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Este es el sexto artículo de la colección de artículos: Figuras históricas
Para quien visitara Escocia en 2014 podría resultar difícil creer que, quinientos años atrás, esta nación era apenas una zona rural. De hecho, un escritor del siglo XVI la describió, sin temor a exagerar, como «un rincón del mundo separado de la sociedad de los hombres… casi más allá de los límites de la raza humana».
Y la verdad es que, a comienzos del siglo XVI, Escocia tenía algo en común con el resto de Europa: una iglesia profundamente corrupta y espiritualmente empobrecida, con un liderazgo moralmente decadente. Para citar un ejemplo notorio, David Beaton, cardenal y arzobispo, legitimó al menos a catorce hijos como propios —demasiado celibato en acción—. Tal era la ignorancia espiritual que George Buchanan afirmó que algunos sacerdotes pensaban que el Nuevo Testamento era un libro publicado recientemente por Martín Lutero.
Esta penuria espiritual no se limitaba a las clases bajas. Durante el juicio a Thomas Forret en 1539, el fiscal le arrancó un libro de las manos y gritó: «¡Miren! En su manga tiene el libro de las herejías, que causa tanta confusión en la iglesia». La principal prueba acusatoria era, en realidad, una copia del Nuevo Testamento. Cuando uno descubre que el obispo que presidía el juicio confesó: «Doy gracias a Dios por nunca haber sabido lo que eran el Antiguo y el Nuevo Testamento», no resulta extraño que el valiente Forret fuera quemado en la hoguera.
Entonces John Knox entró en escena, y la Reforma se puso en marcha.
Pero Escocia no se transformó de la noche a la mañana, ni Knox fue el primer reformador escocés. Fue precedido por una lista de héroes de la fe, hombres como Forret, algunos de los cuales dieron sus vidas por la recuperación de la verdad bíblica y la reforma de la iglesia. Patrick Hamilton había sido quemado en 1528 y George Wishart —a quien Knox había servido como guardaespaldas— fue ejecutado en 1546. Knox vino a cosechar lo que otros habían sembrado; su llamado era consolidar esta obra embrionaria del Espíritu de Dios.
Nacido en Haddington, East Lothian, entre 1513 y 1515, Knox recibió educación local y luego estudió en la Universidad de St. Andrews, según el testimonio de Buchanan. Se convirtió en sacerdote y regresó a su región natal como notario y tutor. Sabemos poco sobre su conversión, al igual que ocurre con la de Calvino. Su vida como reformador puede dividirse en cuatro etapas principales.
Captura y esclavitud
Después del martirio de Wishart, Knox llegó a St. Andrews con algunos de sus estudiantes y, en 1547, se unió al grupo de reformadores que vivía en el castillo tras el asesinato del cardenal Beaton. Cuando fue designado para predicar, se negó, pero prácticamente fue obligado a aceptar el llamado de la congregación del castillo para convertirse en su ministro. Sin embargo, en pocos meses el castillo quedó bajo el asedio de barcos franceses en la bahía de St. Andrews. Knox y otros fueron capturados, y él se convirtió en esclavo de galera durante el siguiente año y medio.
Carrera en Inglaterra
En 1549, Knox fue liberado y se dirigió a Inglaterra. Pastoreó una congregación en Berwick, pero pronto se trasladó a Newcastle. Luego se convirtió en capellán real durante el reinado del joven Eduardo VI. Se mudó más al sur y su influencia creció, especialmente por su insistencia en lo que llegó a conocerse como el principio regulativo «puritano» de la adoración: solo lo que está ordenado en la Escritura es obligatorio en la vida de la iglesia. Paradójicamente, fue el presbiteriano Knox quien influyó en la inclusión de la llamada «rúbrica negra» en el Libro de Oración Común, que afirmaba que arrodillarse para recibir la Comunión no era un signo de devoción, sino simplemente una forma conveniente de administración.
La muerte de Eduardo en 1553 fue un golpe devastador para el partido reformista en Inglaterra, pues condujo al ascenso al trono de María Tudor («esa idólatra Jezabel», según las palabras cuidadosamente elegidas por Knox). Entonces buscó refugio en el continente.
La vida en el continente
Entre 1553 y 1559 Knox llevó una vida algo nómada. Pasó tiempo con Calvino en Ginebra, llamándola «la escuela de Cristo más perfecta… desde los días de los apóstoles». Posteriormente aceptó un llamado para pastorear la congregación de habla inglesa en Fráncfort del Meno, pero surgieron problemas debido a su visión de una iglesia totalmente conforme al modelo del Nuevo Testamento.
«Lee donde eché mi primer ancla». Al final de la noche, había partido.
En 1555, tras un nuevo período en Ginebra, regresó a Escocia para fortalecer la obra de la Reforma, especialmente alentando a la nobleza escocesa, de quienes temía un compromiso fácil con Roma.
Knox se casó con Marjory Bowes y, en 1556, regresó a Ginebra, donde pastoreó una congregación de unos doscientos refugiados. Al año siguiente recibió una invitación urgente para regresar a Escocia: en 1558 estaba previsto el matrimonio de María, reina de Escocia, con el delfín de Francia, un evento que parecía destinar a Escocia a un gobierno católico romano permanente.
Impulsado por Calvino, emprendió un viaje difícil y peligroso a través de zonas de guerra hasta Dieppe, Francia, solo para recibir la noticia de que algunos nobles ya no sentían la urgencia de la situación —de hecho, algunos estaban en París preparando el matrimonio—. Knox los exhortó a formar una «banda común» (un pacto), sentando un precedente en la tradición de pactos escocesa.
Un ejemplo del vigor de Knox aparece en una carta que escribió ese mismo año al pueblo de Escocia, instándolos a no comprometer el evangelio y recordándoles que responderían ante el tribunal de Dios:
«Éramos simples súbditos, no podíamos corregir las faltas de nuestros gobernantes…». Estas vanas excusas, les dijo, no les servirían de nada ante Dios.
Regreso a Escocia
En 1558 murió María la Sanguinaria de Inglaterra y fue sucedida por Isabel I. Knox intentó obtener un salvoconducto para regresar a casa a través de Inglaterra, pero se le negó por ser el autor de la polémica First Blast of the Trumpet Against the Monstrous Regiment of Women [El primer toque de la trompeta contra el monstruoso gobierno de las mujeres]. Así que viajó por mar a Leith, el puerto de Edimburgo, para iniciar la etapa más importante de su ministerio público.
A pesar de sus largas ausencias, varias cosas lo prepararon para liderar la Reforma: su nombre estaba asociado con los héroes recientes, sus sufrimientos autenticaban su compromiso, su experiencia lo había preparado para el liderazgo y su sentido de llamado le hacía «no temer el rostro de ningún hombre».
Knox dejó un relato vívido de estos días en History of the Reformation in Scotland [Historia de la Reforma en Escocia]. Sus entrevistas con María, reina de Escocia —a menudo malinterpretadas— muestran su total compromiso con la Escritura. Sin embargo, ese mismo compromiso llevó a una disminución del apoyo entre quienes antes lo respaldaban. Como señaló un erudito moderno: «El lenguaje del pacto había sido reemplazado por una imagen más seductora: el bien común».
Este cambio se evidenció en la coronación del joven Jacobo VI: Knox predicó el sermón, pero el exobispo católico de las Orcadas realizó la unción según los ritos antiguos. El retorno de los obispos a la Kirk ya se vislumbraba en el horizonte.
Para el verano de 1572, Knox era apenas una sombra de lo que había sido. Debilitado por un derrame cerebral, predicar en la iglesia de St. Giles superaba sus fuerzas, aunque lo logró ocasionalmente en el cercano Tolbooth. En la mañana del 24 de noviembre pidió a su esposa que leyera 1 Corintios 15 y luego Juan 17: «Lee donde eché mi primer ancla». Al final de la noche, había partido.
El mismo Knox escribió con gratitud sobre la obra realizada:
«En cuanto a la doctrina enseñada por nuestros ministros… nos atrevemos a afirmar que no hay reino en la tierra que la tenga en mayor pureza».
Se ha hablado mucho sobre su influencia y la de la Reforma escocesa. Sin duda, muchos factores en la providencia de Dios produjeron aquella renovación espiritual. Pero la propia convicción de Knox fue: «Dios dio Su Espíritu Santo en gran abundancia a hombres sencillos». Ahí radica la mayor lección de su vida.

