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Transcripción
Llegamos ahora a lo que llamamos el nuevo pacto. Y antes de que veamos los elementos y el contenido del nuevo pacto, necesitamos entender que aunque el término nuevo se usa con respecto a ese pacto, sabemos que el nuevo pacto no es algo que viene de nova, de la cabeza de Zeus, o de la cabeza de Dios, sino que está íntimamente relacionado con los pactos que lo precedieron. Un nuevo pacto trae nuevas dimensiones, nuevos aspectos, pero no denigra completamente la importancia de esos pactos anteriores que ya hemos visto. Sin embargo, hay nuevos elementos y elementos más grandes del nuevo pacto, ya que están en contraste con estos pactos anteriores, pero todos estos pactos anteriores miran más allá de sí mismos hacia la consumación futura de las promesas que están contenidas en ellos, promesas que se cumplen bajo los términos del nuevo pacto.
Pensamos en los días del Antiguo Testamento, en la crisis del exilio, en la profecía de Ezequiel, cuando Dios le dice en la visión: «Hijo del hombre», lo lleva al valle de los huesos secos y ve todas estas partes esqueléticas tiradas allí en el desierto árido, y Dios dice: «Hijo del hombre, ¿Pueden estos huesos levantarse de nuevo?». Entonces Dios le ordena a Ezequiel que comience a predicar la Palabra de Dios a estos huesos blanqueados, en el desierto. Y Uds. recuerdan, que cuando la Palabra de Dios entró en el valle de los huesos secos, hubo un movimiento, hubo un estruendo, cuando estos huesos comenzaron a unirse y a entretejerse en partes del cuerpo, y luego fueron cubiertos con carne y Dios sopló en ellos nueva vida. Y, por supuesto, la primera aplicación de esa profecía fue la promesa de la futura restauración del pueblo de Dios que ahora había sido enviado al exilio.
Ahora, Jeremías, escribiendo básicamente al mismo tiempo, después de dar todas sus profecías de juicio acerca de la cautividad venidera, leemos en el capítulo treinta y uno de su libro, estas palabras, donde Dios le habla y dice, comencemos en el versículo veintitrés: «Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: “Otra vez hablarán esta palabra en la tierra de Judá y en sus ciudades, cuando Yo restaure su bienestar. ‘El Señor te bendiga, morada de justicia, Monte santo’. Y morarán juntos en ella Judá y todas sus ciudades, los labradores y los que van con los rebaños. Porque Yo he de satisfacer al alma cansada y he de saciar a toda alma atribulada”».
Después de esto, Jeremías dice: «En esto me desperté y miré, y mi sueño me resultó agradable. “Vienen días”, declara el Señor, “en que sembraré la casa de Israel y la casa de Judá de simiente de hombre y de simiente de animal. Y como velé sobre ellos para arrancar y para derribar, para derrocar, para destruir y para traer calamidad, así velaré sobre ellos para edificar y para plantar”, declara el Señor. “En aquellos días no dirán más: ‘Los padres comieron uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera'”».
Luego leemos, en el versículo treinta y uno, estas palabras: «”Vienen días”, declara el Señor, “en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto, no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto… Mi pacto que ellos rompieron, aunque fui un esposo para ellos”, declara el Señor. “Porque éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días”, declara el Señor. “Pondré Mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces Yo seré su Dios y ellos serán Mi pueblo. No tendrán que enseñar más cada uno a su prójimo y cada cual a su hermano, diciéndole: ‘Conoce al Señor‘, porque todos Me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande», declara el Señor, «pues perdonaré su maldad, y no recordaré más su pecado”».
Ahora, la promesa aquí, por supuesto, es que llegará un día, en el futuro, cuando Dios hará un nuevo pacto con Su pueblo. Ahora, los términos de ese pacto son un poco problemáticos aquí en este texto, en Jeremías, porque no estamos exactamente seguros de lo que Él quiere decir cuando dice: «Pondré la ley dentro de ellos en sus corazones en lugar de tablas de piedra», y Él dice: «Perdonaré sus pecados», por esta razón: que entendemos, según el Nuevo Testamento, tanto en términos del autor de Hebreos como de Pablo, en su carta a los Romanos, que esa salvación era la misma en el Antiguo Testamento que en el Nuevo Testamento.
El Espíritu Santo operó en los corazones de las personas en el Antiguo Testamento. El Espíritu Santo regeneró a las personas en el Antiguo Testamento. La justificación fue por fe en el Antiguo Testamento, tal como lo es en el Nuevo Testamento. Sin embargo, y nosotros también vemos que los pecados de las personas son perdonados y que esa es una parte vital del Pacto Mosaico, en el Antiguo Testamento, para no mencionar a Abraham y otros. Entonces, ¿por qué es tan importante, o tan nuevo, que sus pecados sean perdonados?
Bueno, aquí, creo que es una diferencia de grado más que cualquier otra cosa. Es por eso que digo que el antiguo pacto crece, lo siento, el nuevo pacto surge del antiguo pacto, y no hay una discontinuidad radical entre ellos. Sino que, como nos dice el autor de Hebreos, el nuevo pacto es un pacto más grande, un mejor pacto. Y ni siquiera es suficiente llamarlo el nuevo pacto, porque el nuevo pacto es el pacto final. Es el último pacto. Es el pacto de la compleción, el pacto de la consumación, al que apuntaban todos los demás pactos.
Ahora sabemos, por ejemplo, que las personas en el Antiguo Testamento tenían el perdón de los pecados y eso estaba tipificado y simbolizado en las fiestas y, particularmente, en el sistema de sacrificios, y, especialmente, en el Día de la Expiación. Pero el Día de la Expiación era una fiesta anual. Había que repetirlo todos los años. Y no solo eso, sino que sus otros sacrificios aquí, sacrificios de animales, y sacrificios de grano por el pecado, las ofrendas por el pecado, y demás, se hicieron una y otra vez. Bueno, cuando entras en el período del nuevo pacto, tienes esa ofrenda que se hace una vez y para siempre, para que la remisión de los pecados por el pueblo de Dios, en el nuevo pacto, se cumpla para siempre, una vez. Está hecho; está completo, por lo que no se ofrecen más sacrificios.
Todo el sistema ceremonial del Antiguo Testamento se detiene bruscamente cuando todo su contenido se cumple en el ministerio de Cristo. Y así, de nuevo, lo que creo que vemos, en la promesa hecha a Jeremías, es un cumplimiento mayor de estos principios que tendría lugar en el Nuevo Testamento. Esa es la manera en que el autor de Hebreos, que cita este mismo pasaje, como espero que podamos ver en unos momentos, entiende el significado del nuevo pacto. Pero, notamos que el Nuevo Testamento, el libro del Nuevo Testamento se inicia con el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista, y luego el nacimiento de Jesús, y luego el ministerio público que comienza es la aparición de Juan el Bautista desde el desierto, llamando a la gente al arrepentimiento porque está llamando a la gente a un momento nuevo y decisivo en su historia.
Como he dicho antes, en mi opinión, Juan el Bautista, en su ministerio, es la dimensión más subestimada de la teología del Nuevo Testamento porque lo que hizo Juan fue absolutamente radical. Recuerden que la voz de la profecía había sido silenciada durante 400 años entre el cierre del Antiguo Testamento, con las profecías de Malaquías, y la aparición de Juan el Bautista, en las páginas del Nuevo Testamento, donde él sale del desierto, comportándose de manera muy parecida al antiguo profeta Elías, y él introduce un requisito a los judíos que nunca fue parte de los requisitos de su pacto en la antigüedad.
En el período intertestamentario, desarrollaron la práctica del bautismo prosélito para los extranjeros, los gentiles que querían convertirse en judíos. Para convertirse en judío, si eras gentil, tenías que hacer una profesión de fe en el judaísmo, tenías que ser circuncidado y, además de eso, tenías que someterte a este baño ritual de purificación porque los gentiles eran considerados impuros. Eran extraños y extranjeros al pacto. Y ahora, de repente, aquí viene este profeta del desierto, y llama al pueblo judío a someterse a este baño. Es un bautismo preparatorio. No es lo mismo que el bautismo de Cristo que se instituye después. Sino que está bautizando al pueblo judío como un rito de purificación, y las autoridades de Jerusalén están indignados por esto.
Ustedes saben, ellos son los hijos de Abraham. No necesitan ser purificados. »¿Por qué nos dices que vayamos allá y nos bañemos?» Y, básicamente, el mensaje es: «porque eres impuro». Y lo que hace este cambio radical en los requisitos para el pueblo es la cercanía radical, ahora, de la entrada del Reino de Dios, del cumplimiento de estas profecías llenas de las promesas a Abraham, y a Moisés, y a David y todo eso. Entonces, cuando Juan viene, llama a la nación al arrepentimiento. ¿Por qué? «Arrepiéntanse porque el Reino de Dios se ha acercado». Ya no es el reino un evento lejano, misterioso, futuro que va a tener lugar en el gran futuro, sino que ahora, está a punto de suceder.
¿Qué metáforas usa Juan? «El hacha se coloca en la raíz del árbol. Su aventador está en su mano». Por lo tanto, anuncia la irrupción y la venida del Reino de Dios, y el Reino de Dios significa una nueva dimensión del reino de Dios. Y realmente es una mención de…, una mención, del rey venidero, el Rey Davídico, donde la casa caída de David será enderezada y restablecida. Cuando Jesús entra en su ministerio público, al principio, su mensaje es el mismo. «Arrepiéntanse, porque el Reino de Dios se ha acercado». Pero luego, hay un cambio en el que Él dice: «El Reino de Dios», dicen algunas traducciones, «está dentro de ti». Creo que es una traducción muy, muy pobre. Es una posible traducción del griego, pero da la idea de que el Reino de Dios es una especie de cosa etérea y espiritual que ocurre en los corazones de las personas. Pero eso no es lo que Jesús está diciendo.
Una mejor traducción es: «El Reino de Dios está entre ustedes; está en medio de ti». Entonces, gran parte de la enseñanza de Jesús, antes de la cruz, y antes de la exposición apostólica del significado de la vida y muerte de Jesús, es el evangelio de Jesús. Pero, ¿qué es el evangelio de Cristo? Las buenas nuevas que Jesús anuncia no son el evangelio de Jesucristo. Cuando Pablo habla del evangelio, habla del evangelio de Jesucristo. Este es el evangelio, que es la buena noticia acerca de Jesús y repasa todas las cosas que Jesús logró a nuestro favor. Pero cuando Jesús usa el término «evangelio», es el evangelio del reino. La buena noticia es que el tan esperado Reino Mesiánico está llegando ahora.
Si ves, por ejemplo, las parábolas de Jesús, si simplemente fueras a casa y buscaras todas las parábolas que Jesús enseña en el Nuevo Testamento, y las pusieras en una lista, y te hicieras la pregunta: «¿De qué se trata esta parábola? ¿De qué trata esta parábola? ¿De qué trata esta parábola?», verás, claramente, que la abrumadora mayoría de las parábolas se enfocan en un concepto. ¿Y cuál es? El Reino de Dios, donde nuestro Señor dice: «El Reino de Dios es semejante a esto», o «El Reino de Dios es semejante a aquello». Y Él está aclarando, para la gente.
Al mismo tiempo, Él es muy reservado acerca de usar el término Mesías, porque Él sabe que la gente de Su día tiene un concepto completamente distorsionado de lo que será el Mesías. Y la única cosa que no pueden imaginar es un mesías que es un rey pastor, que también es un siervo sufriente. E incluso los discípulos se horrorizaron cuando Jesús les dijo que tenía que ir a Jerusalén a morir, a dar su vida por su pueblo. No lo podían entender. »¿Cómo puede ser eso? ¡Se supone que eres el Mesías!»
Pedro pasa de la gran confesión, en Cesarea de Filipo, cuando Jesús pregunta: «¿quién dicen ustedes que soy?» Pedro dice: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente». Y Jesús lo bendice diciendo: «Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló carne ni sangre». Y luego, Él le dice: «Y tú eres Petros, o la roca, y sobre esta roca edificaré mi iglesia». Y parece que solo cinco minutos después Jesús les dice: «Está bien, tenemos que irnos ahora y vamos a Jerusalén, porque voy a ser entregado en manos de mis enemigos y sufriré y moriré». Y Simón Pedro, Simón, la Roca, dice: «Oh, no, no lo harás. Que nunca lo sea. No lo permita Dios. Eso no puede pasar». Y a aquel a quien Jesús acaba de llamar Pedro hace un momento, Jesús lo llama Satanás. «Apártate de mí, Satanás». De modo que incluso los discípulos no entendían la forma en que se llevarían a cabo todas las dimensiones del cumplimiento de estos pactos en el Antiguo Testamento.
Vemos en Jesús similitudes con Moisés. Vimos que Moisés era el mediador del antiguo pacto, y Jesús se presenta en las páginas del Nuevo Testamento como el mediador del nuevo pacto. Moisés fue el gran profeta de la antigüedad. Sin embargo, el Antiguo Testamento predijo que vendría otro, un profeta como Moisés. Y esa profecía se cumple en Cristo, que es el profeta supremo de toda la Escritura. Él es tanto el objeto como el sujeto de la profecía. Él no solo habla de eventos futuros, sino que el contenido de lo que habla es Él mismo. Y no solo es Él el Gran Profeta, sino que también realiza la obra del Gran Sacerdote, lo cual, de nuevo, es parte integral del nuevo pacto porque el sacerdocio, no el sacerdocio Aarónico, no el sacerdocio de los levitas, sino un sacerdocio mayor, (como nos dice el autor de Hebreos) el sacerdocio según el orden de Melquisedec es cumplido por Jesús.
Entonces, Él es el Profeta Supremo, Él es el Sacerdote Supremo, y de nuevo, Él es el Rey Supremo. Él es el Hijo supremo de David, el hijo de David, quien, al mismo tiempo, es el Señor de David. Es por eso que el Salmo 110 es tan importante para el Nuevo Testamento porque, en ese Salmo, David dice, bajo la inspiración del Espíritu Santo: «El Señor dijo a mi Señor: “Siéntate a mi diestra”». De modo que, en ese Salmo, David está reconociendo que Dios está asignando una posición de autoridad a alguien que es el Señor de David. «El Señor dijo a mi Señor: “Siéntate a mi diestra”». Y es por eso que vemos esta línea entre David y Jesús y el cumplimiento del Pacto Davídico, en Cristo, en el Nuevo Testamento. Bueno, una de las preguntas que a menudo se hacen acerca del nuevo pacto es: «¿Cuándo comienza?» Vemos el anuncio del reino venidero durante el ministerio de Jesús, pero la verdadera realización del pacto, creo, tiene lugar, no en el día de Pentecostés, sino que tiene lugar en el Aposento Alto.
Leemos el registro de la versión de Lucas, en el capítulo veintidós, versículo trece: «Ellos fueron y encontraron todo tal como Él les había dicho; y prepararon la Pascua». Cuando llegó la hora, Jesús se sentó a la mesa, y con Él los apóstoles, y les dijo: «Intensamente he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer; porque les digo que nunca más volveré a comerla hasta que se cumpla en el reino de Dios». Y tomando una copa, después de haber dado gracias, dijo: «Tomen esto y repártanlo entre ustedes; porque les digo que de ahora en adelante no beberé del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios». Y tomando el pan, después de haber dado gracias, lo partió, y les dio, diciendo: «Esto es Mi cuerpo que por ustedes es dado; hagan esto en memoria de Mí». De la misma manera tomó la copa después de haber cenado, diciendo: «Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre, que es derramada por ustedes». «Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre».
En ese punto, Jesús cambia el contenido de las palabras de la celebración de la Pascua del Antiguo Testamento. Y en medio de la liturgia que recordaba el tiempo… antes del éxodo, cuando el ángel de la muerte vino y trajo venganza contra los hijos de los egipcios, pero pasó por alto las casas del pueblo de Dios que tenían la sangre del cordero en los postes de las puertas y sobrevivieron al juicio de Dios en esa ocasión, y por eso Dios mandó que la gente lo recordara y lo celebrara anualmente. Entonces, Jesús, siendo judío, celebra la Pascua. Él sabe que está a punto de morir y dice: «Deseo fervientemente, por última vez, celebrar la Pascua con ustedes».
Ahora, Él se reúne con Sus discípulos y ellos siguen la liturgia de la Pascua. Pero de repente, Él la cambia. Y ahora, el pan representa Su cuerpo y el vino representa Su sangre, y pronuncia un nuevo pacto. Ahí es cuando yo creo que es iniciado, pero no creo que es ratificado, sino hasta el día siguiente en realidad, cuando derrama Su sangre sobre la cruz. Este es el sacrificio de sangre que ratifica el nuevo pacto que Él anunció justo la noche anterior. Es un nuevo pacto para todos aquellos que, ahora, están en Cristo, que ahora participan en Él, que son los que son los benefactores de este sacrificio, fue un sacrificio perfecto, un sacrificio hecho de una vez por todas y ratificado en la cruz.
Ahora, la historia no termina con la ceremonia de ratificación en el Gólgota. Que este nuevo pacto ha sido firmemente establecido y que recibe la bendición suprema de Dios se muestra en la resurrección donde se nos dice, en el Nuevo Testamento, que es imposible que la muerte retenga a Cristo porque, en y por sí mismo, Él no conoció pecado. Cuando veamos la relación de la obra de Cristo con el pacto de obras y como el Nuevo Adán, en nuestra próxima sesión, extraeremos un poco más de significado de ese acto de resurrección, pero luego, incluso allí, la historia no termina. Después de la resurrección, Él permanece en la tierra durante unas semanas con Sus discípulos hasta que llega el momento en que asciende al cielo.
¿Cuál es el punto de la ascensión? O sea, Él dijo: «Nadie sube al cielo sino el que ha descendido del cielo». Bueno, Él no estaba diciendo que nadie más había ido al cielo. Enoc fue al cielo. Abraham fue al cielo. La gente, suponemos, fue al cielo, pero la ascensión, aquí, toma un significado técnico, donde no significa, simplemente, subir, sino que significa subir a un lugar específico para un propósito específico. El lugar al que Él va es la diestra de Dios, y el propósito de Su ascenso es ir a Su coronación, a Su investidura, como el cumplimiento del Pacto Davídico, donde ahora, Dios lo corona, no solo como un rey más en la línea de los reyes davídicos, sino que Él lo corona el Rey de Reyes, y el Señor de Señores, y a quien todas las naciones del mundo son entregadas bajo Su autoridad y bajo Su dominio.
Su reinado es anunciado por Dios en el nuevo pacto, que no durará 400 años, como la dinastía de David, sino que Él reinará para siempre, y para siempre, y para siempre, y para siempre, a lo cual la iglesia clama: «¡Aleluya!» Es por eso que es algo tan terrible en nuestros días, cuando la gente piensa en el Reino de Dios exclusivamente como algo en el futuro. Sí, todavía queda otro capítulo por escribir. Sí, todavía hay una consumación. Sí, el reino ahora es invisible. Y sí, habrá un momento en que nuestro rey gobernante hará visible Su Reino. Lo sabemos. Pero no es que no exista ahora. Ya ha llegado en cuanto a su inauguración. No ha sido consumado en su completa finalización, pero es real, ahora mismo.
Cada vez que nos reunimos en la Mesa del Señor, no solo miramos hacia atrás a Su muerte, sino que también miramos a Su ascensión. Estamos en la mesa del Rey donde hemos sido invitados a sentarnos con Aquel que se ha sentado a la diestra de Dios en el Reino. Con eso también tenemos la promesa de que nosotros nos sentaremos con Él y reinaremos con Él en la consumación final de ese Reino. Pero veremos más de estos aspectos de su finalización en nuestra próxima sesión.






