
Discipulado en la familia
13 enero, 2026
¿Qué es el discipulado cristiano?
20 enero, 2026¿Por qué es la Cena del Señor un medio de gracia?
Este es el quinto artículo de la colección de artículos: Los fundamentos del discipulado cristiano
En los últimos años, ha habido una explosión de libros y recursos que animan a la iglesia a ser «centrada en el evangelio». Estamos llamados a ser padres centrados en el evangelio, escribir sermones centrados en el evangelio y vivir como comunidades centradas en el evangelio. Todo esto está muy bien. Pero ¿cómo mantiene una iglesia la cruz, la muerte expiatoria del Señor Jesús, en el centro de su ministerio? Afortunadamente, no hay necesidad de que los ministros se rasquen la cabeza o se sienten a tratar de idear nuevas ideas innovadoras. El mismo Señor Jesús dejó instrucciones claras.
Sentado con Sus discípulos por última vez antes de Su arresto y crucifixión, «tomando el pan, después de haber dado gracias, lo partió, y les dio, diciendo: “Esto es Mi cuerpo, que por ustedes es dado. Hagan esto en memoria de Mí»» (Lc 22:19). Hagan esto en memoria de mí. La Cena del Señor, una sencilla comida de pan y vino, es esencial para la adoración de la iglesia mientras recuerda y celebra la muerte de su Salvador.
Ya podemos ver una bendición de la Cena del Señor: nos recuerda que el cuerpo de Jesús fue quebrantado para que el nuestro nunca lo sea y Su sangre fue derramada para que la nuestra sea preservada. La maldición de la muerte cayó sobre Él y, por lo tanto, las bendiciones de la vida son otorgadas a Su pueblo. Esto deja claro que celebrar la Cena del Señor de ninguna manera significa añadir o continuar el sacrificio único y definitivo hecho en el Gólgota. El clamor de Jesús, «¡Consumado es!», resuena a través de los siglos y se proclama en la Cena del Señor. Su sangre ha sido derramada y no necesita ser vertida de nuevo. El sacrificio está completo.
De esta manera, la cena actúa como una especie de palabra visible. No está aportando nueva información que no conoceríamos de la Biblia. En cambio, «predica» a nuestros ojos, manos, labios y bocas el mismo evangelio, pero en forma pictórica. Mientras escribo, mi hija de dos años acaba de regresar del parque y ha entrado tambaleándose en mi estudio. Puedo decirle que la amo. Y luego puedo recogerla, darle un gran abrazo y besarla en la mejilla. ¿Qué aportan el abrazo y el beso? En un sentido, no añaden ninguna información nueva, pero fortalecen y confirman las palabras que pronuncié. Lo mismo ocurre con la Cena del Señor: es un regalo de la gracia de Dios para nosotros, confirmando el mensaje de la cruz. Como lo expresa la pregunta y respuesta 75 del Catecismo de Heidelberg: «el hecho de que Su cuerpo fue ofrecido y partido en la cruz por mí y de que Su sangre fue vertida por mí es tan cierto como que yo veo con mis propios ojos que el pan del Señor es partido para mí y que la copa me es dada a mí».
La Cena del Señor: es un regalo de la gracia de Dios para nosotros, confirmando el mensaje de la cruz.
Pero hay más que podemos decir mientras buscamos entender cómo la Cena del Señor es un medio de gracia. La cena no es un mero recurso visual. Después de todo, el ministro no solo se para al frente y señala un pan partido y una copa de vino. No, tomamos esos elementos y los consumimos, incorporándolos en nuestros propios cuerpos. Para un observador, parece como si estuviéramos compartiendo una comida muy sencilla. De hecho, pensar en la cena como una comida nos ayuda a comenzar a ver una segunda razón por la cual es un medio de gracia para la iglesia de Dios: la Cena del Señor es un alimento espiritual, donde recibimos a Cristo mismo. Nos alimentamos no solo con Cristo, sino «de» Él.
Todos los creyentes tienen, por así decirlo, dos «vidas». Tenemos un cuerpo físico que Dios, en Su bondad, fortalece a través del alimento físico. Muy posiblemente, has comido algo de pan hoy, quizás incluso has tomado una copa de vino. Ambos habrán fortalecido tu cuerpo. Luego tenemos una vida espiritual. Cuando participamos de la Cena del Señor como creyentes, estamos siendo alimentados espiritualmente. Aunque el pan y el vino siguen siendo pan y vino, y no se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo, Pablo aún habla de la comida como una «participación» en el cuerpo y la sangre de Cristo. En traducciones antiguas leemos sobre una «comunión» en lugar de una participación, de ahí el segundo nombre común para la Cena del Señor: Santa Comunión. 1 Corintios 10:16 es el versículo clave: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo?».
Ciertamente hay misterio aquí. Pero de alguna manera, por el misterioso poder del Espíritu Santo, al comer y beber pan y vino ordinarios, por la fe estamos recibiendo a Cristo y siendo fortalecidos en nuestra unión con Él. No es meramente un recordatorio de gracia; es un regalo fresco de gracia. Venimos con las manos vacías —ninguna iglesia cobra dinero por el pan y el vino— y nuevamente recibimos a Cristo, como lo hicimos en la Palabra predicada anteriormente en el servicio. Esta comprensión ayuda a cambiar sutilmente nuestro enfoque: la Cena del Señor es, ante todo, un momento en el que Cristo viene nuevamente a nosotros en gracia, antes de ser un momento en el que intentamos con todas nuestras fuerzas recordarlo con reverencia. La dirección principal es del cielo a la tierra, no de la tierra al cielo. Es otro movimiento de gracia.

