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Uno de los regalos de gracia que Dios ha dado a su Iglesia a través de los años ha sido el regalo de teólogos brillantes, hombres que Dios equipa de forma única para su tarea; hombres con una devoción singular a la verdad de la Palabra de Dios, con un afecto apasionado por las cosas de Cristo, y también hombres con una capacidad intelectual prodigiosa.

Y me estoy refiriendo a los gigantes de la historia de la iglesia, como San Agustín, Tomás de Aquino, Lutero, Calvino, Edwards, hombres de esa estirpe. Ahora, obviamente, si estudiamos juntas las obras de esos cinco titanes de profunda agudeza teológica, seríamos capaces de discernir puntos dispersos en los cuales difieren y quizá tengamos lo que podríamos llamar desacuerdos leves.

Pero hay una pregunta que estoy seguro de que si le preguntáramos a esos cinco teólogos a los cuales acabo de mencionar, obtendríamos una respuesta totalmente consensuada y sin duda alguna. La pregunta que haríamos sería esta: «¿Quién es el teólogo más grande de todos los tiempos?»

Es decir, ellos probablemente se pelearían para ser los primeros en dar la respuesta. Estoy seguro de que antes de siquiera terminar la pregunta Agustín diría: «Eso es fácil, fue el apóstol Pablo». Y todos estarían de acuerdo en eso.

Por supuesto, Pablo trabajó con un beneficio que los otros no tuvieron. Fue inspirado por el Espíritu Santo, pero incluso en términos de su capacidad natural, y las brillantes facultades que Dios le dio a este hombre, él aún habría clasificado, estoy seguro, como el más grande teólogo de todos los tiempos.

Pero Pablo no era un pensador aislado o un académico. También era misionero, pastor, un evangelista. Cuando leemos el cuerpo de literatura que ha llegado hasta nosotros en la Iglesia, tenemos una idea de la complejidad de su ministerio. Podemos sentir su corazón de pastor y vemos su celo apasionado de ganar personas para Cristo. Luego hay momentos en los que nos deja asombrados ante la profundidad de su comprensión de las cosas elevadas de Dios.

Ahora Pablo nunca escribió una teología sistemática como la Summa de Santo Tomás, o como las Instituciones escritas por Calvino. Es decir, una teología sistemática que sea tan completa que podría alcanzar varios volúmenes de cientos de páginas para estar completa. Esto me recuerda la historia, creo que fue George Bernard Shaw, quien una vez escribió una carta a un amigo, y la carta era de doce páginas.

Al final de esas doce páginas se disculpó por la longitud de la misma. Él dijo: «Lamento que esta carta sea tan larga, pero no tuve el tiempo para escribir una corta». Por supuesto, lo que quiso decir era que ser capaz de decir todo lo que es esencial para comunicar en verdad en un corto espacio de tiempo requiere una habilidad y una profundidad de comprensión que es extraordinaria.

Entonces, si vamos a buscar una teología sistemática de la pluma del más grande teólogo sistemático que ha vivido, creo que abriríamos nuestras Biblias en el libro de Romanos del Nuevo Testamento, porque si hay alguna epístola en la que el apóstol Pablo se esforzó para exponer todo el Consejo de Dios en categorías suscintas breves, es en esta obra monumental, que la mayoría de los estudiosos concuerdan que fue el Magnus Opus del Apóstol Pablo.

Cuando pensamos en el libro de Romanos, pensamos, en primer lugar, en el impacto que ha tenido en la vida de la Iglesia. Pensamos, por ejemplo, en Agustín mismo, que ya se había distinguido como un filósofo extraordinariamente brillante, pero también se había distinguido como un alma libertina que estaba viviendo una vida salvaje y licenciosa hasta que, por las señas de unos niños tomó un libro y simplemente lo dejó caer abierto cuando sus ojos se encontraron con un texto, y al leer ese texto, su vida dio un vuelco mientras que Dios el Espíritu Santo usó las palabras de ese texto para penetrar su alma y transformarlo en el santo que llegó a ser.

El libro que Dios usó para despertar el alma de Agustín fue el libro de Romanos. Recordamos a John Wesley dando testimonio de su poderosa experiencia de conversión mientras escuchaba un sermón en Aldersgate, donde, durante el sermón, dijo que sentía en su corazón un calor extraño.

El sermón esa noche era del libro de Romanos. Cuando pensamos en la lucha agonizante de un monje agustino en Alemania, que buscó desesperadamente en cada rincón de la Iglesia poder encontrar paz y seguridad de salvación en algo que pudiera calmar su conciencia del ataque de la Ley de Dios, que lo dejó, por así decirlo, colgando suspendido según su propio testimonio, sobre el abismo del infierno.

Pero este académico, una noche en su estudio estaba preparando clases y mientras investigaba sobre lo que iba a dar a la mañana siguiente, llegó al entendimiento iluminado de la Palabra de Dios que cambiaría el curso de su vida y el curso de toda la historia de la iglesia.

Cuando Martín Lutero tuvo una nueva comprensión del libro de Romanos, dijo, «Cuando comprendí este texto,» él señaló, «las puertas del paraíso se abrieron, y entré a través de ellas». Fue el libro de Romanos que despertó a Lutero a la doctrina de la justificación solo por la fe, y lo persuadió que este era el artículo sobre el cual la Iglesia se mantiene o cae.

Como resultado de esa experiencia, el libro de Romanos se convirtió en el punto central de la controversia teológica del siglo XVI y llegó a ser conocido como el Libro de la Reforma. Ahora, en el libro de Romanos, el apóstol Pablo nos da su más cuidadosa exposición del evangelio mismo.

La declaración temática de toda la epístola se encuentra en el primer capítulo, cuando Pablo habla de su propia convicción como deudor, tanto a judíos como a griegos, a sabios como a ignorantes, que tenía esta misión, esta misión de proclamar el evangelio a todo el mundo.

Porque en el evangelio, del cual dijo que era poder de Dios para salvación, se revela la justicia de Dios, la cual es por la fe. No aquella justicia por la que Dios mismo es internamente justo y perfecto, sino esa justicia que ahora se está haciendo disponible para aquellos que carecen de su propia justicia, la justicia que viene a nosotros como un regalo de Dios que nos es dada por Cristo mismo.

El Apóstol dice, citando a Habacuc: «Mas el justo por su fe vivirá.» Ese es el tema central de Romanos. Esa fue la pasión de Pablo, explicar el Evangelio y el Evangelio de la justificación solo por la fe a todos los que estaban en Roma y a todos los que leerían esta obra a través de los tiempos.

Pero Pablo empieza esa gran exposición hablando sobre por qué el Evangelio es buena noticia, por qué es esencial que nosotros obtengamos justicia, no por nosotros mismos, sino a través de Aquel que es perfecto en todos los aspectos. Él empieza estableciendo las bases para la comprensión del evangelio, antes que nada, estableciendo la universalidad de nuestra culpa.

Antes que una persona pueda regocijarse con las buenas noticias, primero tiene que escuchar las malas noticias. Y las malas noticias que Pablo declara es que cada uno de nosotros, por naturaleza, está expuesto a la ley de Dios y a su suprema justicia y santidad, y que ante su tribunal, todos hemos sido reunidos, toda la humanidad, tanto judíos como griegos y hemos sido hallados culpables delante de Dios.

La razón por la que la justificación por la fe es una buena noticia, es porque es la única forma posible por la que una persona injusta puede sobrevivir al justo juicio de Dios. Así que Pablo dice que esta universalidad de la culpa se observa de varias maneras. En primer lugar, explica en el primer capítulo de Romanos que Dios se ha revelado en el orden creado a todos los seres humanos, por lo que ninguna persona puede jamás estar delante de Dios en el Día del Juicio y decir: «Yo no sabía que existías».

Pablo argumenta que Dios se ha revelado a sí mismo de forma manifiesta, evidente y continua en términos tan claros que todo el mundo recibe el mensaje. Pero la respuesta universal de la raza humana a este evidente escenario de la gloriosa revelación que se encuentra en la naturaleza, es la de suprimir tal conocimiento, reprimiéndolo, y luego cambiarlo o corromperlo en algún tipo de idolatría, por lo que nuestra tendencia es servir y adorar a las criaturas antes que al Creador.

Y luego, además de esa revelación, Pablo habla entonces de un conocimiento interno de Dios, por el cual todos somos de nuevo encontrados culpables, porque no solo Dios ha manifestado su eterno poder y deidad, a través de la naturaleza exterior, ese glorioso escenario en el que caminamos cada día, sino que también ha visitado a su pueblo internamente, plantando su ley en sus corazones, para que cada ser humano tenga conciencia, y cada ser humano tenga cierto entendimiento básico y fundamental de la diferencia entre el bien y el mal.

Luego Pablo mira a los judíos, quienes, además de la conciencia y además de esta revelación inmediata interna que Dios da, ellos también tenían el beneficio supremo de la Palabra escrita, los oráculos mismos de Dios. Pero aun teniendo la Ley de Dios por completo, escrita en piedra y luego en pergamino en las sagradas Escrituras, no disuadió a los humanos del pecado.

Entonces, después de haber hecho esto, entonces Pablo señala que cada uno de nosotros no alcanzábamos la gloria de Dios, el judío y el griego, nadie ha satisfecho las demandas absolutas de la perfecta justicia de Dios tal como se expresa en su ley. Y eso nos deja al borde de la desesperación, cuando nos dice que «por las obras de la ley ningún ser humano será justificado…” Pero ahí está el «pero» apostólico. «Pero ahora», dice, “aparte de la Ley, la justicia de Dios ha sido manifestada».

Es esa justicia, que es por fe, para que todo el que crea, todo el que pone su confianza en Cristo, que aquellos que ponen su confianza en Cristo reciban la misma justicia de Cristo, como Dios lo declara, a su cuenta. Y luego desarrolla este concepto, apuntando al patriarca del Antiguo Testamento, Abraham, como el ejemplo supremo de alguien que fue declarado justo incluso cuando aún, por sí mismo, no tenía justicia propia de la cual jactarse. A lo que estamos llegando desde el principio en Romanos capítulo tres, capítulo cuatro, capítulo cinco, es la manifestación suprema de la gracia de Dios mientras Él da el don de fe a su pueblo.

Una vez que alguien es justificado por Dios, entonces el Apóstol declara que tiene paz para con Dios y ahora accedemos a su misma presencia. A partir de allí muestra lo que sucede como resultado de la transformación de la persona, de la llegada de la persona a la fe y su justificación; que de inmediato, necesariamente y, en consecuencia, al recibir la fe y los beneficios de la justificación, comienza la peregrinación cristiana de la santificación.

Recordamos la frase de Lutero, «Simil Justus et peccator,» que el cristiano es, al mismo tiempo, justo y pecador. La buena noticia es que Dios no espera que seamos perfeccionados, ser completamente santificados antes de que seamos aceptables ante Él; sino más bien, somos hechos aceptables al Padre en virtud de nuestra relación con el Hijo, por fe.

Pero este tipo de fe que justifica nunca es una fe que permanece sola, que cualquier persona que tiene fe salvadora es una persona cambiada y esa persona empieza inmediatamente el largo proceso de toda la vida de ser conformado a Cristo, lo que llamamos santificación, que Pablo desarrolla en el capítulo seis.

Y en el capítulo siete habla de la guerra, la lucha que sigue y sigue a lo largo de la vida cristiana, que algunos han llamado el «Militant Christiana,» la batalla cristiana, la lucha cristiana por la que tratamos de hacer morir las obras de la carne y crecer en nuestra manifestación de la obra del espíritu.

En el capítulo ocho, nos entrega la gloriosa garantía del cuidado providencial de Dios, en la que se nos dice que » Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito».

Y ahora presenta otro de los grandes temas que se recuperó durante la Reforma, el tema de la soberanía de la gracia divina. E inicia tres capítulos: nueve, diez y once, hablando de su preocupación por sus conciudadanos, según la carne, Israel, y habla de su elección original y cómo los propósitos de Dios en la elección pueden ser dramatizados a través de los ejemplos que se muestran en el Antiguo Testamento en la diferencia entre Jacob y Esaú.

Habla de cómo la inclusión de Jacob en el reino de Dios no se basa en ningún mérito encontrado en Jacob, sino que se basaba única y exclusivamente en la gracia de Dios que obró en su redención. Y Pablo, por supuesto, luego cita a Moisés recordándoles a los romanos que Dios tendrá misericordia de quien tenga misericordia. Que es una prerrogativa divina el conceder o retener su propia gracia y misericordia, según el puro afecto de su propia voluntad.

Ese concepto tan profundo y desconcertante de la elección soberana de Dios se muestra luego cuando Pablo declara enfáticamente que vemos en esto que no es del que corre, o del que quiere, sino de Dios. Ese es el tema: que la salvación es del Señor, que es el obrar del Señor. Y Pablo, a veces, en el libro de Romanos, pareciera ser incapaz de contener su propia alegría y su propio sentido de alabanza a medida que avanza hacia la doxología, que es la respuesta adecuada a nuestra comprensión de la soberanía de la gracia divina.

¡Oh, profundidad de las riquezas”, de la misericordia de Dios; y canta su propia doxología en este punto. En el capítulo diez, el apóstol habla de la forma en que la proclamación del Evangelio a través de agentes humanos, a través del predicador, es el medio por el cual Dios ha escogido para salvar el mundo.

Él nos ha dado el privilegio indescriptible de ser partícipes en su misión redentora. No es que nos necesite o depende de nosotros, pero Él condesciende a usarnos como Sus instrumentos terrenales, a través de los cuales la palabra de gracia se proclama a un mundo agonizante. En el capítulo once se plantea la pregunta: «Bueno, ¿qué pasa con Israel?» Ahora el evangelio se está moviendo a los gentiles y ¿qué pasa con el árbol básico que era la raíz de todo? ¿Ha desechado Dios a su pueblo para siempre y simplemente ha injertado a aquellos de nosotros que somos gentiles, como las ramas del olivo silvestre o los brotes de olivo?

Luego habla de la futura obra de Dios en favor de los parientes según la carne. Entonces los primeros once capítulos son esta asombrosa mini teología sistemática, que es una teología sistemática sorprendente en la que Pablo cubre todos los grandes temas de la expiación de Cristo, la obra de Cristo, el pecado original, todos esos puntos son expuestos allí.

En el capítulo doce, como cualquier buen teólogo debiera hacer, Pablo vuelca su atención a la aplicación práctica de nuestra comprensión de las verdades de Dios, llamándonos entonces a una vida de no conformidad a este mundo y de conformidad a las cosas de Dios, y eso viene por transformación. La transformación viene a través de la renovación de nuestras mentes.

Luego vienen exhortaciones prácticas para una vida piadosa, para orar sin cesar y mostrar caridad hacia los demás ya que somos una comunidad redimida de pecadores perdonados. Y no hay dos personas en la Iglesia que estén en el mismo punto en su proceso o peregrinaje de santificación.

Entonces Pablo habla de cómo debemos relacionarnos unos con otros y habla sobre cómo debemos relacionarnos con los magistrados civiles, dando la clásica explicación de la base misma del gobierno humano en el capítulo trece. Luego llega al final de su epístola y como es típico del apóstol, entrega saludos personales a aquellos de los que ha oído o de quienes sabe que están en Roma. El toque pastoral del apóstol se hace evidente.

El libro de Romanos es lo bastante simple como para que un niño entienda su mensaje básico y, sin embargo, es lo suficientemente profundo para mantener a las más grandes mentes de la Iglesia cristiana muy ocupadas por toda una vida.