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26 febrero, 2026La intercesión de Cristo por nosotros
Este es el cuarto artículo de la colección de artículos: El Espíritu Santo
«¡Consumado es!» (Jn 19:30). Estas palabras han consolado a los cristianos durante dos milenios, proclamando que Cristo ha logrado la expiación completa por cada uno de nuestros pecados. Ningún libro celebra esta realidad de «una vez para siempre» más que Hebreos, con su repetido énfasis en que Jesús es diferente a los sacerdotes del Antiguo Testamento, quienes tenían que ofrecer sacrificios interminables por el pecado.
Sin embargo, Hebreos también nos dice que Jesús es «sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» (He 7:17) y que «conserva Su sacerdocio inmutable» (v. 24). La culminación de la obra expiatoria de Jesús no fue la culminación de Su obra sacerdotal. ¿Qué está haciendo Jesús como Sacerdote hoy? El autor continúa: «Por lo cual Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos» (v. 25). La esencia del ministerio sacerdotal continuo de Jesús es Su intercesión por Su pueblo. Esto ya había sido prefigurado en la obra de los sacerdotes levíticos. Sus deberes no eran solo ofrecer sacrificios en el altar de bronce en el atrio del templo, sino también entrar en el tabernáculo propiamente dicho, la casa de Dios, y quemar incienso en el altar de oro que estaba dentro. Este incienso, que ardía constantemente como un aroma agradable ante el estrado de Dios, era una representación de la intercesión de Cristo.
Interceder significa simplemente «pedir en nombre de otro». Aunque la forma exacta de la intercesión celestial es, en cierto modo, un misterio para nosotros, se nos asegura que Jesús presenta constantemente ante el Padre las necesidades de Su pueblo. Durante Su ministerio sacerdotal en la tierra, Cristo llevó a cabo la expiación; en Su ministerio sacerdotal en los cielos, ahora aplica esa expiación a nosotros, derramando sus beneficios. Imagina un médico que tiene un armario lleno de todos los medicamentos que sus pacientes necesitan. Los medicamentos se compraron una sola vez, pero se irán administrando con el tiempo. Así también con Jesús, el gran médico de nuestras almas. Él ha hecho expiación de una vez por todas y ha ganado toda bendición. Pero muchas de esas bendiciones se nos otorgan a lo largo de nuestro viaje de regreso a casa.
¿Qué está orando Jesús por nosotros? Todo lo que necesitamos para que podamos ser «salvos para siempre». Cuanto mayor sea nuestra visión de lo que Jesús logró en la cruz, mayor será nuestra comprensión de Su intercesión continua. Probablemente cuando pensamos en la cruz, tendemos a enfocarnos, con razón, en la bendición de ser perdonados y justificados, es decir, de ser declarados justos ante los ojos de Dios. Si eres creyente, estas bendiciones fueron ganadas para ti en el Calvario. Pero no fuiste justificado hace dos mil años; fuiste justificado en el momento en que te convertiste en cristiano, en un momento específico de la historia. En última instancia, no fue tu iniciativa, sino la de Jesús, la que aplicó la bendición de la justificación a tu vida. Si estás siguiendo a Cristo hoy, es porque Él se ha presentado ante el Padre y ha pedido que Su justicia te sea acreditada, para que seas considerado «en Él».
Al igual que con el comienzo de la vida cristiana, lo mismo ocurre con su continuación. La justificación es una bendición de «una vez para siempre»: no necesitamos ser rejustificados. Pero Jesús ganó toda bendición para nosotros. Mientras enfrentamos los numerosos peligros, dificultades y trampas de esta vida, necesitamos gracia constante. Gracia para resistir la tentación, gracia para perseverar cuando nos sentimos casi abrumados, gracia para mantenernos firmes cuando nuestra fe se tambalea. Dios, en Su sabiduría, ha dispuesto la vida cristiana de manera que no somos hechos perfectos al instante en el momento en que nos convertimos en Sus hijos. En cambio, con el tiempo aprendemos a depender de Él y crecemos en fe, esperanza y amor. Cada paso adelante es, en última instancia, resultado de que Jesús le pida a Su Padre la gracia que necesitamos ese día.
Por lo tanto, la intercesión de Jesús nos ayuda a ver cuán personal es Su cuidado por nosotros. Podría ser fácil caer en la idea de que Jesús murió por nosotros, regresó al cielo y ahora, en efecto, está retirado de la obra de salvar a Su pueblo. Él ha hecho Su parte, y ahora nos toca a nosotros. Pero no. Observa nuevamente el lenguaje de Hebreos: Él «vive perpetuamente para interceder». Perpetuamente. Jesús nunca se desconecta, nunca pierde de vista a uno de Sus hermanos y hermanas, nunca es indiferente ante nuestras batallas diarias. Él conoce nuestros corazones, conoce nuestras luchas, y le importamos. Le importamos tanto que está constantemente intercediendo por nosotros, para asegurarse de que recibamos exactamente lo que necesitamos.
Esto es un tremendo aliento para el pueblo de Dios. Nosotros nos preguntamos si estamos orando por las cosas correctas, pero Cristo es el más sabio de todos los hombres, por lo que sabe exactamente qué pedirle al Padre en nuestro nombre. Tememos que nuestras oraciones no sean escuchadas, pero el Padre se deleita en honrar a Su Hijo, por lo que las peticiones de Cristo siempre serán bien recibidas. Nos cansamos, nos distraemos y nos enfriamos en nuestras oraciones, pero el Cristo resucitado está constantemente intercediendo por nosotros. Caemos en pecado, pero Cristo ya está abogando por nosotros, aplicando la sangre del Calvario para nuestro perdón. Ciertamente, Cristo tiene mucha más compasión por nosotros, más misericordia y amor de lo que nosotros mismos tenemos hacia nosotros. Gracias a Dios, Él está más comprometido con nuestra llegada segura a casa de lo que nosotros mismos lo estamos. He aquí una verdadera seguridad y consuelo para el cristiano asediado: mi esperanza no descansa en el fervor, ni en la pureza de mi vida de oración, sino en la de nuestro Señor Jesucristo. Allí está sentado, entronizado en el cielo, por encima de todos los ángeles, arcángeles y querubines, y aun así lleno de compasión por las ovejas pecadoras y atribuladas.
Un último pensamiento. Esto no quiere decir que Jesús deba torcer el brazo de Su Padre para obtener bendiciones para nosotros. «Pídeme, y te daré las naciones como herencia Tuya» (Sal 2:8). El Padre y el Hijo han acordado gozosamente que Jesús pida por un pueblo salvado. Y ahora, el Padre y el Hijo se deleitan en derramar sobre ese pueblo bendiciones compradas en la cruz e impregnadas de gracia, derramadas desde el cielo a través de las oraciones del Hijo de Dios.

