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Transcripción
Continuamos con nuestro estudio de los pactos de la Biblia, y vamos a ver más a fondo el nuevo pacto, en especial tal como se encuentra registrado en el libro de Hebreos. Gran parte del libro de Hebreos está dedicado a un estudio comparativo, y también a un estudio de contraste, entre la excelencia de Cristo y la superioridad de Jesús sobre sus homólogos del Antiguo Testamento, como los sacerdotes del Antiguo Testamento, Moisés, etc. En medio de este análisis comparativo de la superioridad de Cristo, vemos también un estudio de la superioridad del nuevo pacto sobre el antiguo pacto.
Para retomar esto, echemos un vistazo inicial y veamos el capítulo 8 de la carta a los Hebreos. Lo que voy a hacer en este punto es remontarme a mi propio pasado y tomar prestada una reliquia de mi antigüedad personal (de hace más de veinte años) y es un par de anteojos que nunca me han visto antes usar, pero que, por ciertas razones, tuve que usarlos hoy para leer. Así que disculpen el uso de estos anteojos antiguos y vayamos al texto. Leemos en el capítulo ocho, versículo tres: “Porque todo sumo sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios, por lo cual es necesario que este Sumo Sacerdote también tenga algo que ofrecer” —este Sumo Sacerdote se refiere a Jesús. “Así que si Él estuviera sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo sacerdotes que presentan las ofrendas según la ley; los cuales sirven a lo que es copia y sombra de las cosas celestiales, tal como Moisés fue advertido por Dios cuando estaba a punto de erigir el tabernáculo. Pues, dice Él: «Haz todas las cosas conforme al modelo que te fue mostrado en el monte». Pero ahora Jesús ha obtenido un ministerio tanto mejor, por cuanto Él es también el mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas.
Aquí vemos esta descripción cualitativa del nuevo pacto como un mejor pacto. No solo es más nuevo, sino que es mejor; y la razón por la que se declara que es mejor en principio es porque tiene mejores promesas y un mejor mediador que el que está en el Antiguo Testamento. Ahora, para ampliar esta idea de la superioridad del nuevo pacto, el autor continúa diciendo esto: “Pues si aquel primer pacto hubiera sido sin defecto, no se hubiera buscado lugar para el segundo. Porque reprochándolos, Él dice…” y ahora viene esta larga cita del capítulo 31 de Jeremías que vimos en nuestra última sesión.
“«Miren que vienen días, dice el Señor, En que estableceré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá; no como el pacto que hice con sus padres El día que los tomé de la mano Para sacarlos de la tierra de Egipto; Porque no permanecieron en Mi pacto, Y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Porque este es el pacto que Yo haré con la casa de Israel Después de aquellos días…: Pondré Mis leyes en la mente de ellos, Y las escribiré sobre sus corazones. Yo seré su Dios, Y ellos serán Mi pueblo. “Y ninguno de ellos enseñará a su conciudadano Ni ninguno a su hermano, diciendo: “Conoce al Señor”, Porque todos Me conocerán, Desde el menor hasta el mayor de ellos. Pues tendré misericordia de sus iniquidades, Y nunca más me acordaré de sus pecados. Cuando Dios dijo: «Un nuevo pacto», hizo anticuado al primero; y lo que se hace anticuado y envejece, está próximo a desaparecer”.
Anteriormente vimos que las dos palabras “copia” y “sombra” se usaban para describir el antiguo pacto a modo de contraste con el nuevo pacto, es decir, como dijimos antes, el antiguo pacto, en sus ceremonias involucraba tipología, tipos que miran más allá de sí mismos hacia el futuro. Eran sombras de toda la realidad que vendría después. Ahora, en este cumplimiento leemos en el capítulo nueve el primer aspecto de esta. “En efecto, el primer pacto tenía ordenanzas para el culto y el santuario terrenal”. La referencia aquí es a las ceremonias que se realizaban en y alrededor del tabernáculo, y luego en el templo.
“Porque había un tabernáculo preparado en la parte anterior, en el cual estaban el candelabro, la mesa, y los panes consagrados. Este se llama el lugar santo. “Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, el cual tenía el altar de oro del incienso y el arca del pacto cubierta toda de oro, en la cual había una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que retoñó y las tablas del pacto. Sobre el arca estaban los querubines de gloria que daban sombra al propiciatorio. Pero de estas cosas no se puede hablar ahora en detalle.
“Así preparadas estas cosas, los sacerdotes entran continuamente al primer tabernáculo para oficiar en el culto. Pero en el segundo, solo entra el sumo sacerdote una vez al año, no sin llevar sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados del pueblo cometidos en ignorancia. Queriendo el Espíritu Santo dar a entender esto: que el camino al Lugar Santísimo aún no había sido revelado en tanto que el primer tabernáculo permanece en pie. “Esto es un símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto en su conciencia al que practica ese culto, ya que tienen que ver solo con comidas y bebidas, y diversos lavamientos, ordenanzas para el cuerpo impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas”.
Ahora, lo que está sucediendo aquí es, a modo de contraste, es que a la gente se le recuerda la elaborada ceremonia y el ritual que se llevaba a cabo en tiempos de expiación por sus pecados y cómo solo un día del año podía el Sumo Sacerdote entrar en el lugar santísimo, y eso solo después de elaborados ritos ceremoniales de limpieza y purificación, y estas cosas no eran más que una sombra, o un símbolo, de la expiación suprema que Cristo ofrecería de una vez por todas. Este es el punto que se hace una y otra vez aquí, y enfáticamente por el autor de Hebreos, que el sacrificio que hace Cristo es perfecto, y en ese sentido, cuando usamos el término “perfecto”, si lo usamos solo de la manera en que lo usamos, queremos decir “sin mancha alguna”, “sin ninguna marca o mancha en Él, “y por supuesto eso también se aplicaría al sacrificio que Cristo hace porque Él es el Cordero sin mancha.
Pero también, esta palabra, en términos bíblicos, significa más que simplemente “sin mancha”. La frase “ser perfeccionado” significa ser plenamente completado, de modo que, el sacrificio perfecto que Cristo hace no es solo un sacrificio que no tiene mancha asociada con él, ninguna falta relacionada con él, sino que también es perfecto en términos de su plenitud. Es tan completo que repetirlo sería negarlo, y es por eso que todas estas ceremonias en el Antiguo Testamento fueron descontinuadas en la Iglesia cristiana primitiva: porque reconocieron que las cosas anteriores, las sombras que apuntaban más allá de sí mismas… al llegar la verdad completa, volver a las sombras, volver a las cosas elementales y volver a las cosas imperfectas y a las cosas incompletas, sería en cierto sentido un rechazo tácito de la obra terminada de Cristo, cuya expiación es perfecta y completa. Y es por eso que no celebramos más días de expiación, como lo hacían en el Antiguo Testamento.
En el versículo once del capítulo nueve: “Pero cuando Cristo apareció como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de un mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho con manos, es decir, no de esta creación, entró al Lugar Santísimo una vez para siempre, no por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino por medio de Su propia sangre, obteniendo redención eterna”. Escuchen esto: “Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros, y la ceniza de la novilla, rociadas sobre los que se han contaminado, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más…? – esta es la clave de esta comparación. Si no hay una ecuación, pero si… – Si A hizo una cosa, no es que B haga otra, sino que lo que hace B es mucho más significativo, mucho mayor que lo que le precedió y lo anticipó.
Por eso dice: “¿cuánto más la sangre de Cristo, quien por el Espíritu eterno Él mismo se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo? Por esta razón—debido a la perfección de Su sacrificio y Su expiación— “Por eso Cristo es el mediador de un nuevo pacto, a fin de que habiendo tenido lugar una muerte para la redención de las transgresiones… bajo el primer pacto, los que han sido llamados reciban la promesa de la herencia eterna”. De nuevo, ¿ves los puntos de contraste? Temporal versus eterno. El día de la expiación en el Antiguo Testamento era algo anual. Estaba ligado al calendario terrenal. La expiación que hace Cristo tiene un significado eterno, y luego también vemos el contraste adicional: que en el Antiguo Testamento la expiación tenía lugar en el tabernáculo terrenal.
En el Nuevo Testamento, la expiación es ofrecida por aquel que es el Tabernáculo divino, Emanuel, quien pone Su tienda entre nosotros, pero que la ofrenda que Cristo hace por Su sangre no es en el templo de Jerusalén, sino que está en el Templo celestial, en el lugar santo celestial, en el Lugar Santísimo celestial, de los cuales el Lugar Santísimo en el tabernáculo y en el templo eran solo signos terrenales. Pero el sacrificio que Cristo hizo no es solo poner Su sangre de manera figurada en el propiciatorio del trono de Dios, sino que es una ofrenda a Dios en Su presencia inmediata en el cielo y tiene un valor y significado eternos.
Ahora, hay un pequeño juego de palabras. Hablamos al principio de cómo se dificulta hallar una palabra en español para describir el hebreo berith, o el término griego para pacto, y hablamos de la diferencia entre pactos y testamentos; y casi siempre cuando el Nuevo Testamento habla de pactos, habla de pactos y no de testamentos, pero aquí hay una de esas raras ocasiones en las que la dimensión testamentaria del nuevo pacto entra en juego. Veamos esto en el versículo 17 del capítulo nueve.
“Porque donde hay un testamento, debe haber, necesariamente, la muerte del testador. Pues un testamento es válido solo en caso de muerte, puesto que no se pone en vigor mientras viva el testador. “Por tanto, ni aun el primer pacto se inauguró sin sangre. Porque cuando Moisés terminó de promulgar todos los mandamientos a todo el pueblo, conforme a la ley, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua y lana escarlata e hisopo, y roció el libro mismo y a todo el pueblo, diciendo: «Esta es la sangre del pacto que Dios les ordenó a ustedes”. Y, por supuesto, recordamos incluso antes, el rito de sangre que estaba involucrado en el pacto que Dios hizo con Abraham, donde Dios hizo que Abraham cortara los animales en pedazos y luego Dios, en la teofanía, se movió entre los pedazos para que estos pactos fueran ratificados por ritos de sangre.
Leemos en el versículo 21: “De la misma manera roció con sangre el tabernáculo y todos los utensilios del ministerio. Y según la ley, casi todo ha de ser purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón”. Permítanme comentar sobre eso. Esa remisión del pecado requiere un sacrificio de sangre, y para comprender eso, tenemos que entender que el significado de la sangre del sacrificio, tanto en términos de los sacrificios animales del antiguo pacto como del sacrificio de Cristo en el nuevo pacto, que el significado de la sangre para los hebreos es que su postura era que la vida estaba en la sangre, por lo que la entrega de sangre significaba la entrega de la vida. De nuevo, si nos remontamos al primer pacto, el pacto de obras, el pacto de Adán, el pacto de la creación, el castigo por el pecado era la muerte, y por lo tanto, la única manera en que el castigo por el pecado podía cumplirse era si la vida era quitada.
Recuerdo una vez que John Guest, un amigo en Pittsburgh, predicó un sermón sobre la cruz y sobre la sangre de Cristo y habló de la forma en que hay una especie de jerga en la cristiandad donde la gente habla de la “sangre de Jesús” esto y la “sangre de Jesús” aquello, y casi hay cierto tipo de magia en la sangre; y la gente decía: “¿Estás cubierto por la sangre?”, y cosas así. La gente repetía estas frases sin pensar en lo que estaban diciendo o en lo que estas frases significaban originalmente. Ya sabes, “Hay poder en la sangre”, y todo eso. Bueno, John, en su sermón, formuló esta pregunta: “Supongamos que Jesús hubiera ido a Jerusalén y se hubiera rasguñado un dedo con un clavo. ¿Habría sido eso suficiente para expiar los pecados de Su pueblo?” Y no estaba tratando de ser sacrílego aquí; lo decía muy en serio.
Dijo: “Si se hacía un rasguño en su dedo con un clavo, habría sangre, pero no es suficiente. Cristo tiene que dar su vida como sacrificio supremo para satisfacer las demandas de la justicia de Dios, y es la entrega de su vida lo que está simbolizado por el derramamiento de su sangre. Así que cuando Él dice que Él está haciendo un nuevo pacto cuando Él usa la copa en la última cena, “Este es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada para el perdón de los pecados”. Por supuesto, esa sangre fue derramada a tal dimensión que Él estaba derramando Su vida completamente, como la sangre del nuevo pacto.
Ahora, versículo 23: “Por tanto, fue necesario que las representaciones de las cosas en los cielos fueran purificadas de esta manera, pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. “Porque Cristo no entró en un lugar santo hecho por manos, una representación del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora en la presencia de Dios por nosotros, y no para ofrecerse a sí mismo muchas veces, como el sumo sacerdote entra al Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. “De otra manera, a Cristo le hubiera sido necesario sufrir muchas veces desde la fundación del mundo; pero ahora, una sola vez en la consumación de los siglos, se ha manifestado para destruir el pecado por el sacrificio de sí mismo. Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio, así también Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez… para salvación de los que ansiosamente lo esperan.
Ahora, el capítulo 10 comienza así: “Pues ya que la ley solo tiene la sombra de los bienes futuros y no la forma misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que ellos ofrecen continuamente año tras año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera, ¿no habrían cesado de ofrecerse, ya que los adoradores, una vez purificados, no tendrían ya más conciencia de pecado? Pero en esos sacrificios hay un recordatorio de pecados año tras año. Porque es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados”.
Ahora, esa es una declaración poderosa y una que es extremadamente importante para entender el significado de lo que sucedió en el antiguo pacto y cómo se cumplió en el nuevo pacto. Es decir, si lo piensas, estas personas pasaban por este elaborado ritual de hacer estas ofrendas de sangre y sacrificios bajo las antiguas ceremonias en el día de la expiación, y Dios prometió borrar su pecado al practicar estas ceremonias. Pero tenemos que preguntarnos ahora, ¿realmente sucedió algo entonces? ¿Fueron realmente perdonados esos pecados? Y la respuesta enfática es sí, realmente fueron perdonados.
Pero, ¿sobre qué base? ¿Por qué motivos? ¿Sobre la base de la sangre de esos animales que fue rociada? En absoluto. Lo único que quitó los pecados de Moisés y del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento fue la sangre de Cristo. Es por eso que esas personas fueron redimidas y justificadas por la fe en la promesa que miraba hacia adelante. Somos justificados por la fe en esas promesas que se han cumplido de una vez por todas en Cristo, pero el fundamento de ese perdón, el fundamento de esa remisión fue el mismo en ambos testamentos.
La diferencia aquí es que en el Antiguo Testamento la gente confiaba en la promesa, y que esa promesa era comunicada a través de estas sombras, a través de estos rituales, a través de estas ceremonias, porque estaban señalando a la gente más allá de la sangre de esos toros y más allá de la sangre de esos machos cabríos a la sangre de aquel cuyo sacrificio realmente satisfaría las demandas de la justicia de Dios. Entonces, en el corazón de la superioridad del nuevo pacto está la superioridad de nuestro gran Sumo Sacerdote, que ofrece el sacrificio perfecto, quita nuestros pecados para siempre; y si recuerdan anteriormente en el libro de Hebreos, hubo una larga discusión de la exaltación de Cristo por encima de Moisés, por encima del sacerdocio levítico, e incluso por encima de los ángeles.
Recuerden que en el primer capítulo leemos en el versículo cinco: “Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: «Hijo Mío eres Tú, Yo te he engendrado hoy»; y otra vez: «Yo seré Padre para Él, y Él será Hijo para Mí?». De nuevo, cuando trae al Primogénito al mundo, dice: «Y Lo adoren todos los ángeles de Dios”. En otras palabras, lo que tenemos aquí es un mediador que no es un ángel. Él no es otro Moisés. No es simplemente un profeta. Él no es simplemente un Rey terrenal, sino que es el Dios-hombre; y es por eso que el apóstol Pablo dirá en otro lugar que Cristo es el único mediador entre Dios y el hombre, lo cual es una cosa extraña porque entendemos que Moisés es llamado mediador, los ángeles eran mediadores, los reyes eran mediadores, los profetas eran mediadores, los sacerdotes eran mediadores, entonces, ¿por qué el apóstol del Nuevo Testamento nos dice que hay un solo mediador?
Bueno, Pablo está hablando aquí en el sentido supremo, en el sentido de alguien que tiene, dentro de sí mismo, dentro de su persona, tanto una naturaleza divina como una naturaleza humana. Solo hay uno de esos; solo hay uno que realmente alcanza la cúspide de la mediación entre lo divino y lo humano. El único mediador perfecto, el único redentor perfecto, el que completa toda la obra necesaria para esa mediación, y eso es lo que disfrutamos como miembros del nuevo pacto, participando de todos los beneficios que Cristo ha obtenido para nosotros.






