Renovando Tu Mente | La confesión de Cesarea de Filipo
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Transcripción

Desde luego, está claro que la figura central de todo el Nuevo Testamento es Jesús mismo. De hecho, podemos decir que es la figura central de todas las Escrituras, tal como el texto del Antiguo Testamento, los profetas del Antiguo Testamento apuntaban continuamente hacia ese tiempo cuando Él entraría en la historia humana.

Ahora, cuando pensamos en Jesús, pensamos en su nombre como Jesucristo; y, sin embargo, cuando nos detenemos a analizarlo, nos damos cuenta de que ese no es, hablando propiamente, su nombre, sino que es la combinación de su nombre y el título supremo que Él lleva en el Nuevo Testamento.

El nombre o la palabra Cristo corresponde a la palabra del Antiguo Testamento “Mesías”. Y de todos los títulos que son dados a Jesús en las Escrituras, el que ocupa el primer lugar en términos de frecuencia numérica es el título “Cristo”, y se utiliza tan a menudo en combinación con su nombre que hemos llegado a pensar que ese es su nombre, Jesús Cristo. Pero, literalmente, lo que se está diciendo con esta frase es “Jesús, Mesías”.

Entonces, en esa combinación del nombre y el título, encontramos realmente la más antigua confesión de fe de la comunidad del Nuevo Testamento en la medida en que la iglesia del Nuevo Testamento acoge a Jesús como el Mesías tan esperado.

Pero cuando nos fijamos en las enseñanzas de Jesús durante su ministerio publico, algo muy extraño ocurre, lo que los estudiosos de los últimos cien años han catalogado como el “secreto mesiánico”, el cual se encuentra particularmente en el Evangelio de Marcos.

Y esto se refiere a la propia vacilación o renuencia de Jesús a identificarse a sí mismo con ese título de “Mesías”. De hecho, el título preferido que Él usa para sí mismo es el título «Hijo del Hombre».

Ahora, aunque el «Hijo del Hombre» como título ocupa el tercer lugar en términos de la frecuencia general de títulos de Jesús que se usan en el Nuevo Testamento, es, de lejos, el número uno en frecuencia numérica en términos de uso de títulos de Jesús para sí mismo.

Así que Él favoreció el título «Hijo del hombre» y parecía rechazar o alejarse del título de “Mesías”. Ha habido mucha especulación de por qué ese era el caso. Y la respuesta habitual era que el pueblo, en la misma época de Jesús, tenía una reacción febril en cuanto a su expectativa de la venida del Mesías.

Pero lo que estaban buscando en el Mesías que ellos esperaban era uno que sería un revolucionario político, un líder militar que quizás se uniría con los zelotes de ese tiempo y echaría a los ocupantes romanos de la tierra para así liberar al pueblo de Israel.

Estaban buscando un líder militar que vendría de parte de Dios y que ellos coronarían como su rey en este nuevo régimen de independencia. Y Jesús, conociendo de esta visión distorsionada y generalizada del Mesías, era muy cuidadoso de identificarse a sí mismo con ese título porque era ampliamente mal entendido.

Entonces, hay este elemento de secreto o de reserva que se vincula a la enseñanza de Jesús con respecto a sí mismo. Pero luego llegamos a los últimos días de su ministerio público, cuando se había retirado de Judea y de los alrededores de Jerusalén, donde tanta controversia se había engendrado por su enseñanza. Y era como si fuera una ocasión para que Jesús se fuera lejos, de retiro con sus discípulos.

Y viajaron a Cesarea de Filipo. Y cuando Él estaba allí con sus discípulos en Cesarea de Filipo, tenemos el registro, en el evangelio de Mateo, de una conversación dirigida con muchísimo cuidado que Jesús tuvo con sus discípulos.

Demos un vistazo a eso en el capítulo 16 de Mateo, empezando en el verso 13. Ahora, este pasaje es llamado de varias formas. El nombre más popular es “el registro de la gran confesión». Y a veces simplemente es nombrada geográficamente como «la Confesión de Cesarea de Filipo».

Pero veamos el texto en el capítulo 16, verso 13. “Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”

Entonces, Jesús está hablando ahora, no a las multitudes o a los escribas y los fariseos, sino a sus propios discípulos y les está pidiendo un informe de su observación. ¿Qué está diciendo la vid? ¿Cuál es el rumor que se oye en el campo? ¿Qué está diciendo la gente de mi identidad? ¿Quién dicen los hombres que soy yo?

Ahora, acabo de replantear intencionalmente la pregunta de Jesús a sus discípulos en una forma abreviada y corta porque esa es la forma en que la oigo citar todo el tiempo.

Cuando la gente habla de la gran confesión, ellos dicen que Jesús vino a sus discípulos y dijo: ‘¿Quién dicen los hombres que soy yo?’ Pero eso no es exactamente lo que dijo. Si recuerdan mi lectura del texto, Jesús dijo: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?»

Así que incluso en este caso cuando está preguntando sobre la opinión pública, se identifica con este título, «Hijo del Hombre». Entonces observamos la respuesta que se da a la pregunta: “…ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; pero otros, Jeremías o alguno de los profetas».

Ahora, recordemos que Juan el Bautista había creado mucho interés nacional y cuando él desapareció, no todo el mundo en el país supo de su suerte. Ciertamente, Herodes después de haber hecho decapitar a Juan el Bautista, no lo publicó en el diario local ni difundió por todo el país que había mandado matar a este profeta tan popular.

Pero Juan desapareció y los rumores estaban causando revuelo en los alrededores. Y cuando Jesús apareció en algunos de los pueblos remotos, la gente había oído hablar de Juan el Bautista por su fama y sabían algo de su ministerio y de su mensaje.

Y aquí aparece Jesús diciendo lo mismo: ‘Arrepentíos, porque el Reino de Dios está cerca’. Por lo que en las multitudes populares algunas personas se apresuraron en concluir que este debería ser ese Juan el Bautista del que tanto habían oído hablar.

Otros, aún esperando la reaparición de Elías, como estaba prometido en la profecía final del libro de Malaquías en el Antiguo Testamento, identificaron a Jesús con la llegada de ese profeta. Otros dicen: ‘Bueno, Él suena como Jeremías o uno de los Profetas’.

Entonces notamos que todas estas designaciones tienen algo en común. Es decir, todos son profetas. Así que, la opinión pública, que estaba empezando a ganar impulso, decía que Jesús de Nazaret era un gran profeta que había aparecido.

Entonces, Jesús les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Ahora Él cambia de escena luego de pedir un simple reporte de la opinión pública y les pregunta acerca de las conclusiones a las que habían llegado después de estar con él por todo su ministerio público.

Y el que responde a la pregunta es Simón. “Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Lo que está diciendo acá es simplemente: ‘Jesús, tú eres el Mesías, el Hijo de Dios’.

Entonces notamos que hasta el momento, en esta breve conversación, hay tres títulos atribuidos a Jesús: Hijo de Hombre, Cristo, Hijo de Dios. Solo al pasar, permítanme pedirles que presten mucha atención, cuando lean los evangelios, al uso de la frase o al título «Hijo del Hombre».

Es uno de los títulos más importantes para Jesús en el Nuevo Testamento y, sin embargo, al mismo tiempo, uno de los que, con frecuencia, es más mal entendido. Parte de la razón es que vemos una diferencia entre los títulos «Hijo del Hombre» e «Hijo de Dios» y dada la confesión histórica de la iglesia, de la naturaleza dual de Jesús (que Él tenía una naturaleza divina y una naturaleza humana), la tendencia de la gente es asumir que cuando Jesús se refirió a sí mismo como el Hijo del Hombre, estaba hablando de su naturaleza humana y cuando se le refiere como el Hijo de Dios, se está refiriendo a la relación con su naturaleza divina.

Bueno, no es tan simple como parece porque ambos títulos tienen entre ellos elementos que hacen referencia a su deidad y su humanidad. Pero, en todo caso, el énfasis en los dos es justo lo contrario de lo que normalmente se esperaría.

El título «Hijo de Dios» se da, en primera instancia en la Escritura, a quienes manifiestan obediencia al Padre; la filiación se define aquí, en su mayor parte, no en términos biológicos, sino en términos de estar de acuerdo o en sumisión y aspectos similares.

Recuerden que Jesús mismo, en sus discusiones con los fariseos, quienes afirmaban ser hijos de Abraham, Jesús los reprende y les dice: ‘Ustedes son hijos de Satanás. Ustedes son hijos de aquel a quien obedecen’.

Ahora, no me malinterpreten, el «Hijo de Dios» también contiene, en ciertas referencias del Nuevo Testamento, indicaciones claras de la filiación eterna y deidad de Jesús. Por lo tanto, no queremos sobreestimar el caso. Pero este título «Hijo del Hombre», es al que quiero que presten mayor atención cuando lean los evangelios, porque se usa muy a menudo en el Nuevo Testamento, y en todas las veces, menos tres que aparecen en el Nuevo Testamento, viene de los labios de Jesús; y se refiere a la visión del Antiguo Testamento que fue escrita por el profeta Daniel, donde Daniel tuvo una visión en el interior de la corte celestial de Dios, donde vio al Anciano de Días entronado y fue establecido el juicio.

Y viene al Anciano de Días uno semejante al Hijo del Hombre, a quien le es dada la autoridad para juzgar al mundo. De modo que, en el primer caso, el Hijo del Hombre es una persona celestial, una persona celestial que desciende a este mundo, cuyo papel principal en su visita a esta tierra es la de juez celestial.

Y luego Él regresa a la presencia de Dios en su ascensión. Recordemos que Jesús dice: ‘Nadie asciende al Padre, sino aquel que ha descendido primero de Él’. De nuevo, tendemos a pensar que cuando Jesús se llama a sí mismo el Hijo del Hombre era una expresión de humildad, cuando en realidad era una afirmación de autoridad divina.

Por eso quiero que noten esto. Cuando Él sana en el Sabbat y es reprendido por sus enemigos, Él dijo: Hice esto para que sepan que “el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo. «Y cuando Él perdona los pecados y crea un alboroto por parte de sus contemporáneos, quienes decían: ‘Solo Dios tiene el poder para perdonar los pecados; Jesús dijo, ‘Hice esto para que puedan saber que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados’.

Y una y otra, y otra vez, ustedes empezarán a ver que este título «Hijo del Hombre» que Jesús usa para sí mismo es un título muy exaltado. Entonces, cuando Él hace la pregunta: “¿Quién decís que soy yo?» Él ya se había referido a sí mismo como el “Hijo del hombre” y luego viene la gran confesión de Simón, cuando él dice: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

Ahora, creo que es importante que notemos la respuesta de Jesús a eso. Lo primero que hace en respuesta a la confesión de Pedro es pronunciar un oráculo profético de bendición sobre Simón. Él pronuncia la bendición divina, «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás».

¿Por qué Él declaró que Simón estaba en un estado de bienaventuranza? Bueno, Él responde esa pregunta. «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos».

Ahora, eso podría sacarnos del cuadro y decir: ‘Bien, ¿por qué el reconocimiento de Jesús como el Mesías requeriría algún tipo de asistencia especial de Dios, que el Espíritu Santo tenga que iluminar la mente de Simón para que pueda reconocer la verdadera identidad de Jesús?

Bueno, de nuevo, esto se remonta a esa dimensión oculta que era tan característica de Jesús durante su ministerio terrenal. Y podríamos decir que aquellos que estaban profundamente inmersos en las Escrituras del Antiguo Testamento debieron haber reconocido, de inmediato, a Jesús como el Mesías; pero, no era tan claro como lo es para nosotros, que lo miramos desde este lado de la cruz, la resurrección y la ascensión y habiendo sido informados por el Nuevo Testamento.

Para los contemporáneos de Jesús, eso no era del todo claro. Recordemos que Juan el Bautista tuvo una crisis de fe cuando fue puesto en prisión y envió a sus discípulos a Jesús para decirle: ‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’.

Y sabemos que en un principio los discípulos dijeron: ‘Oye, ¡hemos encontrado al Mesías!’ Así que la idea de que Jesús era el Mesías no era algo novedoso para esta multitud cercana. Pero ahora, después de observarlo, después de estar con Él, luego de tener todo tipo de preguntas y confusión sobre cuál es el papel del Mesías; es que Jesús hizo la pregunta: «¿Quién decís que soy yo?» Simón no duda: «Tú eres el Mesías, eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente».

Y Jesús dijo: ‘Bienaventurado eres. Esa no es una conclusión de la carne, sino que mi Padre te ha dado los ojos para que veas esto y para entenderlo’. Y entonces lo que sigue es Jesús diciendo: «Yo también te digo que tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos».

Entonces, en este momento, Jesús le da a Simón un nuevo nombre. ‘Hiciste tu confesión y, por lo tanto, voy a llamarte Petros, la roca; y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella’

Y Él promete darles lo que se llama “el poder de las llaves”, las llaves del Reino de Dios. Este es el texto con el que la Iglesia Católica Romana, por supuesto, basa su creencia en el papado, porque interpretan la declaración de Jesús en el sentido de que Jesús iba a edificar su iglesia sobre Pedro y que Pedro y el oficio que posee, será la piedra de fundamento de toda la Iglesia.

Y se dice del Papa que él tiene las llaves del reino. Por eso es que puede tener el poder para dar indulgencias y demás. La interpretación característicamente protestante de este texto es que lo que Jesús está diciendo es, ‘Te estoy nombrando Pedro debido a la confesión de fe que has hecho’. Esa es la roca sobre la cual se establece la Iglesia.

La piedra angular de la Iglesia es Cristo y es en la aceptación de Jesús como el Mesías que se establece la Iglesia. Y esa es la manera en que el protestantismo histórico entiende el sentido básico de este texto.

Bueno, entonces cuando nos fijamos en el versículo 20, leemos al final de este pasaje, «Entonces ordenó a los discípulos que a nadie dijeran que Él era Jesús “el Cristo”. ¿No es extraño eso? Debido a que la misión fundamental de la Iglesia es la de declarar al mundo que Jesús es el Cristo, pero la respuesta inmediata de Jesús a esta confesión es, ‘Tienes razón Simón. Eres bienaventurado Simón, pero no lo digan a nadie, mantenlo en secreto.

Ahora, lo que sigue, inmediatamente después, es de importancia trascendental para la comprensión de lo que está pasando aquí. Leemos en el versículo 21, «Desde entonces Jesucristo comenzó a declarar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día”. “Y tomándole aparte, Pedro comenzó a reprenderle” ¿No es eso increíble? Este discípulo a quien Jesús había declarado bienaventurado, si él es el primer Papa, su primera acción como Papa es reprender al Hijo de Dios.

Y no solo eso, él da una profecía que es una profecía falsa porque le dice a Jesús «¡No lo permita Dios, Señor! Eso nunca…Eso nunca te acontecerá.” ‘No nos digas que vas a Jerusalén para sufrir y morir. Eso no puede suceder. ¿Qué clase de mesías sería ese?

Acabo de declarar que eres el Mesías y ahora nos estás diciendo que vas a ir a Jerusalén y ser muerto’. Ahora, ¿qué dice Jesús? ‘Doblemente bendecido eres Simón, hijo de Jonás’. No, no, no, no, no. Ahora Él le dice, se volvió y dijo a Pedro: “¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres piedra de tropiezo; porque no estás pensando en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”.

Recuerdan cuando vimos la tentación de Jesús y vimos el final de ese ataque de Satanás contra Cristo en el desierto desolado, que cuando Satanás perdió esa batalla, se nos dijo que se apartó de Cristo por una temporada, dándonos un sentido de premonición de que iba a volver; y, aquí lo tenemos.

Y es la misma crisis. Los discípulos más cercanos de Jesús se convierten ahora en portavoces de Satanás diciendo: ‘No es apropiado que el Mesías sufra’. Y por eso Jesús dijo: ‘Yo sé de dónde proviene esa idea, apártate de mí, Satanás’.

Pero este evento pavimenta el camino para la crisis que se avecina en el último viaje de Jesús a Jerusalén, que empezaremos a examinar en el próximo segmento.