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Transcripción
Antes de continuar con en el estudio de la doctrina de la elección, permítanme iniciar haciendo un pequeño anuncio, ya que muchos aquí en el estudio de grabación me han preguntado al respecto. He escrito un libro para laicos sobre la doctrina de la elección titulado «Escogidos por Dios», que fue publicado por Ministerios Ligonier y se encuentra en casi todas las librerías cristianas. Me ha sorprendió mucho este libro por la siguiente razón: cuando lo escribí, pensaba que quizás estaba hablando con personas de la misma convicción, y que las únicas personas que lo leerían serían aquellas que ya están convencidas de la doctrina de la predestinación, porque verían valor en el libro para reforzar lo que ya creen y profundizar un poco más.
Pero lo que realmente sucedió me dejó completamente asombrado. He escuchado literalmente —y hablo literalmente ahora— de miles de personas que me han dicho que la lectura de ese libro les persuadió para cambiar de opinión sobre esta doctrina y que ahora abrazan la postura agustiniana histórica al respecto, y eso me ha complacido mucho. Lo que han dicho, y este es el comentario que he recibido de personas laicas, es que el libro les ha ayudado a comprender muchas de las preguntas difíciles que normalmente surgen con esta doctrina. Así que, les dejo esto de pasada.
Pero la última vez mencioné, mientras veíamos Romanos 9, que Pablo anticipa la mayor objeción que la gente plantea contra la doctrina de la elección, y es que ella arroja una sombra sobre el tema de la justicia de Dios. Hace que, en cierto sentido, Dios luzca injusto, y Pablo plantea esta pregunta en Romanos 9: «¿Que hay injusticia en Dios?», y él mismo responde a su pregunta diciendo: «¡De ningún modo!». Luego en Romanos 9:15 dice: «Porque Él dice a Moisés: «Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia, y tendré compasión del que Yo tenga compasión». «Así que…» – esta es la conclusión – «no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia».
Ahora, en los círculos en los que viajo y escucho hablar de discusiones sobre la doctrina de la predestinación o de la elección, a veces la jerga —el lenguaje, la nomenclatura— que oigo es que la doctrina agustiniana de la elección —fíjense que no la llamo la doctrina «calvinista» de la elección porque eso eriza los pelos de todos porque Calvino ha sido muy difamado; pero de nuevo, quiero que sepan que Calvino realmente no escribió mucho sobre esta doctrina y lo que sí escribió ya había sido escrito con mayor detalle por Lutero y antes por Agustín, y es más apropiado identificar esta posición histórica con Agustín que con Calvino.
Pero muy a menudo, en la nomenclatura de quienes discuten esta doctrina, se refieren a las doctrinas relacionadas con el concepto de elección como las «doctrinas de la gracia». Me gusta esa designación porque pone el acento donde debe estar, ya que el punto central de la doctrina bíblica de la elección es el concepto de la gracia de Dios; así que, empecemos por ahí.
¿A qué nos referimos cuando hablamos de gracia? La gracia se define de forma más sencilla por la frase «favor inmerecido». Es decir, cuando recibimos la gracia de Dios, recibimos una bendición, favor o beneficio de Su mano que no nos merecemos, que no nos hemos ganado, que no tenemos por mérito propio. Proviene gratuita y únicamente de la grandeza de Su misericordia hacia nosotros. Ahora, a esto es que Pablo dirige nuestro pensamiento cuando se plantea la pregunta: «¿Que hay injusticia en Dios?», y dice: «¡De ningún modo!».
Él recuerda inmediatamente a los cristianos romanos que iban a recibir esta carta, o esta epístola, de su mano de las cosas que Dios ya había revelado en el Antiguo Testamento a Moisés, cuando Dios dijo: «Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia, y tendré compasión del que Yo tenga compasión». Que lo primero que debemos entender sobre la gracia de Dios es que la gracia es soberana. La gracia es algo que Dios nunca está obligado a dar. Dios no le debe gracia a nadie.
Piénsenlo un momento. Si Dios nos debiera gracia, no sería gracia. Sería justicia. La justicia es algo que se debe como recompensa o castigo por ciertas formas de comportamiento. La gracia no es obligatoria, y Dios, en todo tiempo y lugar, se reserva el derecho a lo que llamo «clemencia ejecutiva cósmica». Es un privilegio ejecutivo que Él concede. Puede ser misericordioso con quien quiera, y puede retener su misericordia o su gracia a quien decida negar esa misericordia, por la razón que sea que lo incline a actuar así para llevar a cabo sus propósitos, no nuestra agenda.
Ahora, Pablo, al menos en la traducción al español que estoy leyendo, plantea esta pregunta, y la leeré de nuevo: «¿Que hay injusticia en Dios?». Y el hacer la pregunta ya es responderla. La respuesta es: «¡De ningún modo!». No hay injusticia en Dios. Pero permítanme jugar con esto, ajustarlo un poco y plantear la pregunta de forma algo distinta. ¿Hay no-justicia en Dios? La respuesta a esa pregunta es: «Sí». Existe la no-justicia, o más específicamente, la no-justicia en Dios. Ahora, fíjense que no he dicho «falta de rectitud» ni «injusticia». Dije «no-rectitud» o «no-justicia». No estoy haciendo jueguitos con esto, pero quiero tomarme un tiempo para explicar de qué hablo.
Voy a mi pizarra y voy a pedir a mis oyentes que están escuchando ahora que usen su imaginación visual y traten de imaginar a este hombre guapo haciendo – la gente aquí se ríe de eso – pero voy a la pizarra – que en realidad es una pizarra verde – y tengo mi trozo de tiza, y voy a dibujar un círculo como si fuera a dibujar una carita feliz, y voy a poner la siguiente palabra en ese círculo: «justicia», o si quieres, pondré entre paréntesis, dentro del círculo, «rectitud».
Este círculo en el que he puesto la palabra «justicia» o «rectitud» representa un concepto: el concepto de lo justo o de lo recto, por así decirlo. Si tenemos una categoría llamada «justicia» o «rectitud», entonces todo lo que no forme parte de este círculo, todo lo que quede fuera de este círculo, sería lo que llamamos «no-justicia» o «no-rectitud».
Hasta aquí todo claro, ¿cierto? Tenemos estas dos categorías: justicia y no-justicia, o rectitud y no-rectitud. Son dos categorías mutuamente excluyentes. Esos círculos no pueden solaparse ni interceptarse porque la no-justicia se refiere a todo lo que está fuera del círculo o de la categoría de justicia. ¿Me siguen hasta aquí?
Ahora voy a poner un segundo círculo en mi pizarra. Solo que esta vez voy a poner ese círculo en el exterior del perímetro del primer círculo para que el primer círculo quede dentro del segundo, ¿ok? Todo lo que está en el segundo círculo —el círculo exterior— sigue siendo no-justicia, o no-rectitud. Ahora voy a dibujar un poco más, y esto es todo lo que tendrán que hacer con su imaginación: voy a dibujar una línea vertical en la parte superior de los dos círculos que se divide por la mitad del círculo exterior – solo una línea corta que divide la mitad superior del círculo exterior. Espero que sea lo suficientemente descriptivo para que lo visualicen.
Luego, en la parte inferior, voy a dibujar otra línea vertical como esa para que mi círculo exterior esté dividido en dos semicírculos. Parece una media luna. Lo he hecho por la siguiente razón. Aunque este círculo exterior representa la categoría de no-justicia, existen diferentes tipos de no-justicia —dos tipos de no-justicia que son los más importantes para nuestra consideración. En la media luna a la derecha – es decir, la mitad de ese círculo exterior – voy a escribir la palabra «injusticia».
En la otra medialuna, a la izquierda, voy a escribir «misericordia» o «gracia». Si pueden visualizar este pequeño diagrama que he hecho… hablemos de este diagrama por un momento… El objetivo de esta imagen es explicar esta idea sencilla: que existen diferentes tipos de no-justicia y diferentes tipos de no-rectitud. La injusticia, o la falta de justicia o rectitud, son categorías del mal, y son absolutamente antitéticas a la rectitud o la justicia. Si Dios alguna vez hiciera algo injusto, o sin rectitud… si cometiera una injusticia contra alguien, dejaría de ser un Dios justo. Ya no sería bueno, ¿cierto?
El otro lado de mi segundo círculo tiene la categoría de «misericordia» o «gracia». ¿Hay algo malo en que un Dios santo y justo sea bondadoso y misericordioso? No sería malo que un Ser justo y recto concediera misericordia o gracia, porque la gracia y la misericordia son cosas buenas. No son cosas malas, mientras que la injusticia es mala. Ahora, voy a borrar esta imagen y voy a hacer otra imagen en la pizarra, y esta va a ser muy sencilla.
Voy a dibujar un montón de hombrecitos de palitos en mi pizarra y mostrar mi habilidad artística – o la falta de ella – donde tenemos un grupo de, digamos, siete u ocho hombrecitos de palitos en la pizarra, y estas figuras representan a un grupo de personas. Cuando hablamos de la doctrina de la elección, entendemos que algunas personas reciben la gracia de la elección y otras no. Así que voy a tomar mi trozo de tiza y dibujar un círculo alrededor de cuatro de estas personas del grupo, y luego voy a poner un círculo alrededor del resto.
Ahora, en el primer círculo están las personas que reciben gracia. El otro grupo recibe justicia de la mano de Dios. Es decir, los elegidos reciben la gracia de Dios, los no elegidos reciben la justicia de Dios. ¿Voy demasiado rápido? Los elegidos reciben la gracia o la misericordia. Los no elegidos reciben justicia. Hasta aquí, ¿alguien en mi dibujo ha sido víctima de la injusticia o de la falta de rectitud de Dios? Por supuesto que no, y esto es a lo que Pablo se refiere cuando pregunta: «¿Que hay injusticia en Dios?». Hace la pregunta porque la gracia de Dios no se da a todos por igual, y dado que Dios da un regalo de gracia a Jacob que no da a Esaú, esto parece injusto, y la protesta que se hace es algo como esto: si doy gracia a una persona, entonces debo dar gracia a todos los demás. ¿Cierto? ¿No es así como pensamos? Es la forma en que pensamos. Esa es la forma democrática.
Pero tomemos una analogía basada en presos que han sido condenados por asesinato en primer grado, y el gobernador del estado decide firmar una clemencia ejecutiva e indultar a uno de esos criminales. Ese criminal no merece ser indultado. Merece ser ejecutado. Ha escapado a la justicia y ha recibido misericordia. Supongamos ahora que el gobernador decide no indultar a los otros asesinos condenados, y son castigados. ¿Han sido castigados injustamente? Por supuesto que no. Recibieron justicia. La otra persona recibió gracia.
Y ahora les pregunto: Si el gobernador indulta a uno, ¿es necesario que tenga que perdonarlos a todos? Les preguntaría, ¿en base a qué ley si uno recibe misericordia todos deben recibir misericordia? Eso solo sería cierto si la justicia lo requiriera, pero aquí no estamos hablando de justicia. Estamos hablando de no-justicia. Estamos hablando de misericordia. Estamos hablando de gracia, y esto es lo que Pablo recuerda muy enfáticamente a los lectores de Romanos: Dios ya le había dicho esto a Moisés: «Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia, y tendré compasión del que Yo tenga compasión».
Este es uno de los conceptos más cruciales para entender sobre el cristianismo bíblico, y es uno que pocos realmente comprendemos porque, como he dicho antes, nunca he conocido a un cristiano que me diga que no cree en la soberanía de Dios. Todo cristiano dirá: «Sí, yo creo en la soberanía de Dios». Pero cuando empiezas a indagar y a preguntarles qué entienden por la soberanía de Dios, no pasan cinco minutos antes de que ya no quede mucha soberanía.
Lo que la gente quiere decir cuando afirma que cree en la soberanía de Dios, es que cree que Dios tiene autoridad sobre Su creación o que tiene poder sobre Su creación, y ciertamente esos son aspectos de la soberanía de Dios; pero tan pronto les preguntas sobre la soberanía de la gracia, la gente empieza a saltar del barco porque no quiere creer que Dios tiene la autoridad o el derecho a conceder Su misericordia y gracia como Él quiera, y eso es lo que está en juego en esta discusión.
Ahora, si Dios estuviera cometiendo una injusticia en todo esto, podría entender los lamentos y las protestas contra todo esto, y si Dios mirara a un mundo lleno de personas inocentes y decidiera salvar a algunos y condenar a otros, habría injusticia en Dios. Habría falta de rectitud en Dios. Pero solo una vez en toda la historia Dios ha castigado a un hombre inocente, y fue solo después de que ese inocente, voluntariamente, por el bien de los elegidos, asumiera la culpabilidad del pecado de Su pueblo, y una vez que el pecado – tu pecado, mi pecado – fue transferido a Jesús, Jesús, a los ojos de Dios, ya no es inocente. Es inocente en sí mismo, pero por imputación, ahora es la encarnación por excelencia del mal.
En cierto sentido, la concentración más obscena de maldad que jamás haya ocurrido en este planeta fue en la cruz, cuando Cristo asumió los pecados de millones de personas en Su propia persona y en Su espalda; y fue solo después de esa transferencia, a la que Él estaba dispuesto a someterse, que Dios le castigó. De modo que, en realidad, Dios nunca, jamás ha castigado a una persona inocente porque sería injusto y falta de rectitud que Dios lo hiciera. Dios no hace eso, así que cuando pensamos en este difícil tema de la elección y en cómo Dios escoge a unos, hay que entender que cuando Dios toma su decisión, y considera a quiénes salvará o no salvará, los considera como personas caídas.
La pregunta de Dios no es: «¿Rescataré a algunas personas inocentes y permitiré que otros inocentes perezcan?», sino que Su pregunta es, al igual que la pregunta del gobernador: «¿Mostraré gracia y misericordia hacia algunos culpables, y permitiré que el resto de la gente reciba mi justicia?». La belleza de esto es que en la elección soberana de Dios, tanto Su maravillosa gracia y misericordia son manifiestas, como también se manifiesta Su compromiso implacable con la justicia.
CORAM DEO
La gracia es un concepto fácil de definir como «favor inmerecido», pero llevar esa idea de nuestro cerebro a nuestro torrente sanguíneo es una de las tareas más difíciles de la vida cristiana, y lograr que se mantenga ahí, que se quede ahí, es más difícil aún.
Suelo decir a mis estudiantes en el seminario: en el momento en que empieces a pensar que Dios te debe misericordia, o que le debe misericordia a alguien, deja que resuene una campana en tu cerebro. Deja que suene una alarma, una advertencia que te diga: «Detente, ya no estás pensando en la misericordia», porque la misericordia que es requerida, no es misericordia. Si pensamos que Dios nos debe gracia, hemos dejado de pensar en la gracia. Estamos pensando en la justicia.
Y otra cosa que digo a mis estudiantes, como ya les he dicho a ustedes, es: «Nunca pidan justicia a Dios, porque pueden terminar obteniéndola». Porque lo peor que me podría pasar sería recibir toda la justicia de Dios de Su mano. La única forma en que puedo respirar en este mundo, y la única forma en que puedo siquiera tener esperanza de ir al cielo, es por Su gracia soberana.






