
Predicación y enseñanza
22 octubre, 2026El temor y la incertidumbre
La muerte es el mayor problema al que se enfrenta el ser humano. Podemos intentar relegar cualquier pensamiento sobre ella a los rincones más apartados de la mente, pero no podemos borrar por completo la conciencia de nuestra mortalidad. Sabemos que el espectro de la muerte nos aguarda.
El apóstol Pablo escribe:
Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron. Pues antes de la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se toma en cuenta cuando no hay ley. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés (Ro 5:12-14).
Vemos que el pecado existía incluso antes de que la ley fuera dada por medio de Moisés, como demuestra el hecho de que ya se producía la muerte. La realidad de la muerte demuestra la presencia del pecado, y la realidad del pecado demuestra la presencia de una ley, revelada interiormente a los seres humanos desde el principio. La muerte entró en el mundo como consecuencia directa del pecado.
El mundo secular considera la muerte parte del orden natural, mientras que el cristiano la entiende como parte del orden caído: no formaba parte de la condición original del ser humano. La muerte llegó como el juicio de Dios contra el pecado. Desde el principio, todo pecado fue un delito castigado con la muerte. Dios dijo a Adán y Eva: «De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn 2:16-17). La muerte sobre la que Dios les advirtió no era solo espiritual, sino también física. Adán y Eva no murieron físicamente el día en que pecaron; Dios les concedió la gracia de vivir algún tiempo más antes de ejecutar la sentencia. No obstante, finalmente murieron y desaparecieron de la faz de la tierra.
El mundo secular considera la muerte parte del orden natural, mientras que el cristiano la entiende como parte del orden caído: no formaba parte de la condición original del ser humano.
Todo ser humano es pecador y, por tanto, ha sido condenado a muerte. Todos esperamos que se ejecute la sentencia. La pregunta, entonces, es qué sucede *después* de la muerte. En el caso de los cristianos, Cristo ya pagó la pena. Esta verdad influye en la manera en que afrontamos la muerte. Pablo estaba en prisión cuando escribió:
Porque sé que esto resultará en mi liberación mediante las oraciones de ustedes y la provisión del Espíritu de Jesucristo, conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado, sino que con toda confianza, aun ahora, como siempre, Cristo será exaltado en mi cuerpo, ya sea por vida o por muerte. Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia. Pero si el vivir en la carne, esto significa para mí una labor fructífera, entonces, no sé cuál escoger. Porque de ambos lados me siento apremiado, teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor. Sin embargo, continuar en la carne es más necesario por causa de ustedes (Fil 1:19-24).
A muchos nos impresionan profundamente las palabras de Pablo en este pasaje. Aunque nos regocijamos en la victoria de Cristo sobre el sepulcro, seguimos temiendo a la muerte. Los cristianos no tienen garantizado que morirán sin dolor. Por eso, pensar en la muerte suele infundir temor tanto a cristianos como a no cristianos. Ese temor está ligado a la pregunta de qué sucede después de morir.
El cristiano ha recibido una promesa de Dios, una promesa que permitió a Pablo afirmar: «Para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia». Se nos promete que entraremos en la presencia de Dios. Sin embargo, aun con esta promesa surgen preguntas: ¿cómo es el cielo? ¿Disfrutaremos de él? ¿Qué haremos allí? ¿Cómo seremos?
A pesar de todas las dificultades de esta vida, es la única que conocemos. Después de todo, ni siquiera Pablo menospreció la vida presente. Dijo: «Porque de ambos lados me siento apremiado, teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor. Sin embargo, continuar en la carne es más necesario por causa de ustedes» (Fil 1:23). Pablo deseaba continuar su vida en la tierra y, en especial, su ministerio; pero reconocía que «partir y estar con Cristo» es «mucho mejor».
Para quienes no son cristianos, las noticias son mucho menos alentadoras. También existe una promesa de Dios, pero esta vez es una promesa de castigo: la ira de Dios contra el pecado será satisfecha en quienes no confían en Cristo. Ese castigo tendrá lugar en un sitio llamado infierno, pero nuevamente surgen interrogantes: ¿cómo es el infierno? ¿En qué consiste el castigo? ¿Existe alguna posibilidad de escapar de allí? ¿Es justo, o sería más justo que los malvados simplemente fueran destruidos?
Estas preguntas son importantes porque un día todos enfrentaremos la muerte. Ser cristianos consecuentes implica afirmar sin reservas la realidad sobrenatural que enseña la Biblia, una realidad que el mundo actual aborrece. Nuestra cosmovisión debe ser moldeada por la Biblia, no por una cultura incrédula. Al permitir que así sea, encontraremos esperanza: esperanza en el Dios que nos creó, que promete llevarnos al cielo mediante la obra de su Hijo y librarnos de los sufrimientos del infierno.

