
¿Qué es el calvinismo?
2 abril, 2026Guerra y paz con un Dios santo
Recuerdo aquel bochornoso día de verano de 1945, cuando estaba absorto jugando stickball en las calles de Chicago. En aquel entonces, mi mundo se reducía al tramo de asfalto que iba de una tapa de alcantarilla a la siguiente. Lo único que me importaba era que por fin me tocaba batear. Me molestó muchísimo que el primer lanzamiento se viera interrumpido por un estallido de caos y ruido a mi alrededor. La gente comenzó a salir corriendo de los apartamentos, gritando y golpeando cacerolas con cucharas de madera. Por un momento pensé que podía ser el fin del mundo. Sin duda, era el fin de mi juego de stickball. En medio de aquella confusión desenfrenada vi a mi madre correr hacia mí, con lágrimas rodándole por el rostro. Me alzó en sus brazos y me apretó con fuerza, sollozando una y otra vez: «¡Se acabó, se acabó, se acabó!».
Era el Día de la Victoria sobre Japón, en 1945. No estaba seguro de lo que todo aquello significaba, pero una cosa era clara: significaba que la guerra había terminado y que mi padre volvería a casa. No más correo aéreo a países lejanos. No más escuchar los informes diarios de bajas en combate. No más banderas de seda adornadas con estrellas colgando de la ventana. No más aplastar latas de sopa. No más cupones de racionamiento. La guerra había terminado y, por fin, la paz había llegado a nosotros.
Aquel momento de júbilo dejó una impresión perdurable en mi mente infantil. Aprendí que la paz es algo importante, motivo de celebración desbordada cuando se establece y de amargo pesar cuando se pierde. La impresión que me llevé aquel día en las calles de Chicago era que la paz había llegado para siempre. No tenía idea de cuán frágil era. Pareció pasar muy poco tiempo antes de que reporteros como Gabriel Heater lanzaran advertencias inquietantes sobre aumentos de tropas en China, la amenaza nuclear de Rusia y el bloqueo de Berlín. La paz de Estados Unidos fue efímera, cediendo una vez más ante la guerra en Corea y, más tarde, en Vietnam.
Anhelamos una paz duradera en la que podamos confiar.
Frágil. Inestable. Precaria. Estas son las condiciones normales de la paz terrenal. Los tratados de paz, como las reglas, parecen estar hechos para romperse. Ni un millón de Neville Chamberlain asomados a los balcones, con las manos extendidas y proclamando «hemos logrado la paz para nuestro tiempo» garantizarían que la historia humana sea algo distinto de un continuo Múnich.
Aprendemos pronto a no confiar demasiado en la paz. La guerra irrumpe con mucha rapidez y demasiada facilidad. Aun así, anhelamos una paz duradera en la que podamos confiar. Ese es precisamente el tipo de paz que el apóstol Pablo proclamó en su Epístola a los Romanos.
Cuando cesa nuestra guerra santa contra Dios; cuando, como Lutero, atravesamos las puertas del paraíso; cuando somos justificados por la fe, la guerra acaba para siempre. Con la limpieza del pecado y la declaración del perdón divino, entramos en un tratado de paz eterno con Dios. La primicia de nuestra justificación es la paz con Dios. Esta paz es una paz santa, sin mancha y trascendente. Es una paz indestructible.
Cuando Dios firma un tratado de paz, lo firma a perpetuidad. La guerra ha terminado, para siempre. Por supuesto, todavía pecamos; aún nos rebelamos; seguimos cometiendo actos de hostilidad contra Dios. Pero Dios no es un beligerante. No se dejará arrastrar a entrar en guerra con nosotros. Tenemos un abogado para con el Padre. Tenemos un mediador que mantiene la paz. Él gobierna sobre la paz, porque es el Príncipe de Paz y porque Él es nuestra paz.

