la ley de Dios todo tipo de leyes y habían atado las conciencias de la gente, como si las leyes que sugerían tuvieran nada menos que el imprimátur de Dios mismo, y Jesús reprendió al pueblo, diciendo: «Ustedes enseñan tradiciones humanas como si fueran la palabra de Dios». Y eso es muy peligroso, porque lo que sucede es que los hombres, de forma presuntuosa y arrogante, usurpan la autoridad de Dios mismo, y donde Dios ha dejado al hombre libre, los hombres ponen a otros hombres bajo yugo.
No estoy diciendo que la iglesia de Cristo no tiene el derecho a tener políticas, ordenanzas y regulaciones. La Biblia no dice que no está permitido llevar jugos a las reuniones de confraternidad del salón de la iglesia, y la iglesia tiene todo el derecho de poner en práctica políticas de ese tipo. Pero cuando elevan estas tradiciones humanas o esas políticas humanas al nivel de tratar de sujetar la conciencia de una manera definitiva, como Dios, y solo Dios, puede hacer, y lo que es peor, hacer de eso la prueba del cristianismo, entonces una distorsión grave ha caído sobre el evangelio de Cristo.
Hay mucha gente fuera de la iglesia que ha tenido la impresión de que definimos a un cristiano como una persona que no baila, como una persona que no fuma, que nunca bebe, que nunca va al cine, que no usa lápiz labial y que no juega a las cartas. La gente camina por ahí y piensa que eso es lo que significa el cristianismo. Y, ¿dónde dice en las Sagradas Escrituras que un cristiano no puede jugar a las cartas, o que un cristiano no puede usar lápiz labial, o que un cristiano nunca puede beber vino? Si eso es verdad, en términos de un principio absoluto, entonces nuestro Señor mismo no calificaría para ser cristiano.
Reconozco que hay otros principios que nos enseñan buena disciplina y hábitos saludables y todo ese tipo de cosas que ciertamente arrojan una sombra sobre el fumar y cosas por el estilo, pero el punto es que estas cosas se elevan como la prueba externa de lo que es un cristiano. Esa es una violación mortal del evangelio porque es una sustitución de la tradición humana por los verdaderos frutos del Espíritu que Dios mismo nos ordena, y nos acercamos peligrosamente a la blasfemia al tergiversar a Cristo, al promover esas cosas entre la gente como pruebas de la fe donde Dios ha dejado a las personas en libertad. Debemos tener mucho cuidado contra esa forma de legalismo.
Lo que sucede aquí, sin embargo, es que la comunidad cristiana, como tal, es una subcultura, y los presbiterianos tienen sus asociaciones subculturales, y los luteranos tienen las suyas, y los bautistas las suyas, y los episcopales también. En ciertos círculos episcopales, es impensable que el pastor no tome una copa de vino con sus feligreses. En otros círculos, sería un escándalo ver al ministro bebiendo una copa de vino, y hablaremos de todo ese asunto de la libertad cristiana un poco más adelante en el curso, pero mientras tanto, debemos tener mucho cuidado de no poner ante el mundo principios éticos que provienen de nuestra propia situación subcultural, como si fueran la palabra inalterable de Dios. Eso es mortal porque es una distorsión del evangelio de Jesucristo.
El evangelio llama a los hombres al arrepentimiento; los llama a la santidad; los llama a la piedad, y el evangelio, por el hecho de llamarnos al arrepentimiento, es una ofensa para el mundo. Hay un escándalo incluido. Incluye la ofensa de Cristo y Su cruz para el hombre caído. Pero, queridos amigos, ¡ay de nosotros si añadimos innecesariamente a esa ofensa distorsionando lo que el cristianismo es. Podemos confundirlo fácilmente porque el cristianismo se preocupa por la moralidad; se preocupa por la justicia; se preocupa por la ética, y fácilmente podemos dar ese paso sutil de una preocupación apasionada por la moralidad piadosa al moralismo, lo cual es una distorsión. Es una distorsión hacia la derecha, en lugar de hacia la izquierda. Pero las distorsiones van en ambas direcciones.
Muy relacionado con eso está la forma de legalismo que llamamos «especializarse en cosas menores». Los fariseos en los días de Jesús, eran maestros en eso. Cuántas veces Jesús se vio envuelto en conflictos con los fariseos y les decía: «¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, que diezman la menta y el comino, pero omiten los asuntos más importantes de la ley, la justicia y la misericordia!» Fíjense que Jesús los felicitó por obedecer algunos asuntos de la ley. Ellos diezman, ellos pagaban su diezmo.
Quiero detenerme aquí por un segundo. Pensamos en los fariseos como ejemplos de impiedad, pero el último informe que vi indicaba que solo el cuatro por ciento de los miembros de la iglesia en los Estados Unidos de América diezman sus ingresos. No obedecemos a Dios ni en los asuntos menores, al menos los fariseos dieron sus diezmos. No le negaron cosas a Dios, no le robaron a Dios. Pagaban sus diezmos y sus cominos.
Él les dijo: «Escudriñan la Escritura y hacen bien en hacer eso». Eran estudiantes rigurosos de la Biblia. La mayoría de nosotros somos negligentes con la Biblia. Los fariseos estudiaban sus Biblias, eso es bueno. Los fariseos decían sus oraciones, eso es bueno, pero mezclaban la hipocresía con sus oraciones; y estudiaban la Palabra de Dios, pero no vivían la Palabra de Dios, pero al menos la estudiaban. Ante esto, no debemos decir: «Bueno, estudiar la Palabra de Dios y no vivirla produce la reprensión de Jesús, quizá no deberíamos estudiar la Biblia». No, no, no. Jesús dijo: «Estas cosas debían haber hecho. Pero omitiste los asuntos más importantes de la ley, la justicia y la misericordia».
Ahora, ¿por qué sucede esto en las culturas subcristianas, o en las subculturas cristianas —creo que es como dije la primera vez, es realmente subcristiana— donde comenzamos a poner a prueba el cristianismo en cosas externas simplistas como el baile y el lápiz labial y ese tipo de cosas? La Biblia nos dice que seamos diferentes del mundo. La Biblia nos dice que seamos una luz para el mundo. La Biblia nos dice que dejemos que nuestras obras brillen ante los hombres, para que la gente pueda tener esperanza, y la gente pueda ver en nosotros la gloria reflejada de Dios. Estamos llamados a ser un pueblo peculiar, diferente, un pueblo santo.
¿Qué es más fácil? Dime tú, ¿qué es más fácil? ¿Que el mundo se dé cuenta de que soy cristiano porque les muestro a ellos un grado extraño y radical de misericordia, o porque ven en mí a alguien que es escrupulosamente justo en las relaciones comerciales, en cuya palabra pueden confiar, en cuyo honor pueden confiar? ¿Qué es más fácil? Ser conocido por tu honor, tu honradez, tu justicia y tu misericordia, o por obtener un simple reconocimiento diciendo: «Mira, yo no fumo; no bebo; no bailo; no hago esas cosas».
En un sentido, queridos amigos, esas cosas, en términos de lo que está en juego con las almas de los hombres, esas cosas son Mickey Mouse, y mis disculpas a Walt Disney. Esas son cosas menores. El reino de Dios, dice la Biblia, no radica en comer y beber. Sí, es un pecado ser glotón, sí, es un pecado estar borracho y todo eso, pero los asuntos por los que Dios nos ha llamado a preocuparnos apasionadamente son mucho más importantes que eso. Tienen que ver con la integridad, la justicia, la misericordia, el redimir a un mundo que sufre. Y qué fácil es distorsionar la ética bíblica con el tipo de legalismo que se especializa en cosas menores.
Una más, lo que yo llamo lagun-ismos. Los fariseos también eran maestros en interpretar la ley y encontrar formas de eludir la ley. Eran como los abogados astutos de la época. La ley decía que los días de reposo solo se podía caminar la distancia establecida para un día de reposo, y la distancia de día sabático era más o menos como un kilómetro, y las autoridades establecieron que no se podía caminar más de ese kilómetro desde el lugar de residencia.
Pero, legal y técnicamente, definían como residencia dondequiera que algunas de sus posesiones personales estuvieran guardadas. Y así, si los fariseos querían hacer un viaje de seis kilómetros en el día de reposo, durante la semana tenían que… digamos que querían ir de Jerusalén a Jericó. Durante la semana, hacían que algún comerciante viajero llevara uno de sus cepillos de dientes y lo pusiera debajo de una roca en cada kilómetro del camino. Habría un cepillo de dientes, o un pañuelo, o alguna otra prenda de vestir o posesión personal, porque al colocar ese cepillo de dientes debajo de la roca, legal y técnicamente, el fariseo ahora había establecido su residencia legal donde estaba esa roca.
Entonces al llegar el día de reposo, y como solo podía caminar la distancia de un día de reposo, que era como un kilómetro desde su residencia, él nunca se alejaría más de un kilómetro desde donde vivía. Solo tendría seis residencias, e iría de roca en roca, de roca en roca. Haría el viaje quebrantando todo el punto de la prohibición de la jornada del día de reposo al eludir la ley con un tecnicismo. Eso es lo que llamamos lagun-ismo.
Recuerdo uno de los puntos más terribles de presión moral que tuve en mi vida. Cuando tuve problemas para ir a la escuela de posgrado, tuve que pedir prestado mucho dinero al banco para ir a Europa. No tenía fondos propios, y un hombre muy rico, negociante, se me acercó y me dijo: «Entiendo tu situación», y me explicó un esquema financiero complicado en el que vendía cosas y camiones y obtenía algunas ganancias, y tenía que pagar una cierta cantidad de impuestos.
Pero si él me daba, si me permitía ser copropietario, si vendía un par de esos camiones a nombre mío, aunque no fuera el dueño, los ahorros generados, los beneficios fiscales de eso superarían los diez mil dólares, y él dijo: «Prefiero que tú tengas los diez mil dólares que el gobierno. Así que todo lo que tienes que hacer es firmar estos papeles y te daré diez mil dólares para que vayas a la escuela». Y yo necesitaba esos diez mil dólares, los necesitaba desesperadamente, y lo que es peor, al obtener la opinión de un abogado, descubrí que todo el proceso era legal.
Pero también sabía que había un engaño real, y que aunque fuese legal, no era ético y los cristianos tenemos que tener cuidado con eso, porque nuestro deber ético no se define por las leyes del Estado. Está definida por la ley de Dios, y aunque algo pueda ser legal en tu cultura, puede ser ofensivo para Dios. Y tuve que decir que no, y oré a Dios, y le di gracias a Dios por haber tenido la gracia en esa ocasión de resistir la tentación.
Hoy mismo leí la última edición de la revista «Selecciones» y, por supuesto, al igual que otras personas, estudiantes serios de cultura y literatura, primero revisé y leí los chistes, y estaba leyendo «La vida en la costa este de Estados Unidos» y tenían una historia muy chistosa que pensé que ilustraba el punto del lagun-ismo. Contaban la historia de un protestante que se mudó a un vecindario mayormente católico, y fue en los días en que era obligatorio para los católicos romanos ayunar los viernes y no comer carne.
Bueno, este protestante, solo para fastidiar a sus vecinos católicos, los viernes preparaba su parrilla, y cocinaba una gran carne, ese bbq chisporroteaba y el aroma corría por todo el vecindario, volviendo locos a todos sus vecinos católicos. Ellos ya no podían soportarlo, ya que lo hacía todos los viernes. Fueron a hablar con él, y lo persuadieron para que se convirtiera al catolicismo. Lo llevaron a la iglesia, el sacerdote le dio instrucciones y en el día de la ceremonia roció agua bendita sobre el protestante, y le dijo: «Naciste protestante, fuiste criado protestante, pero ahora eres católico». Así que el vecindario pensaba que el problema estaba resuelto. Ja. Llegó el viernes siguiente.
El hombre sale al patio de la casa, prepara su parrilla y, una vez más, el dulce aroma de la carne llena el vecindario y los vecinos se horrorizan. Entonces se acercan, y miran a la vuelta de la esquina, y ven al hombre en su patio, y lo ven parado frente a su parrilla con otro pedazo de carne, pero esta vez, el hombre está allí rociando su bistec con agua, y está hablando con la carne, y le dice a la carne: «Naciste novillo, te criaron como un novillo, pero ahora eres un pez». Eso es lagun-ismo, otra forma de eludir la ley; pero Dios quiere que obedezcamos su ley con un corazón que desea agradarle.
Tengan cuidado con la distorsión del legalismo, como también debemos tener cuidado con el error en la otra dirección, el antinomianismo, que veremos en nuestra próxima clase.







