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Este es el quinto artículo de la colección de artículos: Los «Yo soy» de Jesús.
El séptimo y último «Yo soy» de Jesús —«Yo soy la vid verdadera» (Jn 15:1)— posiblemente es el más enigmático de todos (al menos para los lectores gentiles). La tentación para muchos lectores (y predicadores) es pensar que este lenguaje solo es una metáfora de cómo debemos florecer y ser fructíferos como individuos cristianos, pero esa no es la manera en que lo habrían percibido los primeros oyentes de Jesús, quienes eran en su totalidad judíos.
Todas las palabras de esta declaración deben haber hecho que los oyentes judíos recordaran la Biblia hebrea, donde la imagen de la vid está presente en todo el desarrollo de los tratos de Dios con Israel en la historia de la redención. Por lo tanto, cuando los judíos comenzaron a sentir el peso del lenguaje de Jesús, debe haberles resultado imposible no asombrarse, ya que el Señor se atrevió a decir que Él mismo era el cumplimiento de esa imagen.
En el libro de los Salmos, el salmista habla de cómo Israel llegó a convertirse en nación, diciendo:
«Tú [Dios] removiste una vid de Egipto;
Expulsaste las naciones y plantaste la vid» (Sal 80:8).
El profeta Isaías, advirtiendo a Israel por su retroceso espiritual, utiliza el lenguaje de una viña plantada y cuidada por Dios, pero que se había vuelto silvestre e infructuosa (Is 5:1-6). Jeremías emplea el mismo lenguaje (Jr 2:21). Era una imagen hermosa, pero también conmovedora.
Toda la historia de Israel, el pueblo de Dios, está impregnada de evidencias del amor y cuidado de Dios por ellos. Los escogió desde la eternidad, los redimió de la esclavitud, los guió por el desierto y les dio una tierra propia. Les proveyó todo lo que necesitaban, no solo para prosperar espiritualmente como nación, sino también para ser Su instrumento de bendición para todas las naciones del mundo (Gn 12:3). Sin embargo, ellos desperdiciaron Su don y se alejaron del Dios a quien debían su existencia.
Nada de esto debe haber pasado desapercibido para los discípulos de Jesús cuando Él habló de la vid en relación consigo mismo. En Israel, la identidad colectiva de las multitudes del pueblo del Señor se basaba en Dios, su libertador, y su vitalidad y fecundidad espiritual se basaban en su unión y comunión con Él como Señor y Salvador; así también ahora, de un modo aún más glorioso, las promesas que Dios había hecho se cumplían en Cristo.
Hoy en día, la mentalidad de muchos cristianos suele verse moldeada por el individualismo que se desató con la Ilustración y que se centra, ante todo, en nosotros mismos y que piensa que nuestra propia historia es primordial. Sin embargo, esa mentalidad es contraria a la enseñanza de la Biblia. El énfasis de la Escritura no solo está en lo que somos en nosotros mismos, sino también en lo que somos corporativa y colectivamente en nuestra nueva vida en salvación. Jesús utiliza la imagen de la vid y sus sarmientos para ilustrar la relación entre Él y Su pueblo. Sus discípulos sabían con exactitud qué era lo que el Señor estaba diciendo, en especial en cuanto al fruto espiritual que la unión con Él siempre debe producir.
Con los rigores de la providencia y las luchas de la vida, Dios nos aleja de la autosuficiencia y nos enseña a «permanecer» de un modo cada vez más completo en Su Hijo.
Es notable que la primera aplicación que Jesús hace de la imagen de ser la vid verdadera tenga que ver con las personas que parecen ser Sus seguidores, pero no lo son: «Todo sarmiento que en Mí no da fruto, [Dios el Padre] lo quita» (Jn 15:2). Está hablando de aquellos que parecen ser cristianos por su participación externa en la iglesia, pero cuya profesión de fe no es genuina. Carecen de evidencias de lo que Pablo después llama «el fruto del Espíritu» (Gá 5:22-23).
Luego, Jesús habla de los fundamentos de la unión de las personas con Él, la vid verdadera, cuando dice: «Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado» (Jn 15:3). Su palabra, hablada en el evangelio, es primero que nada declarativa. No solo les asegura el perdón a los creyentes, sino también la purificación por Su gracia justificadora. Es Su declaración única e irrepetible de nuestra nueva posición ante Dios.
Sin embargo, como a menudo señalan los teólogos, «es la fe sola la que justifica, pero la fe que justifica nunca está sola». La fe está inseparablemente unida a la gracia de la santificación. La nueva posición legal que tenemos ante Dios por Su perdón y aceptación debe manifestarse en la evidencia de Su gracia transformadora en nuestra vida. Dios nos conforma progresivamente a la imagen de Su Hijo, nuestro Salvador Jesús.
No obstante, como se refleja en la enseñanza de otros pasajes bíblicos, el crecimiento y el fruto en nuestra vida nueva suele tener un costo. El Padre «poda» las ramas para que den más fruto (Jn 15:2). Con los rigores de la providencia y las luchas de la vida, Dios nos aleja de la autosuficiencia y nos enseña a «permanecer» de un modo cada vez más completo en Su Hijo.
Cabe notar que Jesús nos da la clave para entender lo que significa «permanecer» en Él en la vida práctica: debemos permanecer en Él y Sus palabras deben permanecer en nosotros (Jn 15:7). La evidencia de esta permanencia se percibe en nuestra vida de oración, cuando presentamos nuestras necesidades ante Dios y vemos Su respuesta a nuestras oraciones.
En resumen, como discípulos de Cristo, debemos permanecer en Su amor (Jn 15:9). Fue este detalle el que se grabó en la conciencia de Pablo, y él lo capturó de un modo conmovedor en una declaración de su epístola a los Gálatas: «El cual [Cristo] me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá 2:20). El amor de Cristo por Pablo fue la tierra en la que el amor del apóstol por el Señor floreció y creció. Que también lo sea para todos los que estamos unidos a Cristo, la vid verdadera.

