
Descanso para el alma
15 septiembre, 2026El remedio para un corazón dividido
Cuando muere un padre anciano o un amigo, solemos preguntar a los familiares si tuvieron la oportunidad de despedirse. Las últimas palabras se atesoran, no solo como el adiós final, sino porque suelen contener la sabiduría y el amor de toda una vida.
Las Escrituras nos abren una ventana a una de esas despedidas: los últimos momentos entre un rey moribundo y el hijo que estaba a punto de sucederlo, David y Salomón. Después de darle consejos prácticos para gobernar el reino, David se dirige a él de una manera más personal. Podemos imaginar al anciano padre inclinándose hacia Salomón, mirándolo a los ojos y diciéndole: «En cuanto a ti, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele de todo corazón» (1 Cr 28:9).
La palabra «todo» comunica la idea de algo «íntegro» o «completo», en contraste con «parte», que implica que algo se reserva o permanece dividido. David fue llamado un hombre conforme el corazón de Dios (véase Hch 13:22), pero conocía la inclinación de su propio corazón a reservarse ciertos aspectos de la vida en lugar de consagrarse por completo a Dios. David mismo suplicó: «Enséñame, oh Señor, Tu camino; / Andaré en Tu verdad; / Unifica mi corazón para que tema Tu nombre» (Sal 86:11).
Cada vez que creemos que podemos amarnos a nosotros mismos mejor de lo que Dios nos ama, apartamos una porción de nuestra vida y, sin decirlo, reclamamos ante Dios: «Esto es mío». Salomón llegó a ser un rey poderoso, lleno de sabiduría y fortaleza; sin embargo, empezó a buscar fuera de las promesas de Dios algo que pudiera saciar su corazón. Todo comenzó al buscar refugio en las mujeres y no en Dios. Esto lo condujo a la idolatría, opacó el reflejo de la gloria de Dios y acabó dando como fruto la devastadora división del reino.
Resulta aleccionador pensar que podemos llevar el yelmo de la salvación en la cabeza y estar cubiertos con las vestiduras de la justicia de Cristo, pero, aun así vivir a la sombra de concesiones nacidas de un corazón dividido. Aunque la salvación de Cristo es tan completa y segura que ni siquiera el infierno puede hacerla tambalear, un corazón dividido nos roba la paz, el fruto y el gozo que esa salvación ofrece. Oscurece el propósito de nuestra vida, desdeña la gloria de la cruz e impide que fluya hacia los demás el bien que debería brotar de nosotros.
Existe una clara diferencia entre el rumbo que siguieron las vidas de David y Salomón. Mientras Salomón se hundía cada vez más en sus concesiones, David respondió con un arrepentimiento sincero y descubrió que Dios estaba dispuesto a restaurarlo: «Pero Tú, Señor, eres un Dios compasivo y lleno de piedad, / Lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad» (Sal 86:15). Nosotros también debemos escoger: podemos ignorar u ocultar la división de nuestro corazón, o podemos renunciar a aquello que retenemos, arrepentirnos y volver a confiar en sus promesas.
Gracias a que Jesús nos amó de todo corazón, nosotros podemos acudir a Él con nuestros corazones divididos y ser hechos íntegros. Su corazón jamás ha estado dividido: cuando estábamos muertos en nuestros pecados, nos dio su vida; cuando éramos enemigos, nos reconcilió y nos llamó amigos. ¡Qué gracia tan maravillosa! El propósito de Dios para nuestras vidas va más allá de cualquier grandeza o felicidad que pudiéramos imaginar o crear por nosotros mismos. A medida que volvemos la mirada hacia Dios y creemos en sus promesas, nuestras vidas resplandecerán con su gloria, propósito y amor.

