
El temor y la incertidumbre
27 octubre, 2026El verdadero arrepentimiento para vida
El concepto del arrepentimiento impregna toda la Escritura y, sin embargo, puede resultar difícil de definir. Por un lado, arrepentirse es lo más natural que pueden hacer los pecadores; por otro, es algo profundamente espiritual. Por un lado, el arrepentimiento ocurre en un momento determinado; por otro, como escribió Martín Lutero en la primera de sus Noventa y Cinco Tesis, es una actividad que dura toda la vida. Por un lado, el arrepentimiento no tiene mérito alguno; por otro, es la única puerta por la que se nos abren el reino de Dios y sus beneficios, de modo que «nadie puede esperar ser perdonado sin él» (Confesión de Fe de Westminster 15.3). Por un lado, es una invitación sencilla; por otro, abarca a la persona entera: el intelecto, el corazón, la voluntad, el alma y el cuerpo.
Estas aparentes paradojas muestran la utilidad de contar con definiciones sistemáticas que hagan justicia a la riqueza de la enseñanza bíblica. El Catecismo Menor de Westminster define acertadamente el arrepentimiento como una de las dos gracias inseparables que constituyen la verdadera conversión:
El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora, por la cual el pecador, al tener un verdadero sentido de su pecado y comprender la misericordia de Dios en Cristo, con dolor y odio por su pecado, se vuelve de este a Dios, con el pleno propósito de una nueva obediencia y el esfuerzo por alcanzarla (Respuesta 87).
A partir de esta definición podemos observar varias cosas acerca de lo que el verdadero arrepentimiento no es y de lo que sí es.
Lo que no es el arrepentimiento para vida
Los autores de los Estándares de Westminster hablan del «arrepentimiento para vida». Esta expresión procede de la Escritura. Por ejemplo, en Hechos 11:18 leemos: «Así que también a los gentiles ha concedido Dios el arrepentimiento que conduce a la vida». Esto presupone que existe un arrepentimiento que no conduce a la vida. Pablo se refiere a él cuando afirma: «Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte» (2 Co 7:10). Caín (Gn 4:12), Esaú (He 12:17) y Judas (Mt 27:3) son ejemplos de esa tristeza carnal. Sus lamentables historias revelan que el verdadero arrepentimiento es más que remordimiento. No consiste simplemente en una intensa emoción de culpa, como la que promovía el avivamiento pietista. Podemos lamentar las consecuencias del pecado sin sentir dolor por el pecado mismo ni apartarnos de él para volvernos a Dios.
El verdadero arrepentimiento, entonces, comienza en el corazón, pero nunca permanece confinado allí.
Además, el verdadero arrepentimiento no es penitencia, como si recibiéramos la absolución en proporción al grado de nuestra contrición y al cumplimiento posterior de ciertas obras. Y no pensemos que la penitencia es un fenómeno exclusivamente católico romano: los evangélicos tampoco somos inmunes a la tentación de confiar en la intensidad de nuestro dolor o en nuestra determinación de compensar las deficiencias espirituales. El arrepentimiento tampoco es una respuesta meramente intelectual por la que la mente reconoce su imperfección sin esforzarse por vivir en una nueva obediencia. En el extremo opuesto, podríamos razonar como perfeccionistas y pensar que el verdadero arrepentimiento significa que nunca volveremos a pecar, al menos no de la misma manera. Sin embargo, mortificar un pecado persistente puede ser un proceso prolongado.
Lo que es el arrepentimiento para vida
El catecismo habla del arrepentimiento para vida como una gracia salvadora. Es salvadora por lo que produce: salvación (es decir, vida nueva). Es gracia porque solo Dios la concede (ver 2 Ti 2:25). En la regeneración, Dios concede al nuevo ser humano la fe y el arrepentimiento. Dicho sencillamente, arrepentirse es apartarse del pecado y volverse a Dios con fe. Esta fe comprende la gracia de Dios ofrecida en el evangelio y va acompañada de un arrepentimiento que aborrece el pecado del cual nos apartamos. La fe que salva es una fe arrepentida, y el arrepentimiento que conduce a la vida es un arrepentimiento que confía. Ambos son inseparables, aunque, desde un punto de vista lógico, la fe precede al arrepentimiento. Herman Bavinck afirma:
No deberíamos atrevernos a volvernos a Dios si, por medio del Espíritu Santo, no confiáramos en lo profundo del alma que Él, como Padre, aceptará nuestra confesión de pecados y nos perdonará. El verdadero arrepentimiento guarda una relación inseparable con la fe verdadera y salvadora.
Solo nos apartamos del pecado para volvernos al Dios a quien hemos ofendido si antes estamos convencidos de que Él nos perdonará. Aunque Dios concede conjuntamente la fe y el arrepentimiento al alma regenerada, «la fe ya reside y actúa en el arrepentimiento», como señala Geerhardus Vos.
El verdadero arrepentimiento, entonces, comienza en el corazón, pero nunca permanece confinado allí. A su debido tiempo se manifestará externamente en la conducta mediante frutos dignos de arrepentimiento (Mt 3:8). El conjunto inseparable de fe y arrepentimiento, concedido por el Espíritu, es la manifestación inevitable de la nueva naturaleza. Por ella, la persona regenerada participa activamente tanto en la mortificación del pecado como en la vivificación de la justicia. Por tanto, el verdadero cristiano no puede dejar de arrepentirse. Nuestra relación con el pecado ha cambiado. El cristiano es plenamente consciente de su pecado y se ha entregado a la misericordia de Dios en Cristo. Los cristianos luchamos contra el pecado que habita en nosotros, pero nos duele haber pecado y nos apartamos continuamente de él para volvernos a Dios, como el hijo pródigo que regresa corriendo a la casa de su padre. Lutero tenía razón: el arrepentimiento da inicio a la vida cristiana —lo que podríamos llamar el arrepentimiento en la conversión— y caracteriza toda la vida cristiana —lo que podríamos llamar el arrepentimiento en la santificación—.
Aunque la esencia del arrepentimiento es la misma para todas las personas, nuestra experiencia puede variar. Por eso podríamos preguntarnos: «¿Cómo sé si mi arrepentimiento es genuino?». La definición del catecismo nos ayuda a plantearnos preguntas que examinan el corazón: ¿soy consciente de mi pecado y lo aborrezco? ¿Acudo a la misericordia de Dios en Cristo? ¿Me esfuerzo, aunque sea de manera imperfecta, por andar en una nueva obediencia? Si es así, querido cristiano, regocíjate. Dios te ha concedido las gracias salvadoras de la fe en Jesucristo y el arrepentimiento para vida.

