
Pensar como Jesús
20 octubre, 2026Predicación y enseñanza
A lo largo de los años nunca he ocultado mi admiración por hombres como Martín Lutero y Juan Calvino, quienes desempeñaron un papel decisivo en la recuperación del evangelio durante la Reforma protestante del siglo XVI. Me asombran su extraordinaria capacidad intelectual y su firmeza ante tantos peligros. Su amor por la verdad bíblica es un ejemplo digno de imitar. Sin embargo, estoy especialmente agradecido por su modelo pastoral. Ambos fueron «celebridades» en su época, pero ninguno dedicó sus años a recorrer Europa para consolidar un movimiento de seguidores. En cambio, se consagraron a su vocación principal: predicar y enseñar la Palabra de Dios. Los dos fueron predicadores incansables: Lutero en Wittenberg, Alemania, y Calvino en Ginebra, Suiza. Se tomaron muy en serio el ministerio de la Palabra de Dios; por eso, cuando hablan de la labor del predicador, presto mucha atención.
Hace más de una década, me invitaron a impartir una conferencia sobre la perspectiva de Martín Lutero acerca de la predicación. La preparación de aquella exposición resultó sumamente valiosa para mi propia labor como predicador. También descubrí que lo que Lutero enseñaba sobre la predicación no estaba dirigido únicamente al pastor, sino a toda la iglesia, y sorprende comprobar cuánto conservan sus palabras su vigencia en nuestros días.
Uno de los énfasis que encontramos repetidamente en los escritos de Lutero es que el predicador debe ser «apto para enseñar». Esto no parece una observación especialmente novedosa, pues Lutero se limita a repetir los requisitos que el Nuevo Testamento establece para los ancianos de la iglesia (1 Ti 3:2). Sin embargo, teniendo en cuenta lo que hoy esperamos de nuestros predicadores, necesitamos volver a escuchar sus palabras, que se hacen eco de la revelación bíblica. La idea de que la tarea principal del ministro es enseñar casi ha desaparecido de la iglesia contemporánea. Cuando llamamos ministros a nuestras congregaciones, a menudo buscamos hombres que sean administradores competentes, buenos recaudadores de fondos y organizadores eficaces. Por supuesto, queremos que sepan algo de teología y de la Biblia; pero no consideramos prioritario que estén capacitados para enseñar a la congregación las cosas de Dios. Las tareas administrativas suelen verse como más importantes.
Este no es el modelo que Jesús mismo recomendó. Recordemos el encuentro que tuvo con Pedro después de su resurrección. Pedro había negado públicamente a Jesús tres veces, y Jesús se dispuso a restaurar al apóstol diciéndole en tres ocasiones: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21:15-19). Por extensión, este llamado se dirige a los ancianos y ministros de la iglesia, porque el pueblo de Dios que se congrega en las iglesias de todo el mundo pertenece a Jesús. Son sus ovejas. Todo ministro ordenado ha sido consagrado por Dios y ha recibido de Él la responsabilidad de cuidar de esas ovejas. Hablamos del «pastorado» porque los ministros son llamados a cuidar de las ovejas de Cristo. Los pastores sirven bajo la autoridad del Pastor supremo. ¿Qué pastor descuidaría tanto a sus ovejas que jamás se tomara el tiempo ni la molestia de alimentarlas? Las ovejas de nuestro Señor son alimentadas principalmente por medio de la enseñanza.
La historia demuestra que los mayores períodos de avivamiento y reforma que ha conocido la iglesia han coincidido con la predicación frecuente, constante y clara de la Palabra de Dios.
Por lo general, distinguimos entre la predicación y la enseñanza. La predicación incluye elementos como la exhortación, la exposición, la amonestación, el ánimo y el consuelo; la enseñanza, por su parte, consiste en transmitir información e instrucción sobre diversas materias. En la práctica, sin embargo, ambas se superponen en gran medida. La predicación debe comunicar un contenido e incluir enseñanza. A su vez, las cosas de Dios no pueden enseñarse de manera neutral, sino que debemos exhortar a las personas a prestar atención a la Palabra de Cristo y obedecerla. El pueblo de Dios necesita tanto la predicación como la enseñanza, y necesita más de veinte minutos semanales de instrucción y exhortación. Un buen pastor jamás alimentaría a sus ovejas una sola vez por semana. Por eso Lutero enseñaba al pueblo de Wittenberg casi a diario, y Calvino hacía lo mismo en Ginebra. No estoy proponiendo necesariamente que reproduzcamos hoy aquellas prácticas de forma exacta, pero estoy convencido de que la iglesia necesita recuperar algo del ministerio regular de enseñanza que caracterizó la labor de nuestros antepasados en la fe. En la medida de sus posibilidades, las iglesias deberían crear numerosas oportunidades para escuchar la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios. El culto del domingo por la tarde, las reuniones entre semana, las clases bíblicas, la escuela dominical y los estudios bíblicos en los hogares, entre otras actividades, permiten que los laicos se alimenten de la Palabra de Dios varias veces por semana. Por su parte, y también en la medida de sus posibilidades, los laicos deberían aprovechar las oportunidades que tengan para recibir instrucción en las profundas verdades de las Escrituras.
No digo esto para fomentar la creación de programas por el mero hecho de tenerlos, ni quiero imponer una carga inmanejable sobre los miembros o el personal de las iglesias. Sin embargo, la historia demuestra que los mayores períodos de avivamiento y reforma que ha conocido la iglesia han coincidido con la predicación frecuente, constante y clara de la Palabra de Dios. Si deseamos que el Espíritu Santo renueve nuestras iglesias y nuestras naciones, necesitaremos predicadores comprometidos con la exposición de las Escrituras y laicos que busquen pastores dispuestos a alimentarlos con la Palabra de Dios, y que aprovechen al máximo las oportunidades disponibles para recibir instrucción bíblica.

