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Este artículo forma parte de la colección 3 cosas que debes saber.
1. Ahora es el momento para priorizar la obediencia al Señor.
El libro de Hageo fue escrito para un pueblo profundamente desalentado. Los habitantes, que habían regresado de Babilonia a Judá, encontraron que la vida de vuelta en su hogar era increíblemente difícil. Reconstruir su patria y sus vidas pasadas, mientras estaban rodeados de enemigos por todos lados, resultaba mucho más difícil de lo que habían imaginado, y las gloriosas promesas de Isaías 40-66 parecían estar muy lejos de su experiencia. Como resultado, pausaron el proyecto de reconstrucción del templo hasta que sus vidas se volvieran más fáciles. Parecía evidente que ahora no era el momento para planes tan ambiciosos (Hag 1:2).
Sin embargo, la perspectiva del Señor era diferente. Les señaló que ellos habían encontrado los recursos para construir sus propias casas revestidas de madera (Hag 1:4; ver también 1 R 6:9; 7:3, 7). Mientras tanto, sus otras actividades estaban bajo la maldición de Dios a causa de su desobediencia (Hag 1:5-6). Ella debían reflexionar sobre sus caminos, eliminar las excusas y priorizar la obediencia al Señor (Hag 1:8). Guiados por el gobernador Zorobabel y el sumo sacerdote Josué, el pueblo escuchó las palabras de Hageo y se puso a trabajar (Hag 1:12). El Señor estaba con ellos y levantó su ánimo para que trabajaran juntos en la reconstrucción del templo (Hag 1:14), el símbolo visible de la presencia del Señor con Su pueblo.
2. Lo mejor está por venir.
Mientras el pueblo trabajaba en la reconstrucción del templo en Jerusalén, surgió otra posible fuente de desaliento. El templo nuevo no tenía nada de la gloria primera que había tenido el anterior (Hag 2:2-3). Aunque tenía el mismo tamaño que el templo de Salomón, no solo carecía de toda la plata y el oro, sino que el templo tampoco era ya el símbolo central de un reino y un imperio, como lo había sido en los días de Salomón. Peor aún, la gloria del Señor había abandonado el edificio antes de que fuera destruido por los babilonios (Ez 10). Sin el regreso prometido de la presencia de Dios (ver Ez 43), el templo seguiría siendo una cáscara vacía y sin valor. Sin embargo, las palabras del Señor por medio del profeta animaron al pueblo a reconocer que Él realmente había regresado a estar entre ellos, aunque los frutos de ese regreso todavía no fueran visibles (Hag 2:4-5). El pueblo debía ser fuerte y trabajar; los mismos mandatos dados en los días de Josué y del mismo Salomón (Jos 1:6; 1 Re 2:2). El mismo Dios que había estado con Israel cuando salieron de Egipto seguía con ellos, y Él se aseguraría de que sus esfuerzos no fueran en vano (Hag 1:13).
Sin embargo, lo que podían ver con sus ojos no era la medida definitiva de la obra del Señor. Podían mirar hacia atrás y encontrar aliento en lo que Él había hecho en el pasado, pero también necesitaban recordar lo que el Señor iba a hacer en el futuro (Hag 2:6-9). Llegaría un día en que el Señor transformaría el orden mundial actual, dándole un giro completo y colocando a las naciones en su lugar, mientras proveería bendición para Su pueblo, con paz (shalom) fluyendo desde Su templo.
3. Las promesas del Señor conectan el presente con el futuro.
La promesa del Señor de estar con Su pueblo, encarnada en el templo de Jerusalén, y Su promesa de un Mesías, encarnada en la línea davídica, se entrelazan a lo largo de la profecía de Hageo (ver 2 Sam 7). Al inicio de la obra del profeta, ambas cosas parecen estar en duda: el templo de Jerusalén sigue en ruinas, abandonado por la gloria del Señor, y la línea davídica parece estar cortada, rechazada por el Señor como un anillo de sello desechado (ver Jer 22:24-26). Al final del libro, hay evidencias tangibles de restauración: el templo es reconstruido y el gobernador, Zorobabel, un descendiente de David, es declarado como el anillo de sello escogido por Dios (Hag 2:23). Sin embargo, el templo aún carecía de gloria, y el gobernador no era un rey, ni tampoco el Mesías prometido. Las personas tendrían que vivir por fe, creyendo que las buenas cosas que Dios estaba realizando en medio de ellos serían completadas en el día final.
Ambas promesas apuntaban hacia Jesucristo. Él es el verdadero templo de Dios (Jn 2:19), Aquel en quien la gloria de Dios ha venido a habitar entre nosotros (Jn 1:14). Como Emmanuel («Dios con nosotros»), Jesús representó físicamente la presencia de Dios en medio de Su pueblo. Ahora que Jesús ha ascendido al cielo y ha derramado Su Espíritu sobre la iglesia, la presencia de Dios está representada en el mundo por nosotros, Su pueblo. Como el cuerpo de Cristo, la iglesia es el nuevo templo, compuesto por judíos y gentiles, edificados juntos como una morada santa para Dios (Ef 2:16-22; ver 2 Co 6:16 – 7:1).
Nosotros también miramos al Hijo supremo de Zorobabel como Aquel en quien se encuentra nuestra esperanza, Jesucristo (Mt 1:13). Él tampoco tenía figura ni majestad que atrajera a las personas hacia Él, tomando la forma de siervo, y luego humillándose aún más hasta el punto de morir en una cruz (Fil 2:5-8). Sin embargo, como resultado de ese acto de obediencia, Dios ha establecido a Su ungido como el nombre que es sobre todo nombre (Fil 2:9-11). En el presente, mientras esperamos el estremecimiento final del cielo y la tierra, nuestro llamado es a ser fieles, sabiendo que a la luz de la muerte y resurrección de Cristo, nuestro trabajo en el Señor no es en vano (1 Co 15:58).

