Renovando Tu Mente | Interpretando las parábolas
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Transcripción

Una de mis parábolas favoritas de todos los tiempos, en el Nuevo Testamento, es la parábola de Jesús, usualmente conocida como la Parábola del Hijo Pródigo.

A veces se le llama solamente la “Parábola del Hijo Perdido”. Y su ubicación, donde se encuentra en el Evangelio de Lucas, plantea algunas preguntas interesantes, inicialmente acerca de cómo los escritores de los Evangelios reúnen su material, en primer lugar.

Porque si te fijaste, cuando estás leyendo a través de los evangelios, cuando tienes relatos paralelos de las enseñanzas que Jesús da, a veces esa enseñanza podría tomar lugar en una ubicación geográfica en uno de los Evangelios y estará en otro lugar en la cronología de otro Evangelio.

Y algunos críticos se extrañan por esto y dicen: «Bueno, es obvio que no podemos confiar en la Biblia porque tiene a Jesús enseñando el mismo principio en dos lugares distintos».

Bueno, en la primera parte, cuando los evangelios sinópticos fueron escritos, fueron escritos por escritores bíblicos que no estaban siguiendo las reglas comunes de cronología establecidas por las sociedades históricas del siglo XX. No es que no estuvieran interesados en la verdad de la historia, lo estaban. Pero a veces ellos acomodaban el material de la enseñanza de Jesús por temas, en vez de cronológicamente.

Y los distintos escritores de los Evangelios tenían diversas razones para hacerlo de esa manera. Otro punto que debe ser tomado en cuenta, ¿alguien conoce algún predicador o un profesor que nunca repite un tema?

Tengo que confesarles que yo he dado el mismo sermón en más de una ocasión, en más de un lugar. Y si están familiarizado con los escritos de estudiosos contemporáneos, las personas que han escrito muchos, muchos libros, podrán notar que con frecuencia van al mismo material crítico en varios lugares distintos; entonces eso no debería ser un problema que nos perturbe.

Pero como he dicho, mi parábola favorita es la Parábola del Hijo Pródigo. Creo que se debe a que me puedo identificar con el Hijo Pródigo. Pero antes que la veamos, quiero que entendamos el contexto en el que Lucas nos da la parábola, que se encuentra en el capítulo 15 de su Evangelio.

Lucas presenta esta parábola de la siguiente manera. «Todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle; y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este recibe a los pecadores y come con ellos».  Es un escenario perfecto para esta parábola porque los pecadores, los marginados, el «Am ha’aretz», los pueblos de la tierra se habían reunido y acudían para oír a Jesús. Estaban pendientes de cada una de sus palabras, ellos conformaban esta multitud que lo seguía de pueblo en pueblo y lo oían con gusto.

Pero los profesores, los teólogos, el clero establecido en los días de Jesús, todas estas personas fueron gravemente amenazadas por la excelencia y majestad de Cristo y estaban constantemente desahogando su ira y desprecio por Cristo.

Así que este es uno de esos encuentros, uno de esos enfrentamientos. Recuerden, yo dije que una de las ocasiones para el marco de esta parábola es una de conflicto y tensión.

Y así, al mismo tiempo, los pecadores están pendientes de cada palabra que procede de los labios de Jesús, los escribas y los fariseos están murmurando y quejándose, ‘¿Quién es este hombre que se asocia con los pecadores?’

Entonces, en vez de decir, ‘Colegas, ¿podemos hablar? Me gustaría explicarles mi misión y mi agenda, estoy tratando de llegar a estas personas, estoy tratando de ministrarlas con el evangelio’. Jesús no hace eso. En lugar de eso, da una serie de parábolas.

Así que, leemos: «Entonces El les refirió esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y una de ellas se pierde, no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la que está perdida hasta que la halla?  Al encontrarla, la pone sobre sus hombros, gozoso; y cuando llega a su casa, reúne a los amigos y a los vecinos, diciéndoles:

‘Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido.’  Os digo que de la misma manera, habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento».

Existe un gran himno, basado en esta breve parábola, llamado «Noventa y nueve ovejas son». Ustedes conocen el himno: “Noventa y nueve son las que en el prado están. Mas una sola sin pastor por la montaña va. Del buen redil se apartó y vaga en triste soledad». Y cuenta la historia de la búsqueda de Dios, quien fue a buscar la que se había perdido.

Una vez escuché a mi amigo, John Guest, exponiendo en una cruzada evangelística, hablar acerca del cambio en la mentalidad de la Iglesia de hoy con respecto a épocas anteriores cuando la Iglesia entendía su misión de unirse con Cristo para buscar y salvar a lo perdidos. Y eso es importante.  Jesús no dijo, ‘Yo solo vine a salvar a los perdidos’, sino, ‘Vine a buscarlos’.

No se limitó a colgar un letrero afuera de su iglesia que decía: ‘Bienvenido todo el mundo, vengan y escuchen mi predicación’, sino que salió a las carreteras y caminos y buscó a las personas que estaban necesitadas y Él les ministró.

Eso era característico del método de operación de Jesús. Bueno, John Guest, cuando estaba hablando acerca de esto, dijo que hemos reemplazado el himno, «Las noventa y nueve», con un canto diferente porque en realidad ya no creemos en el evangelismo, puesto que no creemos que alguien está perdido.

E incluso si creemos que están perdidos, pensamos que es políticamente incorrecto ir tras ellos y buscarlos, salir a buscarlos.

Y él decía que el tema musical de hoy en día no viene de las páginas de la Escritura, sino de Jarabe de Palo, porque ahora el himno de la iglesia es, «Libre, libre como el aire, déjame vivir libre, pero a mi manera…».

Yo creo que nunca podré olvidar la importancia de lo que John dijo, que olvidamos que nuestro Señor estaba profundamente interesado en salir y encontrar a los perdidos.

Ahora, Él continúa con esta breve serie de parábolas, todas con el mismo motivo de qué es lo que hacemos para encontrar lo que es valioso cuando se pierde, cuando el pastor pierde una de sus ovejas.

Eso no es solo un problema para las ovejas, es un problema para el pastor. Una oveja es valiosa para el pastor y por eso va y la busca.  Luego Él cuenta la historia, “¿O qué mujer, si tiene diez monedas de plata y pierde una moneda, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado hasta hallarla?

Cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas, diciendo: ‘Alegraos conmigo porque he hallado la moneda que había perdido’. De la misma manera, os digo, hay gozo en la presencia de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente”.

Ahora, no creo que Jesús esté burlándose de las mujeres, pero él prepara el escenario, el contexto de esta parábola, diciendo: «¿Qué mujer, qué mujer hay que si tiene diez monedas y pierde una de ellas no enciende la lámpara y busca diligentemente hasta encontrarla?»

Bueno, tal vez hay mujeres que no lo harían, pero no estoy casado con una así. Estoy casado con una que es la mujer más organizada de todo el mundo.

De hecho, nuestro apodo cariñoso para Vesta es “Señorita Pulcritud”. Algunas personas son organizadas, otras son pulcras, exigentes, algunas personas son fastidiosas, pero mi esposa es meticulosa.

Hay un lugar para todo y todo va en su lugar. Solo hay un problema; ella guarda las cosas tan bien que siempre es el mismo cuento en mi casa cuando ella olvida dónde puso algo, así que se encienden las luces y empieza la búsqueda.

Y cada vez que esto sucede pienso en esta parábola, mi mujer demuestra la verdad de las enseñanzas de Jesús una y otra vez en su vida. Pero ¿ven?, el motivo aquí es la búsqueda de lo perdido y encuentra su apogeo en la más larga de estas tres parábolas, en la parábola del Hijo perdido.

«Y Jesús dijo: Cierto hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos le dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.’ Y él les repartió sus bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntándolo todo, partió a un país lejano y allí malgastó su hacienda viviendo perdidamente.»

Qué poderosa descripción y tan sucinta. Jesús podía decir tanto con tan pocas palabras. Es la historia breve y simple de dos hijos, uno de ellos impaciente, quiere su herencia ahora mismo. Así que va y busca a su padre.

Y le dijo: ‘Dame mi herencia. permíteme usarla como un capital para empezar, para salir al mundo’. Entonces el padre asiente y concede el deseo al hijo y le da su herencia por adelantado.

Y lo primero que se nos dice de este joven es que él va a un país lejano. ¿Qué tan común es eso? ¿Cómo se comportan los jóvenes en vacaciones, cuando tienen su primera oportunidad de estar fuera de los ojos vigilantes de la autoridad, de la familia, de los profesores y pueden ser libres por una semana o unos días, fuera del alcance cuidadoso de alguien?

¿Cómo nos comportamos cuando estamos libres de las restricciones y limitaciones que pone nuestra comunidad sobre nosotros, cuando sabemos que tenemos una reputación que cuidar?

Y cuando la gente quiere ir y hacer cosas malas, ellos prefieren ir dónde sean anónimos. Este amigo se va a un país lejano y se nos dice que malgasta su fortuna en una vida desenfrenada, un estilo libertino. Lo que el padre había trabajado tanto tiempo para poder acumular, él se lo gasta con total rapidez.

«Cuando lo había gastado todo, vino una gran hambre en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se acercó a uno de los ciudadanos de aquel país y él lo mandó a sus campos a apacentar cerdos».

¿Ven cuán conmovedor es esto? Que Jesús, cuando cuenta la historia, no lo pone a atender rebaños de ovejas, sino que él ahora se ve obligado a ir a cuidar cerdos.

Eso tiene un significado especial para el judío, porque el judío entendía que el cerdo es inmundo. Y este hombre ahora ha pasado de la vida de príncipe, quien gozaba de grandes lujos y una vida suntuosa, la cual era posible por su herencia, va y se la gasta toda su herencia, teniendo todo lo que quería.

Él, él sació sus propios deseos y sus apetitos hasta que se quedó sin recursos. Y cuando se quedó sin sus recursos, da la casualidad de que una hambruna llegó a la tierra y empezó a pasar necesidad.

¿Por qué será, que pareciera que la única vez que queremos oír alguna palabra de Dios es cuando tocamos fondo, cuando llegamos a las profundidades de la desesperación?

Con el fin de sobrevivir, este joven va y se contrata él mismo, básicamente, como un sirviente, trabajando en una pocilga.  Y deseaba llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada».

Su padre le había dado todo y él despreció los regalos de su padre. Y ahora está codiciando la porquería con la que alimentan a los cerdos y nadie le da nada.

El versículo 17 es una declaración poderosa que Jesús hace aquí. «Entonces, volviendo en sí, dijo: ‘¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre!'»

Es interesante para mí que, en la historia de la iglesia, cuando Dios ha visitado a su pueblo con su Espíritu y trajo un avivamiento, el cual, muy a menudo, el idioma de un verdadero avivamiento es un lenguaje que utiliza palabras como «despertar».

Hablamos del Gran Despertar en Norteamérica y del Segundo Gran Despertar en este país.  Es como si la gente se hubiera vuelto torpe y se han quedado dormidos para las cosas de Dios.

Y así han reprimido la verdad de Dios y han empujado a Dios fuera de su pensamiento y de sus mentes; que, aunque están biológicamente despiertos y conscientes, son inconscientes a las cosas de Dios.

Pero aquí se nos habla de un joven que volvió en sí. Ven, antes de llegar a casa, tenía que volver en sí. Tuvo que volver en sí, como dice Jesús. Ahora, también quiero añadir, en paréntesis, ni por un momento yo creo que él volvió en sí por él mismo.

Ese es el ministerio del Espíritu Santo para despertarnos, y vivificarnos y sacarnos de esa forma mortal de sueño espiritual en la que estamos cautivos.

Pero el joven vuelve en sí y dice: ‘Esperen un minuto, algo no está bien. Cuando yo estaba en casa, mi padre tenía sirvientes y ahora mis sirvientes, o los sirvientes de mi padre tienen mucho más de lo que yo tengo’.

Y dijo: «Me levantaré e iré a mi padre y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores’”.

Esto casi suena como un retrato biográfico de David, porque es una descripción tan emotiva, vívida, gráfica de lo que es el arrepentimiento genuino. Porque, en primer lugar, reconoce su pecado y él reconoce contra quien ha pecado.

“He pecado contra el cielo” y he pecado contra mi padre y voy a ir a casa, no para exigir mi patrimonio como hijo, a fin de ser un miembro pleno de la familia, sino que voy a casa a confesar mi pecado y reconocer que no soy digno ni siquiera de vivir bajo el techo de mi padre y suplicar para solo estar cerca como sirviente.

Amados, nadie entra al reino de Dios hasta que entiende esto. De esto se trata el arrepentimiento verdadero. No cuando simplemente sentimos pena por haber sido atrapados o por haber sufrido las consecuencias negativas de nuestra culpa.

Sino que el verdadero arrepentimiento viene cuando reconocemos que no somos dignos de ser incluidos en la casa de nuestro Padre. Y dijo: «Me levantaré e iré a mi padre». Ahora, noten que las primeras dos pequeñas parábolas son acerca de la búsqueda de lo que se había perdido y hasta el momento en esta historia, nadie está buscando a este muchacho.

El padre está todavía en casa. Podríamos suponer que el padre no tiene idea de dónde está su hijo o qué está haciendo su hijo. Pero él no ha estado buscándolo.

Entonces, ¿dónde está la conexión? «Y levantándose, fue a su padre. Y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó».

Recuerdo una vez que me metí en problemas con mi madre y ella me hizo entrar a la casa. Ella no salió a recibirme, ella no me agarró de la oreja.

Pero entré en la habitación y ella estaba allí de pie con los brazos cruzados y estaba dando golpecitos con el pie.

¿Alguna vez has visto a alguien así?  Me estaban esperando y tan pronto como vi la postura y los golpecitos con el pie, sabía que estaba en aguas profundas y a punto de recibir un sermón kilométrico.

Creo que si hubiera sido el padre pródigo y viera a mi hijo que viene por la calle, tal vez hubiera estado tentado a quedarme allí con el ceño fruncido, esperando qué tenia que decirme.

Así no es como Dios actúa. Así no era este padre. Apenas llegó a ver a su hijo, ¿cómo es que lo reconoció? Es probable que por la manera peculiar en que caminaba.

Ciertamente, no hubiera sido por la ropa o por su apariencia facial, porque este chico había estado viviendo con cerdos. Él apenas habría sido reconocible. Pero aún a la distancia él fue reconocido y tan pronto como el padre lo vio, se dio cuenta de que estuvo en problemas, porque el padre, se nos dice, tuvo compasión.

¿Y qué dice la Biblia? ‘Así que él cuidadosa y deliberadamente, dio un paso en dirección a su hijo’. No, ese no es para nada el punto. Él corrió por el camino. Sus piernas están volando, se lanza sobre su hijo, lo toma, lo abraza, besa su cuello. Y lo lleva a la casa y da la orden, ‘Maten al becerro engordado’.

Le pone un anillo en su mano, un turbante en la cabeza y le da todos los honores que podrían ser conferidos a un hijo honorable. Él le da al hijo todo lo que él no merece. ¿Quiénes son los fariseos en esta historia?

El hermano mayor lo ve y dice: «hey, espera un minuto, yo nunca desperdicié mi herencia en una vida licenciosa. Yo no fui y te avergoncé, ni te contradije, ni he pecado contra el cielo. Y tú nunca me hiciste una celebración».

Él no lo entendía, al igual que los fariseos. Él dijo: «Este es tu hermano, este es mi hijo. “Estaba perdido y ahora ha sido hallado».  Todo eso para decir a los fariseos: «Sí, me asocio con los pecadores, porque esa es mi misión. Y si amas al Padre, esa será tu misión también».