
¿Por qué importa el bautismo?
22 enero, 2026¿Por qué es el bautismo un medio de gracia?
Este es el octavo artículo de la colección de artículos: Los fundamentos del discipulado cristiano
Una familia cristiana se acercó una vez al fallecido Dr. John Gerstner y le pidió que bautizara a su recién nacido. A medida que se acercaba la hora de la ceremonia, la madre del niño preguntó si podían esperar hasta que ella pudiera conseguirle al bebé un vestido blanco para el servicio. Gerstner le preguntó a la madre cuál era el significado del vestido blanco. La madre respondió: «Para simbolizar la inocencia del bebé». Gerstner respondió: «Si el bebé es inocente, entonces ¿por qué lo estamos bautizando?». Esta anécdota refleja algo de la confusión generalizada sobre la naturaleza del bautismo.
Muchos ven el bautismo como una mera formalidad religiosa y ceremonial. Otros atribuyen demasiada eficacia al acto externo del bautismo, sugiriendo que imparte gracia salvadora a cada receptor. La verdad es que el bautismo es tanto un acto simple como un acto complejo. Es simple en el sentido de que es un lavado ceremonial en el nombre del Dios trino, instituido por el Señor Jesús para ser una marca del discipulado. Es complejo en cuanto al significado preciso de su naturaleza, sus sujetos y su eficacia. Para llegar a una comprensión correcta de cómo el bautismo actúa en la vida del pueblo de Dios, primero necesitamos considerar la naturaleza del acto del bautismo.
El bautismo, al igual que su contraparte en el antiguo pacto, la circuncisión, es una señal y sello del pacto de gracia (Ro 4:11), señalando la promesa de la justicia acreditada de Dios por la fe en Cristo. Es una señal en la medida en que apunta más allá de sí mismo hacia la prometida regeneración por el Espíritu Santo y la purificación por la sangre de Cristo. Es un sello por el cual Dios afirma la verdad de esta promesa a los creyentes profesantes y a sus hijos. El bautismo cristiano es una señal y un sello instituido divinamente de las promesas del pacto de Dios. Esto, a su vez, convierte al bautismo en un medio de gracia.
A menos que el Espíritu Santo conceda soberanamente la regeneración e iluminación espiritual, la Palabra y los sacramentos no impartirán la gracia de Dios a los individuos.
Al considerar el bautismo como un medio de gracia, primero debemos reconocerlo como un acto divino. El Dios trino aplica esta señal y sello a Su pueblo en el nuevo pacto. Erróneamente, muchos ven el bautismo, ante todo, como una señal de algo que han hecho (es decir, una señal del acto de su propia profesión de fe personal en Cristo). En consecuencia, muchos se refieren al bautismo como «una señal externa de una profesión interna de fe». Aunque los creyentes profesantes y sus hijos ciertamente reciben el bautismo como una marca de discipulado (Mt 28:18-20; 1 Co 7:14) en obediencia a Jesús, la señal del pacto no apunta en primer lugar a algo que nosotros hemos hecho. Más bien, es la señal que apunta a lo que Dios ha prometido hacer en Cristo por medio del Espíritu. Llegar a una comprensión firme de esto es vital si queremos entender cómo el bautismo funciona como un medio de gracia.
El bautismo es la señal de iniciación en la comunidad del nuevo pacto. Cuando los individuos reciben la señal del bautismo, Dios los introduce dentro del ámbito de la iglesia visible. Como tales, son apartados del mundo y hechos miembros de una comunidad de adoración que vive junta bajo el ministerio de la Palabra de Dios, los sacramentos y la disciplina. Esto no significa que todos los que reciben el bautismo posean la gracia que se exhibe en esta señal y sello. Es completamente posible que alguien tenga la señal y no posea lo que significa. Esto es evidente a partir del relato de Simón el mago (Hch 8:9-24). Sin embargo, el bautismo, al igual que su contraparte en el nuevo pacto, la Cena del Señor, no es una señal vacía. En verdad confiere la gracia de Dios a aquellos a quienes pertenece, es decir, a los elegidos. Como afirma la Confesión de Fe de Westminster (28.6):
La eficacia del bautismo no está ligada al momento preciso en que se administra. No obstante, mediante el uso correcto de esta ordenanza, la gracia prometida no solo es ofrecida, sino que realmente es manifestada y conferida por el Espíritu Santo, a aquellos (ya sean adultos o infantes) a quienes pertenece aquella gracia, según el consejo de la propia voluntad de Dios, en el tiempo establecido por Él.
Los miembros de la Asamblea de Westminster incluyeron varias salvedades importantes en estas formulaciones doctrinales sobre la eficacia del bautismo. Primero, explican que la eficacia del bautismo no está ligada al momento de su aplicación. Los sacramentos no confieren automáticamente gracia a todos los que los reciben. En segundo lugar, indican que el sacramento del bautismo solo confiere gracia por la obra del Espíritu Santo. A menos que el Espíritu Santo conceda soberanamente la regeneración e iluminación espiritual, la Palabra y los sacramentos no impartirán la gracia de Dios a los individuos. Tercero, la eficacia del bautismo es solo «para aquellos (ya sean adultos o infantes) a quienes pertenece aquella gracia». Los teólogos de Westminster indican que es solo a los elegidos a quienes se les confiere la gracia de Dios en el sacramento.
Como medio de gracia, el bautismo se vuelve eficaz en la vida de los elegidos por la regeneración soberana del Espíritu Santo. Esto puede ocurrir en la vida de un individuo «ya sea adulto o infante». Sin embargo, esa regeneración se lleva a cabo en las vidas de los elegidos por la obra libre e inmerecida del Espíritu de Dios en sus corazones. Si una persona fue bautizada de infante en el nombre del Dios trino, pero no llegó a la fe salvadora y al arrepentimiento hasta ser adulta, sería correcto decir que su «bautismo se hizo efectivo al momento de su arrepentimiento», no a causa del arrepentimiento y la fe, sino debido a la obra misericordiosa del Espíritu de Dios aplicando a su alma la obra de Cristo crucificado y resucitado.

