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Transcripción
Llegamos ahora a la última sesión de esta serie sobre los pactos de la Biblia, y en las últimas clases vimos las formas en que el nuevo pacto es superior al antiguo pacto, y centramos nuestra atención principalmente en el ministerio de Jesús; pero la única dimensión en la que no entré en gran detalle fue su cumplimiento del papel de Adán tal como aparece como el segundo Adán, o el último Adán. Hoy queremos ver eso y también cómo se relaciona con el pacto original de obras.
Veamos entonces algunos de los textos que hablan de este punto. En primer lugar, en la primera carta de Pablo a los Corintios, capítulo 15, que es el gran capítulo de la resurrección, y creo que la mayoría de nosotros estamos familiarizados con el argumento que él hace en ese capítulo a favor de la resurrección de Cristo; pero como una especie de interludio en medio de esta discusión, hace estas observaciones en el versículo 20 del capítulo 15 de 1 Corintios: «Pero ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que durmieron. Porque ya que la muerte entró por un hombre, también por un hombre vino la resurrección de los muertos». Esto es importante porque una de las cosas que encuentro en toda la cristiandad es el no tomar en serio lo que Cristo logró según Su naturaleza humana.
Tenemos una tendencia a pensar que Dios descendió y murió en la cruz en Su naturaleza divina, lo que por supuesto sería blasfemo; pero el Dios-hombre es el mediador, y de nuevo, se nos habla de la humanidad de Cristo aquí en 1 Corintios, con respecto a conquistar el poder de la muerte. «Porque ya que la muerte entró por un hombre, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo en Su venida. Entonces vendrá el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, después que haya terminado con todo dominio y toda autoridad y poder. Pues Cristo debe reinar hasta que haya puesto a todos Sus enemigos debajo de Sus pies. Y el último enemigo que será eliminado es la muerte».
Aquí estamos viendo la obra de Cristo como el segundo Adán, como el hombre que proporciona el remedio para el fracaso del primer Adán. De nuevo, si recuerdan cuando miramos el Pacto de la Creación, el pacto que Dios hizo con Adán, vimos que Adán y Eva fueron colocados en una situación de prueba en la que si pasaban la prueba y se volvían obedientes, entonces y solo entonces, recibirían el árbol de la vida; y si violaban los términos de ese pacto, entonces el castigo sería la muerte. Entonces, cuando Adán cae, y Adán, representando a toda la humanidad, hunde a toda la raza humana en la ruina y en la muerte porque rompe los términos del pacto de obras.
Si recuerdan, al principio del curso, dije en el análisis final, que la Biblia enseña solo una forma de justificación, y en última instancia esa es la justificación por obras solamente. Y abrieron los ojos al oírme decir eso. «Tiene que haberse equivocado porque este hombre recorre constantemente todo el país defendiendo la doctrina de la reforma sobre la justificación por la fe sola. ¿Cómo puede decirnos ahora que la única manera en que somos salvos es a través de las obras?».
Bueno, el término «justificación por la fe sola», si raspas y miras debajo de la superficie, es una abreviatura para decir que nuestra justificación es por Cristo solamente. El objeto de nuestra fe es Cristo, y la razón por la que somos justificados por la fe como instrumento es que esa fe es el instrumento por el cual nos aferramos a Cristo, quien satisface el pacto de obras por nosotros, por cuyas obras somos salvos. Lo que estoy diciendo es que solo hay una manera de ser salvo, ya sea por tus propias obras o por las obras de alguien más. Si confías en la tuyas, vas a perecer porque las únicas obras realizadas que cumplen con el estándar del pacto de la creación son las obras de Cristo.
Por eso es tan importante en el Nuevo Testamento que veamos que Jesús es el nuevo Adán, o el último Adán, y que Él hizo más que morir por nuestros pecados en la cruz. Hemos visto la superioridad de Su sacrificio en la muerte expiatoria que experimentó, pero como he dicho en muchas ocasiones, no es simplemente la muerte de Cristo lo que nos redime, sino también Su vida. Él no solo vino a la tierra el Viernes Santo, murió en la cruz y luego resucitó un par de días después, y esa fue la historia de la redención. No, Él nació como un niño, se sometió a la ley de Dios, fue llevado al desierto para ser tentado por Satanás.
Durante Su período de prueba, el primer Adán fue tentado por Satanás, y el primer Adán sucumbe a esa tentación y fracasa; pero el segundo Adán, Jesús, también es expuesto al ataque de Satanás en circunstancias muy, muy difíciles (humanamente hablando) en el desierto de Judea. Pero, sin embargo, Jesús triunfa y vive su vida sin pecado. Así que en el corazón de nuestro concepto de redención está la impecabilidad de Cristo, y eso es algo extraño para mí porque cuando las personas tienen dificultades con la fe cristiana, los artículos de nuestra fe en los que tienden a enfocar su escepticismo son asuntos sobre el nacimiento virginal o la resurrección o los milagros de Jesús. Sin embargo, hay que decir: ¿qué es más extraordinario que una vida humana sin pecado?
No tenemos otra muestra de eso en ninguna parte de la historia, y la impecabilidad de Cristo es tan importante, no solo por una razón, sino por dos razones. En primer lugar, para calificar como el que hace el sacrificio, para ser el cordero del sacrificio Él tiene que ser el cordero sin mancha porque si peca una vez, no tiene lo necesario para expiar Su propio pecado, y mucho menos por el de alguien más. De modo que en el drama de la redención, el redentor debe estar libre de pecado; pero, de nuevo, eso tiene otra aplicación: no sólo con respecto a la muerte de Jesús, sino también a su impecabilidad, que es de importancia crítica porque describe la perfección de Su obediencia, una obediencia que es aplicada a nosotros.
Es por eso que, en el corazón de la controversia protestante del siglo XVI, y que continúa hasta el día de hoy y no se ha resuelto, está el concepto de la imputación: que nuestra salvación se basa en la imputación de dos maneras. Por un lado, nuestros pecados son imputados a, o transferidos, a los ojos de Dios, a Cristo cuando Él padece Su muerte expiatoria en la cruz. Cuando Jesús muere en la cruz, no está muriendo por su pecado. Él está muriendo por el mío, porque el mío le fue imputado a Él; pero hay una doble imputación en nuestra redención. No solo mi pecado es imputado a Cristo, sino que el evangelio es, la buena noticia es, que Su justicia me es imputada por la fe.
Es por eso que Lutero insistió en que nuestra justificación se lleva a cabo como una iustitia alien, es decir, la justicia de otro o ajena, una justicia que, propiamente dicho, no es la nuestra. No es una justicia que sea inherente a nuestra propia persona, sino que es la justicia de otra persona. Es aquella justicia que es extra nos, está fuera de nosotros o aparte de nosotros, la justicia lograda por el último Adán. Así como el pecado del primer Adán recayó sobre sus descendientes y sobre su pueblo, así también la justicia de Cristo es transferida a su pueblo como el segundo Adán.
Ahora, vemos que esto se manifiesta aquí en 1 Corintios con respecto a la resurrección, que Cristo, al lograr esta justificación, no solo muere para que podamos ser justificados, sino que Pablo nos dirá en otro lugar que Él también fue levantado para nuestra justificación, de modo que mi posición ante Dios está arraigada y cimentada tanto en la cruz como en la resurrección de Cristo. Él no solo muere por mí; Él resucitó por mí, y Pablo elabora este punto de que la resurrección de Jesús no es solo para Él, sino que Él es el primogénito de muchos hermanos.
Él es las primicias, pero cada uno en su orden, primero Cristo y luego aquellos que son Suyos en Su venida, para que participemos en Su resurrección porque en la resurrección Dios vindica la perfección del sacrificio que Jesús hizo por nosotros. Una de las cosas que se ve como extraña o al revés en la perspectiva y cosmovisión del Nuevo Testamento, en comparación con la cosmovisión de la cultura profana y secular en la que vivimos hoy, es que la gente se burla de la doctrina cristiana de la resurrección, argumentando sobre la base de que es imposible.
No puede suceder. Es científicamente insostenible que una persona que está realmente muerta pueda volver a la vida, no solo ser resucitada después de cinco o de diez minutos o algo así; sino que después de estar en una tumba durante cuarenta y ocho horas o más, luego sea devuelto a la vida, eso es imposible. Lo que se juzga como una imposibilidad en nuestra cultura, desde los términos del Nuevo Testamento, desde la perspectiva o punto de vista del Nuevo Testamento, es que se nos dice que era imposible que la muerte lo retuviera, es decir, que era imposible que Cristo no resucitara de entre los muertos, y de nuevo, regresamos a la siguiente razón:
A lo largo de las Escrituras, todo el problema de la muerte está vinculado al pecado, y la razón por la que todos participamos en la muerte es porque todos participamos en el pecado; pero si ustedes tienen una anomalía real, aparentemente, donde quien viene rompe ese molde, y es sin pecado, entonces la muerte no lo detiene. La muerte no puede retenerlo y, por eso, el Padre demuestra y manifiesta la perfección de Su Hijo y el valor de Su expiación al levantarlo de entre los muertos. Esa victoria sobre la muerte muestra, una vez más, la victoria del nuevo Adán sobre el viejo Adán. Y como dije al principio, en nuestra redención no se trata simplemente de que Jesús nos restaure a la posición que disfrutamos en el huerto del Edén antes de la Caída. Estamos trascendiendo esa situación porque ahora participamos en un Adán victorioso que pasó el período de prueba y que ganó entrada en el lugar celestial, quien come del Árbol de la Vida y ahora se lo da a Su pueblo. Así se cierra el círculo.
Veamos, entonces, la página siguiente, o al menos la siguiente página de mi Biblia. Tengo que tener cuidado cuando hablo de páginas aquí; pero Pablo, también en 1 Corintios, discute la vieja pregunta: ¿Cómo vamos a ser en el cielo? Siempre nos preguntamos, yo me pregunto si voy a tener sobrepeso y si voy a ser viejo o si voy a ser joven. ¿Cómo voy a lucir en el cielo? No lo sé. ¿Usaré anteojos retro anticuados, o no tendré anteojos retro anticuados?
Pero Pablo plantea esta pregunta en el versículo 35 de 1 Corintios 15: «Pero alguien dirá: “¿Cómo resucitan los muertos? ¿Y con qué clase de cuerpo vienen?”». Él responde muy cortésmente. «¡Necio!», dice. Esa es una pregunta tonta. «¡Necio! Lo que siembras no llega a tener vida si antes no muere», y usa aquí una ilustración que Platón había usado antes. «Y lo que siembras, no siembras el cuerpo que nacerá, sino el grano desnudo, quizás de trigo o de alguna otra especie. Pero Dios le da un cuerpo como Él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo».
Lo que está diciendo aquí es que hay una analogía en la naturaleza. Si quieres que crezca hierba, plantas semillas de hierba, y tiene esa cáscara dura; Y para que la semilla germine, hay que matarla. O sea, tienes que echarle agua, tienes que cubrirla de tierra; y tienes que hacer todo lo posible para lograr que ese núcleo duro y central se descomponga y se pudra para que dentro de él pueda germinar y brotar y dar vida. Y la vida que produce en el césped se ve bastante diferente de la semilla de hierba. Y él dijo: «Porque nosotros sembramos este cuerpo», y de manera análoga habrá continuidad entre este cuerpo y el que viene después; pero también habrá una diferencia radical, al igual que hay una diferencia entre la semilla y el césped o el trigo que viene.
Luego Pablo continúa diciendo: «No toda carne es la misma carne, sino que una es la de los hombres, otra la de las bestias, otra la de las aves y otra la de los peces». Miras a tu alrededor y ves miríadas de diferentes tipos de cuerpos de carne: carne de animal, carne de pescado, ya sabes, carne de ave y todo lo demás. Luego dijo: «Hay, asimismo, cuerpos celestiales» —el sol, la luna, las estrellas y demás— y cuerpos terrestres… «pero la gloria del celestial es una, y la del terrestre es otra. Hay una gloria del sol, y otra gloria de la luna, y otra gloria de las estrellas; pues una estrella es distinta de otra estrella en gloria».
Pablo habla ahora de manera análoga, y dice: «Así es también la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, se resucita un cuerpo espiritual. Si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual». Ahora vuelve a introducir este concepto, donde dice: «Así también está escrito: “El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente“. El último Adán, espíritu que da vida». ¿No es interesante? Dios dio vida a Adán, pero Adán no tenía la capacidad de dar vida eterna a su descendencia.
Hace poco estaba predicando sobre Juan capítulo once cuando Lázaro muere y Jesús llega a la casa de Marta y María demasiado tarde, y Marta dice, ustedes saben, «Señor, si hubieras estado aquí, nuestro hermano no habría muerto». Y Jesús le dice: «Bueno, no te preocupes. Tu hermano va a ser resucitado», y ella dijo: «Sí, creemos en el día final». Y Jesús dijo: «No, no tenemos que esperar hasta día final. Hoy». Él dice: «Yo soy la resurrección y la vida». Y de eso es de lo que Pablo está hablando aquí: la diferencia entre el primer Adán y el segundo Adán. El primer Adán trajo la muerte. Era una persona viva, pero todo lo que podía aportar a los que eran sus descendientes era la corrupción de la muerte.
Pero Cristo murió y está vivo, y no solo ha resucitado de entre los muertos, sino que tiene el poder de la vida dentro de sí mismo. Él es el Espíritu dador de vida, lo que lo hace, de nuevo, mucho más grande que el primer Adán. Y continúa diciendo: «Sin embargo, el espiritual no es primero, sino el natural; luego el espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es del cielo».
Uno era terrenal; el otro es celestial. El primero es natural; el segundo es sobrenatural. «Como es el terrenal, así son también los que son terrenales; y como es el celestial, así son también los que son celestiales». «Y tal como hemos traído la imagen del terrenal», así pasamos a través de este velo de lágrimas, llevando en nosotros la corrupción de Adán. Somos imagen de Adán como sus descendientes. «Y tal como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial», el nuevo Adán.
Ahora, permítanme retroceder rápidamente en el tiempo que me queda hasta el capítulo 5 de Romanos, que reitera este mismo principio. Capítulo 5, versículo 12: «Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron. Pues antes de la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se toma en cuenta cuando no hay ley. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no habían pecado con una transgresión semejante a la de Adán, el cual es figura de Aquel que había de venir».
Aquí vemos de nuevo este concepto de la sombra y el cumplimiento, la tipología de Adán. «Pero no sucede con la dádiva como con la transgresión. Porque si por la transgresión de uno murieron los muchos, mucho más, la gracia de Dios y el don por la gracia de un Hombre, Jesucristo, abundaron para los muchos. «Tampoco sucede con el don como con lo que vino por medio de aquel que pecó; porque ciertamente el juicio surgió a causa de una transgresión, resultando en condenación; pero la dádiva surgió a causa de muchas transgresiones resultando en justificación. «Porque si por la transgresión de un hombre, por este reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por medio de un Hombre, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. Así pues, tal como por una transgresión resultó la condenación de todos los hombres, así también por un acto de justicia resultó la justificación de vida para todos los hombres. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de Uno los muchos serán constituidos justos».
Así como participamos en la naturaleza adánica en nuestro pecado y corrupción, así somos hechos justos. De nuevo, tengo que decir esto: No solo somos declarados y tomados por justos en nuestra justificación, sino que además somos hechos realmente justos en nuestra santificación para que el fin de nuestra salvación sea nuestra glorificación. En este momento somos aceptables a Dios porque Dios nos ha imputado la justicia de Cristo, pero cuando Él imputa la justicia de Cristo a aquellos que ponen su fe en Él, Él comienza en ese mismo instante el proceso de moldear y formar y hacer conformes a la imagen de Cristo a esa persona, y ese proceso se cumple a plenitud en el cielo en nuestra glorificación. Y superaremos el fracaso total del primer Adán debido a la victoria total del segundo Adán.
Rápidamente, solo para recapitular dónde hemos estado. Hemos visto que el primer pacto que Dios hizo con el hombre fue el pacto de obras en el huerto, y Adán cayó y falló en ese pacto; pero Dios no destruyó completamente a la raza humana, sino que preservó a Adán y su descendencia y luego a Noé y su familia. Y continuó estableciendo relaciones de pacto con Abraham, con Moisés, con David, como hemos visto. Pero todos estos diferentes pactos pueden ser incluidos bajo el concepto del pacto de gracia; y el pacto de gracia no es otra cosa que el cumplimiento del pacto de obras por el nuevo Adán.
De manera que el pacto de obras fue cumplido a nuestro favor. El hecho de que fue cumplido por otro le hace ser de gracia, que tenemos el don de la justicia, el don de la vida, el don de la salvación debido al don de Cristo para nuestras vidas.






