
El amor que es paciente y bondadoso
13 octubre, 2026¿Qué es la guerra espiritual?
Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo, que Él mismo se dio por nuestros pecados para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén (Gá 1:3-5).
Con estas palabras, el apóstol Pablo celebra que Dios haya librado a su pueblo mediante la obra que su Hijo realizó en nuestro favor (Col 1:13-14). También nos recuerda que vivimos en un mundo caído, donde enfrentamos oposición espiritual mientras caminamos con Cristo y trabajamos para Él (Ef 2:1-10).
El contexto de la guerra espiritual
En su oración sumosacerdotal, nuestro Señor Jesús ora por nosotros como personas que están en el mundo (Jn 17:11), pero que no pertenecen al mundo (Jn 17:14). Por eso, no pide al Padre que nos saque del mundo, sino que nos guarde del maligno (Jn 17:15). La oración que enseñó a sus discípulos nos impulsa a procurar el reino de Dios, en el cual hemos sido establecidos, y a hacer su voluntad, conscientes de la oposición de un enemigo espiritual (Mt 6:10, 13).
La redención que Dios prometió en Edén se presenta en el contexto de un conflicto (Gn 3:15). Aquel que había sido prometido vendría en la plenitud del tiempo (Gá 4:4-5) para combatir contra quien es llamado «el príncipe de este mundo» (Jn 12:31) y «el dios de este mundo» (2 Co 4:4). Cristo Jesús, el Hijo eterno de Dios, asumió una humanidad verdadera y plena para luchar por nuestra liberación y destruir las obras del diablo (He 2:14-18; 1 Jn 3:8).
Para participar en la guerra espiritual es fundamental reconocer que la victoria le pertenece a Cristo y que, en Él, también nos pertenece a nosotros. No luchamos para alcanzar la victoria, sino desde la victoria que Cristo ya obtuvo. Antes de enviarnos a hacer discípulos, Jesús declara que su misión ha sido cumplida: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra» (Mt 28:18; ver Ef 1:20-23).
Cuando Jesús nos asegura que estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo, nos garantiza su presencia, su poder y el cumplimiento de su promesa mientras lo servimos y procuramos su reino. Hacerlo necesariamente implicará una guerra espiritual, tanto en nuestro crecimiento espiritual (Mt 28:20; Ef 5:1-14) como en nuestro servicio al reino (1 Ts 2:18; 2 Ts 3:1-3).
No luchamos para alcanzar la victoria, sino desde la victoria
Solemos pensar que la guerra espiritual es algo extraordinario dentro de la vida cristiana. Sin embargo, forma parte inseparable de vivir bajo el señorío de Jesús y de buscar primeramente su reino y su justicia. Cada día combatimos contra un enemigo espiritual que apela a nuestros deseos descarriados por medio de la filosofía y los valores del mundo caído en el que servimos (Stg 1:14).
Cómo libramos la guerra espiritual
¿Qué implica participar en esta batalla espiritual? ¿Dónde encontramos a nuestro enemigo invisible? Pedro nos da la siguiente instrucción: «Sean de espíritu sobrio, estén alerta. Su adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar. Pero resístanlo firmes en la fe» (1 P 5:8-9). Pedro nos advierte que nuestro enemigo está presente en todas partes. No lo está como Dios, quien es omnipresente, sino mediante legiones de ángeles caídos llamados demonios.
Así como Pedro aborda el tema de la oposición espiritual, también lo hace cada uno de los autores del Nuevo Testamento. Se nos informa acerca del carácter, las intenciones, las artimañas y las tácticas de nuestro enemigo. De este modo, se nos prepara para la batalla y se fortalece nuestro ánimo mediante la esperanza segura del evangelio del reino.
La base de nuestra participación en la guerra espiritual consiste en permanecer firmes en Cristo frente a las artimañas del diablo (Ef 6:10-16). Frente a las acusaciones de Satanás, debemos permanecer firmes en el hecho de que Cristo pagó en la cruz la deuda de nuestro pecado y satisfizo la ira de Dios que merecíamos (Col 2:13-15). Frente a los engaños de Satanás, debemos permanecer firmes en la verdad revelada de la Palabra de Dios, la Biblia (2 Co 10:1-5; Ef 6:17; Col 2:6-8). Frente a sus tentaciones, debemos permanecer firmes en el poder de Cristo resucitado, por medio de quien podemos resistir al diablo y andar como es digno del Señor (Ef 6:10; Col 1:9-12). Sea cual sea la estrategia del enemigo que descubramos en las páginas de la Palabra de Dios, debemos acudir a Cristo para contrarrestarla.
Saber que tenemos un enemigo espiritual que se opone a nosotros debería enriquecer nuestra vida de oración e impulsarnos a buscar en el Señor la suficiencia que tanto necesitamos. Un principio fundamental de la guerra espiritual es que la libramos con sabiduría (Stg 3:15) y desde nuestra debilidad (2 Co 12:9-10). Esto nos lleva a depender de Cristo para todo, en todo momento y de todas las maneras (Ef 6:18-20).
Por último, debemos recordar que no estamos aislados. El Espíritu de Dios nos ha integrado en la comunidad cristiana para que recibamos protección, dirección y provisión. Debemos orar unos por otros (Col 4:3), estimularnos mutuamente (He 10:23-25), exhortarnos unos a otros (He 3:12-14) y cuidarnos los unos a los otros (Stg 5:16, 19-20). Juntos servimos a nuestro Señor, quien edifica Su iglesia, contra la cual no prevalecerán las puertas del infierno: «Y el Dios de paz aplastará pronto a Satanás debajo de los pies de ustedes. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con ustedes» (Ro 16:20).

