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Transcripción
Recordamos la escena de «Macbeth», de Shakespeare, con la reunión de brujas que declaran: «¡Doble, doble esfuerzo y problema; que arda el fuego y burbujee el caldero!».
No sé por qué siempre eso viene a la mente cuando pienso en uno de los aspectos y controversias que acompañan toda discusión de la doctrina de la predestinación o elección, y me refiero al tema de la llamada «doble predestinación». «Doble, doble esfuerzo y problema» – «doble predestinación». La pregunta es esta: ¿Es la predestinación doble en el sentido de que tiene un lado opuesto o un lado oscuro?
Una cosa es considerar la maravilla de la misericordia y gracia de Dios por la cual Él arrebata tizones del fuego y, unilateral y monergísticamente irrumpe en la vida del pecador y trae a esa persona sana y salva al cielo, tal como hizo Jesús cuando interceptó a Saulo en el camino a Damasco y lo redimió en el desierto. Pero tenemos que preguntarnos: «¿Y qué pasa con aquellos que no reciben ese don? ¿Y qué pasa con aquellos que no reciben regeneración? ¿Por qué Dios no se apareció a Caifás o a Poncio Pilato de la misma manera misericordiosa en la que Cristo se manifestó a Saulo de Tarso?». Esa es la pregunta. ¿Qué pasa con aquellos que no son elegidos?
Ha habido varias respuestas a esto. Algunos sostienen que la predestinación es simple en el siguiente sentido: que sí, desde la eternidad Dios escogió intervenir en la vida de algunas personas para llevarlas a la fe mediante un acto especial de gracia, y sin embargo, el resto de las personas que no están incluidas en esta categoría de los elegidos o predestinados, aun así, se les da la oportunidad de ser salvos. En otras palabras, no tienes que ser elegido para ser salvo. Sin duda, todos los elegidos serán salvos; pero si no formas parte de los elegidos, eso no significa que no serás salvo. Aún tienes la oportunidad de responder al evangelio si lo deseas.
Recuerdo un incidente que ocurrió cuando estaba en el seminario —lo mencioné antes en otro contexto — había un curso que estaba siendo impartido por el presidente del seminario, el cual era un seminario presbiteriano, e históricamente la Iglesia presbiteriana ha estado a la vanguardia de la afirmación de la doctrina agustiniana de la predestinación. Durante esa clase en particular, uno de los estudiantes preguntó al presidente del seminario: «¿Cree en la predestinación?» Y el profesor se enfadó al instante, y respondió de forma abrupta y dijo: «¡No, no creo!» y se mostró bastante hostil. Respondió: «No creo en un Dios que trae a algunas personas al reino pataleando y gritando en contra de su voluntad, que no quieren estar allí, y al mismo tiempo impide que otras personas que sí quieren entrar vengan al reino».
Me quedé absolutamente asombrado. Estaba sorprendido de que a un estudiante le dieran una caricatura tan terrible de esa doctrina bíblica, sin mencionar al presidente del seminario presbiteriano, porque tenía una comprensión muy distorsionada de esa doctrina. Pensaba que la doctrina enseñaba, por un lado, que Dios obliga a algunas personas a entrar en Su reino, pataleando y gritando en contra de su voluntad. Bueno, la doctrina agustiniana de la elección dice esto: que nadie quiere a Cristo. Nadie quiere entrar en el reino de Dios. El corazón es engañoso y no tiene remedio, y de continuo solo desea lo malo. «No hay quien busque a Dios… no hay ni siquiera uno», dice el apóstol. De manera que abandonados a nuestros propios deseos y a nuestras propias inclinaciones, ninguno de nosotros se inclinaría jamás a ir a Cristo.
Dios ciertamente viene y nos regenera mientras estamos muertos en nuestros delitos y pecados, pero ¿cuál es el sentido de la regeneración? ¿Cuál es el sentido de darnos vida? ¿Por qué el nuevo nacimiento? No se trata de que el nuevo nacimiento obliga a las personas que no quieren venir a Cristo a que vengan a Cristo. Más bien, lo que hace la regeneración es cambiar la disposición del corazón para que, donde antes no queríamos a Cristo, ahora sí lo queremos; que Dios, el Espíritu Santo, crea ese deseo dentro del corazón.
En cierto sentido, Él nos hace estar dispuestos para que luego elijamos a Cristo, y elegimos a Cristo porque queremos a Cristo, y queremos a Cristo porque Dios, obrando por Su Espíritu Santo, ha creado ese deseo por Cristo en nuestros corazones.
Ahora, la segunda parte de la distorsión del presidente fue, «… y Dios mantiene fuera del reino a quienes desean desesperadamente estar allí». La realidad es que nadie quiere desesperadamente estar allí. Somos fugitivos de Dios, y no se trata de que Dios le está diciendo a la gente: «Si quieres venir a Cristo, no se te permite porque no estás en Mi lista».
No, de hecho, si quieres venir a Cristo, al Cristo bíblico —si ese deseo es real— esa es la prueba más segura que puedes tener de estar contado entre los elegidos, y no entre los reprobados. Pero esto levanta ante nosotros el tema de la doble predestinación, que se refiere no solo al lado positivo de la moneda, que es la elección, sino también al lado negativo que llamamos reprobación. Reprobación – la reprobación es exactamente lo opuesto a la elección. El reprobado es aquel que no ha sido elegido, que no recibe el beneficio de la gracia salvadora.
Ahora, creo que el argumento sobre la doble predestinación se basa en gran medida, a la confusión, y en algunos casos a malentendidos graves, y tengo que decir que, a menos que creamos que Dios predestina y elige a todos en el mundo para salvación, que a menos que seamos universalistas, si realmente creemos en la predestinación y somos particularistas. Si decimos que no todos están predestinados para salvación, entonces no tenemos absolutamente ninguna opción más que afirmar algún tipo de doble predestinación, porque si hay ciertas personas que son escogidas para salvación, y no todas reciben ese don, entonces es evidente que hay algunas que no son elegidas. A menos que todos sean elegidos, entonces tenemos dos categorías: los elegidos y los no elegidos, y mientras tengamos dos categorías, tenemos algún tipo de doble predestinación.
Ahora, el punto es cómo entendemos esa doctrina de la doble predestinación. Existen diferentes tipos de doble predestinación. Un tipo se llama la postura «simétrica» de la predestinación: la postura simétrica. Ustedes saben lo que significa que algo sea simétrico. Conocen lo que es la simetría. Lo que tiene simetría es lo que es proporcional y equilibrado, y la postura simétrica de la predestinación enseña que Dios actúa de la misma manera tanto en la vida del reprobado como en la vida de los elegidos. Es decir, en cuanto a los elegidos, Dios, a través de Su poder y la agencia de Su Espíritu Santo, crea fe unilateralmente en los corazones de los elegidos. Él irrumpe en sus almas, los trae a la vida. Los re-crea, los regenera y produce fe en sus almas. Y de igual manera, según la postura simétrica de la elección, Dios entonces, en el caso de los no elegidos o reprobados, crea un nuevo mal en sus almas y les obliga directa e inmediatamente a rechazar el evangelio porque no los quiere en Su reino.
Así que, Dios fuerza a las personas a pecar con su intervención directa, mediante la cual crea un nuevo mal en sus corazones. En ocasiones, esta postura también se denomina la doctrina de la «ultimidad igual» o «igual ultimidad». «Ultimidad» tiene que ver con cosas que son finales y definitivas. «Igual ultimidad» significa que Dios obra de manera final y definitiva en los corazones de los reprobados para crear el mal en ellos, así como obra para crear la fe en los corazones de Sus elegidos. Obviamente, tanto el destino del reprobado como del elegido son, de hecho, igualmente definitivos, porque en última instancia uno va al infierno y el otro al cielo. Pero «igual ultimidad» significa más que el destino final. Más bien, describe cómo Dios actúa en el corazón de los reprobados.
La postura agustiniana de la doble predestinación es asimétrica. No es la doctrina de la «igual ultimidad», y vamos a hacer algunas distinciones aquí —de nuevo voy a pedir a los oyentes que imaginen y visualicen mi pizarra aquí en el estudio. Tengo un pequeño gráfico en la pizarra, y en un lado de la línea tengo la palabra «positivo» y al otro lado la palabra «positivo» otra vez. Debajo, en el lado izquierdo de la línea donde está la palabra «positivo», escribo la palabra «positivo» otra vez, y luego al otro lado, a la derecha, esta vez escribo «negativo», que son como los polos de una batería – positivo y negativo, positivo y positivo.
Ahora, la postura simétrica de la predestinación es lo que yo llamo la postura «positiva-positiva», y en resumen eso significa de nuevo que Dios actúa y obra positivamente en los corazones y almas de los elegidos para llevarlos a la fe y a la salvación, e interactúa positivamente con los corazones de los reprobados para crear el mal en ellos. Esa es la postura de la «igual ultimidad», la postura simétrica de la elección que estoy rechazando. Esa es una especie de doble predestinación que creo que no queremos tener.
(Ahora, permítanme decir aquí rápidamente entre paréntesis, que muy a menudo, cuando la gente pregunta por la doble predestinación, lo que tienen en mente es esta idea. Esto es lo que perciben como doble predestinación. De nuevo, una forma positiva-positiva, una forma equilibrada del obrar de Dios en el corazón de las personas).
Ahora, bajo eso pongo la distinción entre positivo y negativo, que en mi juicio es la postura histórica, la postura agustiniana. Positivo-negativo significa esto: que en la doctrina de la predestinación, en la vida del elegido, Dios lleva a cabo una obra positiva mediante la cual interviene para rescatarnos de la muerte espiritual, dándonos vida y creando vida y fe en nuestras almas. Es decir, Él opera de forma positiva.
Ahora, con respecto a los reprobados o no elegidos, no es que Dios desciende y crea un mal nuevo en sus corazones y les obliga a rechazar a Cristo. Más bien, simplemente los pasa por alto, como en la pascua judía en el Antiguo Testamento. Realiza lo que a menudo se describe en el Nuevo Testamento como una especie de castigo divino, que es justicia poética. Es el tipo de castigo del que habla la Escritura, por ejemplo, en el juicio final, donde Dios abandona a los pecadores a su pecado, los entrega a sus disposiciones pecaminosas. Dejará de contenerlos de sus propios caminos malvados. Dios no tiene que crear la incredulidad en el corazón del reprobado. Ya está ahí. Dios no tiene que crear nuevamente la maldad o el mal en el corazón del incrédulo. Ya está ahí.
Y recuerda, que cuando Dios elige, elige de entre una masa de humanidad que en conjunto ha caído, que en conjunto está muerta en delitos y pecados, y lo que Él hace, en un acto de intervención misericordiosa, es intervenir para hacer algo salvador en el corazón de algunos y que no hace por los otros. No impide que los demás vengan a Cristo. No tiene que impedir que vengan a Cristo. Ellos rechazan venir a Cristo porque no quieren hacerlo. Ya están alienados de Dios. Están muertos en sus delitos y pecados, así que no es que Dios los obliga a decir «No». Dicen «No» en función de sus propios deseos y de su propia voluntad.
Y ya por fin salió a relucir el tema, porque no hay debate sobre la predestinación que, tarde o temprano, —y casi siempre es más temprano que tarde— no acabe convirtiéndose en un debate sobre el libre albedrío. La gente piensa que, «si creo en la elección, si creo en la predestinación, de alguna manera voy a tener que abandonar la noción de la libre agencia humana, y si la doctrina agustiniana de la elección es cierta, pareciera demoler por completo el concepto de la libertad de la voluntad». Pienso que este tema en particular es el punto más importante que enfrentamos con respecto a la doctrina de la predestinación.
De hecho, creo que es tan grande e importante que he decidido no dar una clase separada sobre el tema del libre albedrío en relación con esta serie sobre la predestinación, sino que, en una fecha posterior no muy lejana, quiero hacer toda una serie sobre el libre albedrío en cuanto a su relación con esto y con otros temas de nuestra fe. En otras palabras, la doctrina de la libertad humana es tan controvertida e importante para nuestra comprensión completa de la gracia de Dios y nuestra salvación que quiero reservar toda una serie completa– de cinco o diez clases, aún no lo he decidido – sobre este tema.
Así que les voy a pedir que tengan paciencia y recuerden aquí que, en la postura positiva-negativa de la doble predestinación, Dios no obliga a las personas a rechazar a Cristo. Rechazan a Cristo por su propia inclinación, por su propio corazón y por su propia voluntad. No vienen a Cristo porque no quieren venir a Cristo, y por eso el esquema positivo-negativo es el que creo que necesitamos ver, y nos lleva justo a donde estábamos, hace unas cuantas clases atrás, cuando vimos el debate de Pablo sobre esto, cuando teníamos una especie de mini-ejemplo de personas elegidas y no elegidas en los personajes de Jacob y Esaú.
Obviamente, Jacob recibió una bendición de la gracia de Dios que Esaú no recibió. «A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí». Y Jacob recibió esa bendición no por nada que hubiera hecho o quisiera hacer, sino porque Dios había tomado una decisión antes de que ninguno de los dos naciera o hubiera hecho algo bueno o malo. Y al responder a ese ejemplo de los elegidos y no elegidos —Jacob, siendo elegido, y Esaú no elegido— Pablo recordó a sus lectores la autoridad soberana de Dios y su derecho a disponer de Su gracia como Él lo considere, cuando dijo: «Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia». La doble predestinación es simplemente esta: los elegidos reciben misericordia, los reprobados reciben justicia. Nadie recibe injusticia.
CORAM DEO
Una de las dificultades que tenemos al lidiar con la doctrina de la elección y de la predestinación es que no tenemos acceso a los pensamientos internos de la propia mente de Dios salvo en la medida en que Dios se complazca en revelárnosla en la Sagrada Escritura. No sabemos por qué no escogió elegir a todas las personas. Sabemos que no lo hace. No sabemos por qué mostró gracia a algunos, o misericordia en un grado especial que no da a todos, pero como señaló un teólogo en la historia: «Cuando Dios cierra su boca santa, yo desistiré de averiguar».
De nuevo, podemos resistirnos a esta idea y protestar en su contra porque nuestra inclinación democrática básica es decir: «Si Dios da esa gracia a algunos, debe dársela a todos». Pero no estamos haciendo la verdadera pregunta, que es: «¿Por qué da Dios este regalo a algunos?» No tiene ninguna obligación de salvar a ningún pecador, de intervenir en el corazón de una persona malvada y rescatarla de la muerte espiritual. Al menos en esta doctrina tenemos a Dios extendiendo esa misericordia a algunos. En la doctrina presciente, Dios deja a todos a expensas de lo que hay en su interior y solo los llama de manera externa, pero no hace un cambio transformador de gracia en sus corazones. Es una postura muy pesimista si la contemplas con atención.






