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Transcripción
Justo la otra noche venía de vuelta de unas clases, donde tuve que sentarme al otro lado del escritorio y ser un alumno obediente a la profesora que estaba frente a mí, y la razón de eso fue que me inscribí en un curso de lectura rápida. Lo que en sí necesitaba era un curso de escritura rápida, pero fue lo más cercano que encontré. La primera parte del curso fue, por supuesto, una evaluación. Tuvimos que hacer pruebas sobre la rapidez con la que podíamos leer, nuestros niveles de dominio del vocabulario y luego tuvimos que hacer una prueba de comprensión de lectura.
La profesora fue precisa en indicar que siguiéramos las instrucciones y que no abriéramos los libros hasta que ella diera la señal. Entonces, llegó el momento, ya había hecho todo bien hasta ese momento. Llegamos a la prueba de comprensión de lectura de media hora. Teníamos que leer varios párrafos de diferentes tipos de literatura, y luego estaba la hoja de preguntas y respuestas donde uno debía responder las preguntas para indicar qué tan bien había comprendido lo leído.
Así que leí el material que me dieron, después de que dijo: «Empiecen» y lo terminé; y sentado esperé a que nos dijera que pusiéramos nuestra atención a la hoja de respuestas, y esperé y esperé, y ella no dijo nada. Y pensé: «¡Guau! Debo estar leyendo muy rápido porque estoy muy por delante del resto de la clase». Miré al costado y vi que el hombre a mi lado escribía con furia en su hoja de respuestas, y finalmente le dije a la profesora: «¿Se supone que debemos responder las preguntas?». Y ella dijo: «Sí. Se suponía que lo harías directamente». Pregunté: «¿Cuánto tiempo queda?» Me dijo: «Un minuto», y yo estaba loco tratando de responder todas esas preguntas en un minuto por no escuchar bien las instrucciones.
¿Te ha pasado eso? ¿Alguna vez te has sentido frustrado porque la persona que tiene autoridad sobre ti, ya sea tu padre, un maestro, un líder o un jefe, no te estaba dando una idea clara de lo que se esperaba de ti? Esa es una de las cosas más frustrantes del mundo. A veces sientes, ya sabes, que eres culpable si lo haces y culpable si no lo haces, porque no sabes qué es lo que se espera de ti.
Ahora, cuando un cristiano comienza su peregrinar cristiano y su andar cristiano, esa es una pregunta de máxima preocupación. ¿Qué espera Dios de ti? Es decir, tú vienes y llegas al pie de la cruz. Eres como Isaías después que has sido limpiado de tu pecado. Dices: «Aquí estoy, envíame. ¿Qué quieres que haga, Señor?». Pero si eso no está claro, nos sentimos confundidos, desanimados, decepcionados, frustrados y, en muchos casos, paralizados. Bueno, eso es lo que queremos ver en esta sesión. ¿Qué es lo que Dios quiere que hagas? ¿Qué espera Dios de nosotros como cristianos? Comencemos con una oración antes de entrar en el cuerpo de la clase en sí.
Oremos. De nuevo, Padre nuestro, elevamos nuestros ojos y nuestros corazones a Ti, buscando dirección para poder emprender el camino que es agradable a Ti y ante Ti. Te pedimos que nos instruyas claramente en cuanto a qué es lo que quieres de nosotros. Porque lo pedimos en el nombre de Jesús, amén.
Ya vimos cuál era la meta general de la creación, que el hombre fue creado a imagen de Dios, y que fue creado en el sexto día, anticipando el séptimo día, y todo esto nos indica que estamos llamados a reflejar y manifestar la santidad de Dios. Hicimos referencia también a una afirmación catequética, la pregunta: «¿Cuál es el fin principal del hombre?» «Glorificar a Dios». Ahora, todos podemos repetir esas cosas, pero ¿qué significa concreta, práctica y verdaderamente en este mundo glorificar a Dios? ¿Qué significa reflejar la santidad de Dios?
Una de las definiciones más concretas -de hecho, puede llegar a ser tan concreta que puede confundirnos- una de las definiciones que nos llegó por Martín Lutero fue que todo cristiano está llamado a ser «Cristo» para su prójimo. Ahora, yo digo que es tan concreto y tan gráfico que en realidad puede confundirnos. Podemos tener visiones de grandeza en las que pensamos que en realidad somos el Mesías, y que estoy llamado a redimir a mi vecino de al lado.
Tú dices: «Un momento, R.C., ¿por qué perder energías incluso en el poco tiempo que tenemos para dar una advertencia para que alguien no caiga en ese tipo de auto-engrandecimiento insano donde realmente pensaríamos que tenemos una tarea redentora para nuestro prójimo, como si pudiéramos morir en la cruz por sus pecados?». Te diré por qué me tomo el tiempo de decirlo.
Sabemos por los psicólogos seculares que hay un síndrome que puede desincronizarse en el desarrollo de la personalidad humana que puede ser muy, muy destructivo para la persona y para todos los que esa persona está en contacto, donde una persona queda atrapada en la imagen del «salvador».
¿Alguna vez has conocido a personas que nunca se relacionarán contigo como par? Solo pueden relacionarse contigo si te están rescatando porque eso les da una especie de sensación de superioridad, porque eres la víctima indefensa. Ellos los héroes. Vienen a salvarte de cualquier angustia en la que te encuentres, y esa es una tentación muy real para los cristianos, y particularmente para los ministros cristianos, porque hay un sentido muy real en el que la gente nos busca para ser rescatados.
De nuevo, hay formas en las que se nos pide que rescatemos a las personas, pero no debemos vernos a nosotros mismos como los salvadores divinamente designados. Pero lo que Lutero está diciendo es esto: que ser Cristo para tu prójimo significa que nuestras vidas deben ajustarse a la voluntad de Dios de tal manera que las personas realmente puedan mirarnos, y así como vieron la gloria reflejada en el rostro de Moisés, así puedan ver la santidad reflejada de Cristo en tu vida.
Sabes, una de las raíces de la ira es la decepción, y una de las razones por las que el mundo está tan enojado con nosotros es porque a pesar de que no tienen una pasión por la santidad -obviamente, en su caída-, e incluso en el hombre caído queda esta chispa, este residuo de fascinación y un deseo distorsionado; sí, pero todavía tienen un sentido en el que pueden apreciar desde la distancia -sin duda, no quieren ser abrumados por ello-, pero sí tienen un aprecio lejano por la santidad.
Hay un sentido muy real en el que el pagano quiere que caigas, y el pagano no puede soportar que seas demasiado justo o demasiado santo porque eso lo hace sentir incómodo. Pero hay otro sentido en el que la gente todavía anhela ideales y normas, y cuando profesas a Cristo, ciertas expectativas de personas fuera de la iglesia son colocadas ante ti, y no podrás vivir a la altura de ellas. Y eso decepciona a la gente, y de esa decepción surge la ira. Y el mismo Pablo nos advirtió. Él dice: «Los gentiles blasfeman a causa de nosotros», porque nosotros, que llevamos el nombre de Cristo, tergiversamos el carácter de Cristo muy a menudo.
Cuando estamos llamados a mostrar a la gente cómo debe ser la justicia, y cometemos injusticia; cuando estamos llamados a mostrar a la gente cómo se supone que debe ser la misericordia, y somos despiadados; cuando somos llamados a mostrar cómo luce la justicia, la consideración y la sensibilidad, y nos convertimos en chismosos y calumniadores de otras personas. Eso, en cierto sentido, le dice al mundo: «No hay esperanza para la humanidad si los cristianos no pueden vivir la vida cristiana».
Es un problema difícil ser Cristo para tu prójimo, pero eso es exactamente lo que estamos llamados a hacer. Y Pablo, por un lado, se llama a sí mismo el primero de los pecadores y expresa apasionadamente su lamento por no haber crecido al grado que quería: «No hago el bien que deseo», ya sabes, «sino el mal que no quiero, eso practico. ¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?», exclama lamentándose.
Sin embargo, al mismo tiempo dice a sus lectores: «Sed imitadores de mí como yo lo soy de Cristo». ¿No es a eso a lo que se refería Tomás de Kempis con su obra clásica sobre la imitación de Cristo? Estamos llamados a imitar a Cristo. Bien, ¿de qué manera? ¿Cómo glorificamos a Dios? La gloria de Dios, no tenemos mucho tiempo para hacer una larga exposición de ella, pero el término «gloria», cuando se usa para Dios, tiene que ver con el ser interior de Dios mismo.
Hay un sentido en el que el ser interior de Dios es siempre y para siempre invisible para nosotros. Solo cuando en ocasiones especiales se manifiesta externamente a través de cosas tangibles, visibles y perceptibles, obtenemos alguna comprensión de este peso interno y del significado y la dignidad de Dios, como en esos eventos especiales de la Biblia donde Dios se manifiesta a través de la teofanía, a través de alguna señal externa, a través de la zarza ardiente de Moisés, a través de la columna de fuego o la columna de nube a los hijos de Israel o cuando Jesús nace y los ángeles aparecen en las llanuras fuera de Belén, la gloria de Dios brilla a su alrededor.
Esa es la Shekiná, la dimensión visible, externa y manifiesta de la gloria de Dios. Pero principalmente la gloria tiene que ver con quién es Dios dentro de sí mismo. Permítanme, si puedo, ponerme abstracto con ustedes por un segundo (aunque quizá sea más de un segundo), y eso es esto: que la gloria de Dios se refiere, se refiere a quién es Dios, no a lo que Él hace; y eso también podría decirse de la santidad de Dios: que se refiere al ser de Dios más que a la actividad de Dios, principalmente.
Cuando la Biblia habla de las acciones de Dios, de lo que Dios hace para mostrar Su gloria, para mostrar lo que Él es, el término normal que se usa es «justicia». Por lo tanto, si un cristiano está llamado a reflejar y a manifestar la gloria de Dios y la santidad de Dios, hay un sentido en el que la única manera en que podemos hacerlo es precisamente haciendo eso, por algo que hacemos, por actividad.
Ahora, miren esto (y lo exploraremos con más detalle más adelante): tenemos que estar en cierto lugar antes de que podamos hacer cierta cosa, ¿no es así? Tenemos que estar en Cristo y Cristo en nosotros antes de que podamos manifestar a Cristo al mundo exterior. Pero en los términos más prácticos y simples que se me ocurren, el objetivo principal de la vida cristiana, la forma principal en que cumplimos nuestro destino de glorificar a Dios, de ser la imagen de Dios, es a través de la práctica de la justicia.
Ha sido una preocupación mía que en esa misma comunidad donde se concentran los medios de gracia, donde el Espíritu de Dios está presente, donde las personas cristianas están juntas para aliento, apoyo mutuo y compañerismo, el centro mismo de la comunidad evangélica es de lo que estoy hablando, las personas que adoran a Dios, que toman muy en serio su obediencia a Dios, en esa misma comunidad, en el núcleo mismo del cuerpo de Cristo, no oímos casi nada acerca de la justicia.
Piénsalo: ¿cuándo fue la última vez que escuchaste un sermón sobre la justicia? ¿Cuándo fue la última vez que alguien, un joven cristiano, se acercó a ti y te dijo: «Enséñame cómo ser justo? Ni siquiera nos gusta la palabra. La nomenclatura en el mundo evangélico es «espiritualidad», «piedad» o «moralidad». Ahora, ciertamente no debemos ser impíos, y no estamos llamados a ser inmorales, y ciertamente no debemos ser antiespirituales, y la Biblia habla de estar orientados hacia lo espiritual y todo eso.
Pero déjame decirte algo que puede sorprenderte. La meta de la vida cristiana no es la espiritualidad, y la meta de la vida cristiana no es la piedad, y la meta de la vida cristiana no es la moralidad. La meta de la vida cristiana es la justicia. Buscamos esfuerzos espirituales y poder espiritual y dones espirituales y disciplinas espirituales, no para que podamos ser espirituales, sino ¿para qué? ¡Para que podamos ser justos! La espiritualidad es un medio para el fin de la justicia. La moralidad puede ser practicada sin una visión de la gloria de Dios, y la piedad puede ser practicada solo en términos de observancia externa y religiosa.
¿De qué sirve si un hombre dice sus oraciones todas las mañanas y todas las noches y lee quince capítulos de la Biblia todos los días, va a la iglesia todos los domingos, pone su diez por ciento en el plato? ¿De qué le sirve a ese hombre si hace todas esas cosas pero nunca practica la justicia? Ahora, por favor, no me malinterpreten. No pretendo menospreciar o denigrar de ninguna manera la importancia y el valor de esas disciplinas espirituales. Están ahí para nuestra edificación, y no puedo imaginar que alguien sea justo sin ellos, pero podemos confundir los medios y el fin.
Parte de la razón por la que no nos gusta la palabra «justicia» es por varias razones. En primer lugar, porque está estrechamente relacionada con la idea de la justicia propia, de la arrogancia, y nosotros, que somos protestantes, abrazamos la justificación por la fe sola. Sabemos que nunca podemos descansar en la fuerza de nuestro propio mérito para entrar en el reino de Dios, que es solo por la justicia de Cristo que podemos estar delante de Dios.
Si Dios tuviera en cuenta las iniquidades contra nosotros, pereceríamos en un momento. Todos sabemos eso, y por eso tenemos una tendencia a mantenernos alejados de ese concepto de justicia porque nuestra justicia está en Cristo. Nuestra justificación se encuentra en Su mérito y solo en Su mérito; Por lo tanto, no hablemos de justicia. Pero ese justo Salvador, cuya justicia te redime, es el mismo que te llama como Su prioridad número uno en Su reino, a la justicia.
Sí, eres justificado por la fe sola, pero no por una fe que está sola, por una fe que si es una fe verdadera, si es una fe duradera, si es una fe vital, eso es lo que Lutero llamó una «fides viva», una fe que está viva, producirá los frutos de justicia. Esas acciones justas nunca te salvarán, no te redimirán, entonces no te agregarán ni una onza de mérito, pero deben estar allí si vamos a obedecer a Cristo. Cristo dice: «Si me aman», ¿qué? «Guarda mis mandamientos», y eso tiene que ver con vivir en rectitud.
Ahora, echemos un vistazo a una declaración que Jesús hizo que es aterradora para mí, y no entiendo por qué es que tantos cristianos pueden escuchar esta declaración o leerla y simplemente no conmoverse por ella, como que patinan ligeramente sobre ella, y no se preocupan por ella. Jesús hizo esta declaración. Jesús de Nazaret la hizo. No fue Karl Barth, ni Juan Calvino, ni Lutero, fue Jesús. «Si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y de los fariseos, no entrarán en el reino de Dios».
Dices: «Claro que he oído eso, pero ¿por qué debería asustarme? Puedo arreglármelas por dos motivos. En primer lugar, creo en la justificación por la fe sola. Estoy justificado por la justicia de Jesús. Esa justicia supera con creces toda la justicia combinada de los escribas y fariseos, yo poseo una justicia mayor que la de los escribas y fariseos. Entonces, ¿por qué debería temer?». Ey, oye, porque Jesús no estaba hablando de la justificación por la fe en ese pasaje. Él requiere justicia verdadera, de nuevo, no como la base meritoria para tu salvación, sino como la evidencia segura y presente y el fruto de tu justificación.
Dices: «Un momento. Eso no es realmente la razón por la que no me alarmé por eso. La razón por la que ese versículo nunca me asustó es porque es fácil. Es pan comido exceder la justicia de los fariseos y los escribas. Eran las personas más corruptas que jamás hayan existido. Jesús, manso y apacible, tierno, sensible, amoroso, gentil y paciente con la mujer que había tenido cinco maridos, y con el que vivía ahora no era su marido; ya sabes, quién se acerca con ternura y caridad a una mujer sorprendida en adulterio.
Jesús, que promete a un ladrón en la cruz un lugar con Él en el paraíso; Jesús, el que tuvo tanta paciencia para tratar con los pecadores. ¿Alguna vez explotó? ¿En qué momento fue que se indignó? ¿Cuándo fue que se tornó áspero y estridente en su lenguaje? Cuando se dirigió a los escribas y fariseos. «¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas, serpientes, camada de víboras!» ¡Vaya, qué lenguaje usó Jesús para reprender a esos tipos! ¡Habían reservado la ira de Cristo sobre ellos!
Tenemos en nuestras mentes que el grupo de personas más corrupto en los días bíblicos fueron los escribas y los fariseos. ¿Por qué a los fariseos se les llamaba «fariseos»? A los escribas, o a los fariseos, se les llamó fariseos porque durante el período de la historia judía, cuando la nación comenzó a moverse hacia el secularismo -lo cual hizo- y había olvidado los pactos de los padres, y comenzó a jugar libremente con la ley del pueblo, surgió un grupo conservador de hombres que se dedicaron y entregaron a obedecer a Dios; y se apartaron de la cultura secular y tomaron sobre sí el nombre de «los apartados» o «los fariseos», quienes estaban entrenados, disciplinados y capacitados en una tarea singular, es decir, la búsqueda de la justicia.
La búsqueda de la justicia era la tarea principal de los fariseos. Esa era su pasión. ¿Cuántas personas conoces cuya principal prioridad en sus vidas es la búsqueda de la justicia? Los fariseos lo eran, y tú dices: «Sí, pero nunca lo lograron». No, no lo hicieron. Se quedaron cortos, pero déjenme decirles una cosa: cuando Jesús los reprendió, en muchos casos fue un reproche de doble filo que llevaba un complemento con la crítica. «¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Diezman su menta y su comino, pero omiten los asuntos más importantes de la ley: la justicia y la misericordia».
Ahora, el cuatro por ciento de los miembros de la iglesia en los Estados Unidos hoy en día diezman. Es decir, tú crees que Jesús, lo que Jesús le está diciendo a la iglesia hoy es: «¡Bueno, cristianos! ¡Ay de ustedes, finalmente… o bienaventurados! Finalmente lo entendieron bien. Todos ustedes están apasionadamente preocupados por la justicia y la misericordia. Son un poco negligentes en cuanto al diezmo. Ya saben, se están especializando en lo grande y no tanto en lo pequeño. Están fallando en los pequeños puntos, pero ciertamente le das en el blanco con las cosas grandes».
Yo no creo que eso sería lo que Él diría. Lo que Él le diría a la iglesia hoy es: «¡Ay de ustedes! No diezman su menta y su comino, ni prestan atención a los asuntos más importantes de la ley». Al menos los fariseos podían resistir el escrutinio de Jesús en los asuntos menores de la ley. O en otra ocasión Él dijo: «Ustedes, escribas y fariseos, escudriñan las Escrituras. Estas cosas deberían haber hecho, pero más». Dame un grupo, una muestra representativa de cristianos evangélicos que han sido cristianos durante diez años, al menos el veinte por ciento de ellos nunca ha leído toda la Biblia, nunca. No hay pasión por conocer la Palabra de Dios, no hay búsqueda de las Escrituras.
Los fariseos al menos estudiaban las Escrituras. Los fariseos al menos oraban. Sus oraciones eran una muestra ostentosa de piedad y todo eso, pero al menos lo hicieron. ¡Nosotros ni siquiera eso! Y Jesús dijo: «Si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y de los fariseos, no entrarán en el reino de Dios». La búsqueda de la justicia es la tarea principal del cristiano. Quiero ser un hombre justo, y lo que eso significa es hacer lo que es correcto; y esa justicia se define en última instancia por el carácter de Dios mismo, y ese es el carácter que se supone que debo emular.
Pero secundariamente, ese carácter de Dios está definido para nosotros por los mandamientos de Dios, y la justicia significa obediencia a los mandamientos de Dios, hacer lo que Dios nos dice que hagamos. Y como los fariseos, sustituimos las tradiciones de los hombres por las prioridades de Cristo. Hay un sentido en el que necesitamos leer la Biblia con ojos vírgenes y escuchar la Palabra de Dios con oídos vírgenes, no sea que continuemos con la sustitución de valores que se arrastran desde la cultura en la que vivimos, para sacarnos del foco de lo que realmente le preocupa a Cristo. ¿Cuáles son Sus prioridades? De nuevo, cuando Jesús nos da el resumen, dijo: «Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia». Todo lo demás es el glaseado del pastel. Todo lo demás será añadido.
La palabra para primero es «protos», y significa «primero en orden de prioridad», no solo en orden de temporalidad. Es una prioridad en importancia, no una prioridad en cuanto a tiempo. Lo número uno es la búsqueda del reino de Dios y su justicia. Eso es lo que estamos llamados a hacer. Esta es la voluntad de Dios. Si alguien se acerca a ti y te dice: «¿Cuál es la voluntad de Dios para mi vida?» Le digo: «No sé si Dios quiere que seas médico, abogado, comandante en jefe, pero puedo decirte esto dogmáticamente, sin dudarlo: esta es la voluntad de Dios para ti, tu santificación».
En nuestra próxima sesión vamos a ver… ustedes saben que todo esto ha sido una introducción preparatoria. En la próxima sesión vamos a considerar, en realidad, el primer paso que se tiene que dar si vamos a avanzar en esa búsqueda de cumplir el destino para el cual fuimos creados, y para el cual Cristo nos llamó a imitarlo.







