
¿Qué es la guerra espiritual?
15 octubre, 2026Pensar como Jesús
Hace varios años, me invitaron a pronunciar el discurso inaugural en un importante seminario teológico de Estados Unidos. En aquella ocasión, hablé sobre el papel fundamental de la lógica en la interpretación bíblica e insistí en que los seminarios incluyeran cursos de lógica en sus programas obligatorios. En casi todos los seminarios, se exige que los estudiantes adquieran ciertos conocimientos de las lenguas originales de la Biblia: el hebreo y el griego. También se les enseña a examinar el contexto histórico del texto y a dominar los principios básicos de interpretación. Todas estas son destrezas importantes y valiosas para administrar fielmente la Palabra de Dios. Sin embargo, los errores de interpretación bíblica no se deben principalmente a que el lector desconozca el hebreo o las circunstancias en las que se escribió un libro de la Biblia. La causa principal de que se malinterpreten las Escrituras es extraer del texto inferencias que este no justifica. Estoy firmemente convencido de que tales errores serían menos frecuentes si los intérpretes de la Biblia dominaran mejor los principios elementales de la lógica.
Permíteme ofrecer un ejemplo de la clase de inferencias erróneas que tengo en mente. Dudo haber participado alguna vez en una conversación sobre la elección soberana de Dios sin que alguien citara Juan 3:16 y dijera: «Pero ¿acaso no dice la Biblia que “de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna”?». De inmediato reconozco que eso es precisamente lo que dice la Biblia. Si expresáramos esta verdad mediante proposiciones lógicas, diríamos que todos los que creen tendrán vida eterna y que nadie que tenga vida eterna perecerá, pues perecer y tener vida eterna son resultados diametralmente opuestos de la fe. Sin embargo, este texto no dice absolutamente nada acerca de la capacidad humana para creer en Jesucristo. Tampoco nos dice quién creerá. Jesús afirmó: «Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre que me envió» (Jn 6:44). Aquí tenemos una proposición universal negativa que describe una capacidad: ninguna persona puede venir a Jesús a menos que Dios cumpla una condición determinada. Sin embargo, esto suele olvidarse cuando se lee Juan 3:16, pasaje que no dice nada acerca de un requisito previo para la fe. Así, uno de los textos más conocidos de toda la Biblia es tergiversado de manera habitual, reiterada y sistemática mediante inferencias e implicaciones erróneas.
Se nos llama a imitar a nuestro Señor en todo, incluso en su manera de pensar.
¿Por qué se producen estas inferencias injustificadas? La teología cristiana clásica, y en particular la teología reformada, habla de los efectos *noéticos* del pecado. La palabra *noético* se deriva del término griego *nous*, que suele traducirse como ‘mente’. Por tanto, los efectos noéticos del pecado son las consecuencias que la caída del ser humano tuvo sobre el intelecto. La corrupción de la naturaleza humana devastó a la persona en su totalidad, incluidas todas sus facultades. Nuestro cuerpo muere a causa del pecado. La voluntad humana se encuentra en un estado de esclavitud moral, cautiva de los malos deseos e impulsos del corazón. Nuestra mente también está caída, y la caída debilitó gravemente nuestra capacidad misma de pensar. Me imagino que el coeficiente intelectual de Adán antes de la caída habría superado cualquier escala. Dudo que, mientras cuidaba el huerto, acostumbrara a extraer inferencias injustificadas. Por el contrario, su mente debía de ser aguda y penetrante. Pero perdió esa capacidad cuando cayó, y nosotros la perdimos con él.
Sin embargo, el hecho de que seamos seres caídos no significa que ya no podamos pensar. Todos somos propensos al error, pero también podemos aprender a razonar de manera ordenada, lógica y coherente. Mi deseo es ver a los cristianos pensar con la mayor coherencia y claridad posibles. Por eso, nos resulta sumamente provechoso estudiar y dominar con disciplina los principios elementales del razonamiento. De este modo, con la ayuda de Dios Espíritu Santo, podremos contrarrestar hasta cierto punto los estragos que el pecado ha causado en nuestra manera de pensar.
No creo ni por un instante que alguno de nosotros llegue a razonar de manera perfecta mientras el pecado permanezca en nuestro interior. Durante toda la vida, el pecado nos predispone contra la ley de Dios, y debemos luchar para superar estas distorsiones fundamentales de su verdad. Sin embargo, si amamos a Dios no solo con todo el corazón, el alma y las fuerzas, sino también con toda la mente (Mr 12:30), nos esforzaremos rigurosamente por educarla.
Sí, Adán poseía una mente aguda antes de la caída. Sin embargo, creo que el mundo jamás ha contemplado un pensamiento tan perfecto como el que se manifestó en la mente de Cristo. Considero que un aspecto de la humanidad perfecta de nuestro Señor fue que nunca hizo una inferencia injustificada. Jamás llegó a una conclusión que no estuviera respaldada por las premisas. Su pensamiento era completamente claro y coherente. Se nos llama a imitar a nuestro Señor en todo, incluso en su manera de pensar. Por tanto, haz que amar a Dios con toda tu mente sea una de las ocupaciones principales y más fervientes de tu vida.

