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Transcripción
Cuando el tiempo se acabó, la última vez estaba en medio de dar una lista de indicadores que podías buscar para ver si el amor estaba obrando en tu vida. Me limitaré a mencionarlos rápidamente, sin mayor explicación, antes de pasar a los nuevos. Dije en primer lugar que el ágape dispone o inclina el alma a honrar y adorar a Dios, en segundo lugar que la presencia del amor inclina al alma a dar crédito y confianza a la Palabra de Dios, no trayendo un espíritu sospechoso o arrogante a la Palabra de Dios, y en tercer lugar que la presencia y el poder del ágape inclina a la persona a reconocer el derecho soberano de Dios a gobernar nuestras vidas. Eso es todo lo que pudimos cubrir en nuestra última clase.
Entonces, pasemos de ahí al cuarto indicador de la presencia del ágape, y es que el amor, como don y como fruto, inclina el corazón a desear la justicia hacia nuestro prójimo. Lo que el amor está haciendo aquí es que nos está fortaleciendo y cambiándonos para hacernos querer abrazar el corazón mismo de nuestro destino para glorificar a Dios guardando el gran mandamiento de amar a Dios con todo nuestro corazón, vean cómo el amor está intercalado allí en el gran mandamiento, con toda nuestra mente y alma y fuerzas, esa es una intensidad y una pasión de amor, y amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos.
Entonces, si el amor está presente, lo que el amor hace en nosotros es movernos en la dirección, no de condenar a nuestro prójimo, ni de defraudar a nuestro prójimo, ni de engañar a nuestro prójimo, sino de tener una preocupación sensible de que se haga justicia, y no solo justicia, sino una justicia equilibrada con la misericordia. Minimiza y apaga la tendencia natural, caída y corrupta del corazón hacia el fraude, los celos, la calumnia y el chisme. Todas estas son, de nuevo, abstracciones.
Pero, ¿cuándo fue la última vez que escuchaste un sermón sobre chismes o calumnias? ¿No es increíble que cuando Dios estableció los Diez Mandamientos, el Decálogo, el fundamento mismo de la ley para una sociedad de Su pueblo, dio como parte del marco de esa cultura, en los diez primeros, una prohibición contra la calumnia? Piensa por un momento cuánto las vidas de ustedes han sido lastimadas por las palabras de otras personas, por el asalto de la lengua contra tu carácter, a veces con justicia, pero muchas veces injustamente. El amor muerde la lengua.
El Espíritu Santo no es un calumniador. A Satanás se le da el título que significa «calumniador». La calumnia es de la carne. Engañar, estafar, chismorrear, manchar el nombre de otra persona, destrozarla, está en contraste y en oposición a la operación del amor. El amor edifica. El amor construye. No es destructivo hacia el prójimo.
El quinto indicador, y este es interesante, viniendo de Jonathan Edwards, es que el amor nos dispone hacia el contentamiento en cualquier situación en que nos encontremos, no en una especie de imperturbabilidad pasiva, complaciente y estoica, no una apatía. Hay una diferencia entre la apatía y el contentamiento, pero, como dijo el apóstol Pablo en su propia madurez y en su propio crecimiento en el Espíritu: «He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación».
¡Qué difícil es lograr eso en este mundo! Porque, como dijo Blaise Pascal: «La gran paradoja del hombre, lo que hace del hombre la criatura de la más alta grandeza y al mismo tiempo de la más baja miseria, es que siempre podemos contemplar una vida mejor de la que actualmente podemos disfrutar», y vemos un mundo de personas corriendo con ese espíritu de inquietud del que escribió Agustín, ese espíritu de insatisfacción, de descontento pensando: «Si tan solo pudiera hacer esta cosa», «si tan solo pudiera conseguir ese trabajo», «si tan solo pudiera comprar ese auto», «si tan solo pudiera ganar ese campeonato, entonces sería feliz».
Y existe esta sensación escurridiza de contentamiento que siempre está más allá de nuestro alcance. Pero el Espíritu de Dios, cuando mora en ti en el poder del amor, dispone tu alma hacia un estado de contentamiento, y esto es particularmente cierto vocacionalmente, a medida que comenzamos a comprender lo que es una vocación, un llamado, y que nuestro principal empleador es Dios mismo.
Cuántas veces el Nuevo Testamento nos ordena que «todo lo que hagamos, lo hagamos, con todas nuestras fuerzas, y lo hagamos como para el Señor». ¿Qué se contrasta con eso? ¿Cuál es el camino de la carne? «No para ser vistos, como los que quieren agradar a los hombres», sino que, el contraste allí es: trabajar para la gloria de Dios o trabajar desde la perspectiva del servicio a los ojos.
¿Qué es el servicio a los ojos? Que mi desempeño, mi deber, mi trabajo, mi vocación, mi labor, mi empleo se hace solo cuando alguien me está mirando, o lo estoy haciendo con miras a su aprobación, a su acreditación, a su aplauso, etc., en lugar de gozosamente como una ofrenda de amor de nuestras vidas, que es nuestro culto racional como un sacrificio vivo ofrecido a Dios. No hay nadie que tenga ese 100 por ciento, pero lo que hace el amor es que te conmueve y te inclina a ver tu trabajo como para el Señor, y eso trae contentamiento que hace posible que un cristiano resista las pruebas y la tribulación que tan a menudo acompañan a tus deberes vocacionales.
Es por eso que Pablo puede decir: «Siervos, obedezcan a sus amos», no porque estuviera respaldando la esclavitud, sino porque estaba diciendo: «En cualquier lugar en que te encuentres, haz tu obra para Cristo, porque ¿quién, que es regenerado, se negaría a ser un esclavo de Cristo? Todos estamos llamados a eso, en la gozosa libertad de la esclavitud espiritual a Cristo, la paradoja es que solo en la esclavitud de Cristo es que encontramos libertad.
El siguiente punto que quiero mencionar de pasada es que la presencia del amor restringe el poder, la enfermedad, la infección que tal vez sea uno de los poderes más destructivos para la personalidad humana. Hablo de la amargura, y es en este punto que, en lugar de resumir las ideas de Edwards, me gustaría llevarlos al texto mismo que Edwards usó. Esto es algo que rara vez hago en clase, tomarme un tiempo para leer pasajes de libros porque sé que eso tiende a ser muy aburrido o distractivo y difícil de seguir cuando alguien está sentado en un salón de clase.
Les prometo que será breve, y les pido esta vez que, por favor, se concentren solo un minuto y aguanten la tortura si es necesario. No puedo entretenerlos con gesticulaciones y todo eso. Voy a tener que leerlo del texto, pero quiero que lo lean de El amor y sus frutos, lo mejor que jamás he visto sobre el amor.
Esto es lo que dice Edwards. «¡Qué vigilancia y cuidado deben guardar los cristianos contra la envidia y la malicia y toda clase de amargura de espíritu para con su prójimo. Porque estas son lo opuesto mismo de la verdadera esencia del cristianismo. Corresponde a los cristianos, ya que con su práctica no debieran directamente contradecir lo que profesan, prestar atención a sí mismos de esta manera. Deberían suprimir los primeros indicios de mala voluntad, amargura y envidia. Vigila estrictamente contra toda ocasión de tal espíritu. Esfuérzate y lucha al máximo contra tal temperamento que tiende a esa dirección, y evita tanto como sea posible todas las tentaciones que puedan conducir a ello».
Esto no es más que una sinopsis de la homilía del autor del libro de Hebreos. «Un cristiano debe mantener en todo momento una fuerte guardia contra todo lo que tienda a derrocar, corromper o socavar el espíritu de amor, porque lo que impide el amor a los hombres, impide el ejercicio del amor a Dios. Si el amor es la suma del cristianismo, seguramente las cosas que lo derrocan son sumamente impropias para los cristianos».
Ahora, aquí está la última oración, o las últimas dos oraciones, y quiero que las escuchen en especial. «Un cristiano envidioso, un cristiano malicioso, un cristiano frío y duro de corazón es el mayor absurdo y contradicción. Es como si se hablara de un brillo oscuro o de una verdad falsa. Simplemente no puede ser». Eso no significa que los cristianos nunca tengan que luchar con el resentimiento. Si no fuera así, el Nuevo Testamento no perdería su tiempo con tantas advertencias y exhortaciones contra esa raíz de amargura que permitimos que brote en nuestras vidas, y luego comenzamos a alimentarla y a nutrirla y a permitir que infecte todo el espíritu y nos lleve a la ruina.
Somos vulnerables a la malicia, al resentimiento, a la amargura, particularmente en términos de nuestras relaciones interpersonales, pero lo que Edwards está diciendo aquí es, lo que el Nuevo Testamento dice una y otra vez: «Lucha contra eso con todas tus fuerzas». ¿Ven?, eso es de lo que necesitamos ser conscientes si realmente vamos a crecer en gracia: ser conscientes de esas cosas que apagan el espíritu y destruyen el poder del amor dentro de nosotros.
Me gustaría hablar un poco sobre algunos principios prácticos de cómo podemos aumentar este tipo de manifestación de amor, particularmente hacia otras personas, el amor hacia el prójimo, y el cultivo del espíritu de amor, o el espíritu afable del que habla la Biblia. Tenemos una frase en teología llamada «el juicio de la caridad». Cada vez que interactúo con otro ser humano, esa relación es muy complicada. Hay una interacción dinámica que tiene lugar en varios niveles.
El otro día estaba caminando por la oficina de alguien, y estábamos conversando, y yo estaba reaccionando al hecho de ver su oficina por primera vez, su trabajo, sus empleados y todo eso; y estábamos en una conversación verbal, y yo escuchaba lo que él decía, y luego pensaba en mi mente, y luego respondía. Ese es el proceso normal, ¿no? Pero no siempre decía lo que pensaba. No revelo con mis labios todo lo que está pasando por mi mente.
Yo era consciente de que estaba haciendo evaluaciones de toda la operación, de todo el montaje; y luego me detuve, y pensé en medio de eso, y dije: «Probablemente él está haciendo lo mismo. Me pregunto qué estará pensando». ¿Alguna vez has experimentado eso? «Me pregunto qué es lo que la gente está pensando en realidad.
Bueno, el punto que quiero señalar es este: que en cada interacción humana hay constantemente un proceso de evaluación llevándose a cabo. ¿Me gusta lo que dices? ¿Tú me agradas? ¿Me gusta lo que estás haciendo? ¿Me gusta cómo te ves? Estoy haciendo esas evaluaciones, ¿cierto?, no necesariamente con una lista, no necesariamente con una intensidad consciente en cada momento, pero todo eso está sucediendo allí. Nos estamos juzgando los unos a los otros. Ahora, esa es parte de la razón por la que jugamos tantos juegos de «las escondidas» entre nosotros y somos tan, tan cuidadosos sobre darnos a conocer de manera íntima.
Hablé con el líder de una de las organizaciones cristianas más grandes de Estados Unidos hace poco, y él me dijo: «R.C., espero que cuando muera haya cinco personas que puedan sentarse a ver mi funeral sin mirar sus relojes», y casi me hizo llorar porque hay un sentido en el que somos afortunados si hay cinco personas que se preocupen de esa manera por nosotros. La mayor parte de nuestro cuidado por otros es muy casual, es fugaz, es temporal, puede ser real e intenso por un momento, pero luego aprendemos a apagarlo y a ocuparnos de nuestros propios asuntos.
Ahora, lo que el hombre estaba diciendo es: «Quiero que al menos cinco personas me amen». ¿Hay alguien en esta habitación que no quiera ser amado? Muchos de nosotros estaríamos satisfechos con una, una persona que sepamos con certeza que nos ama. Pero ¿saben?, todo el mundo se siente así, y a fin de cuentas, en términos de la definición de cuál es nuestra obligación hacia nuestro prójimo, es la «regla de oro», y no es el ámbito exclusivo del cristianismo liberal.
Debería estar en el corazón del cristianismo bíblico. «Haz a los demás lo que te gustaría que te hagan a ti». Quiero que otras personas me amen. Quiero que sean amorosos conmigo. Quiero que practiquen el amor conmigo, y eso nos lleva a lo que entendemos por el juicio de la caridad. El juicio de la caridad es simplemente esto, y esto es algo que es una habilidad que se puede desarrollar a través de la práctica, y es la práctica del beneficio de la duda. No es una práctica de ingenuidad. Sabemos que los seres humanos son capaces de actos de maldad maliciosos. Sabemos lo corruptas que pueden ser las personas.
Uno de los cumplidos más significativos que he recibido en mi vida vino de mi hijo. No hace mucho me dijo: «Papá, no te entiendo». Le pregunté: «¿Por qué?» Me dijo: «Para alguien que cree en la depravación total de la humanidad como tú lo haces, eres la persona que más confía en la gente que yo conozco». Él lo decía como una crítica, pero era una crítica con doble sentido porque yo lo tomé como un cumplido. Le dije: «¿En serio? ¿Crees que soy así, que confío mucho en las personas?». Bueno, estoy muy contento porque prefiero equivocarme en la dirección de confiar demasiado en alguien que calumniarlo confiando poco en la persona. De eso se trata el juicio de la caridad, de conceder el beneficio de la duda a la otra persona.
Ahora, otra forma en términos prácticos de cómo me gusta definir el juicio de la caridad -la práctica del amor en las relaciones humanas- es la diferencia entre lo que llamamos «análisis del mejor escenario» y «análisis del peor escenario». Cuando se produce un acontecimiento, cuando se realiza una acción, se pronuncia una palabra, sabemos que Dios no solo se preocupa por la acción externa que se lleva a cabo, sino que también lee el corazón, y Dios se preocupa mucho por la motivación, por la intención del corazón.
Y entendemos, incluso a nivel terrenal en nuestros procesos judiciales del tribunal de justicia, que hacemos distinciones entre asesinato en primer grado y de segundo grado, etc., y parte de esa distinción radica en si se puede establecer o no que hubo ¿qué? Malicia premeditada. Eso se convierte en un análisis no solo del acto en sí mismo que se cometió, sino de si ese acto se cometió o no de manera premeditada, porque entendemos humanamente que un motivo premeditado y malicioso intensifica el mal de la acción.
Ahora, lo que es el análisis del peor de los casos es cuando jugamos el juego de leer el corazón de otras personas cuando nos hacen daño, cuando nos lastiman, cuando nos causan dolor. El análisis del peor escenario es cuando les atribuimos a ellos el peor de todos los motivos posibles. Permítanme decirlo de nuevo. El análisis del peor escenario es atribuir a otras personas el peor de todos los motivos posibles para sus acciones, los cuales nos resultan dolorosas a nosotros, y cuando lo hacemos, es mejor que aprendamos a reconocerlo porque eso no es de Dios. Es destructivo.
Ahora, admito que hay personas en este mundo que se van a dormir pensando en todas las formas más tortuosas con las que te pueden atormentar a ti o a mí, pero incluso en una sociedad de paganos reprobados y no regenerados, las personas con ese tipo de premeditación maliciosa e intención retorcida -gracias a la gracia común y al poder restrictivo de Dios- son una minoría. Una minoría muy pequeña. Es muy poco probable que cuando alguien te lastima tenga la intención de hacerlo tan severamente como lo hizo.
Lo opuesto al análisis del peor de los escenarios es el análisis del mejor de los escenarios. El análisis de este último es todo lo contrario, donde atribuimos la mejor de todas las causas posibles a las acciones que duelen. Hay algunas personas que practican eso hasta el extremo. Conozco a una mujer que simplemente no puede creer que alguien peque alguna vez. Es incapaz de atribuir un motivo malvado a alguien. Ella está constantemente excusando a todos por todo, de tal manera que hace que comience a sentir que esa persona simplemente no puede soportar el conflicto, que esto no es necesariamente una manifestación del don, o el fruto del Espíritu, ya que es una debilidad de su propia personalidad.
Eso puede suceder, pero también es raro. Atribuir el mejor de todos los motivos posibles a las acciones pecaminosas, desafortunadamente, es una práctica que normalmente reservamos ¿para quién? Para nosotros mismos. Todos tendemos a mirar nuestros propios pecados, nuestros propios errores y nuestras propias acciones dañinas contra otros de la mejor manera posible. De hecho, la afirmación más frecuente que hacemos cuando alguien nos confronta diciendo: «Me lastimaste. Me ofendiste. Me heriste. Me causaste dolor». Lo primero que decimos: «¿Qué? —Esa no era mi intención».
La verdad de lo que realmente sucede a veces puede estar en el punto medio, pero como dije hace un momento, el amor tiende a errar en la dirección de la caridad. Tenemos que empezar a practicar el análisis del mejor de los escenarios, o al menos el análisis más caritativo del escenario, y sobre todo evitar el análisis del peor de los escenarios cuando lidiamos con los que nos han hecho daño. Cuando comenzamos a practicar eso, entonces el amor se fortalece y el resto del fruto del Espíritu comienza a nutrirse. Y veremos esos frutos en nuestra próxima sesión.







