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Transcripción
En nuestra última sesión sobre los pactos de la Biblia, vimos el primer pacto que Dios hizo con la raza humana. Y mencioné entonces, que hay tres maneras en las que ese pacto es frecuentemente designado: una es el pacto Adánico, la otra es el pacto de la creación, y la tercera, la designación más controvertida, es el pacto de obras. Y en ese marco de referencia, el pacto de obras se llama así para distinguirlo del pacto de gracia.
Permítanme leer de nuevo la segunda parte del capítulo siete de la Confesión de Westminster que dice: «El primer pacto hecho con el hombre fue un pacto de obras, en el cual se le prometió la vida a Adán y en él, a su posteridad, bajo la condición de obediencia perfecta y personal». Y luego continúa diciendo en la sección tres: «Por su caída, el hombre, se hizo a sí mismo incapaz de la vida mediante aquel pacto, por lo que agradó a Dios hacer un segundo pacto, comúnmente llamado el pacto de gracia», y luego pasa a definirlo aún más. Así que, en las categorías de esta distinción que acabo de hacer, esta es la forma en que la teología reformada históricamente ha visto la historia de la redención.
Hemos visto la confusión que existe entre las frases «antiguo pacto y nuevo pacto», «Antiguo Testamento y Nuevo Testamento». Ahora vamos a hacer una distinción diferente. Tenemos el pacto de obras, y luego el pacto de gracia, y luego en la teología reformada, la forma en que vemos el desarrollo de la historia de la redención es esta: que bajo el pacto de gracia tienes el antiguo pacto y el nuevo pacto. Es decir, la distinción entre el antiguo pacto y el nuevo pacto es una distinción económica o una diferencia en la dispensación histórica, la forma en que Dios llevó a cabo el pacto de gracia.
El antiguo pacto se refiere al desarrollo original del pacto de gracia que leemos en el Antiguo Testamento, y luego pasamos al nuevo pacto, que también es una manifestación del pacto de gracia. Sin embargo, a pesar de que hacemos estas distinciones, tendremos que recordar que todavía hay una conexión, como veremos, entre el pacto de obras y el nuevo pacto. Pero la diferencia básica es esta: que en el pacto de obras, la raza humana es puesta a prueba y se le promete la vida eterna con la condición de obedecer los mandamientos de Dios.
Si en efecto esto falla, entonces, Dios, en Su gracia y en Su bondad amorosa, crea un segundo pacto basado en esa gracia por el cual los términos del pacto de obras no se echan a un lado, sino que se cumplen de una manera diferente, como confío que podremos ver. Pero de nuevo, lo primero que tenemos que establecer es que hubo tal cosa como el pacto de obras y cómo debemos entender el pacto de obras en la creación.
Se nos dice que cuando Dios crea los cielos y la tierra, en cada paso de la creación, Él mira lo que ha creado y pronuncia Su bendición diciendo: «Eso es bueno». Y así, la pregunta que nos hacen con frecuencia es: «¿Cuál era el estado moral de Adán y Eva antes de la Caída?» En otras palabras, ¿en qué sentido fueron hechos a la imagen de Dios? ¿Eran perfectos? ¿Eran perfectamente justos o qué? ¿Cuál era su condición? Históricamente eso ha provocado una enorme serie de discusiones.
Cuando estudiamos la doctrina del hombre y observamos ese concepto de ser hechos a la imagen de Dios, recordamos que en el relato del Génesis de ser hechos a la imagen de Dios, leemos que Dios dijo: «Hagamos al hombre a Nuestra imagen… a Nuestra semejanza» y «Dios creó al hombre a imagen Suya», a Su semejanza. Entonces la pregunta era, cuando la Biblia habla de la imagen y la semejanza de Dios, ¿se está refiriendo la Biblia a dos cosas separadas, una de las cuales es la imagen y la otra es la semejanza, o está la Biblia usando una técnica gramatical llamada endíadis donde se usan dos palabras diferentes para describir y definir la misma cosa de modo que no hay diferencia esencialmente entre imagen y semejanza?
Históricamente, la Iglesia católica romana ha hecho distinción entre imagen y semejanza, y el protestantismo histórico no lo ha hecho. El protestantismo histórico ha visto la imagen y la semejanza como refiriéndose a la misma cosa: la forma en que hay cierta similitud entre el Creador y la criatura. De nuevo, parte de ese problema es impulsado por la pregunta: ¿qué sucede con nuestra condición y nuestro estatus con Dios después de la caída de Adán y Eva? ¿Seguimos siendo a imagen de Dios? Las Escrituras dejan claro que a pesar de estar sumergidos en un estado ruinoso de corrupción por la caída de Adán y Eva, por muy grave que sea esa caída, no destruye completamente el que seamos hechos a imagen de Dios.
Por lo tanto, los teólogos han luchado con esto por siglos, y tal vez en la iglesia antigua, las percepciones más profundas sobre esto vinieron de San Agustín. Donde Agustín habló de que en la creación, Adán y Eva, además de su naturaleza humana básica, recibieron un don especial, un donum superadditum, una especie de adición, que no era absolutamente inherente a su humanidad, es decir, podían perder este don, podían perder esta adición y aun así mantener su humanidad. Y ese don se llama el don de la justicia original. Nuevamente, hay otra distinción aquí, y esta es la forma en que los teólogos abordan estas preguntas. ¿Cuál es la diferencia entre la inocencia y la justicia? No hay duda de que Adán y Eva en la creación son inocentes.
Ser inocente significa estar libre de cualquier pecado o impureza. Cuando Dios hizo a Adán y Eva, ellos no eran criaturas culpables en el momento en que Él los puso en el Paraíso y en el huerto del Edén, cuando tuvo comunión con ellos en ese lugar y en ese momento, —eran inocentes de pecado. Bueno, eso no es lo mismo que tener justicia positiva. La justicia positiva se manifiesta teniendo un patrón de comportamiento que está de acuerdo con los mandamientos de Dios.
La justicia se establece a través de la obediencia, y por eso hay quienes dicen: «No, no había ningún don adicional de justicia en el huerto antes de la Caída, que luego se perdió. Solo había inocencia, y lo que se perdió fue inocencia y fue llenada por la corrupción». Y podemos debatir sobre eso para siempre, pero el punto que Agustín estaba tan celoso de sostener era este: que el hombre fue creado bueno, pero fue creado mutablemente bueno, no inmutablemente bueno. Es decir, su bondad era algo que podía cambiar. Su naturaleza constituyente era algo abierto y capaz de cambiar, y en este caso, para bien o para mal. Es decir, que Adán y Eva en su estado creado podrían mejorar su posición ante Dios a través de su obediencia, o podrían empeorar su estatus con Dios a través de la desobediencia. Y esa es una distinción muy importante, aunque tal vez sutil, a la cual aferrarnos.
Si pensamos en la obra épica de Milton, El Paraíso Perdido, donde Adán y Eva, debido a sus transgresiones, perdieron el Paraíso, y tenemos la tendencia a pensar que lo que nos sucede en nuestra redención a través del ministerio de Cristo, el segundo Adán, es que debido a la obediencia de Cristo somos restaurados al Paraíso; recuperamos el Paraíso. Pero ese no es el punto de vista bíblico.
Si todo lo que nos sucede al ser justificados por la fe es el ser colocados de nuevo en la condición que Adán y Eva tenían antes de la Caída, todavía careceríamos la justicia positiva necesaria para tener vida eterna, porque Adán y Eva en el momento de la Caída, no poseían eso. Eran inocentes y se podría decir que eran justos en el sentido de que no tenían impurezas en ellos, pero aún no se les había dado permiso de Dios para participar del árbol de la vida. Así que el simbolismo que encontramos en el huerto del Edén es muy importante para entender todo este pacto básico de obras y de gracia.
Históricamente, la mayoría de los cristianos bíblicos, y ciertamente la fe reformada, siempre han sostenido que el estado de Adán y Eva, en el Huerto antes de la Caída, era un estado probatorio. Es decir, fueron creados y puestos en un estado probatorio, y ese estado debía ser juzgado y evaluado en términos de su obediencia o desobediencia a los primeros mandamientos y restricciones a los primeros mandamientos que Dios les puso. Si obedecen, obtienen el árbol de la vida; si desobedecen, sufren las consecuencias de la maldición y de la muerte.
Ahora, la razón por la que eso es tan importante es porque cuando vamos al Nuevo Testamento, al nuevo pacto, y vemos el ministerio de Cristo como el segundo Adán, vemos que Cristo gana lo que Adán no pudo ganar. Él gana el árbol de la vida, y da ese don a su pueblo, de modo que ahora heredamos los beneficios que Adán y Eva habrían tenido, si hubieran pasado la prueba, si hubieran cumplido con los términos del pacto de obras. Si hubieran pasado la prueba y hubieran sido obedientes, habrían obtenido vida eterna, pero fracasaron y la perdieron por su pecado.
En su obra clásica Teología Bíblica, el fallecido teólogo de Princeton Geerhardus Vos, cuando examina el pacto adánico o lo que llamamos el pacto de obras, encuentra en el relato bíblico cuatro principios o elementos que son muy importantes para que entendamos lo que estaba sucediendo durante ese estado probatorio. El primero es el árbol de la vida. Cuando la Biblia describe la situación edénica, describe el Paraíso, y cómo era el huerto del Edén, hay dos árboles en particular que son nombrados y designados o distinguidos entre los demás árboles en el huerto. Allí estaba el árbol de la vida y allí estaba el árbol de la ciencia del bien y del mal.
Ahora, el árbol de la vida, según Vos, y creo que tiene razón, representa de forma básica en el relato de la creación, la mayor potencia de vida posible para un ser humano. Eso es importante, porque recuerden, cuando Jesús viene en el Nuevo Testamento y le habla a Su pueblo, Él dice que, «Yo he venido para que tengan…» ¿Qué? «vida, y para que la tengan en abundancia». Ahora, Él no predicó ese mensaje en el cementerio. Las personas a las que les habló tenían bios, vida biológica; sus signos vitales estaban bien, estaban vivos y bien.
Pero les faltaba este tipo de vida diferente, especial, que los griegos llaman zoe, esa vida que Cristo viene a dar, que es un orden superior, un nivel de vida más alto que el que cualquiera estaba disfrutando en ese momento. Y, por supuesto, cuando la Biblia habla de nuestra vida eterna y de cómo seremos en el cielo, no es que solo vayamos a ser restaurados al estado biológico que tenía Adán, sino que vamos a ser elevados a un nivel más alto de vida que es eterna y que es una vida donde no hay pecado, ni dolor, ni muerte, ni sufrimiento, ni ninguno de esos problemas; tal como se describe nuestro estado futuro en la enseñanza del Nuevo Testamento. Y eso es lo que el nuevo Adán, el segundo Adán, viene a hacer por nosotros, a proveernos lo que Adán y Eva no pudieron proveernos; es decir, obtendremos el árbol de la vida.
Permítanme darles un par de referencias a eso en el Nuevo Testamento, con las que probablemente todos ustedes están familiarizados. Pero en el segundo capítulo del libro de Apocalipsis, donde tenemos el mensaje a las siete iglesias, y Jesús se dirige a las siete iglesias, y se dirige a la iglesia de Éfeso, después de dar Su evaluación del patrón de conducta de la iglesia de Éfeso, en el versículo siete del capítulo dos, Él dice: «El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios». Así que encontramos en el Nuevo Testamento, que el que tiene la autoridad para dispensar los beneficios inherentes al árbol de la vida que aparece en el huerto del Edén es el nuevo Adán.
Por su victoria, por su obediencia, obtiene la autoridad para distribuir a Su pueblo, a los que perseveran, el derecho y la autoridad de comer del árbol de la vida. Luego vamos al mismo final del libro de Apocalipsis, el final del Nuevo Testamento, y llegamos al capítulo veintidós que describe la gloria de la nueva Jerusalén. Leemos en el capítulo veintidós: «Después… me mostró un río de agua de vida» (ese es otro símbolo que escuchamos frecuentemente a través de la enseñanza de Jesús, esta agua viva) «resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero». Así que en la visión, Juan está viendo el trono de Dios y de ese trono fluye el río de cristal.
Luego dice esto: «En medio de la calle de la ciudad, y a uno y al otro lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce clases de fruto, dando su fruto cada mes; y las hojas del árbol eran para sanidad de las naciones. Ya no habrá más maldición. El trono de Dios y del Cordero estará allí, y Sus siervos le servirán. Ellos verán su rostro y su nombre estará en sus frentes. Y ya no habrá más noche, y no tendrán necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará, y reinarán por los siglos de los siglos».
Entonces, en esta magnífica visión del estado final de redención del pueblo de Dios, ustedes ven venir del trono mismo de Dios, el árbol de la vida, y sus hojas trayendo sanidad y trayendo el fin de todas las dimensiones de la maldición. Y esa maldición, por supuesto, está enraizada y cimentada en la caída original del Edén. Entonces, el hecho de que el árbol de la vida represente algo en lo que Adán y Eva aún no han participado, es básico para nuestra comprensión del relato de la creación. Y eso es lo que significa este principio de mejora sobre el estado natural de la creación.
El segundo principio o elemento es este árbol del conocimiento del bien y del mal. Permítanme leer de nuevo en Génesis dos, versículo ocho: «Y el Señor Dios plantó un huerto hacia el oriente, en Edén, y puso allí al hombre que había formado. El Señor Dios hizo brotar de la tierra todo árbol agradable a la vista y bueno para comer. Asimismo, en medio del huerto, hizo brotar el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal». Y luego, en el versículo quince, leemos: «El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto del Edén para que lo cultivara y lo cuidara. Y el Señor Dios ordenó al hombre: “De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás”».
Así que tenemos este árbol del conocimiento del bien y del mal que ciertamente representa este principio directamente, este principio de prueba. Tú tienes el árbol de la vida que no es accesible para ellos; todavía no han participado en ella, y eso sugiere que no están en el estado más completo que podrían tener en la vida, lo que indica que están en un estado de prueba. Permítanme comentar brevemente sobre esto. En la Biblia, a veces nos confundimos entre la palabra «tentar» y la palabra «probar». Santiago nos dice en su epístola: «Que nadie diga cuando es tentado: “Soy tentado por Dios”, porque el pecado brota (¿dónde?) internamente, cuando se forma dentro de nuestros deseos pecaminosos y luego sucumbimos a ellos».
Por lo general, cuando hablamos de «tentado» lo que queremos decir es: «Bueno, en realidad casi fui persuadido a participar en esa acción en particular. No lo hice, pero ciertamente fui tentado a hacerlo». Estamos hablando de una condición interna. Pero por otro lado, podemos ser tentados externamente. Si alguien viene a nosotros y trata de persuadirnos a participar en el pecado o tentarnos a pecar, esa es una tentación externa. Y eso es lo que Satanás hace todo el tiempo. Y veremos cómo eso sucede en el relato de la creación, en la Caída en el huerto. Satanás viene y trata de persuadir a Eva para que coma del árbol. Está operando como el «tentador».
Pero, Dios nunca tienta a nadie en el sentido de tratar de seducirlos o atraerlos o persuadirlos a pecar. Pero lo que sí hace es ponernos a prueba. Así como Cristo fue llevado al desierto, no por el diablo para ser tentado; no dice que el diablo llevó a Jesús al desierto para ser tentado por el diablo; no, fue el Espíritu quien llevó a Jesús al desierto para ser tentado por Satanás. Es decir, Dios está poniendo a prueba a su hijo. Y aquí de nuevo, vemos la relación entre el primer Adán y el segundo Adán. Ambos están sujetos al ataque de Satanás. Ambos están siendo puestos a prueba por Dios.
Dios somete a Adán y Eva a la tentación de la Serpiente, no porque Dios los está tentando, sino porque los está sometiendo a juicio. Esto es lo que queremos decir cuando hablamos del estado probatorio de Adán y Eva, así como Cristo fue puesto a prueba como el nuevo Adán para estar calificado para llevar a cabo Su obra de redención. Así que eso es lo que tuvimos que hacer con el árbol del conocimiento del bien y del mal y la razón de este nombre lo explicaremos con más detalle en nuestra próxima sesión.






