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Transcripción
Continuamos con el estudio de la controvertida doctrina de la elección o predestinación. En la última sesión, analizamos la cadena de oro de Pablo en el capítulo 8 de Romanos, en el que habla de esta secuencia en la que primero está el conocimiento previo, luego la predestinación, el llamado, la justificación y finalmente la glorificación – este orden de salvación que analizamos, y traté de señalar algunas de las dificultades inherentes que se encuentran en ese texto con quienes quieren argumentar que la predestinación implica el conocimiento previo de Dios sobre lo que lo haremos cuando tengamos la oportunidad de escuchar el Evangelio y de responder de una manera u otra, porque el tema fundamental en este debate es este: en última instancia, ¿cuál es el factor decisivo del que depende la salvación de una persona? ¿Es por la decisión humana, por la respuesta humana, que Dios conoce de antemano, o por la elección soberana de Dios por la cual Él trae soberanamente a las personas a la fe en Jesucristo? De eso se trata el debate.
Sé que tengo un amigo que enseña en el Seminario Reformado y que durante muchos, muchos años fue jefe del departamento de teología en el Seminario Gordon-Conwell – un hombre de Suiza, el gran teólogo bautista francés Roger Nicole; y el Dr. Nicole una vez me hizo un comentario. Dijo: «Sproul, todas las personas nacen… son pelagianas por naturaleza», refiriéndose a que todos creen por naturaleza que el hombre fundamentalmente no está esclavizado por el pecado como resultado de la caída de Adán y Eva, y que aún tienen la capacidad, dentro de sus propias naturalezas caídas, si es que son caídos, para hacer este movimiento decisivo, de inclinarse hacia la fe y tomar esa decisión por Cristo.
Casi todo el evangelismo contemporáneo presupone la capacidad moral de los pecadores para inclinar su propia alma y corazón hacia una respuesta positiva al evangelio. Y Nicole me dijo: «La regeneración, o la conversión, no elimina automáticamente ese tipo de pensamiento de nuestra mente». Y cuando me dijo eso, me sentí un poco avergonzado porque tuve que decir mea culpa, porque cuando vine a la fe, en mi experiencia cristiana, asumí que había sido yo quien lo había hecho.
Sabía que no podía ser redimido sin la gracia de Dios o sin la obra de Jesucristo, pero asumí que la razón por la que yo creí y mis amigos persistieron en incredulidad – siguieron en incredulidad – era porque yo había tomado la decisión correcta, y ellos la equivocada; y no sé por qué, pero pensé que lo decisivo estaba en mí, no en el plan de Dios. Y cuando leí por primera vez el Nuevo Testamento y todo este tema sobre la elección, la predestinación y la soberanía de Dios y todo eso, me quedé desconcertado y no me gustó la idea de la elección divina – que Dios elige a ciertas personas para ser objetos de Su misericordia eterna y que pasa por alto a otras.
Me pareció terriblemente injusto y deshumanizante, y me hice todas las preguntas que normalmente se hacen, como: «¿Qué implica esto para el libre albedrío?» y «¿Qué implica esto sobre el carácter de Dios? ¿Es Dios arbitrario? ¿Es caprichoso? ¿Es antojadizo?» y todo eso, y fundamentalmente, «¿Es justo?». Esas fueron las preguntas que planteaba, y de paso, si Dios quiere, son las preguntas que abordaremos antes de que termine esta serie; pero si alguien luchó con uñas y dientes contra esta doctrina de la elección, fui yo, durante cinco años y contra algunos profesores muy destacados.
En la universidad tuve un profesor con un doctorado en filosofía de la Universidad de Pensilvania, y con un máster en teología de un seminario reformado, y me enseñó la postura agustiniana de la predestinación durante cuatro años en la universidad, y me resistí durante los cuatro años y me gradué creyendo aún en la postura presciente y no en la agustiniana. Después fui al seminario, y allí me encontré cara a cara con el rey de los calvinistas – John Gerstner, probablemente el defensor más capaz de la postura agustiniana de ese entonces y de nuestro siglo. Y tuve la osadía de resistirme a Gerstner durante bastante tiempo, y luego dos cosas convergieron para aniquilarme.
Una fue exponerme a los escritos de Jonathan Edwards y su obra maestra, La libertad de la voluntad, un volumen muy importante sobre este tema. Fue realmente mientras estudiaba La libertad de la voluntad cuando cambié de opinión, pero no fue Edwards ni Gerstner por separado. Fueron los dos juntos, los que me obligaron a lidiar con el texto bíblico, especialmente, con el capítulo 9 de Romanos. Fue el capítulo 9 de Romanos, no el capítulo 8 de Romanos que vimos antes, el que simplemente no pude superar, y finalmente, con cierta renuencia, accedí a la doctrina, aunque no de buena gana.
Le dije: «Ok, si esto es lo que enseña la Biblia, está bien. Me lo tragaré, pero no tiene por qué gustarme». Pero luego, como mencioné antes, no pasó mucho tiempo hasta que empecé a ver la dulzura de la doctrina y a deleitarme con ella. Pero hay cierta justicia poética en esto, porque desde aquel entonces – llevo treinta años enseñando teología y enseñando esta doctrina durante tanto tiempo y tengo que toparme todos los días de mi vida con gente que se resiste vehementemente a lo que enseño y me dan los mismos argumentos que yo solía dar a aquellos hombres, los cuales dijeron que me lo merecía.
Me he ganado este dilema en el que me encuentro. Pero en realidad lo que estoy tratando de decir es que, si estás luchando con esto, en mí hallarás compasión, porque he luchado con esto durante muchísimo tiempo, y estoy seguro de que algunos de ustedes estarán convencidos de que no he luchado lo suficiente y que debería seguir resistiéndome a la doctrina que he adoptado. Pero tomemos un momento ahora para alejarnos de mi historia y experiencia personal, y ver este texto tan importante del Nuevo Testamento sobre este tema de la elección que encontramos en el capítulo 9 de Romanos.
Es interesante que Pablo comienza Romanos 9 haciendo un juramento, prestando juramento – algo muy serio para un apóstol. Sus lectores de seguro captarían el impacto de esto, que Pablo está poniendo en juego su integridad cuando hace este juramento, y de lo que trata el juramento es de sus sentimientos o actitudes hacia quienes no son salvos; y especialmente le preocupan aquellos de Israel del siglo primero que habían rechazado a Cristo. Y hace este juramento de que estaría dispuesto a perder su propia salvación, si eso significara la salvación de sus parientes según la carne – Israel.
No hay espacio para el triunfalismo ni un espíritu arrogante en el corazón, el alma o la mente de nadie que crea haber recibido la misericordia de Dios de manera gratuita. Si entendemos la doctrina de la elección, entendemos que de lo que estamos hablando aquí es que hemos sido los receptores de una gracia que es pura y absoluta. No hay nada en esa gracia que me mueva al orgullo. No puedo decir: «Mírame. Dios me ha escogido por algo que hice o por algo que sabía que iba a hacer». No tengo absolutamente ningún mérito que presentar ante Él, y por eso la doctrina de la elección, si se entiende en categorías bíblicas, debería ser el fin de toda arrogancia, y ciertamente fue así para el apóstol Pablo.
Pero tras su lamentación por el fracaso de sus parientes, según la carne, para llegar a la fe, dice en el versículo 3: «Porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne. Porque son israelitas, a quienes pertenece la adopción como hijos, y la gloria, los pactos, la promulgación de la ley, el culto y las promesas, de quienes son los patriarcas, y de quienes, según la carne, procede el Cristo, el cual está sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén». Este pasaje debería haber sido suficiente en la Palabra de Dios para silenciar todo antisemitismo en el corazón de cada cristiano que haya vivido, porque sea lo que sea, la salvación es de los judíos.
Es a través del pacto que Dios hizo con Israel que las promesas de nuestra redención han llegado a nosotros, y por eso despreciar a quienes han llevado el mensaje de redención a través de los siglos es totalmente incongruente, y ciertamente Pablo lo entendió. Pero luego sigue diciendo: «Pero no es que la palabra de Dios haya fallado. Porque no todos los descendientes de Israel son Israel; ni son todos hijos por ser descendientes de Abraham, sino que «por Isaac será llamada tu descendencia». Esto es, no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son considerados como descendientes. Porque la palabra de promesa es ésta: «Por este tiempo volveré, y Sara tendrá un hijo»».
Lo que está haciendo es recordar a sus amigos la historia de Israel. No todos los hijos de Abraham fueron escogidos por Dios para recibir la bendición. Ismael nació de Abraham. Ismael era hijo de Abraham, pero no recibió la bendición. Fue Isaac quien recibió la bendición de la redención, y podríamos incluso ir más atrás y mirar a Abraham mismo. ¿Alguna vez te has preguntado por qué Dios vino a Abraham cuando todavía era pagano, viviendo en un país pagano, practicando una religión pagana, y Dios, unilateral e invenciblemente, se reveló a Abraham, lo sacó de ese entorno y lo usó para crear una nueva semilla de redención?
¿Por qué no hizo eso por Hammurabi? ¿Por qué Cristo se apareció ante Saulo de Tarso, el enemigo declarado de la iglesia, que estaba respirando fuego con la misión de acabar con la comunidad cristiana? ¿Por qué Cristo se le apareció en gloria y lo transformó allí mismo, al instante, camino a Damasco? ¿Por qué Jesús no hizo eso con Poncio Pilato? ¿Por qué no hizo eso por Caifás? ¿Por qué no hizo eso por Ananías? Obviamente no lo hizo, ¿verdad? Lo que digo es que está claro por la historia de la redención que Abraham recibió una medida de gracia que otras personas no recibieron y que Pablo recibió una medida de gracia que otros no recibieron.
Pablo continúa ahora con otra afirmación, y llega a la parte más relevante: el versículo 10. «Y no solo esto, sino que también Rebeca concibió mellizos de uno, nuestro padre Isaac. Porque cuando aún los mellizos no habían nacido, y no habían hecho nada, ni bueno ni malo, para que el propósito de Dios conforme a Su elección permaneciera». Ahora, esa oración en griego está en modo subjuntivo y expresa propósito. Pablo está diciendo claramente aquí que algo ocurrió antes de que nacieran los niños, antes de que llegaran a hacer bien o mal.
¿Con qué propósito? «Para que el propósito de Dios conforme a Su elección permaneciera… se le dijo a Rebeca: «El mayor servirá al menor». Tal como está escrito: «A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí»». Y más adelante dice, en el versículo 17: «Porque la Escritura dice a Faraón: «Para esto mismo te he levantado, para demostrar Mi poder en ti, y para que Mi nombre sea proclamado por toda la tierra». Así que Dios tiene misericordia, del que quiere y al que quiere endurece».
Ahora, Pablo dice en otro lugar que esto se hace para indicar que no depende del que corre ni del que quiere, sino de Dios que tiene misericordia. Lo que la postura presciente quiere que creamos es que Dios miró hacia atrás a un tiempo anterior al nacimiento de Esaú y Jacob y… sabe lo que van a hacer y que, basándose en ese conocimiento de cómo se van a comportar, escoge a Jacob y no a Esaú. ¿Pueden ver cómo esa idea está en contra de la clara enseñanza del apóstol? Lo que el apóstol está elaborando aquí es que nuestra elección no se basa en lo que hacemos — ni en nuestro correr, ni en nuestro querer, ni en nuestra bondad, ni en nuestra maldad, sino que aun antes de nacer y sin ninguna relación con lo que hacemos o dejamos de hacer, Dios eligió a uno y no al otro, para que los propósitos de la elección de Dios permanecieran.
Es fascinante que Él no solo hace una distinción aquí entre dos personas diferentes, de dos culturas distintas, de dos tierras distintas y de dos religiones distintas, sino que está hablando de hijos del mismo padre, de la misma familia. De hecho, no son solo hijos, son gemelos, y como gemelos, son «compañeros de vientre», por así decirlo. Y Pablo utiliza esta ilustración para subrayar que esto se hizo para mostrar el propósito de la misericordia electiva de Dios y dejar absolutamente claro que nuestra elección no se basa en el que corre ni en el quiere, sino en la soberanía de Dios. Ese es el punto crítico que Pablo está haciendo aquí.
Ahora, algunas personas intentan sortear este texto diciendo: «Pablo no está hablando aquí de la elección de individuos. Habla de la elección de las naciones: de Jacob surge la nación de Israel, y de Esaú vienen los edomitas, o las naciones árabes que se han opuesto al cristianismo». La respuesta a eso es fácil y rápida. No existe ninguna nación que no esté formada por individuos, y el punto que Pablo está haciendo aquí es algo que él trata específicamente respecto a individuos: un individuo fue escogido y el otro no.
Jacob fue escogido, Esaú no lo fue, y ninguno fue escogido por algo previsto —real o potencial— que cualquiera de los dos hubiera hecho o iba a hacer jamás. Lo que el apóstol elabora aquí es que su elección se basa en los propósitos soberanos de Dios de manifestar Su gracia. Ahora, lo otro que pienso que es muy importante que veamos en este texto es algo que analizaremos con más detalle más adelante, pero por ahora, para terminar, es la respuesta que Pablo da inmediatamente.
Pablo anticipa la pregunta que surge cada vez que se enseña esta doctrina. La primera pregunta que tenemos es: «¿Cómo es justo que Dios elija a uno y no al otro, y no se basa en lo que hacemos?». Si se basara en lo que hacemos, entonces podríamos ver que es justo, ¿verdad? Pero Pablo se anticipa a esto cuando hace la siguiente declaración. «¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios?» ¿Y qué responde? ¿qué respuesta da a su pregunta? Algunas traducciones dicen: «»¡De ningún modo!» Otras traducciones dicen: «¡No lo permita Dios!»». La razón para ello es que la palabra que se usa aquí en griego es el término de negación más enfático posible en el idioma, y la respuesta que Pablo da a la pregunta: «¿Hay injusticia en Dios?» la respuesta es: «¡Absolutamente no!».
Ahora, permítanme preguntarles esto: sean honestos. ¿Quién ha planteado alguna vez esta objeción o protesta contra la postura presciente o la postura arminiana? Una de las razones… una de las cosas que confirma mi convicción de que entiendo lo que Pablo dice aquí es que él anticipa una objeción particular que nunca surgiría si enseñara la idea de que la elección de Dios se basa en lo que hacemos, porque si la elección de Dios se basara en lo que hacemos, nunca nadie levantaría una voz de protesta diciendo: «¡Eso no es justo!», si realmente se basara en lo que hacemos.
Tenemos una idea fundamental de justicia: las personas son juzgadas según su comportamiento, según sus acciones, según las respuestas, por mérito o por castigo, y por todo lo demás. Pero Pablo sabe que la gente va a tener dificultades con esto porque ven que lo que dice el apóstol es que, en el caso de Jacob y Esaú, su salvación fue planeada desde la fundación del mundo por Dios en Su soberana elección sin tomar en cuenta nada de lo que ninguno de los dos hubiera hecho.
Cada vez que miro el capítulo 9 de Romanos o enseño sobre este pasaje, inmediatamente hay personas que me responden diciendo – y quizá lo estás pensando tú también – «Bueno, ahora mismo no soy creyente, así que ¿por qué debería preocuparme por estas cosas? Porque si no soy elegido, no me voy a salvar; ¿por qué debería preocuparme por eso? Supongo que simplemente no gané la lotería, o perdí la decisión en la eternidad».
CORAM DEO
Me gustaría decir a aquellos de ustedes que ahora no tienen fe en Jesucristo que, si en este momento no tienen fe en Cristo, no hay ninguna razón para asumir que no han sido elegidos, porque toda persona que alguna vez ha venido a la fe en Cristo ha tenido un período en Su vida que precedió a ese momento de fe, y todos los elegidos que en algún momento llegaron a la fe fueron incrédulos, y muy bien puede que tú estés entre los elegidos y que aún no te hayas dado cuenta de tu elección.
Una de las cosas más importantes que plantea el Nuevo Testamento, o exhortación que se nos da, es que aseguremos nuestra elección y llamado; y si no sabes si estás entre los elegidos, no se me ocurre una pregunta más importante a la cual prestes atención hasta que conozcas la respuesta, que esa pregunta. Y he aquí una buena noticia: si estás luchando con esa pregunta, eso no es una prueba irrefutable de que eres elegido, pero es una buena señal porque a la mayoría de los no elegidos les importa muy poco – o nada – reconciliarse con Dios. Pero analizaremos estas preguntas difíciles más a fondo en nuestra próxima sesión.






