
3 cosas que debes saber sobre Hageo
25 agosto, 2025
3 cosas que debes saber sobre Daniel
1 septiembre, 20253 cosas que debes saber sobre Ezequiel
Este artículo forma parte de la colección 3 cosas que debes saber.
Las páginas de Ezequiel están llenas de tensiones de todo tipo: el pueblo de Dios dividido entre los exiliados en Babilonia y los residentes sitiados en Jerusalén, un profeta angustiado de linaje sacerdotal que yace sobre su lado izquierdo durante 390 días y que se niega a llorar la muerte de su esposa, y visiones de simbolismo esotérico combinadas con oráculos gráficos e inquietantes (Ez 4:4-8; 24:15-24). Quizás la mayor tensión en Ezequiel reside en la revelación del carácter de Dios: trascendente pero inmanente, santo y ofendido por el pecado pero perdonador, y terrible en Su juicio pero maravilloso en Su misericordia. Aunque estas tensiones tienen el potencial de angustiar o confundir al lector, el libro de Ezequiel da a conocer el nombre y la gloria del Señor de una manera única e instructiva.
Estas tres cosas deberían ayudarte a disipar la tensión y deleitarte en las profecías de Ezequiel.
1. Las extrañas visiones y oráculos de Ezequiel revelan a un Dios glorioso pero conocible.
No necesitas leer mucho en Ezequiel para experimentar desconcierto. Su visión inaugural y su llamado presentan cuatro seres vivientes (posteriormente identificados como querubines) con características monstruosas, una teofanía de la «semejanza de la gloria del Señor» que estremece los sentidos mortales, y una serie de actividades que acompañan su comisión, incluyendo el consumo de un rollo y la mudez (Ez 1:1-3:27; 10:20). Y este es solo el comienzo del libro. Actos simbólicos, imágenes, declaraciones y visitaciones del glorioso Señor y Su séquito angelical se repiten a lo largo de todo el texto (ver Ez 10:1-22; 40:1-4).
Pero ten presente esto: deberías experimentar asombro. Encontrarse con la gloria del Dios trascendente exige una respuesta de asombro y humildad. Al recibir esto, Ezequiel cae sobre su rostro (Ez 1:28). Parte del propósito de este registro de su ministerio lleno del Espíritu es suscitar en nosotros la misma respuesta de asombro. Los seres humanos, al igual que Ezequiel, los exiliados babilónicos y nosotros, no podemos conocer a Dios bajo nuestros propios términos: Él debe darse a conocer. Sin embargo, no te equivoques, Ezequiel revela que nuestro Dios soberano es inmanente y se da a conocer en todo el mundo, ya que la frase «Sabrán que Yo soy el Señor» aparece a lo largo de los oráculos tanto para Israel como para las naciones (Ez 7:4, 9; 11:10; 13:9, etc.).
Lamentablemente, el pecado y la apostasía humanos exigen que el Dios santo se revele primero en juicio, lo que nos lleva a nuestro siguiente punto.
2. El linaje sacerdotal de Ezequiel emerge en un énfasis sobre la santidad de Dios.
Ezequiel se identifica a sí mismo como sacerdote al inicio del libro, pero probablemente nunca tuvo la oportunidad de servir en esta capacidad en Jerusalén (Ez 1:3). En cambio, el Señor lo llama a servir como Su profeta, primero emitiendo oráculos de juicio contra Su propio pueblo rebelde, y luego contra las naciones malvadas (Ez 1:1 – 24:27; 25:1 – 32:32). A pesar de este cambio de profesión, Ezequiel se apoya en gran medida en su conocimiento sacerdotal, especialmente en lo que respecta a la santidad de Dios en el juicio.
Ezequiel, en su oficio lleno del Espíritu y como acusador, no se detiene en poner al descubierto las transgresiones de la iglesia del antiguo pacto contra los estatutos del pacto de Dios y su contaminación a través de la idolatría (Ez 5:6; 16:59). Estas acciones corrían el riesgo de «profanar» el nombre mismo del Señor, lo que llevó a Dios a preservar su santidad al retirar Su gloriosa presencia (representada por Su trono celestial y portátil) de Jerusalén y designar para ella un día de destrucción (Ez 20:9, 14). Ezequiel demuestra la atrocidad de la rebelión de Israel a través de diversas presentaciones literarias, quizás ninguna más desconcertante que la alegoría de dos hermanas infieles (Ez 23:1-49). Y para que las naciones no se regocijen por la caída de Jerusalén ni se consideren invulnerables, Ezequiel dirige su atención a siete reinos circundantes —simbólicos de todas las naciones del mundo— con oráculos de juicio similares. Ellos también responderán por su maldad y rebelión contra un Dios santo, y el mundo conocerá Su gloria a través de su juicio.
Pero para que Israel no pierda la esperanza, Ezequiel invoca otro concepto sacerdotal para anticipar la restauración: el templo.
3. Jesús cumple las profecías de restauración de Ezequiel como el templo de Dios.
Incluso en medio del juicio, el glorioso y santo Dios de Israel profetizó restauración. Él resucitaría a Su pueblo del pacto con la misma certeza con la que Ezequiel había presenciado la vuelta a la vida de los huesos secos (Ez 37:1-14). Sin embargo, el Señor no los restauraría simplemente a su condición anterior al juicio, sino que los limpiaría y les daría un nuevo corazón, los restablecería en su reino ancestral, pondría sobre ellos a un príncipe davídico justo y habitaría en medio de ellos para siempre (Ez 36:22 – 37:28). Ezequiel visualiza esta condición transformada de paz del pacto principalmente a través de su visión del nuevo templo, que simboliza la presencia eterna del Señor, como lo deja claro el nombre de la ciudad: «El Señor está allí» (ver capítulos 40–48).
El cumplimiento de la profecía de Ezequiel trasciende la reconstrucción del segundo templo, encontrando su culminación en Jesús. Los escritos inspirados del apóstol Juan dan testimonio de ello. La plenitud de la gloria de Dios se manifiesta en el Hijo de Dios encarnado, quien habita en medio de Su pueblo y da a conocer a Dios (Jn 1:14-18). Jesús se identifica a Sí mismo con el templo, comparando el trauma de su destrucción con Su crucifixión y la gloria de su restauración con Su resurrección (Jn 2:18-22). Además, así como Ezequiel imagina un río que fluye desde el templo, dando vida a todo el mundo, Jesús se declara a Sí mismo como la fuente de agua viva (Jn 4:1-43; 7:37-39). En su propia visión final, Juan contempla este mismo río fluyendo desde el trono de Dios y del Cordero, habiendo traído purificación y sanidad a Su pueblo disperso entre las naciones (Ap 22).
La gran tensión en Ezequiel ha dado paso al mayor potencial imaginable: la presencia eterna de Dios y del Cordero.

