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Transcripción
Continuamos con nuestro estudio de los nombres y títulos que la Escritura otorga a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo y quiero empezar el estudio de estos títulos con el nombre de Dios, que es Su nombre propio y que Él revela en el Antiguo Testamento. Se trata del nombre sagrado de Dios, el nombre que protege la ley, el nombre que es el nombre inefable, el nombre que es el nombre sagrado de Dios, el nombre «Yahvé». Encontramos este nombre personal de Dios en uno de los episodios más dramáticos, no solo de la historia bíblica, sino —creo yo— de la historia del mundo entero.
Estamos familiarizados básicamente con la historia de Moisés, cómo, de niño, fue abandonado en los juncos por su madre que intentaba protegerlo del edicto de Faraón de destruir a los hijos varones de los israelitas, y cómo Moisés fue encontrado por la hija de Faraón y luego criado en la corte de Faraón, siendo educado en todas las artes, ciencias y medicinas del reino egipcio. Pero cuando se hizo joven, recordamos que Moisés vio a un oficial de la guardia golpeando a un esclavo israelita. Moisés intervino para poner fin a ese atropello y, en su ira, golpeó al guardia egipcio; este cayó y murió. Moisés miró a su alrededor para ver si alguien había presenciado el suceso y, pensando que estaba a salvo, escondió el cuerpo y siguió con sus asuntos. Pero alguien lo había visto y, debido a eso, Moisés se vio obligado a huir al exilio.
Ciertamente a Moisés le parecía que el sentido de su vida había llegado a su fin mientras vagó durante décadas por el árido desierto de Madián. Había pasado de la corte de Faraón a la vida de pastor en el desierto. Y entonces llegó el momento decisivo. En aquella ocasión, en medio del calor del mediodía, Moisés pastoreaba sus rebaños y notó algo extraño por el rabillo del ojo. Vio una zarza que, según nos relata la Escritura, ardía en llamas, pero no se consumía. Moisés se sintió intrigado por esto y se acercó para investigar ese fenómeno que no podía comprender, y mientras miraba dentro de esta zarza ardiente, escuchó la voz de Dios que le hablaba audiblemente desde el cielo. Dios le dijo: «¡Moisés, Moisés!». «Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás parado es tierra santa». Así que Moisés se quitó los zapatos y Dios se presentó como el Dios de Abraham y le dijo: «He escuchado el clamor y la aflicción de Mi pueblo».
Luego Dios pasó a explicarle a Moisés que quería que él fuera Su portavoz ante Faraón, debía acudir a la corte de Faraón y transmitir el mandato divino al gobernante de la nación más poderosa del mundo. Moisés debía ir y decir a Faraón que Dios había dicho: «Deja ir a Mi pueblo». Todos conocemos las consecuencias de ese encuentro. Fue precisamente en ese momento cuando Moisés fue llamado a ser el profeta de Dios, mediador del antiguo pacto, a ser quien guiaría a los hijos de Israel en la experiencia del Éxodo. Y así, ya anciano, Moisés comienza su misión, su vocación. A veces pienso en lo curioso que resulta que un hombre de su edad no deje realmente huella en la historia sino hasta haber superado con creces la edad de jubilación.
Dos hombres, gigantes del siglo XX, podrían situarse en una categoría similar. Winston Churchill tuvo una trayectoria llena de altibajos y ya había alcanzado la edad de jubilación cuando el pueblo inglés recurrió a él para que los guiara durante la crisis de la batalla de Inglaterra. Douglas McArthur salió de su retiro para dirigir las operaciones militares del ejército de los Estados Unidos en la campaña del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. En otras palabras, dos titanes de nuestra época que no dejaron realmente su huella en la historia sino hasta la etapa final de sus vidas. Pero fue justo en el momento de su llamado, cuando Dios le ordenó a Moisés ir a la corte de Faraón y exigir la liberación de los esclavos de Egipto, que Moisés planteó dos preguntas. La primera fue: «¿Quién soy yo para que me pidas que haga esto?».
La primera pregunta era sobre su propio carácter, su propia identidad, su propia capacidad para cumplir esta tarea. Leamos lo que dicen las Escrituras. En el capítulo 3 de Éxodo, comenzando en el versículo 7: «Y el Señor dijo: “Ciertamente he visto la aflicción de Mi pueblo que está en Egipto y he escuchado su clamor a causa de sus capataces, pues estoy consciente de sus sufrimientos. Así que he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y para sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, al lugar de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los ferezeos, de los heveos y de los jebuseos. Y ahora, el clamor de los israelitas ha llegado hasta Mí, y además he visto la opresión con que los egipcios los oprimen. Ahora pues, ven y te enviaré a Faraón, para que saques a Mi pueblo, a los israelitas, de Egipto”».
Aquí es donde Moisés hace la primera pregunta en el texto. «¿Quién soy yo para ir a Faraón, y sacar a los israelitas de Egipto?». Dios respondió: «Yo estaré contigo». Eso es todo lo que necesitas saber, Moisés, sobre quién eres con respecto a esta tarea. «Yo estaré contigo». Eres el hombre que he elegido. Eres el hombre al que he llamado. Eres el hombre al que he enviado. Y no te estoy pidiendo que hagas esto por mí. Te pido que lo hagas conmigo. No te envío con tus propias fuerzas. No te envío solo al valle de la sombra de muerte, sino que Yo estaré contigo. «…Y la señal para ti de que soy Yo el que te ha enviado será esta: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto ustedes adorarán a Dios en este monte». Ahora Moisés se siente movido a hacer la segunda pregunta. «Entonces Moisés dijo a Dios: “Si voy a los israelitas, y les digo: ‘El Dios de sus padres me ha enviado a ustedes’, tal vez me digan: ‘¿Cuál es Su nombre?’, ¿qué les responderé?”».
¿Entiendes lo que hay detrás de esto? Moisés sabe que cuando pida al pueblo de Israel que se rebele contra la tiranía de Faraón, les estará pidiendo que arriesguen sus vidas y las de sus hijos contra el poder más poderoso de la tierra. A menudo he dicho que lo que Moisés les va a proponer es la mayor huelga salvaje de la historia: un levantamiento masivo de esclavos. Y Moisés dijo: iré y diré a esa gente que me siga. ¡Nos vamos! Y les diré que hablé contigo en esta zarza, aquí en el desierto de Madián, nadie va a creer que es Dios. Querrán saber quién eres. ¿Qué Dios ha ordenado el Éxodo? ¿Quién es ese Dios del desierto que nos llama a esta acción? ¿Qué nombre les doy?, preguntó Moisés. Y Dios responde a la pregunta de Moisés con la sencilla respuesta: «Yahvé». Yahvé, que es la palabra hebrea que significa literalmente «YO SOY EL QUE SOY». Diles que YO SOY te ha enviado.
Ahora, este nombre sagrado está formado por cuatro consonantes. El hebreo es extraño en ese sentido, ya que las palabras en hebreo se escriben solo con consonantes y no hay vocales. De hecho, la primera vez que empecé a estudiar hebreo me desconcertó mucho y quise levantar la mano para ver si podía comprar una vocal para entender esas palabras. Pero hay un procedimiento concreto que se utiliza para añadir vocales a las consonantes. Pero estas cuatro consonantes —la mayoría de las palabras hebreas solo tienen tres consonantes—, esta tiene cuatro. Y estas cuatro consonantes se llaman en literatura el tetragramatón—tetragramatón. La representación y significado de estas cuatro letras, comunican el nombre sagrado de Dios. Y dado los puntos vocálicos, el nombre se pronuncia Yahvé.
Ahora, no sé con qué versión de la Biblia estás leyendo el texto hoy, pero muchas versiones en español traducen este nombre sagrado con la palabra «Jehová». No existe una palabra hebrea Jehová. La palabra Jehová proviene de las consonantes raíz del nombre Yahvé, con las vocales del título, que veremos más adelante, «Adonai» añadido a las consonantes del nombre Yahvé, y hay una razón para ello. Es para evitar un mal uso del nombre sagrado. Pero en todo caso, el nombre propio de Dios, no un título, sino su nombre personal es el nombre Yahvé, y significa «YO SOY EL QUE SOY». Otros traductores lo expresan así: «Seré lo que seré». Algunos incluso dicen que significa «Haré lo que haga», indicando el derecho y la capacidad soberana de Dios para decidir por Sí mismo lo que va a hacer en el futuro, que no está contenido ni controlado por ningún gobierno, deseo o gobierno humano.
Pero la mayoría de los estudiosos creen que el nombre debe traducirse correctamente según la forma tradicional, Yo soy el que soy. Casi suena como que estuviera ausente el nombre, ¿verdad? Algunos han especulado, como vimos en nuestra última lección, que en el caso donde Jacob luchó con el ángel y Jacob le pidió que le diera su nombre, Jacob intentaba que el ángel se sometiera a la autoridad de Jacob. Algunos han leído este texto y dicen: bueno, Moisés está intentando controlar a Dios e intenta ejercer su autoridad sobre este que le habla desde la zarza. No creo que eso encaje en absoluto con el contexto porque Moisés, en todo caso, está siendo completamente humilde en este suceso. ¿Quién soy yo para hacer esto, y él obedece cada mandato que Dios le da; se quita los zapatos y está allí, asombrado por esta manifestación externa y visible de la majestuosa santidad de Dios.
No creo que este sea un momento en el que Moisés ejerciera su orgullo. Pero hay quienes piensan que al decir: Yo soy el que soy, Dios está —en efecto—rechazando la petición de Moisés y negándose a revelar su nombre. Personalmente, eso no me convence. Creo que el nombre de Dios aquí encaja perfectamente con el concepto del Antiguo Testamento de que los nombres indican algo del carácter que lleva el nombre. Dios dice YO SOY EL QUE SOY. Yo soy el YO SOY, porque en este nombre, aunque el Antiguo Testamento no lo explica con toda la teología abstracta que lo acompaña, la idea que se comunica es que Dios es una persona, que Dios es un ser que tiene el poder de Su ser y no de algo que fue generado en el pasado, no es algo que lo sostiene en el presente y que Él necesita, ni un ser que desaparecerá de la existencia en el futuro, porque para nosotros los tres modos del tiempo, los tres tiempos, el pasado, el presente y el futuro, forman parte de nuestra experiencia porque somos criaturas finitas.
Somos criaturas temporales, criaturas atadas al tiempo. Si vas a un cementerio y miras las lápidas, toda la vida de las personas se resume con un nombre y dos fechas: la fecha de su nacimiento y la fecha de su muerte. Pero para Dios no hay fecha de nacimiento ni momento futuro de Su muerte. Porque Dios no es quien dice que fui, que soy, que seré, pero siempre y por siempre Él sigue siendo YO SOY, lo cual dice mucho sobre Su carácter. Y lo primero que resulta obvio es que llama la atención sobre la naturaleza eterna e inmutable de Dios. Ayer, Dios decía «Yo soy», hoy dice «Yo soy», mañana seguirá siendo «Yo soy». Siempre y eternamente es el mismo. No hay sombra de variación en Su carácter ni en Su naturaleza. No crece. No hay evolución. No hay degradación en Su carácter. Siempre permanece igual.
Una de las cosas que hizo Jesús en el Nuevo Testamento que provocó tanta animadversión y hostilidad entre sus contemporáneos fue la forma en que usó la frase «Yo soy». En el evangelio de Juan, en varias ocasiones Jesús usa esta frase y utiliza la unión de dos palabras griegas—ego, que es la palabra habitual que significa yo soy, o eimi, que es otro verbo que significa yo soy. Y Jesús simplemente no se conformó con decir ego o eimi, pero frecuentemente decía ego eimi. Él juntaba las dos palabras, que es lo que hacían los traductores griegos del Antiguo Testamento cuando llegaban a describir el nombre de Dios. Ellos traducían Yahvé con esta extraña conjunción de dos verbos en griego, ego eimi. Y así, Jesús, cuando hablaba con sus discípulos y con quienes estaban a su alrededor, decía, por ejemplo, ego eimi el Buen Pastor; Yo soy el Buen Pastor. Yo soy la puerta por la que deben entrar los hombres. Yo soy la vid—ego eimi. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos.
Uno de los usos más dramáticos de esto es cuando Jesús dijo: «Antes de Abraham, había ego eimi». «Antes que Abraham naciera, Yo soy». No es antes de Abraham fui yo, sino que antes de que Abraham fuera, Yo soy. Ven, Jesús está usando este mismo concepto mediante el cual Dios revela Su carácter eterno, Su deidad eterna, a Moisés en el desierto madianita. Pero, amados, ese nombre Yahvé significa mucho más y tendremos que tomar una clase completamente diferente para analizarlo a profundidad, lo cual haremos en nuestra próxima sesión.
CORAM DEO
Al analizar nuestra aplicación práctica, nuestro Coram Deo de hoy, quiero hacer esta pregunta: «¿Quién eres tú?». Es una de las preguntas más difíciles por responder, ¿verdad? Puedes dar tu nombre, pero eso no es suficiente para definir realmente quién eres. Cuando intentamos entender quiénes somos, miramos a nuestro pasado. Vaya, soy el que hace esto o aquello, y nací en tal lugar y en tal momento.
A veces reflexiono en mi propia mente, y digo, me cuesta relacionarme con el joven que jugaba en el colegio, en el parque y fuera de mi ciudad hace 50 años. Ese joven ya no existe; se ha ido. Pero hay otro sentido en el que sí existe. El muchacho se ha ido, pero el joven sigue aquí, y ese joven es parte de lo que yo soy. Ese joven sigue dentro de mí, ese joven forma parte de mi memoria. Ese joven forma parte de mi personalidad. Pero RC Sproul como persona siempre está cambiando. Tengo continuidad con mi pasado, pero también tengo discontinuidad. Solo Dios permanece igual. Solo Dios puede llamarse a Sí mismo «YO SOY».






