
Un pueblo peregrino
3 noviembre, 2026¿Qué quiere decir la Biblia cuando habla del corazón?
Llamamos nieve a los copos blancos que aparecen en invierno. No importa si su textura es ligera o endurecida, si la capa es delgada o profunda, si es fina o húmeda, blanda o pesada: sencillamente la llamamos «nieve». Sin embargo, el pueblo yupik del norte de Alaska y Canadá emplea muchas palabras para describir estas diferentes clases de nieve. En español, nieve es una sola palabra, aunque la nieve posea distintas cualidades, sea cual sea el idioma que hablemos. Lo mismo sucede con la palabra corazón en las Escrituras. El corazón refleja tanto la unidad como la complejidad de nuestro ser interior. Es uno, pero cumple diversas funciones.
Nuestra unidad interior
Dicho sencillamente, en las Escrituras el corazón representa la totalidad de nuestro ser interior. Este único centro de unidad gobierna nuestra vida. De él «brotan los manantiales de la vida» (Pr 4:23). Es nuestro centro de control: la fuente de cada pensamiento, la sede de cada pasión y el árbitro de cada decisión. Todo se origina en este único centro indiviso y es gobernado por él. Por eso, todo lo esencial para la vida cristiana —nuestras palabras, el arrepentimiento, la fe, el servicio, la obediencia, la adoración, la conducta y el amor— debe hacerse «con todo el corazón» (Dt 10:12; 30:2; 1 S 7:3; Sal 86:12; 119:34; Pr 3:5-6; 4:23; Is 38:3; Jr 24:7; Mt 22:37). El corazón es el timón de la embarcación: determina la orientación y luego fija el rumbo de nuestra vida. El estado del corazón determina el rumbo de la persona.
Nuestra complejidad interior
En un sentido más amplio, el corazón abarca diversas funciones, entre ellas la mente, los deseos y la voluntad. La mente del corazón comprende lo que sabemos: nuestros pensamientos, ideas, recuerdos e imaginación. Los deseos del corazón comprenden lo que amamos: aquello que queremos, buscamos y anhelamos, y que, por tanto, despierta nuestros sentimientos. La voluntad del corazón se refiere a lo que escogemos: si resistiremos o nos someteremos, si diremos «sí» o «no», y si nuestra determinación será débil o firme.
La mente. Aunque en la actualidad solemos pensar en el corazón principalmente en relación con las emociones, la Biblia lo vincula con nuestra capacidad de pensar. Por ejemplo, Pablo oró para que «el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, les dé espíritu de sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de Él» y para que «los ojos de su corazón les sean iluminados» (Ef 1:17-18). Jesús dijo: «Porque del corazón provienen malos pensamientos» (Mt 15:19). El Salmo 139:23 establece este paralelismo:
Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón;
Pruébame y conoce mis inquietudes (énfasis añadido).
Con frecuencia, las versiones de la Biblia traducen corazón con términos como entendimiento, juicio o, más comúnmente, mente. Esto muestra cuán estrecha es la relación entre el corazón y el pensamiento (Éx 14:5; 1 R 3:9; Sal 26:2; Pr 19:21; Jr 17:10; Mt 22:37).
El corazón reflexiona sobre lo que más valora. Sus decisiones tienen motivaciones y revelan aquello en lo que ha depositado sus afectos.
Los deseos. Para bien o para mal, el corazón desea satisfacción, seguridad, consuelo, felicidad y muchas otras cosas. Podemos desear cosas pecaminosas, como las pasiones carnales, o cosas buenas, como el deseo de Jesús de comer la Pascua con sus discípulos (Dt 12:15; Sal 45:11; Is 26:9; Mt 5:28; Ro 1:24; Gá 5:24; 1 Ti 6:9; 1 Jn 2:16). La palabra que Pablo emplea para referirse al deseo de la carne es la misma que utiliza para hablar del deseo del Espíritu (Gá 5:16-17). En esencia, los deseos revelan aquello que ansiamos y, en última instancia, amamos; es lo que Cristo llama nuestro tesoro, pues «donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6:21; ver también Sal 63:1; Is 55:2; Mt 5:6; Jn 4:10; He 5:14; 1 P 2:2). Dependiendo de si nuestros deseos son satisfechos o frustrados, el corazón experimenta enojo, alegría, envidia, ira, temor angustioso, tristeza, mal de amores, aflicción, desesperación y muchas otras emociones. Nuestras emociones revelan lo que se encuentra en el centro de nuestro ser, no solo lo que sentimos.
La voluntad. Como sede de la voluntad, el corazón decide si nos someteremos a lo que deseamos y pensamos o si lo resistiremos. Dirá «sí» o «no». Es aquí donde se libra la batalla por el dominio del corazón. El resultado dependerá de la fortaleza o debilidad de la voluntad, de su insensibilidad o quebrantamiento, y de si ha sido endurecida por el pecado o renovada por la gracia. El corazón dominado por la incredulidad pecaminosa es obstinado y se resiste a Dios; al mismo tiempo, es débil e incapaz de resistir la tentación (Éx 4:21; Dt 1:28; Ro 2:5; 2 Co 3:14). En marcado contraste, el corazón renovado por el Espíritu se inclina humildemente ante Dios, pero también está resuelto a obedecer al Señor muriendo al pecado, al mundo y al diablo (1 S 2:1; Dn 1:8; Hch 4:13; 2 Co 7:10-12; Stg 4:7; 1 P 5:9).
Nuestra unidad y complejidad interiores
La mente, los deseos y la voluntad son distintos, pero inseparables: funcionan juntos como una red coordinada. Nuestro pensamiento siempre persigue algún fin. El corazón reflexiona sobre lo que más valora. Sus decisiones tienen motivaciones y revelan aquello en lo que ha depositado sus afectos.
Esta alianza entre la mente, los deseos y la voluntad se manifiesta en el profundo vínculo que todos ellos tienen con el pecado. Como dice Pablo, «la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo» (Ro 8:7). Sin embargo, esta misma unidad también caracteriza al «corazón nuevo» que recibe el cristiano al nacer de nuevo por obra del Espíritu Santo. No existe aspecto alguno del corazón del cristiano —ya sea la mente, los deseos o la voluntad— que no haya sido tocado por la gracia de Dios. Nuestro corazón es iluminado, purificado y afirmado en la verdad del evangelio de Jesucristo. Conocemos verdaderamente a Dios, lo amamos con sinceridad y lo seguimos con firmeza. Cada vez somos más capaces de creer, servir, obedecer, adorar, andar y amar a nuestro Dios con todo el corazón.

