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Transcripción
En el siglo XVII en Holanda, surgió una controversia en torno a las doctrinas relacionadas con el concepto de la predestinación y un grupo de personas que eran miembros de la iglesia reformada holandesa –a quienes se les llamaba «remonstrantes» o «manifestantes» porque condenaban o protestaban contra la doctrina reformada de la predestinación– crearon esta controversia que finalmente se resolvió en el Sínodo de Dort. Pero de esa controversia salió lo que se conoce como los cinco puntos del calvinismo, porque los cinco puntos del conflicto entre los teólogos de la época se resumieron más tarde con el famoso acróstico en inglés «TULIP».
Hoy no voy a entrar en los cinco puntos. Solo les recordaré los cinco puntos abreviados con las letras T-U-L-I-P, pero lo que me interesa por ahora es la «U» del acróstico TULIP, que traducido al español sería «I» para «elección incondicional». De nuevo, lo que se plantea aquí era la controversia de la que hemos estado hablando en esta serie sobre el debate entre la postura clásica agustiniana de la predestinación y la postura presciente de la predestinación, la cual definiré una vez más.
La postura presciente de la predestinación es aquella que dice que Dios mira a través del pasillo del tiempo y sabe de antemano quién responderá positivamente al evangelio y abrazará a Cristo, y sobre la base de ese conocimiento avanzado, Dios elige entonces para salvación a quienes sabe que responderán al evangelio. En otras palabras, Dios solo elige a quienes cumplen con la condición para la salvación, es decir, la fe. Así que esa postura de la elección podría llamarse «elección condicional», a diferencia de la histórica postura agustiniana que es incondicional. Es decir, que Dios, sin prever ninguna condición particular que cumplamos, nos elige soberana y eternamente para salvación. Eso no significa que no haya condiciones para la salvación. Hay condiciones. Tienes que tener fe para ser justificado, pero la «elección incondicional» significa que Dios escoge incondicionalmente proveer o crear dentro de los elegidos, la fe que cumple con las condiciones necesarias para la salvación.
He escuchado dos metáforas de evangelistas prominentes que quieren seguir un camino cuidadoso entre dos conceptos peligrosos. No quieren enseñar que el hombre se salva a sí mismo, ni quieren decir que la salvación es totalmente de Dios. Quieren evitar esos dos polos en su pensamiento, así que las dos imágenes o metáforas que he escuchado con frecuencia son estas: Bueno, en primer lugar, dice el evangelista que Dios hace el 99% de la obra en la salvación, pero nosotros tenemos que hacer ese 1%, que es absolutamente decisivo para nuestra salvación.
Las dos metáforas que se usan son estas: una es la de una persona que se está ahogando. La persona no sabe nadar, el agua empieza a taparle, y se hunde por tercera vez, e incluso su cabeza queda sumergida bajo las olas, y lo único que queda por encima de la superficie del agua es su mano, y no puede salvarse de ahogarse a menos que Dios le lance un salvavidas. Y Dios le lanza el salvavidas justo en el lugar que el hombre lo necesita, justo sobre su mano. Así que Dios ha hecho todo lo que puede para salvar a ese hombre que se ahoga, pero en el último segundo ese hombre debe aferrarse al salvavidas o dejarlo pasar. Debe hacer que sus dedos lo agarren, o se hundirá en el fondo del mar; pero el hombre aún conserva ese poder o fortaleza moral dentro de sí mismo para agarrarse o no agarrarse.
La otra metáfora que he oído usar con frecuencia es la de una persona moribunda que tiene una enfermedad incurable, una enfermedad mortal, que está en su última fase, y la persona está casi en coma. Dios entra en la habitación con una medicina que es la única posible para salvar a este hombre de morir, y Dios vierte la medicina sobre la cuchara y la lleva a los labios del moribundo, y todo lo que la persona tiene que hacer es abrir los labios y recibir esta medicina que restaurará la plenitud de su salud. Pero esa persona tiene el poder de mantener los labios fuertemente cerrados o abrir la boca para recibir la medicina. De nuevo, la idea es que Dios hace el 99% con Su gracia, y sin esa gracia no hay esperanza de salvación, pero ese 1% de capacidad que le queda al hombre es el factor clave y decisivo.
Ahora, la razón por la que digo que esto difiere dramáticamente de la postura clásica agustiniana, y una de las razones por las que Agustín enseñó que la elección o predestinación es incondicional, es porque, antes de tratar la doctrina de la predestinación, Agustín estaba muy interesado en estudiar la postura bíblica de la caída del hombre y en escudriñar sobre la profundidad de esa caída. ¿Hasta qué punto hemos sido corrompidos en nuestra naturaleza humana? Agustín llegó a la conclusión de que la caída de la humanidad es tan grande que, aunque podamos tomar decisiones, todas nuestras decisiones proceden de un corazón que está esclavizado al pecado, hasta el punto de encontrarse en un estado de incapacidad moral.
La idea que Agustín enseñó fue esta: que el pecador no tiene inclinación ni deseo en su corazón por las cosas de Dios a menos que Dios cambie primero su alma – cambie la disposición de su corazón a través de la obra sobrenatural de la regeneración. Y, por supuesto, Agustín también enseñó que todos aquellos a quienes el Espíritu Santo regenera llegan a la fe, y que esta regeneración produce aquello para lo cual fue diseñada, y que a menos que una persona sea regenerada, si se la deja a sí misma, jamás se inclinará hacia las cosas de Dios. De modo que, si el pecador no es regenerado, ese pecador nunca abrazará voluntariamente a Cristo.
El sentido de la obra de regeneración por parte de Dios es que Dios no solo diseña los propósitos de la salvación, sino que también ordena los medios para llevar a cabo la salvación en la vida de las personas, y Dios decide soberanamente traer a la vida espiritual a aquellos que ha elegido. Todos los que son vivificados vienen a la fe. Es decir, Dios proporciona la condición necesaria para que el pecador responda.
Ahora, a menudo he usado esta sencilla ilustración con las personas, tal como mencioné de pasada hace poco, que después de hablar de los diversos aspectos del debate sobre la elección, le digo a la persona: «Eres creyente, y conoces amigos tuyos que no son creyentes… y me gustaría saber: ¿por qué has respondido positivamente al evangelio, y tus amigos no? ¿Qué hiciste para ser parte de ese 1%? ¿Por qué abriste los labios para recibir la medicina? ¿Por qué te aferraste al salvavidas?»
Hace poco tuve una conversación con alguien sobre este mismo punto. Antes de que la persona respondiera a mis preguntas, le dije esto: «¿Respondiste al evangelio porque eras más justo que tus amigos que no lo hicieron?» Él dijo: «Oh no, no, no, no, no. No fue por eso». Le dije entonces: «¿Fue porque eras más inteligente que tus amigos que dijeron que no?» Por supuesto, si él decía: «Sí», entonces yo le decía: «¿De dónde sacaste la inteligencia?». Pero empezó a sentir el peso de esas preguntas, y se dio cuenta de a dónde yo quería llegar, y de alguna manera trató de esquivar el asunto, y finalmente dijo: «Bueno, simplemente entendí mi necesidad mejor que los demás». Le dije: «Bueno, ¿por qué entendiste tu necesidad? ¿Es porque eres más humilde que esa otra persona?». Finalmente, él dijo: «Sí», y yo dije: «¿No es eso una virtud?» Y dijo: «Sí».
En resumen, este tipo realmente creía que había hecho algo justo que sus amigos no habían hecho. Él había respondido correctamente, había reaccionado de manera justa, y sus amigos habían reaccionado de manera injusta. Le dije: «Bueno, entonces supongo que tienes algo de lo cual gloriarte» – sin embargo es una gloria que el Nuevo Testamento claramente excluye. El Nuevo Testamento enseña que la obra de salvación es únicamente por gracia y se lleva a cabo por la misericordia soberana de Dios.
Uno de los textos más controvertidos sobre esto… lo hemos visto de pasada en otra serie, pero quiero volver a centrar nuestra atención en eso. Me refiero a Juan capítulo 6. Jesús dice la siguiente afirmación: «Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre». Ya he explicado este texto antes y quiero hacerlo de nuevo. Vamos a desglosarlo. Comienza diciendo: «nadie». Lo que tenemos en esta fraseología es lo que en la ciencia de la lógica llamamos: una proposición que se define como una proposición negativa universal. Dice algo negativo de todas las personas, así que «nadie» —eso es un absoluto universal— ninguna persona. La siguiente palabra es la más crucial: «puede» venir. Jesús no dice que nadie viene, que nadie vendrá. Él dice: «Nadie puede venir».
Ahora, la palabra «puede», si recuerdan, es una palabra que no describe permiso sino capacidad. ¿Recuerdan cuando estaban en el colegio y levantaban la mano y le preguntaban al profesor: «¿puedo ir al baño?». Todos los profesores en Estados Unidos responden a esa pregunta de la misma manera: «Estoy seguro de que puedes. La pregunta es si tienes el permiso», y los profesores se esmeraban en explicarnos la diferencia entre «poder de permiso» y «poder de capacidad». El «puede» aquí tiene que ver con la capacidad Lo que Jesús está diciendo en este texto es que hay algo que nadie tiene el poder ni la capacidad de hacer. ¿Y qué es? «Nadie puede venir a mí».
Con la postura presciente, cuando la analizamos a fondo y con cuidado, en la mayoría de los casos se reduce a una postura abreviada e incompleta de la caída. Sigue viendo al hombre caído como alguien que conserva en su alma lo que yo llamo una «isla de justicia», la cual puede ejercerse y puede manifestar la capacidad de venir a Cristo sin haber sido regenerado por el Espíritu Santo. Una vez más les digo, el evangelista puede decir: «Pasa al frente. Recibe a Cristo. Escoge a Cristo. Toma una decisión por Cristo, y nacerás de nuevo»; mientras que Jesús dice que a menos que nazcas de nuevo, nunca vendrás; que el nuevo nacimiento es la condición necesaria, el requisito previo, para poder tener la capacidad de venir. Jesús dice: «Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre».
Lo vemos nuevamente en Efesios capítulo 2 versículo 1, donde Pablo escribe estas palabras: «Y Él les dio vida a ustedes, que estaban muertos en sus delitos y pecados, en los cuales anduvieron en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Entre ellos también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados), y con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús».
Y luego el versículo ocho: «Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas». Este es el capítulo que sigue inmediatamente a la introducción de Pablo sobre el concepto de predestinación en el capítulo 1, y ahora desarrolla el punto de que Dios da vida a personas que están espiritualmente muertas, mientras están muertas en sus delitos y pecados.
Por eso no me gustan las metáforas que escucho tan a menudo en evangelismo. La idea del hombre que se está ahogando. No importa cuán desesperada sea la situación del hombre que se está ahogando, que está a punto de hundirse por tercera vez y que sólo tiene sus dedos por encima del agua —ese hombre todavía está vivo. Esa no es la metáfora de las Escrituras. La metáfora de las Escrituras es que ese hombre ya está ahogado. Está en el fondo del océano. Está tan muerto como una piedra, y lo que leo en el Nuevo Testamento es que Dios Espíritu Santo se sumerge en el fondo del mar, saca a esa persona muerta del fondo del mar y le sopla vida, para que despierte y luego pueda aferrarse a cualquier salvavidas que tenga a mano.
Y lo mismo con respecto al moribundo que está en el hospital y que tiene que abrir la boca para recibir la medicina. Si llevaras esa medicina a la oficina del forense, a la morgue, y la ofrecieras a un cadáver, sería un ejercicio inútil. Ningún cadáver puede abrir la boca para recibir un medicamento sanador, y la perspectiva bíblica es que esa persona no está solo grave y críticamente enferma. Ha muerto, y solo Dios puede darle vida.
Mi problema con la postura del conocimiento previo o presciente de la elección es este: que presenta a Dios mirando a través del pasillo de la historia a personas muertas que responden en vida espiritual, y yo me hago esta pregunta: Si Dios mirara a esas personas muertas en pecado, y las observara todo el tiempo que quisiera, ¿a cuántas encontraría respondiendo positivamente al evangelio? No tendría a nadie a quien elegir, a nadie a quien predestinar porque vería a todos perecer en su incredulidad. Jesús le dijo a Nicodemo que a menos que el hombre nazca del Espíritu, ni siquiera puede ver el reino de Dios, y mucho menos entrar en el reino de Dios.
De nuevo, permítanme dirigir su atención a Juan 6, donde leemos en el versículo 61 lo siguiente: «Pero Jesús, consciente de que Sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: ¿Esto los escandaliza? ¿Pues qué si vieran al Hijo del Hombre ascender adonde estaba antes? El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha». Luego el versículo 65: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a Mí si no se lo ha concedido el Padre». Lutero, en su debate con Erasmo, citó este texto donde Jesús dice, como le dijo a Nicodemo, «Lo que es nacido de la carne, carne es», y las personas caídas que no sean regeneradas están únicamente en la carne. Y Jesús dice: «La carne para nada aprovecha». Lutero decía: «Nada no es algo muy pequeño». No es un 1%. La gracia de nuestra salvación es 100% de Dios.
CORAM DEO
A menudo he dicho que si la Biblia nunca mencionara la palabra «predestinación» o nunca mencionara la palabra «elección», creo que nos veríamos impulsados a concluir ese concepto simplemente por las abundantes referencias que encontramos en las Escrituras sobre el estado de nuestra condición moral fuera de la gracia salvadora, fuera de la regeneración.
Creo que el mayor escollo que tenemos, el mayor obstáculo que debemos superar antes de estar listos para asignar la plenitud de la gracia a nuestra salvación es ese obstáculo de pensar que realmente nos queda una isla de justicia en el alma, no afectada por la caída, sin contaminación por el pecado, de manera que no estamos realmente muertos en nuestros delitos y pecados, sino solo enfermos en delitos y pecados, pero que aún tenemos la capacidad de revivirnos cuando escuchamos el evangelio. No creo que entendamos la pecaminosidad del pecado ni la hermosura de la gracia, y eso es lo que tenemos que entender si alguna vez queremos superar estos obstáculos.






