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Transcripción
Siempre que tratamos el tema de la predestinación y la elección, no pasa mucho tiempo antes de que surja una discusión o un debate con respecto a la evangelización. Dos de las objeciones que escucho constantemente sobre la doctrina de la predestinación son estas: que si la predestinación es cierta, entonces no habría necesidad de participar en la evangelización porque los elegidos serán salvados, de una forma u otra, y quienes no son elegidos, no serán salvados sin importar cuánto esfuerzo hagamos en el ámbito de la evangelización. Esa es una objeción, y la analizaré en un momento. La otra es la acusación de que las personas que creen en la doctrina de la predestinación o la elección, característicamente no se interesan en el evangelismo, y más o menos estancan la misión de la iglesia en ese sentido.
Permítanme responder primero a esa segunda pregunta porque es mucho más fácil de responder, y mi respuesta es sencillamente que tal cosa no es cierta. La historia da testimonio de que no es cierta. Si miramos nuestra propia historia en EEUU, en las colonias hubo un período de actividad evangelizadora sin precedentes y que no ha sido igualado desde entonces, que dio el fruto de lo que los historiadores han llamado el Gran Despertar. Durante el Gran Despertar, en el que Dios derramó su Espíritu Santo en abundancia, especialmente sobre Nueva Inglaterra, hubo tres predicadores principales usados por Dios como instrumentos de evangelización.
Uno de ellos fue John Wesley, quien no adoptó la postura agustiniana de la elección, pero los otros dos fueron George Whitefield y Jonathan Edwards, ambos defensores sin reservas de la doctrina de la elección y de la predestinación. Si echamos un vistazo al período de la Reforma del siglo XVI, no creo que haya habido nunca un avivamiento en toda la historia de la iglesia como la del siglo XVI a través del ministerio de los reformadores – Lutero, Calvino, Knox y Zwinglio – donde el evangelio fue proclamado por todo el mundo en una época de evangelización sin precedentes. Todos esos hombres estaban totalmente comprometidos con la postura agustiniana de la predestinación.
En la actualidad, conozco un ministerio que está casi en todas las naciones del mundo, salvo, creo yo, en algunas cuantas de todas las que existen. Este ministerio está presente en la mayoría de los países y creo que es el único ministerio «cristiano» que tiene presencia en tantas naciones del mundo. El nombre de este ministerio es Evangelismo Explosivo, que fue concebido, diseñado y enseñado por el Dr. D. James Kennedy, también un firme defensor de la postura agustiniana de la predestinación, la cual creemos que es la postura bíblica. Charles Spurgeon fue otro que tuvo ese mismo tipo de compromiso. Lo que la historia registra es que cuando la iglesia sostiene esta doctrina, no necesariamente inhibe en absoluto la extensión de la evangelización. Sin embargo, la primera objeción sigue en pie, y podría incluso plantearse con respecto a la segunda objeción, y decir: «sí, por supuesto que Jonathan Edwards y George Whitefield fueron evangélicos acérrimos, pero se trataba de una feliz incoherencia en su teología. Si realmente hubieran reflexionado sobre su doctrina, no se habrían molestado en evangelizar porque habrían visto que no servía de nada».
En ese sentido, recuerdo una experiencia muy incómoda que tuve cuando estaba estudiando en el seminario. Se nos estaba impartiendo un taller en el que estudiábamos la obra de Jonathan Edwards «La libertad de la voluntad». Creo que éramos 22 en esa clase, y el profesor nos había ubicado en forma de semicírculo frente a su escritorio, y le gustaba el método socrático de enseñanza. Lo llamaba «día de diálogo». Decíamos que cuando nos daba una de esas clases, moríamos, porque nos fulminaba y nos ponía en aprietos con preguntas difíciles. En esa oportunidad dijo: «Bien, caballeros, si es cierto que Dios ha elegido desde la eternidad salvar a ciertas personas y a otras no, ¿por qué debemos entonces estar tan involucrados en la tarea de evangelizar?».
Yo solté un gran suspiro de alivio porque providencialmente estaba sentado en el extremo derecho del semicírculo, y él preguntó al primero del lado izquierdo. Su costumbre era ir en línea uno por uno, así que sabía que había 21 personas que tendrían que lidiar con la pregunta antes de llegar a mí, y me alegraba tener ese colchón de seguridad. Así que empezó con el primer alumno. Dijo: «Señor Fulano, si la elección divina es cierta, ¿por qué deberíamos involucrarnos en la evangelización?» Y el estudiante inmediatamente respondió con franqueza, y dijo: «Bueno, profesor, no lo sé. Siempre me he hecho esa misma pregunta». Entonces pasó al siguiente en la fila y le dijo: «¿Qué te parece?» Y ese estudiante se encogió de hombros y dijo: «Ni idea». De repente la situación se iba poniendo más aterradora a medida que iba preguntando a cada alumno, y cada uno decía que no tenía ni idea de cómo responder, hasta que finalmente me señalaron a mí.
Ahora, debo decir lo siguiente, y espero que no lo tomen mal: que en estas discusiones en el seminario hubo ciertos momentos en los que mis compañeros me buscaban a mí para que los rescatara en esos temas difíciles y espinosos. En cierto sentido, me asignaron el papel que Platón le asignó a Sócrates en los diálogos cuando planteaban todas esas preguntas espinosas, todos daban su respuesta, y al final Sócrates lo resolvía todo. Así que sentía cada vez más presión a medida que el profesor se acercaba a mí, y finalmente llegó mi turno y dijo: «Muy bien, señor Sproul», dijo, «si Dios ordena desde toda la eternidad que ciertas personas sean salvadas, ¿por qué deberíamos dedicarnos a la evangelización?». Yo estaba muy nervioso, y dije, de manera algo tímida: «Bueno, profesor, sé que esto no es lo que busca, y no es una gran razón, pero una razón, al fin y al cabo, por la que de todos modos deberíamos estar involucrados en la evangelización es… —yo estaba tartamudeando y balbuceando— y dije: «Bueno, como usted sabe, Dios nos manda hacerlo, ¿no?».
El profesor se volvió loco. Me miró y empezó a tomarme el pelo y a burlarse de mí —de forma amable, pero lo hizo. Dijo: «Oh, claro, Sr. Sproul. Sí, ¿y qué podría ser algo más insignificante que eso, que el Señor Dios omnipotente y Rey te ordene hacer algo?». «¡Eso no es motivo suficiente para hacer algo! Que tu Señor, quien derramó Su sangre por tus pecados, te ordene evangelizar, y así te comprometas a dar algo de credibilidad a la tarea, señor Sproul. Simplemente porque, al fin y al cabo, lo único que hizo fue salvar tu alma por toda la eternidad, y simplemente te quitas el sombrero ante Él con ese logro». Y él siguió y siguió, y yo me sentía cada vez más pequeño.
Pero entonces dijo: «¡Por supuesto! Esa es razón suficiente para que la iglesia se comprometa con la evangelización». De paso, no es la única razón. Hablaremos de otra razón en un momento. Pero, ¿cómo puede una persona creer en la elección y no creer en la soberanía de Dios? ¿Y cómo puede una persona creer en la soberanía de Dios y menospreciar el mandato de un Dios soberano? Dios no solo es soberano en Su gracia, sino que es soberano en Sus mandamientos, y nos manda predicar el evangelio a toda criatura viva.
Ahora, entendemos que ese mandato no se basa en la suposición de que somos herramientas que la Deidad necesita con desesperación, y que sin nuestra contribución Sus propósitos salvíficos no podrían cumplirse. Más bien, los esfuerzos que empleamos en la predicación del evangelio, en la obra de evangelización, son esfuerzos que solo pueden ser fructíferos por Su gracia soberana. ¿No es cierto que Pablo lo dejó claro en el Nuevo Testamento cuando dijo: «Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento»? Ahora, si especulamos sobre esto, veríamos en un instante que Dios podría lograr el crecimiento sin que Pablo plante y sin que Apolos riegue, pero una de las cosas que debemos entender respecto a la predestinación es que Dios no solo ordena de antemano los fines —ese es el propósito final o la meta de la salvación— sino que también preordena los medios para ese fin.
¿Y cuál es el medio principal que Dios usa para lograr la salvación de sus elegidos? La Escritura nos dice que Dios escogió la necedad de la predicación para salvar al mundo. El propio Pablo declaró al principio de Romanos – Pablo, el mayor predestinacionista de todos los tiempos, dijo de sí mismo: «Tengo obligación tanto para con los griegos como para los bárbaros». «¡Ay de mí si no predico el evangelio!» «Pues es el poder de Dios para la salvación». También se nos dice que «la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo», que ha sido confiada a Su iglesia y a la misión de la iglesia para proclamarla y predicarla, plantarla y regarla, sabiendo siempre que el crecimiento es del Señor.
Bien, lo que he enfatizado hasta ahora es el deber del cristiano de comprometerse con la evangelización a pesar de la doctrina de la predestinación y la elección, pero lo que nuestro profesor en el seminario nos dijo a la clase ese día fue que no podemos detenernos en este principio del deber, como yo hice cuando respondí: «Bueno, al fin y al cabo, se nos ordena hacerlo». El profesor dijo: «No es solo un deber, sino que la labor de la evangelización es un privilegio. Es increíble que Dios elija usarnos como causas secundarias, como instrumentos en Su mano para proclamar el evangelio, para ser usados por el Espíritu Santo, para traer la Palabra que, cuando va acompañada por la obra del Espíritu, genera fe». El mismo plantar y regar que podemos llevar a cabo es usado por Dios como parte de Su plan para redimir a Su pueblo. Podría hacerlo sin nosotros. Él no me necesita, y sin embargo me concede el privilegio indescriptible de participar en ello.
Fijemos nuestra atención ahora en lo que Pablo enseña sobre esto en Romanos 10 versículo 12 —bueno, leamos desde el v. 10. «Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: ‘Todo el que cree en Él no será avergonzado.’ Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos, abundando en riquezas para todos los que le invocan; porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo». Eso es muy reconfortante. Sé muy bien que nadie invocará jamás al Señor a menos que el Señor lo haya llamado internamente primero, y sin embargo la promesa es que todos los que lo invoquen serán salvos. No conozco el consejo secreto de Dios, ni conozco qué corazones han sido preparados por el Espíritu Santo para invocar el nombre del Señor, pero entonces Pablo continúa diciendo esto: «¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?».
Aquí tenemos un texto clásico para las misiones porque la palabra «misión» viene del latín missio, que significa «enviar». Un misionero es alguien que es enviado, alguien enviado por un grupo. Es enviado por la iglesia, y es enviado con un propósito: proclamar el evangelio para que la gente pueda oír y creer, para que tengan un evangelio en el cual creer. Dios no ha puesto en nuestras manos el poder de convertir un corazón de piedra de un incrédulo en un corazón de carne, pero sí tenemos la capacidad de abrir la boca, confesar nuestra fe, leer las Escrituras y proclamar las Escrituras, que son las cosas que Dios usa para llevar a Su pueblo a la fe. Las personas no pueden tener fe si no tienen nada en lo cual creer. No pueden creer en algo que nunca han oído, y no pueden oír a menos que alguien se lo diga. No hay audiencia sin predicador y no hay predicador si éste no es enviado.
Luego Pablo cita un pasaje muy importante del Antiguo Testamento. «Tal como está escrito:…» —esto se encuentra al final del versículo 15 del capítulo 10— «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio del bien, que traen buenas noticias de cosas buenas». Este texto del Antiguo Testamento, que aquí se presenta de forma abreviada: «Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz».
Recuerdo que cuando estaba en la escuela primaria escuché sobre las grandes guerras de los griegos del mundo antiguo, las tres guerras: la Batalla de las Termópilas, la Guerra del Mar o Batalla de Salamina, y luego hubo una tercera guerra, que fue la Batalla de Maratón – la Batalla de la Llanura. ¿Por qué hoy en día se le dice maratón a las carreras de maratón? Porque tras la Batalla en la Llanura de Maratón y la victoria de los atenienses, la costumbre en aquellos días no era enviar noticias en directo por CNN. Toda la ciudad esperaba el resultado de la batalla y quería saber si sus fuerzas habían sido conquistadas o si habían salido victoriosas, por lo que se enviaba un mensajero desde el campo de batalla. Y ese mensajero correría hasta la ciudad para anunciar el resultado de la batalla.
En este caso, la Batalla en la llanura de Maratón estaba a tantos kilómetros de Atenas que el mensajero tuvo que correr una distancia tan larga, y lo hizo sin detenerse, de ahí tomamos prestado el nombre «maratón» de esa batalla. (Un maratón en la actualidad es de unos 42 kms). El punto es que las ciudades colocaban centinelas o vigías en sus murallas, para vigilar a lo lejos la llegada del mensajero, y antes de que pudieran ver la expresión del rostro del que venía corriendo, podían observar sus pasos e identificar a la distancia si traía buenas o malas noticias. De seguro ustedes han visto el ritmo de los pasos de una persona abatida. El portador de malas noticias no tiene los pies volando por la gran alegría. Pero cuando el maratonista se acercaba a las puertas de la ciudad, a la distancia se podían ver sus pies levantando el polvo, y se podía saber, solo por el movimiento de sus pies, que las noticias eran buenas noticias. Isaías toma prestada esta imagen porque era el mismo tipo de tarea que tenían los mensajeros del Antiguo Testamento, que también acostumbraban llevar noticias así, e Isaías dice: «Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz».
Vine a ser cristiano en 1957 cuando un jugador universitario de fútbol americano, se sentó conmigo a la mesa y me explicó la identidad de Cristo, y esa noche cambió mi vida para siempre. Esa misma persona fue el amigo que estuvo a mi lado en mi boda. Estaré eternamente agradecido por el ministerio que esa persona tuvo en mi vida. Para mí, sus pies son hermosos. Se tomó el tiempo para contarme sobre Cristo. Ahora, entiendo teológicamente que Dios pudo haber usado a otra persona para llevarme a la fe salvadora. No necesitaba usar el testimonio de mi amigo, y sé que, en última instancia, debo mi salvación no a mi amigo sino a Dios porque la salvación es del Señor; y sin embargo, en un plano terrenal, en un plano horizontal, en esta arena de actividad humana, siento profundo afecto y profunda gratitud por aquellos que son usados por Dios como Sus instrumentos de evangelización. Qué privilegio es ser usados por Dios para llevar a otra persona a Cristo.
CORAM DEO
Si eres cristiano, hoy me gustaría pedirte que pienses en la persona o personas en tu vida que Dios usó para llevarte a Cristo o para ayudarte a crecer en tu fe. Piensa en ellos. Apunta sus nombres. Ora por ellos, y de verdad, puede que sea bueno que hoy te tomes un momento para escribirles una pequeña nota y decirles: «Gracias», porque muchas veces ni siquiera sabemos que Dios nos ha usado así en la vida de otras personas.
Como mi ministerio es público – salgo en la radio, hablo en público, escribo libros y todo ese tipo de cosas, recibo cientos y cientos de notas así, y a veces la gente se me acerca y dice: «Sé que escuchas mucho estos comentarios, y no quiero aburrirte pero…» les interrumpo y digo: «Mira, nunca me canso de oír eso». El ministerio puede tornarse muy desalentador. Tu pastor probablemente sea una de las personas más desanimadas y abatidas del mundo entero. Esas personas necesitan escuchar tus palabras de aliento. Así que permítanme pedirles que escriban notas de agradecimiento a aquellas personas que han sido usadas por Dios en sus vidas para abrir sus ojos a las riquezas de Cristo.






