
El verdadero arrepentimiento para vida
29 octubre, 2026Un pueblo peregrino
Hay algo especial en estar en casa, ¿verdad? Lo recuerdo cada vez que viajo. Mientras escribo esta columna, han pasado apenas unas semanas desde que regresamos de un crucero de estudio de Ligonier por el Caribe. Disfrutamos de un tiempo maravilloso de enseñanza y comunión con los amigos y colaboradores de Ligonier, muchos de los cuales probablemente estén leyendo ahora mismo esta columna. Sin embargo, por mucho que disfruté el viaje, me alegró volver a casa. Lo mismo me ocurre siempre que viajo. Amo mi patria y me alegra regresar a mi país, incluso después de un viaje lleno de bendiciones.
Aunque me alegra volver a mi país, debo admitir que, cuando regreso a esta tierra, anhelo estar en otro lugar. A fin de cuentas, Estados Unidos no es más que una posada, un lugar donde descansar camino a mi verdadero hogar: la ciudad celestial. Como cristiano, comprendo que no estaré verdaderamente en casa hasta que me encuentre con mi Salvador en el cielo. Un antiguo canto espiritual lo expresa muy bien: «Este mundo no es mi hogar… solo estoy de paso». Más adelante, la descripción que Juan hace de la encarnación retoma este tema. En la afirmación de que el Verbo de Dios «se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Jn 1:14), el verbo griego traducido como habitó procede de la misma raíz que la palabra tienda o tabernáculo. Cristo literalmente «levantó su tienda» o «hizo su tabernáculo» entre nosotros.
Por esta razón, Cristo es el Peregrino supremo que se nos revela en las Escrituras. En la encarnación se convirtió en el Extranjero por excelencia, pues dejó su hogar celestial en favor nuestro. Vino a este mundo para acompañar a los hijos de Abraham, Isaac y Jacob en su camino hacia el hogar celestial.
De este lado del cielo, el Señor nos permite vislumbrar nuestro hogar celestial de muchas maneras, especialmente cuando nos reunimos para el culto congregacional.
Hebreos 11:13 lo expresa así: los santos del antiguo pacto «murieron en fe, sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto desde lejos y aceptado con gusto, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra». Moisés, Abraham y los demás salieron por fe de sus hogares terrenales en busca del hogar celestial que el Señor les había prometido. Anhelaban «una patria mejor, es decir, la celestial». Por eso, «Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad» (He 11:16).
Aunque la galería de la fe de Hebreos 11 se concentra en los creyentes del antiguo pacto, la peregrinación del pueblo de Dios no terminó cuando los israelitas se establecieron en Canaán, conquistaron Jerusalén por primera vez ni regresaron a la Tierra Prometida después del exilio. La iglesia cristiana es un pueblo peregrino. El apóstol Pedro lo afirma con claridad: «Amados, les ruego como a extranjeros y peregrinos, que se abstengan de las pasiones carnales que combaten contra el alma» (1 P 2:11). Todavía aguardamos la ciudad santa, la Jerusalén celestial. Ese es el hogar para el que fuimos creados: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos» (Ap 21:3).
De este lado del cielo, el Señor nos permite vislumbrar nuestro hogar celestial de muchas maneras, especialmente cuando nos reunimos para el culto congregacional. Lo he experimentado en mi iglesia, Saint Andrew’s Chapel, donde cada día del Señor nos congregamos y cruzamos el umbral de lo secular a lo sagrado. Sin embargo, también lo he visto cuando he adorado en otros países.
Hace unos veinte años recorrí Europa Oriental para predicar y enseñar en varios países que habían permanecido cerrados a los misioneros cristianos durante el régimen comunista, concluido apenas unos años antes. Un domingo por la mañana tuve la oportunidad de predicar en una iglesia de Transilvania. Al contemplar la congregación, vi a muchas mujeres ancianas cuyos rostros estaban surcados por las arrugas de largos años de trabajar la tierra con herramientas rudimentarias. Aunque vestían de negro de la cabeza a los pies —faldas negras, blusas negras y pañuelos negros en la cabeza—, irradiaban serenidad. Parecían casi angelicales. Escuchaban mi sermón con gran atención y, en algunos momentos, incluso vi una lágrima deslizarse por la mejilla de alguna de ellas.
Mientras estaba allí, oía cómo mi predicación era traducida a su lengua materna, el rumano, y me maravillaba ante lo que estaba sucediendo. Sentía una verdadera afinidad con aquellas mujeres, un vínculo que no procedía de nada de este mundo. No teníamos nada en común. Hablábamos idiomas distintos, procedíamos de culturas diferentes, seguíamos costumbres diferentes y, aparte de eso, nada parecía unirnos. Sin embargo, sí compartíamos el bendito vínculo que nos une: el amor por la Palabra de Dios. Todos éramos ciudadanos del cielo, de paso por distintas regiones de este mundo, pero unidos profundamente porque todos estábamos unidos a Cristo. Tanto aquellas campesinas como yo éramos peregrinos en camino hacia la patria celestial.
Dios nos concede muchas bendiciones en este mundo y en nuestros hogares terrenales. No obstante, «este mundo no es nuestro hogar… solo estamos de paso».

