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Transcripción
En nuestra última sesión sobre el estudio de la autoridad de las Escrituras, hice referencia a la histórica convención que tuvo lugar en 1978, donde un grupo de académicos internacionales se reunió en una cumbre para dar definición a la expresión clásica de la inerrancia de la Biblia. Unos años antes de ese evento, Ligonier, Ligonier Ministries, patrocinó una conferencia mucho más pequeña sobre el mismo tema en el oeste de Pensilvania, donde seis o siete estudiosos de todo el mundo se reunieron para abordar el mismo tema relacionado con la autoridad e inerrancia de las sagradas Escrituras.
Puedo asegurarles que no hubo colusión entre los académicos colaboradores, y los artículos que se leyeron en ese evento se convirtieron en el núcleo de un libro que fue publicado en inglés por Bethany Fellowship titulado La palabra inerrante de Dios y editado por el estudioso luterano John Warwick Montgomery. Pero lo que me fascinó de ese evento fue que esos académicos vinieron de todas partes de la nación y de Europa a ese evento para analizar el tema de la inerrancia de las Escrituras sin ninguna conversación previa. Todos los que asistieron a ese foro insistieron en que, en última instancia, el tema de la autoridad de la Biblia es un tema de la cristología.
Puede que te preguntes cómo es posible que eso sea así, pero el punto era, no tanto si en última instancia depositamos nuestra confianza en la Biblia, sino qué tipo de confianza tenemos en la veracidad y autoridad del propio Cristo? Hay una historia que me gusta contar, y quizá algunos de ustedes ya han oído en otras clases. Es un incidente revelador que me ocurrió hace unos años en Filadelfia. Hablaba precisamente sobre este tema de la autoridad de la Biblia en una gran iglesia del centro de Filadelfia. Y al final de ese evento, estaba encantado y me sorprendió ver a un amigo muy cercano de la universidad corriendo por el pasillo central para saludarme después del servicio. Y no había visto a este hombre en más de veinte años.
De hecho, cuando estábamos en la universidad, vivíamos en la misma pensión, y cada noche nos reuníamos durante una hora, media hora para estudiar las Escrituras y la segunda media hora para orar. Así que éramos muy cercanos, él iba un año por delante de mí en la escuela, se graduó antes que yo, y después de la universidad fui al seminario, pero después de la universidad él fue al campo misionero por un periodo de tres años. Después de concluir ese periodo de tres años, se fue a otro seminario, y yo simplemente fui a Europa y perdí su rastro y no le vi en todos esos años. Bueno, fue genial ver a mi amigo, dejé todo y dije que saliéramos a cenar para ponernos al día.
Bueno, ¿estás casado, tienes hijos, etc.? Fuimos al restaurante y cuando nos sentamos, él estaba un poco nervioso y dijo: «R.C.», dijo, «antes de hablar de cualquier cosa, hay algo que tengo que contarte». Pregunté: «¿Qué?». Y dijo: «Escuché tu charla esta noche en la que volviste a afirmar tu confianza en la infalibilidad de las Escrituras, y demás», y dijo: «solo quiero decirte que ya no creo en eso. Después de haber estado expuesto a otras religiones y culturas extranjeras y luego volver y asistir al Union Theological Seminary, en Nueva York, y sumergirme en estudios críticos escépticos de las Escrituras», dijo, «ya no me aferro a la postura anticuada de la inerrancia de las Escrituras».
Respondí: «Bueno, ¿hay algo en lo que todavía creas?». Y sonrió y dijo: «Oh, sí», dijo, «sigo creyendo que Jesús es mi Salvador y mi Señor». Y, por supuesto, me alegró mucho oírlo. Pero le dije: «Tú dices que Él es tu Señor; ¿cómo ejerce Él el señorío sobre tu vida?». Él dijo: «¿Qué quieres decir?». Le dije: «Bueno, un Señor es alguien que da órdenes. ¿Cómo manda o gobierna Cristo tu vida? Si no es por la Escritura, ¿dónde oyes las órdenes de marcha de tu Señor?». Y pensó un momento y dijo: «Bueno, yo escucho la Palabra de Dios, entiendo lo que quieres decir, lo oigo en la enseñanza de la iglesia». Y dije, «¿la iglesia? ¿Qué iglesia? ¿La Iglesia metodista, la Iglesia presbiteriana, la Iglesia episcopal?».
Él dijo: «Oh, no, la Iglesia presbiteriana». Le dije: «¿Qué iglesia presbiteriana, la de St. Louis, la de Boston, la de Pittsburgh?». Él dijo: «No, la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana». Dije: «¿En qué Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana? ¿La que votó sobre un tema en particular el año pasado y este año la revirtió por completo, sobre «la mente de Dios?». Y dijo: «Bueno, supongo que tengo un problema». Respondí: «Sí. Tienes un Señor que no tiene ningún vehículo a través del cual pueda expresar su señorío». Y dije: «Y, el siguiente tema es «¿cuál es la postura del Señor sobre las Escrituras?»».
Dije: «Si Jesús entrara en esta habitación esta noche y decimos: «Jesús, hemos estado expuestos a todo tipo de teorías críticas sobre los orígenes, el desarrollo y la confiabilidad de las Escrituras. Hemos estado en debates interminables sobre infalibilidad, inerrancia, inspiración y todo ese tipo de cosas. ¿Podrías decirnos, por favor, ¿es esta Biblia la Palabra de Dios? ¿Es inerrante o no lo es?»». Ahora, si Jesús entrara esta noche, damas y caballeros, y les dijera: «Amigos, la Biblia es un buen libro histórico, pero ciertamente no es inerrante, es solo una postura exagerada de la gente ortodoxa». Sin duda abandonaría la inerrancia en un instante, si Jesús entrara aquí y me dijera que no es así.
Pero supongamos que no estás seguro. O supongamos que consideraste que no era un documento inerrante en sus manuscritos originales. Por supuesto, nadie está abogando por la inerrancia de las traducciones. Espero que lo entendamos, me refiero más bien a las versiones originales. Y no estás seguro o lo dudas. Y Jesús entra en la sala y dice: «Miren, ese Libro está inspirado por Dios el Espíritu Santo. Es la Palabra de Mi Padre. Mi padre nunca se equivoca, es completamente infalible, totalmente inerrante». ¿Te convencerías? ¿Se resolvería el asunto para ti, si no tuvieras que simplemente escuchar a Sproul u otro teólogo, o una declaración conciliar de una institución, pero si Cristo mismo entrara aquí y dijera: «Ese Libro, la Biblia, es inerrante», ¿resolvería eso la disputa para ti? Para mí sí.
No puedo imaginar a nadie levantándose y diciendo: «Oh, claro, Jesús, aunque te reciba como Señor de mi vida y Señor de la Iglesia, debo discrepar en este punto, y tengo que corregirte. Has abrazado una postura anticuada y poco sofisticada de las Escrituras». ¿Te imaginas a alguien con la audacia de intentar corregir a Cristo en un asunto como éste? Bueno, amados, por extraño que parezca, eso es exactamente lo que ha pasado y sigue pasando en la iglesia del siglo XX. Y quiero tomar unos minutos para explicar esto, y se vuelve un poco complicado. Pero, el primer caso que queremos ver es: «¿podemos discernir, si es posible, cuál era la postura de Jesús sobre las Escrituras?». A fin de descubrir qué pensaba Jesús sobre la Biblia, ¿a dónde tenemos que ir para descubrirlo? Tenemos que ir a la Biblia, por supuesto.
Ahora, la Biblia dice que Jesús dice: «La Biblia es la Palabra de Dios». ¿Cuál es el problema ahí? Parece que aquí nos enfrentamos al dilema más brutal, el dilema del círculo vicioso. El problema del círculo vicioso, y vicioso de la manera más estrepitosa. Si la única forma en que conocemos sobre Jesús es a través de la Biblia, y la única forma en que sabemos lo que Jesús dijo sobre la Biblia es leyendo la Biblia, ¿cómo podría ser relevante para nosotros lo que Jesús dice en la Biblia sobre la Biblia? ¿Sientes el peso de ese problema? La gente diría que argumentar de esta manera sería argumentar en círculo. Nunca sales de ese círculo, o nunca sales del punto de partida.
Les sugiero que pensemos estas cosas con mucho cuidado. Para que la forma en que procedamos aquí no sea circular, sino lineal y progresiva. Lo primero con lo que queremos empezar es: «¿La Biblia nos da alguna razón para concluir que ella tiene valor histórico?». No creo que ningún académico serio nos argumente sobre ese punto. Ellos… pueden argumentar sobre el grado de validez histórica de las Escrituras, pero no conozco a ningún académico crítico que diga que es absolutamente inútil en cuanto a su contenido histórico.
Pasar a la siguiente etapa es un poco más engorroso. Yo diría: «Bueno, ¿tenemos alguna prueba de que la Biblia sea básicamente confiable en lo que enseña? No infalible, ni inerrante, ni inspirada, pero al igual que otros documentos humanos del pasado, ¿cómo se compara la Biblia?» Permítanme adelantarme un poco en esto, amigos, y simplemente decirles que no hay ningún libro del mundo antiguo, ninguna fuente literaria del mundo antiguo que haya sido sometida a un escrutinio y análisis científico tan riguroso como el Nuevo Testamento y el Antiguo Testamento han sido sometidos.
De hecho, no existe ninguna obra del mundo antiguo que se acerque siquiera a una milésima parte de una investigación cuidadosa como lo ha sido el Nuevo Testamento. Tenemos muchos escritos del mundo antiguo que han sobrevivido. Ya he mencionado a algunos de los historiadores antiguos, Tucídides, Tácito, Jenofonte, Heródoto, y otros, Suetonio y los demás. Y los esfuerzos por validar científicamente los informes históricos de los escritores antiguos no son una tarea fácil.
Por ejemplo, si Lucas nos dice que, «Un ángel se apareció a Zacarías en el templo de Jerusalén», ¿cómo la ciencia arqueológica va a verificar o refutar esa afirmación? A menos que desentierres alas de ángel petrificadas, sería bastante difícil mostrarlas de una forma u otra. Así no es como se desarrolla la verificación histórica en la ciencia. Sino más bien, a través de la ciencia, por ejemplo, de la arqueología, y reconstruimos la geografía, las costumbres, etc., de los pueblos y ciudades antiguas. Y ponemos a prueba ese conocimiento frente a lo que reportan otros historiadores a través de lo que se verifica indudablemente con el pico, la pala o la arqueología.
Por ejemplo, de forma sencilla, si Lucas dice que tal o cual era el gobernador de tal lugar en tal momento de la historia. Y a la semana siguiente excavamos documentos de ese pueblo que indican que la misma persona que Lucas nombró era en realidad el llamado gobernador en ese momento histórico; al menos hemos verificado de forma concluyente que Lucas tenía razón en ese pequeño detalle histórico. ¿Ves a lo que me refiero? Si, en lugar de eso, damos la vuelta a la pala y la pala dice que no era gobernador, sino un soldado, y que su nombre era otra cosa, entonces Lucas está en problemas como historiador. ¿Lo ven?
No existe ningún historiador del mundo antiguo que se acerque a la validación científica de la exactitud histórica, como por ejemplo el autor del Evangelio de Lucas. Damas y caballeros, las personas seculares y no religiosas han concluido que Lucas es el mejor historiador del mundo antiguo. Ahora, estoy insistiendo en ese punto por una razón. Creo que sería totalmente irresponsable decir, a la luz de las pruebas de la historia y de la ciencia, que como historia, el Nuevo Testamento es básicamente poco confiable.
Llevé este caso al Seminario de Pittsburgh cuando di una conferencia al profesorado y al alumnado hace varios años. Y dije: «El primer punto que quiero establecer es la confiabilidad básica de los documentos del Nuevo Testamento». De nuevo, si estuviera hablando a un público pagano, tendría que insistir más en este punto. Pero, en ese momento estaba hablando ante una audiencia de una iglesia, ante un seminario, y dije: «Si no aceptan esta premisa, que la Biblia es básicamente confiable, simplemente confiable, entonces no tienen justificación alguna para tener un seminario». Si van a decir eso, como gente que profesa ser cristiana que… que la fuente histórica primaria sobre la que se establece todo el cristianismo es básicamente poco confiable, cerremos esto. Vamos a casa.
El problema no era la confiabilidad básica, el problema era la inerrancia, la infalibilidad. Y dije: «Ahora supongamos, basándonos en este documento histórico generalmente confiable, que lo leemos… y podemos convencernos legítimamente de que hubo un hombre llamado Jesús, que hizo cosas extraordinarias, que tenía una sabiduría y una perspectiva extraordinarias, y que al menos era reconocido como profeta. No se necesita la infalibilidad de la Biblia ni la inerrancia de la Biblia para llegar a la conclusión de que Jesús fue un profeta». ¿Ven? Nos estamos moviendo por etapas. Luego somos convencidos o persuadidos. Y no tengo tiempo para darte pruebas de esto.
Pero si realmente nos convenciéramos de que Jesús era al menos un profeta, entonces nos interesaríamos en saber qué enseñó este profeta sobre las Escrituras. Porque, para ser profeta, hay que ser un poco más que generalmente confiable. En el Antiguo Testamento, si un profeta del Antiguo Testamento no era más que generalmente confiable en sus profecías, y algunas veces era poco confiable, lo hubieran apedreado hasta la muerte, porque sería un falso profeta si pronunciaba una profecía que no era cierta.
Ahora, ¿podemos aprender lo que enseñó Jesús, este Profeta, sobre las Escrituras? Vamos a ahorrar tiempo. Los críticos del Nuevo Testamento consideraban diferentes porciones de la Biblia y en cierto sentido las desarmaban con tijeras y cola, y decían: «Creemos que esto fue escrito después del segundo siglo y reinsertado en el texto, etc.». Y cuestionaban el origen histórico de ciertas partes de la Biblia. Una de las peculiaridades, damas y caballeros, es que incluso en el ámbito del escepticismo y la crítica, los segmentos del Nuevo Testamento que tienen el mayor nivel de validación histórica son aquellos que incluyen la enseñanza de Jesús sobre la Biblia.
Así que no hay ningún debate serio entre los estudiosos bíblicos sobre lo que Jesús de Nazaret enseñó y creyó sobre la Biblia. Está muy claro que Jesús de Nazaret aceptó, abrazó y enseñó la postura predominante de la Biblia que se sostenía entre los judíos. Es decir, que era la Palabra de Dios. Que fue inspirada por Dios. Que era infalible. Jesús resolvió sus disputas teológicas con sus contemporáneos apelando a una sola palabra de las Escrituras. Dijo que el hombre no vive solo de pan, sino de cada palabra que sale de la boca de Dios. Hizo este comentario sobre las Escrituras: dijo: «Oh, Dios, Tu Palabra es Verdad».
A algunas personas no les gusta el término inspiración verbal. Piensan que se reduce a demasiados detalles pequeños. Dicen: «Quizá en general existe la frase, pero no son las mismas palabras». Jesús dijo que ni la letra más pequeña ni una tilde de la ley pasará hasta que todo se cumpla. La postura de Jesús sobre la inspiración podría llamarse inspiración de la jota y la tilde. Hasta las comas, el punto, la raya de la t y el punto en la i. De nuevo, entre quienes debaten la doctrina de la inerrancia, no debaten que eso fue lo que Jesús enseñó.
Personas como Barth, como Brunner, Joachim Jeremias, C. H. Dodd, por nombrar algunos, escribieron en el siglo XX y afirmaron estar convencidos de que Jesús sostenía la postura de las Escrituras de que las Escrituras eran infalibles. Sin embargo, al mismo tiempo, estas personas llegaron a decir: «Pero Él estaba equivocado». Antes de que te sorprendas con eso, tienen una justificación teológica muy significativa para corregir a Jesús en este punto. Dicen: «Recuerda que Jesús tenía una naturaleza divina, y Jesús tenía una naturaleza humana. Y, siendo humano, el conocimiento de Jesús en su humanidad era limitado».
Escribí un ensayo, hace aproximadamente un año, para Tabletalk en el que planteaba la pregunta: «¿Sabía Jesús, cuando estaba en la cuna, que el mundo era redondo?». ¿Sabía el niño Jesús que el mundo era redondo? No creo que lo supiera. En su naturaleza divina sí, porque Él lo hizo. Sabía cómo era. Pero, en cuanto a su naturaleza humana, no lo sabía, porque, en el Nuevo Testamento los discípulos vienen a Jesús y le preguntan sobre los tiempos finales y cuándo volvería, y dijo: «El día y la hora nadie sabe, ni siquiera el Hijo». En esa declaración, Jesús, si me permiten decir esto, damas y caballeros, dijo a sus discípulos que había algo que Él no sabía.
Sé que algunos teólogos se han doblado y han hecho todo tipo de contorsiones y gimnasias para intentar explicar eso, diciendo que Jesús realmente lo sabía, pero que la respuesta era demasiado profunda o demasiado santa para poder comunicarla a otras personas. Pero la realidad es que Él dijo: «No lo sé». Estos teólogos reconocen lo que todo teólogo protestante debería reconocer: que, en cuanto a Su naturaleza humana, Jesús no era omnisciente. No lo sabía todo. La omnisciencia, el conocimiento de todo, amados, es un atributo de Dios. Es un atributo de la naturaleza divina. Así como Dios es espíritu, no tiene cuerpo, la naturaleza humana de Jesús tiene cuerpo.
La naturaleza divina no tiene cuerpo. La divina reside en el cuerpo humano. Pero se entiende que cuando Jesús tenía hambre, eso no era una manifestación de la naturaleza divina, porque Dios no tiene hambre. Eso era una manifestación de la naturaleza humana. Cuando Jesús dijo: «No lo sé», eso ciertamente no es una manifestación del conocimiento de la naturaleza divina, la naturaleza divina lo sabe todo. Pero la humana no. Por tanto, estos teólogos dicen: «Bueno, como no lo sabía todo, Jesús ciertamente podría haberse equivocado. ¿Cómo iba a saber que la postura judía predominante de las Escrituras era errónea?
¿Cómo se podría culpar a Jesús cuando dijo «Moisés escribió sobre mí» cuando Wellhausen ni siquiera había vivido aún, y Jesús no era consciente de que Moisés no escribió los primeros cinco libros de la Biblia, que fueron escritos por J, E, D y P?». ¿Ves? ¿Cómo se le puede reprochar que dijera: «Abraham se alegró de ver mi día»? Y Jesús, ¿cómo iba a saber que Abraham era un mito y ni siquiera vivió? No se le puede culpar a Jesús por eso. Sí, podemos. El punto clave, damas y caballeros, es que Jesús no tenía que ser omnisciente en su naturaleza humana para salvarnos de nuestros pecados. Pero, desde luego, tenía que ser sin pecado para poder ser nuestro Salvador. Y que alguien, quien sea, pretenda, proclame o declare que tiene más conocimiento y de lo que en realidad tiene, es un pecado.
Los estándares bíblicos sobre la responsabilidad del maestro son sombríos, ¿verdad? «No se hagan maestros muchos de ustedes, sabiendo que recibiremos un juicio más severo». El hacer que alguien se extravíe es considerado peor que si esa persona nunca hubiera nacido; mejor que se colgara al cuello una piedra de molino, — que extraviar a algunos de esos pequeños por el mal camino. Ahora, supongan que les digo… que entro y digo: «Esta noche quiero que escuchen mi conferencia porque, cuando R.C. Sproul habla, la verdad sucede». Y luego me descubren cometiendo un error. ¿Cuánta credibilidad tendría con ustedes?
¿Recuerdan que Jesús dijo: «No enseño nada por mi propia autoridad, sino solo lo que Dios me ha dado autorización para decir»? Y después viene y dice: «Yo soy la verdad». Si un maestro afirma enseñar solo lo que le dio el Padre y afirma ser la verdad encarnada, y luego enseña información errónea, entonces sus afirmaciones no serían ciertas, y eso sería un pecado. Y Jesús no calificaría para salvarse a sí mismo, y mucho menos a nosotros.
En el tema de la autoridad de Cristo. Es precisamente porque estamos convencidos y persuadidos de que Cristo es el Señor de la Iglesia, el Maestro por excelencia, la Autoridad Suprema y Cabeza de la Iglesia, por lo que luchamos y defendemos con tanta vehemencia la afirmación de que las Escrituras son la Palabra de Dios, ya que lo que está en juego aquí no es la reputación de Isaías o Jeremías, sino nada menos que la Autoridad, el Señorío y la condición de Salvador de Cristo.






