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Este es el quinto artículo de la colección de artículos: Figuras históricas
Guillaume (Guillermo) Farel es recordado principalmente hoy por aquel famoso encuentro con Juan Calvino en 1536, cuando convenció a su compatriota de quedarse en Ginebra y trabajar junto a él. Como muchos otros reformadores francófonos, Farel ha sido eclipsado por Calvino. A menudo se le describe como un simple «predicador fogoso», más dotado para derribar que para edificar. Sin embargo, la realidad es más compleja, y merece ser mejor conocido.
Farel nació en 1489 en los Alpes franceses, solo seis años después de Lutero y veinte años antes de Calvino. Murió en 1565, a la edad de setenta y cinco años, sobreviviendo a Calvino aproximadamente un año. Recibió una educación clásica en humanidades en París y se convirtió a la nueva «fe luterana», como se la conocía entonces, alrededor de 1521. Pronto se vio obligado a abandonar Francia y trasladarse a Suiza, donde vivió exiliado el resto de su vida. A partir de 1527 ejerció un ministerio de predicación itinerante bajo la protección de la ciudad de Berna, y luego ministró en Ginebra de 1533 a 1538. Durante ese período, su ministerio se asemejó a lo que hoy llamaríamos plantación de iglesias, algo poco común entre los reformadores de la primera generación.
Farel comenzó a evangelizar la ciudad de Ginebra en diciembre de 1533 y fue fundamental para persuadir a toda la ciudad de abrazar la fe reformada. Predicó la Palabra incansablemente en las calles y, más tarde, cuando los sacerdotes y monjes abandonaron la ciudad, en los edificios de las iglesias. Convenció a varios hombres para que se unieran a él, notablemente a Pierre Viret. También participó en varias disputas públicas exitosas contra oponentes católicos romanos.
Escribió algunos libros hoy olvidados, pero que fueron los primeros recursos en francés sobre la fe de la Reforma: un breve resumen de la fe reformada publicado en 1529, una breve liturgia reformada en 1533 y un comentario breve sobre el Padre nuestro (en gran medida inspirado por Lutero).
Algo muy importante acerca de Farel es que comprendió desde el principio la relevancia de la democracia urbana suiza y vio que la única manera de que la Reforma triunfara en Ginebra era mediante un voto democrático. A medida que el apoyo crecía entre la población, Farel instó al consejo de la ciudad a abrazar la nueva fe. El 10 de agosto de 1535 la misa fue abolida hasta nuevo aviso, lo que llevó a los monjes y sacerdotes restantes a abandonar la ciudad. El duque de Saboya, a cuyo ducado pertenecía Ginebra, sitió la ciudad para obligarla a revertir la decisión. El asedio continuó durante el invierno de 1535-1536, uno de los momentos más difíciles en la historia de la ciudad. Durante esos meses, Farel y otros ministros continuaron predicando, ministrando y animando a la población.
Su ministerio se asemejó a lo que hoy llamaríamos plantación de iglesias, algo poco común entre los reformadores de la primera generación.
Cuando se levantó el sitio en la primavera de 1536, Farel volvió a suplicar al consejo un compromiso claro con la Reforma. Finalmente, el 21 de mayo de 1536, el consejo de todos los jefes de familia votó la siguiente moción, redactada por Farel:
«Con la ayuda de Dios, queremos vivir de acuerdo con la ley evangélica y la Palabra de Dios tal como se nos predica, abandonando todas las misas y otras ceremonias y engaños papales, imágenes e ídolos, y vivir unidos y obedientes a la justicia de Dios».
Ginebra fue entonces oficial y democráticamente una ciudad reformada. En la providencia de Dios, solo dos meses después, un prometedor francés de veintisiete años, Juan Calvino, pasó por la ciudad. El resto es historia.
Más tarde, Calvino reconoció cuánto debía a Farel y a Viret en la dedicatoria de su comentario sobre Tito:
«Tito asumió la tarea de poner el toque final a ese edificio que Pablo había comenzado en Creta pero dejó incompleto. Yo ocupo casi la misma posición con respecto a ti.
Cuando habías avanzado en la edificación de esta iglesia con enormes esfuerzos y gran riesgo, tras transcurrir algún tiempo llegué primero como tu asistente, y luego fui dejado como tu sucesor».
Farel y Calvino pronto se vieron envueltos en un conflicto con el consejo de la ciudad por la confesión de fe y el catecismo que habían redactado. Querían que todos los ciudadanos los afirmaran bajo pena de excomunión, pero el consejo se negó, y el conflicto llevó a la expulsión de ambos en abril de 1538. Calvino regresó tres años después, pero Farel se trasladó a la ciudad de Neuchâtel, donde ministró durante los últimos veintisiete años de su vida.
Curiosamente, en 1545, siete años después de que Farel dejara Ginebra, cuando Calvino y el consejo se vieron envueltos nuevamente en controversias, a los miembros del partido pro-Reforma todavía se les llamaba «farelistas» y no «calvinistas». Esto muestra que la influencia de Farel probablemente fue más profunda de lo que parece quinientos años después.
Quizá la conclusión más adecuada sobre el ministerio de Farel pueda dejarse al propio Calvino. En una carta al consistorio de Neuchâtel en 1565 escribió:
«Les ruego encarecidamente que recuerden cuánto trabajó durante más de treinta y seis años, sirviendo a Dios y edificando la iglesia; cuán provechosos han sido sus esfuerzos, cuán celoso ha sido y cuántas bendiciones han recibido de él».¹

