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Antes de empezar formalmente esta serie breve de enseñanza, hay un par de cosas que quiero decir a todos ustedes. En primer lugar, reconozco que entre la amplia audiencia de toda la región hay personas en diferentes ocupaciones, doctores, empleados, pastores. Personas en diferentes actividades.

Y, en un grupo de gente tan variado, es habitual que el orador se dirija de una manera más abstracta y académica, quisiera pedirles de su paciencia, si es posible, para aclarar que estoy dirigiendo estas charlas a los que padecen alguna enfermedad, y luego a los amigos y familiares que han tenido que enfrentar de primera mano niveles profundos de dolor, de incertidumbre, de aflicción y en muchos casos hasta la muerte misma.

Y lo otro que quiero decir a manera de prefacio es que en la medida que toco estos asuntos tan delicados, no voy a estar hablando como doctor, ni como sicólogo, ni como filósofo como aún podría suponerse; pero estaré hablando desde una perspectiva doble, primero como teólogo, pero más importante como ser humano, porque el problema del sufrimiento es algo que inmediatamente nos saca del mundo de lo abstracto y nos toca en el punto de nuestra propia humanidad.

Y cada vez que me encuentro con este tema del sufrimiento, ya sea como una pregunta filosófica o como un grito de dolor de alguien que está en medio de ese sufrimiento en el momento que la hace, la pregunta que escucho en mi profesión es inevitablemente: “¿Dónde está Dios en todo esto?”

Y luego, la siguiente pregunta es una a la que todo teólogo teme oír, y la pregunta es: “¿Por qué?”. Cuando estoy afligido, cuando tu estás afligido, cuando el dolor invade tu vida y llega la amenaza de muerte, lo primero que preguntamos es “¿Por qué?, ¿Por qué yo?, ¿Por qué pasó esto?, ¿Cómo pudo permitir Dios que estas cosas sucedan?”

Ahora, cada vez que hacemos esta simple pregunta “¿por qué?”, estamos haciendo una pregunta acerca del propósito. Las preguntas de “por qué” son las preguntas sobre el propósito. Las preguntas de “por qué” preguntan sobre el significado.

No estamos preguntando “cómo”, no preguntamos “cuándo”, no preguntamos “qué”; preguntamos “por qué”. Y creo que hay una razón por la cual hacemos esa pregunta. Una cosa es experimentar dolor, pero otra cosa es anticipar que mi sufrimiento y mi dolor no valen nada.

Si voy a tener que pasar por el dolor, si voy a tener que pasar por el sufrimiento, tengo que saber dentro de mi mismo que hay algún tipo de razón para eso, que no se trata solo de un ejercicio inútil.

Esto vino a mi mente de una manera muy vívida y muy personal hace solo unas semanas atrás. Mi esposa, Vesta, y yo habíamos regresado a Orlando después de un viaje y habíamos estado hablando en… ni siquiera recuerdo dónde estábamos, pero cada vez que estamos lejos del hogar y volvemos a casa, es una experiencia de gran alegría.

Recuerdo que mientras entrábamos al estacionamiento le dije a mi esposa, dije: “Al fin en casa”, “qué maravilla”. Seguimos estacionándonos y ya en el garaje mientras apagaba el motor, salía del auto y daba la vuelta por detrás del auto, la puerta de nuestra cocina se abrió y mi hija apareció en la puerta.

Tan pronto como ella nos vio, se echó a llorar y soltó de golpe estas palabras: “Papi, acabo de perder a mi bebé”. Y ella se acercó a mí y yo solo extendí mis brazos a ella y me agarró y la abracé mientras lloraba en mi hombro. Y le tomó unos minutos el reponerse de la impresión de vernos regresar y de explicarnos lo que había sucedido.

Ella acababa de empezar su noveno mes de embarazo, un embarazo que había sido muy difícil y que había involucrado un período largo de náuseas matutinas y algunas dificultades con hemorragias. Pero justo ese día ella sintió la ausencia de vida en su interior y fue a ver a su médico, el doctor la examinó, le hizo varios exámenes y le dio la noticia, con tristeza, de que el bebé había muerto.

Bueno, por supuesto, eso siempre será algo realmente difícil de oír para cualquier futura madre. Pero además de eso, el médico le explicó que el procedimiento que era necesario que ella siguiera sería este:  que la llevarían al hospital a la mañana siguiente e inducirían el parto; hablamos de eso y ella dijo: “Papi, ellos quieren que pase por el trabajo de parto, pero mi bebé está muerto”.

A menudo me he quedado profundamente admirado por la fuerza de las mujeres para pasar por el trabajo de parto y a menudo me he preguntado cómo después de haber pasado por eso toman la decisión de hacerlo de nuevo, y algunas veces, muchas veces más.

Y mientras hablo con mujeres de esto, les digo: “¿Cómo pueden soportar pasar por este proceso que eufemísticamente llamamos trabajo de parto?”

Y ellas dicen: “es por lo que sabemos que nos espera al final del dolor”. Es una mujer que está dispuesta a soportar el dolor del parto porque espera con ansias el momento en que una vida emergerá. Y una vez que esa vida está allí y sostiene a su bebé por primera vez, el dolor queda en el olvido, al menos por ese momento, y ella dice: “vale la pena, lo haría de nuevo”.

Pero ¿cómo vas al hospital a dar a luz y pasar por el trabajo de parto sabiendo que lo que te espera al final de tu dolor es muerte? Y de eso es de lo que mi hija y yo tuvimos que hablar; ella buscaba en mí al teólogo, no solo al padre. Ella quería tener algunas respuestas de peso a su pregunta y francamente no tenía ninguna.

Así que fuimos al hospital al día siguiente, su esposo, su madre y yo, la ingresaron y le indujeron el parto. Nos sentamos allí en la sala de partos junto a ella contando las contracciones y ella estaba siendo heroica, pensé. Estaba orgulloso de ella.

Y después que habían pasado varias horas ella dijo: “Papi, por qué no bajas un rato y comes algo y luego regresas en unos minutos ya que me siento bien”. Entonces, me excusé. Me alegré por el respiro, bajé las escaleras y pedí algo rápido para comer. Solo me tomó 15 o 20 minutos y luego regresé apurado para continuar con la espera.

Y mientras me acercaba, abriendo puertas que llevaban a la sala, de repente me quedé paralizado por un grito largo y espeluznante. Me tomó unos momentos para darme cuenta de que era mi hija la que estaba gritando de esa forma. Y para serles honesto, yo estaba aterrorizado de avanzar por esas puertas y llegar a la sala, y en lo que me acercaba al lugar, una enfermera me detuvo, levantó sus manos y me dijo: “Ya viene el bebé”.

Así que corrí de vuelta hacia el pasillo por unos momentos y luego finalmente la enfermera salió y me dijo: “Está bien, ya puede entrar”.

Entonces entré y vi algo que nunca olvidaré; mi esposa nunca olvidará, mi yerno nunca olvidará, y yo sé que mi hija nunca olvidará mientras yo viva.

Mi hija estaba en la cama y estaba sosteniendo en su seno una pequeña niña de 8 meses que no tenía vida. Y yo estaba preocupado por los procedimientos médicos, los reglamentos. ¿Cómo se les ocurre dejar a este bebé sin vida en los brazos de una madre?

¿Por qué no se la llevaron y procedieron de la manera que ellos lo hacen? Y mientras discutía eso con las enfermeras, me dijeron: “La madre necesita ver el fruto de su trabajo de parto”.

Ella sostuvo al bebé por 45 minutos, por una hora. Entraron y tomaron fotos, un mechón de cabello, le pusieron nombre e hicieron todas esas cosas; y mi hija lloraba, yo lloraba, su esposo lloraba y todos lloraban. Pero, mientras hablamos de esto hoy, en las últimas semanas, ella me dijo: “Papi, tenía que cargar a mi bebé porque tenía que saber que mi trabajo de parto no fue en vano, que mi dolor no fue en vano”.

Justo este lunes recibía en mi oficina la noticia, de que la esposa de una figura deportiva muy famosa en Estados Unidos había fallecido.  Judi, esposa joven de Bob Griese, el ex mariscal del campo de los delfines de Miami murió esta semana después de luchar contra el cáncer por varios años.

Ahora, no soy un amigo personal cercano de la familia Griese, pero estuve en Miami hace un mes dando una serie de conferencias y después de una de ellas, una mujer se me acercó, atravesando a toda la gente, llegó a mí y me dijo: “RC”, ella dijo, “Quiero pedirte un favor personal”.  Y yo dije: “¿De qué se trata?”. Ella dijo: “Tengo una amiga muy querida que está luchando contra el cáncer por varios años y ahora se encuentra realmente deprimida”.

Y pasó a contarme algo de la historia de Judi Griese. Y me dijo: “Judi ha estado escuchando tus grabaciones y te conoce, no en persona, pero a través de ese material educativo”. Luego dijo: “Estoy segura de que significaría mucho para ella si tú, de alguna manera, pudieras ir y verla”. Y yo dije: “Claro, iré”.

Y seré honesto con ustedes, no recuerdo haberme sentido más incapaz que cuando me subí a ese auto para ir a visitar a esa mujer que había estado luchando con esa enfermedad por varios años. Y nos dirigimos a esta hermosa sección de Miami y vi el hogar de los Griese. La casa de los Griese es una casa muy bonita, y la ironía era que al otro lado de la calle estaba la casa de la familia Buoniconti, y ustedes recordarán, aquellos de ustedes que miran los deportes profesionales, saben que Nick Buoniconti fue un jugador profesional en Miami que ha estado en las noticias durante los últimos años porque su hijo, quien era un atleta muy talentoso, quedó paralizado por una lesión y ahora está parapléjico.

Así que una nube de sufrimiento se cernía sobre estos vecinos, estos amigos de mucho tiempo. Bueno, esta señora me llevó a la casa y tocó el timbre. Bob abrió la puerta y me hizo entrar a la sala de estar donde Judi estaba sentada en una silla. Entré y me senté junto a ella en la silla, y, queridos amigos, no tenía idea de qué decirle.

Ella me miró y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas y me dijo: “RC, no creo que pueda resistirlo mas”. Yo no sabía qué decir. O sea, ¿qué puedes decir? ¿Acaso dices: “No digas eso”? o dices: “Tú tienes que soportar, no te rindas, tienes que resistir”.

Y pensé, ¿quién soy yo para decirle a esta mujer cuánto tiene que soportar? Así que no dije nada.  Solo tomé su mano y me senté allí sintiéndome cada vez más y más incapaz en ese momento mientras sostenía su mano por cerca de 45 minutos y solo la escuchaba hablar.

Y cuando terminamos, tuvimos un tiempo de oración y me retiré. Al día siguiente recibí la noticia de que ella se había caído por las escaleras y la llevaron de urgencia al hospital, y ella nunca regresó a casa del hospital. Fue básicamente el fin.

Pero esta señora vino a verme al día siguiente y estaba muy emocionada y me dijo: “Oh”, ella dijo, “no te imaginas cuán maravilloso fue anoche cuando visitaste a Judi Griese”. Respondí: “Yo no dije nada”. Le dije: “Estaba tan avergonzado”; le dije: “Yo sé que ella estaba esperando que yo le diera algunas palabras de consuelo y sabiduría y que le explicara el consejo secreto del Dios Todopoderoso, para lo cual no estoy preparado, no importa cuánto de teología he estudiado”. Y le dije: “Yo no hice nada, todo lo que hice fue sentarme allí y sostener su mano por 45 minutos”. Ella me dijo: “Pero, eso era todo lo que ella quería y era todo lo que necesitaba”.

Ella ha escuchado todos los sermones y ha escuchado todos los temas, pero ella solo quería que alguien le mostrara que ella importaba. Y me dijo: “Te guste o no, porque eres un ministro, representas la presencia de Cristo para ella”.

Yo dije: “Ey, es una pobre representación”. Y pensé en ese momento en una declaración que Martin Lutero hizo alguna vez. Él dijo: “Es deber de todo cristiano el ser Cristo para su prójimo”. Ahora, Lutero era muy bueno como teólogo como para afirmar eso de manera literal. Martín Lutero entendió que a todos nosotros nos quedaban muy grandes los zapatos de Cristo, pero ser cristiano significa representarlo, llevar su consuelo, su paz, su comprensión y no su juicio a las personas que están en dolor.

No tengo muy a menudo la oportunidad de escuchar a los televangelistas, esa es la nueva palabra que se ha acuñado este año, los predicadores televisivos, pero escuché, no hace mucho, escuché a uno de estos predicadores, ni siquiera podía recordar en ese momento quién era, pero él estaba de pie e hizo esta declaración a la gente que estaba viendo la televisión.

Él dijo: “Quiero que entiendan que Dios no tiene nada que ver con el sufrimiento y que Dios, Dios no tiene nada que ver con la muerte. La muerte es algo que se entromete en la creación de Dios.”

Y, por supuesto, este ministro continuó diciendo y asignando todo dolor, todo sufrimiento, toda enfermedad y toda muerte al diablo. Y mientras escuchaba eso, para ser honesto con ustedes, quería arrojar algo a través de la pantalla del televisor. Y ahora intento… trato de entender qué pasa por la cabeza de un ministro, ya sea un ministro de televisión o cualquier otra clase de ministro, para ponerse de pie y decir a la gente que Dios no tiene nada que ver con el sufrimiento o que Dios no tiene nada que ver con la muerte y la única cosa que se me ocurre es que este ministro de alguna forma quería responder a los problemas que las personas tienen cuando les sobreviene el sufrimiento, porque algunos se enojan con Dios.

Mucha gente se enoja con Dios. Dicen: “Oye, tú sabes que esto no es justo, ¿cómo puedes dejar que estas cosas me pasen a mí? Otra vez, ¿por qué? ¿Dónde está Dios en todo esto? Lo que el ministro televisivo estaba tratando de hacer con tanto cuidado, era absolver a Dios de toda culpa y toda responsabilidad por permitir que algo desagradable le ocurra a una de sus queridas criaturas.

Así como los filósofos solían decir, que si Dios es realmente amoroso y si Dios es realmente poderoso, entonces no podría permitir que suceda toda la tragedia, dolor, sufrimiento y tristeza que suele suceder en este mundo.

Así que, el ministro televisivo lo envolvió todo en papel de regalo y dijo: “Dios simplemente no tiene nada que ver con esto”. Ahora, estoy seguro de que lo que él estaba tratando de hacer era lograr que las personas se sintieran cómodas, porque ellos no podían… ellos no querían pensar en un Dios que, de hecho, podía estar involucrado en su dolor.

Pero dos cosas vinieron a mi mente en ese momento. Lo primero que pensé fue: “me pregunto si este hombre alguna vez ha leído el Antiguo Testamento”. “Me pregunto si este hombre alguna vez leyó el Nuevo Testamento” porque el Dios del judaísmo, el Dios del cristianismo es un Dios que se especializa en sufrimiento.